Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 24
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Capítulo 24

Tadeo

A las cinco de la mañana del martes la cuarenta y uno tenía la luz de la galería encendida, y Tadeo pasó por delante a las seis menos diez, a su hora en esa fila, y la vio dentro, de pie junto al cristal, con una taza, vestida, con las botas, y ella levantó la taza un dedo y él levantó la mano, y siguió, porque era la ruta.

A las seis y media, la fuente. La torre. La doce, la cuarenta y uno, el resto.

A las ocho, Puri.

Tadeo dejó el A3 y no se fue.

—A ver. —Se pasó la mano por la nuca—. Solicitud.

Puri levantó la vista.

—Motivo.

—Sustitución. Dos días. En agosto. Fecha por concretar. Personal.

Puri no escribió enseguida. Abrió el libro de registro, el alargado, y buscó una página hacia el principio, y luego otra más al principio, y luego cerró el libro.

—No hay ninguna en nueve años. La anterior es del cartógrafo de antes, en el 84, por una boda en la ciudad. —Volvió a abrir el libro por el final—. Solicitud de sustitución del cartógrafo municipal. Dos días. Agosto. Motivo: personal.

—No hay casilla.

—La hago. —Escribió—. Se estudiará. Hay un candidato.

—¿Quién?

—El chico de la ferretería. —Puri no levantó la vista—. Dibuja. Lo sé porque me hace las etiquetas de las cajoneras desde hace tres años. Tiene mano. Le faltan los ojos, pero eso es cuestión de que le enseñe usted la ruta dos veces.

—Tres.

—Tres. Consta.

* * *

A las nueve y media estaba en La Descalza, invitado, en el pasillo, mirando a Bruna hacer una maleta.

La hacía como se hace una maleta cuando no se está huyendo de nada: entera.

Sacó todo lo que había en la silla, lo puso sobre la cama de Casilda, lo dobló, lo metió.

El neceser. El pijama. La ropa de tres semanas, lavada, doblada por los hombros.

El portátil, en la funda. Los planos, en un tubo.

El cargador, que había ido a buscar a la torre el lunes por la tarde, del enchufe de detrás de la carpeta azul, y la taza no, porque la taza se quedaba.

Cerró la maleta. La cremallera dio la vuelta entera, sin atascarse, y aquello fue la primera vez en veintidós días que Tadeo veía esa maleta cerrada.

—Lista —dijo Bruna.

—Lista.

—Espera.

Subió los trece peldaños. Tadeo se quedó abajo, en el pasillo, con las cuatro cajas contra la pared y la maleta de pie, y oyó arriba el crujido del último peldaño, y una puerta que ya estaba abierta, y las dos puertas de un armario que se abrían, y nada durante un rato, y las dos puertas que se cerraban, y el peldaño otra vez.

Bajó con las manos vacías.

—Tres cosas —dijo—. Se quedan.

—¿Cuáles?

—Un jersey azul que no me he puesto. El rollo de cinta de embalar, que le queda media vuelta. Y la llave de Puri. La del cordel rojo. —Se puso la chaqueta—. No dejes nada en los armarios. Ya sé lo que quiere decir. Quiere decir que lo que dejas lo tienes que volver a decidir. Pues eso.

—Ya.

—Fermina riega los martes y los viernes.

Tiene llave de la calle y del jardín. La de la puerta blanca no existe, porque no tiene cerradura.

—Cogió la maleta—. Y tú tienes la de atrás de la tuya, que no tiene llave, y que da a la trece.

Con eso las dos casas están más abiertas de lo que ha estado nunca ninguna casa mía.

En la galería, sobre el hule, se había quedado el certificado, desdoblado, con su sello. Tadeo lo miró desde el pasillo. Bruna lo vio mirarlo.

—Se queda ahí —dijo—. Es el único papel del mundo que dice que esta casa ha estado quieta siete días. Que lo diga en la galería.

Fermina estaba en la cancela de la cuarenta y uno, con un paquete envuelto en papel de aluminio y las llaves de la calle y del jardín en la otra mano, sin haber sido invitada, porque una despedida no se invita.

—Para el autobús. Que dura. —Le dio el paquete a Bruna—. Y riego los martes y los viernes. Como siempre. Y no subo.

—Puedes subir.

—No subo. Eso es tuyo. —Miró a Tadeo—. Y tú, a la ruta después.

—Después.

Se fue cuesta arriba sin volverse, y Bruna guardó el bocadillo en el bolsillo exterior de la maleta, donde cabía.

Salieron por la puerta sin escalón. Bruna cerró con llave, la segunda del llavero. Se guardó el llavero. Cogió la maleta por el asa, y él no se la cogió, porque no se la había pedido, y bajaron por la calle de la cuarenta y uno hacia la de la iglesia, y desde la esquina, subiendo, se veía la plaza.

* * *

Cruzaron la plaza a las diez menos veinte, ella con la maleta y él con las manos vacías, y el pueblo estaba donde estaba un martes a las diez menos veinte, que era en todas partes.

Fermina en la puerta de El Fijo, con el paño. No dijo nada. Levantó el paño un palmo, que en Fermina era un adiós.

Puri en la ventana del ayuntamiento, con la libreta, mirando por el cristal como se mira un tablón.

Tello en la escalera del ayuntamiento, sin discurso, con las manos a la espalda, y cuando pasaron dijo «buen viaje, vecina», y Bruna dijo «gracias, alcalde», y eso fue todo.

Melchor no estaba, porque a las diez menos veinte Melchor no bajaba.

Quique y Loreto no estaban, porque era martes y trabajaban en sitios distintos.

Las hermanas del cerro estaban en la fuente, con una bolsa de tomates, y la pequeña dijo «hasta julio», porque el pueblo ya sabía la fecha, porque Bruna se la había dicho a Fermina el lunes por la tarde y Fermina la había puesto en circulación como se pone una hogaza en una barra.

Bajaron por el puente. El río, sonando a poco. La cuesta corta. El olor a leña de un martes a las diez de la mañana que tampoco tenía explicación. La gasolinera, la explanada con dos camiones, el hostal con su cartel nuevo en el cristal.

El hombre de la rebeca salió al cristal del hostal cuando pasaron, y levantó la mano, y dijo:

—¿Vivienda?

—La Descalza. Cuarenta y uno.

—Buen viaje. —Volvió a entrar—. Cuando vuelva, ficha.

La parada era un poste con un cartel de chapa y un banco de piedra, y en el banco de piedra se sentó Bruna con la maleta entre las rodillas, y Tadeo se quedó a su lado, porque en las paradas nadie se sienta dos veces.

Las diez. El autobús no llegó.

—Mándame el plano —dijo Bruna—. Cada día. Una foto del A3. Antes de las ocho.

—¿Para qué?

—Para saber dónde está todo. —Miró la carretera—. Me he acostumbrado a saberlo. No es una manía. Es que se lee bien.

—Cada día.

—Y el del chico, en agosto. Los dos. Quiero ver los tachones.

—Tres el primero, por lo menos.

—Uno el segundo, si le enseñas bien.

Las diez y cinco. Las diez y diez.

—Hay lo que ha llegado tarde —dijo Bruna.

Y se rió. Con la cabeza echada hacia atrás, en el banco de piedra de una parada de autobús, con la maleta entre las rodillas y las botas en la gravilla, con una risa que no era de nada y era de todo, y Tadeo se quedó con el sitio: parada de la gasolinera, banco de piedra, lado de la carretera.

Las diez y once. Fuera de la cuadrícula.

El autobús llegó a las diez y catorce. El conductor abrió la puerta y miró a Bruna, con la maleta, y a Tadeo, de pie.

—¿A la capital?

—A la capital. Y luego más lejos.

—¿Es de aquí?

—De la cuarenta y uno.

Bruna se levantó. Cogió la maleta. Se quedó delante de él, a la distancia de una persona que va a subir a un autobús, que es una distancia que se sabe.

—El diecisiete —dijo.

—El diecisiete. Aquí. A las cinco y media de la tarde llega el de la capital.

—Lo sé. Lo he mirado.

—Y a las diez y cuarto, todas las noches.

—A las diez y cuarto. —Bruna miró el móvil, y luego a él—. Es cuando apago la luz.

—Ya lo sé.

—Ya sé que lo sabes.

No hubo beso. No porque no cupiera: porque estaba el conductor, y dos camioneros en la explanada, y el hombre de la rebeca en el cristal, y los dos habían decidido en un jardín, a la una menos cuarto de una madrugada, que lo que tenían no se leía en ninguna parte que no fueran ellos.

Bruna le puso dos dedos en la muñeca, donde se toma el pulso, un segundo.

Él le puso la mano en la espalda, a la altura de la última costilla, un segundo.

Luego ella subió al autobús con la maleta, y se sentó en el lado de la ventanilla, y la puerta se cerró, y el autobús arrancó, y Tadeo se quedó en la parada viendo cómo una cosa que se movía se llevaba a una persona por la carretera, y no lo leyó de ninguna manera. Era un autobús.

Volvió a pie por el puente. El reparto de las diez y media lo hizo a las once, y nadie dijo nada, y en la ferretería el chico le preguntó si era verdad lo del sustituto, y Tadeo dijo que se estudiaba, y el chico dijo que él tenía mano, y Tadeo dijo que le faltaban los ojos, y el chico dijo que eso era cuestión de dos vueltas, y Tadeo dijo que tres.

* * *

Subió a la torre a las cuatro de la tarde, después de comer, y no había ninguna cuadrícula que rellenar hasta las cinco de mañana.

Levantó la del miércoles, que ya estaba impresa y en blanco. Sacó la lámina. La desdobló sobre el tablero, con la esquina del pliegue de más hacia el norte, y cogió el lápiz.

La gasolinera no estaba en la cuadrícula.

Estaba fuera, en el margen, en el sitio donde el pueblo se acababa y empezaba la carretera, y la cuadrícula impresa por Puri terminaba en la ciento cuarenta y no seguía.

Tadeo puso el lápiz en el borde de la lámina, en el blanco de fuera, donde a esa escala caía una parada de autobús con un banco de piedra, y dibujó un círculo.

Pequeño. Del tamaño de una cabeza de alfiler. Cerrado. Fuera del plano.

Lo miró. Un círculo en el margen, solo, lejos de los otros, que estaban todos dentro de dos casillas y una raya y un rectángulo.

Le pareció que estaba bien ahí. Que un plano tenía un borde y que las cosas seguían pasando más allá del borde, y que él lo sabía desde siempre y no lo había apuntado nunca.

Dobló la lámina. La puso debajo. Las pinzas.

Luego descolgó del cordel la copia A3 del martes, la del día, la puso sobre la mesa a la luz de la ventana del este, y le hizo una foto con el móvil, desde arriba, entera, con las ciento cuarenta casillas y el Parte debajo, como Bruna fotografiaba las cosas antes de moverlas.

La mandó. Era la primera foto que hacía de un plano en nueve años, y le salió torcida, y la volvió a hacer, y la segunda salió recta.

La mandó sin nada escrito, porque el plano ya decía dónde estaba todo.

A las cinco subió el chico de la ferretería.

Llamó a la puerta de la calle, que nadie usaba, y Tadeo bajó a abrirle, y el chico subió las veintidós vueltas contando los peldaños en voz baja, y salió a la torre y se quedó en el último escalón mirando la habitación de tres por tres con cuatro ventanas y una mesa en el centro.

—¿Y esto? —Señaló el rincón del este, la tapa sobre las dos cajas, la silla, la taza.

—Es de ella.

—Ya.

—No se toca.

—Ya.

Tadeo le enseñó la cuadrícula del miércoles, en blanco, con las pinzas.

Le enseñó la plumilla, el tintero, el trapo.

Le enseñó cómo se cogía, dos centímetros más abajo de donde la cogía él, sin decir nada, bajándole los dedos con los suyos.

Le dejó dibujar una casilla en el dorso de una copia vieja, y luego otra, y la tinta se corrió en la primera y no en la segunda.

—Mañana a las cinco —dijo—. En la plaza. La ruta se hace entera antes de escribir nada. Un plano con los ojos cerrados no es un plano.

—Mi madre dice que yo tengo mano.

—Tu madre tiene razón. Te faltan los ojos. Eso son tres vueltas.

—Tres.

—Y no se firma de memoria. Nunca. Aunque sepas lo que va a poner.

El chico miró la cuadrícula, con sus ciento cuarenta casillas vacías, y luego el cordel con las copias de la semana, y luego la lámina no, porque no sabía que había una lámina, y bajó las veintidós vueltas contándolas otra vez.

En el rincón del este, la tapa sobre las dos cajas, la silla, y la taza.

La chaqueta no, porque la chaqueta se la había llevado puesta.

El cargador no, porque estaba en Lisboa.

La taza sí. Una taza de La Linterna, en el rincón del este de una torre, con una persona a cuatro horas que había dicho que se quedaba porque era suya y porque también.

* * *

A las diez y cuarto de la noche sonó el móvil.

—Estoy —dijo Bruna.

—¿Dónde?

—Parcela hotel. Lado sur. Cabe una maleta y un tubo. —Un ruido de calle detrás, de ciudad, de tranvía—. Mañana a las nueve, montaje. La plaza es más grande de lo que decía el brief. Lo he medido con los pasos. Me sobran cuatro metros por un lado.

—Ya.

—Tú.

—A las ocho, Puri. Me ha dicho que el chico de la ferretería. Que dibuja. Que le faltan los ojos.

Bruna se rió. Al otro lado, en Lisboa, con un tranvía detrás, y Tadeo no la vio, y no la vio nadie, y por eso no contaba, y él lo apuntó igual, a su manera, en un sitio que no tenía cuadrícula: Lisboa, parcela hotel, lado sur, las diez y diecisiete.

—¿Y la trece?

—Vacía.

—¿Y la doce?

—Con la puerta abierta.

—Bien. —El tranvía otra vez—. Aquí la ventana da al este. Mañana a las siete me va a dar en la cara. Lo he mirado.

—Ya.

—Le enseñas la ruta tres veces —dijo Bruna.

—Tres.

—Y no le dejes firmar de memoria.

—No.

—Consta.

—Consta.

Un silencio con tranvía.

—Mañana a las cinco tengo ruta —dijo Tadeo.

—Mañana a las nueve tengo montaje.

—Bien.

—Bien. —Una pausa—. Tadeo.

—¿Qué?

—Nada. Que consta.

Colgó ella. Él se quedó con el móvil en la mano en la cocina de La Linterna, con la puerta blanca abierta a la trece y el aire de una parcela vacía entrando, y la estantería contra la ventana con las lentejas otra vez en su sitio, y la lista de la ruta de mañana en la cabeza, por su orden, sin saltarse la siete.

La cuarenta y uno, La Descalza, cerrada con llave, con un certificado en la galería y tres cosas en un armario. La doce, La Linterna, con una puerta abierta. La trece, vacía. Y fuera de la cuadrícula, en el margen, una parada, y más allá, a cuatro horas, un hotel con lado sur.

Se acostó. Durmió. Constaba, y mañana había que dibujarlo todo otra vez.