Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 1. Iren
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Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1)

Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1)

Por Linda Moon

© inepub.com

Capítulo 1. Iren

— Iren, se me cae todo encima. Dime que puedes arreglarlo.

Son las once de la noche de un sábado y quien llama es Dave, cómo no.

Lleva la marca de helados desde que se la pasé hace dos años, y sigue marcando mi número cada vez que se mueve una coma.

—Respira y cuéntamelo.

—El cliente dice que la presentación parece de funeraria.

Cierro los ojos medio segundo.

Me meto en el hueco que queda entre una palmera de plástico y la mesa de los canapés, que es el único metro cuadrado de esta terraza donde no hay música. La palmera tiene polvo en las hojas de abajo, donde nadie mira. Yo sí miro. Ese es exactamente mi problema.

—¿Has puesto el logo sobre el fondo gris?

Al otro lado se hace una pausa larguísima, y con eso ya tengo la respuesta.

—Le has hecho una lápida a una marca de helados, Dave. Mándamelo.

El correo entra en cuarenta segundos. Quince diapositivas en una pantalla del tamaño de mi mano, con menos tres dioptrías y una iluminación de discoteca submarina.

Me acerco el móvil hasta que el brillo me quema los ojos. Y empiezo a arrastrar cajas de texto con el pulgar, un milímetro cada vez, como quien desactiva una bomba con manoplas.

—¿Estás ahí?

—Estoy trabajando. Son cosas distintas.

El verde menta de la marca lo escribo de memoria, sin mirar la guía de estilo. Siete caracteres que me sé mejor que el cumpleaños de mi hermana, y eso debería preocuparme más de lo que me preocupa.

—Dame un cuarto de hora y no toques nada.

—Eres una santa.

—Y esto te lo cobro en cenas.

Cuelgo yo primero, que es la única manera de terminar una conversación con Dave.

A dos metros, una mujer con vestido plateado le pregunta a un camarero si el atún es de línea. Él dice que sí. Ella contesta que no lo parece.

Veintidós minutos después mando el archivo.

La última diapositiva se resiste hasta el final y, cuando por fin entra limpia, le sonrío al teléfono como una idiota. Trescientas personas en la mejor terraza de Manhattan y yo aquí detrás, con un canapé de trufa enfriándose en una servilleta y cara de haber ganado una batalla que nadie ha visto.

—Media hora.

Doy un salto y casi tiro la servilleta al suelo.

Es Priya, descalza, con los tacones colgando de dos dedos y una aceituna entre los dientes. Lleva un mono negro con la espalda al aire que en cualquier otra persona sería un compromiso y en ella parece un pijama de andar por casa. Trece años y todavía no sé cómo lo hace.

—¿Media hora qué?

—Media hora que has desaparecido. Te he buscado por dos barras y por la zona de los sofás. ¿Dónde te habías metido?

—Veintidós minutos.

—Media hora, Iren.

Me apunta con la aceituna, como quien señala una prueba.

—Veintidós. Lo he mirado en el móvil al colgar.

Me repasa de arriba abajo: el vestido azul noche que ella misma me obligó a comprarme, el recogido del que ya se escapa media melena oscura, las gafas.

—Estás espectacular, por cierto. Y lo llevas como quien cumple condena.

—Es el corsé. Respirar es opcional.

—Respirar está sobrevalorado. —Me pone en la mano una copa alta tan fría que se me pega a la palma. Dentro hay champán con una frambuesa flotando y una hoja de menta que nadie ha pedido en la historia de la humanidad.

—¿Esto qué lleva?

—Es de la barra tres. En la dos hay un señor con guantes metiendo nitrógeno líquido en las copas. —Escupe el hueso de la aceituna en una servilleta con una puntería que da miedo—. Y tú aquí, detrás de una planta falsa, arreglándole la vida a Dave.

Priya es abogada y dice las verdades como quien lee un contrato en voz alta: sin anestesia y sin dejarte un hueco en blanco donde firmar la excusa.

—Era una urgencia.

—De un cliente que ni siquiera es tuyo.

Me subo las gafas con un dedo.

—Emory me pidió que viniera a esta fiesta.

—Te pidió que vinieras. No que montaras un despacho detrás de una palmera.

Bebo para no contestar. El champán está helado y sabe a dinero de otra gente, y la frambuesa se me queda flotando delante de la nariz como una acusación pequeña.

Trescientos dólares la botella. Cinco días de la clínica de mamá.

Y ya lo he vuelto a hacer. Esta copa es una semana de mi madre. La bandeja que pasa junto a mi hombro es mi alquiler. La chaqueta del tipo que se ríe en la barra son tres meses de universidad de Juno.

—Te conozco esa cara —dice Priya—. Estás calculando.

—Estoy disfrutando de la velada.

—Estás calculando cuánto vale lo que llevas en la mano.

Me quita la copa, se bebe un trago largo y me la devuelve sujetándola con dos dedos, como quien entrega una prueba en un juicio.

—Ya está. Empezada. No me la puedes devolver.

—Eres una manipuladora.

—Soy abogada, cielo, es el mismo máster.

Se apoya en la barandilla a mi lado y deja de sonreír, que en ella es peor que un grito.

—Iren, ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo que no fuera arreglarle algo a alguien?

—El martes fui al cine.

—Con tu hermana, a la sesión de las cuatro, y te dormiste en el minuto veinte porque venías de la clínica.

—Estaba cansada.

—Llevas dos años cansada. —Cuenta con los dedos, sin ninguna piedad—. La agencia, la clínica, la matrícula de Juno, el alquiler, y vuelta a empezar. Esta noche has venido a una fiesta y te has escondido detrás de una palmera para arreglar las cosas en una diapositiva.

—Alguien tiene que hacerlas.

—Alguien, sí. A las once de la noche de un sábado, no.

Me quedo mirando la frambuesa.

—Te propongo una cosa —dice—. Y no me digas que no hasta que la oigas entera.

—Ya me estás dando miedo.

—Hablas diez minutos con un hombre de esta fiesta. —Levanta un dedo con la uña pintada de rojo oscuro—. Que no sea cliente, ni jefe, ni proveedor. Y ni un camarero. Una conversación normal, de las que tiene la gente.

—¿Y de qué se supone que hablo?

—Del tiempo, de sus zapatos, de la crisis inmobiliaria. Me da exactamente igual.

—Priya…

—Diez minutos, Iren. Nadie te está pidiendo que te cases. Solo que existas un rato fuera de tu hoja de cálculo.

Ahí me calla, y ella lo sabe.

Hago girar la copa entre los dedos. El cristal está dejando de estar frío, y eso también es una manera de medir cuánto llevo aquí de pie.

—¿Y si no lo hago?

—Pagas tú la cena del viernes y me acompañas a la boda de mi prima Nadia en Nueva Jersey. —Levanta el segundo dedo—. Gambas congeladas y un tío mío que baila.

—Eso no es una apuesta, es una amenaza.

—Es un contrato con dos cláusulas. —Se le pone la cara de sala de vistas—. ¿Aceptas?

Miro la terraza por encima de su hombro: trescientas personas, cuatro barras y un señor con guantes envolviendo un martini en humo blanco.

—Diez minutos —digo—. Ni uno más.

—Trato hecho.

Choca su copa contra la mía y el cristal suena limpio.

—Y no valen los que hables con Dave por teléfono.

—Eso es trampa.

—Eso es cerrar los agujeros del contrato, cariño.

Se calza un tacón, luego el otro, sin apoyarse en nada, como una equilibrista que además factura por horas.

—Me voy —añade—. Hay un hombre en la barra dos que lleva un cuarto de hora mirándome y ya casi me cae bien.

—¿Y a ti qué te toca si gano yo?

—Ver a mi mejor amiga hablando con alguien y disfrutando. —Se encoge de hombros—. Me conformo con poco, ya lo sabes.

Y se marcha hacia el interior antes de que me dé tiempo a devolverle el golpe, porque sabe irse en el momento exacto.

Me quedo con la copa empezada en la mano y el pulso más rápido de lo que me gustaría reconocer.

Ha bebido de mi copa para que no pueda devolvérsela sin sentirme en deuda. Trece años de amistad y todavía tiene que hacerme trampas para que acepte algo gratis.

El aire huele a los arbustos de azahar que han traído para esta noche, al humo de los que fuman en la esquina y a colonias caras peleándose entre ellas. La música cambia a algo lento con exceso de bajos y noto la vibración subiéndome por las plantas de los pies.

Diez minutos hablando con un desconocido sobre sus zapatos.

Doy tres pasos hacia la barra tres y el móvil me vibra antes de llegar.

En la pantalla, un nombre.

—Iren, una cosita de nada —dice Dave, con esa voz de quien va a pedir algo enorme—. Los números de la diapositiva tres tampoco cuadran.

Miro hacia el interior, donde Priya ya está apoyada en la barra dos.

—Aquí está —murmuro—. El hombre de mi vida.

—¿Qué dices, Iren?

—Nada, Dave. Que estás casado y tienes sesenta y un años, pero eres el único que me llama.

—¿Te pillo mal?

—Me pillas igual que siempre. Léemelos despacio.

Al otro lado se oye un papel arrugándose y un suspiro de alivio.

Vuelvo a mi hueco detrás de la palmera, que a estas alturas es prácticamente mi despacho.

Me recoloco un tirante que no necesita recolocarse. Toda esa gente vestida para ser miradas, y yo con el vestido más caro de mi armario, escondida detrás de una planta de plástico.

Las varillas del corsé se me clavan en las costillas cada vez que intento respirar hondo, así que dejo de intentarlo. Sujeto el teléfono con el hombro, me acerco la pantalla a un palmo de la nariz y corrijo cifras con el pulgar mientras él lee.

Una estufa de exterior me calienta un hombro y me deja el otro helado, mitad y mitad, como todo lo que hago últimamente.

Dos minutos más y me bebo algo, lo que sea, aunque lleve pan de oro dentro.

Entonces capto un movimiento por el rabillo del ojo.

Alguien se para a mi lado. Más cerca de lo que se para el personal.

No levanto la vista, porque Dave va por la columna de gastos y, si pierdo esta cifra, tengo que empezar otra vez.

Lo que sí veo, justo a la altura de mis ojos, es una manga.

Algo, en algún rincón de mi cabeza, levanta la mano para decir una cosa.

Con el teléfono en el hombro, la columna a medias y una varilla clavándome la costilla flotante, le mando callar y sigo trabajando.

Extiendo la mano libre con la palma hacia arriba, sin apartar los ojos de la pantalla.

—Si tienes un martini en esa bandeja, me salvas la vida. Cárgalo a mi cuenta y apúntate una propina doble.

Traje oscuro, de una tela que no brilla. Un puño de camisa doblado con dos milímetros de precisión. Un gemelo de oro blanco.

Y debajo, en la muñeca, la esfera de un reloj que suelta un destello cuando le da la luz de lado.