Mi casa se ha enamorado de la tuya Epílogo
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Epílogo

Tadeo

Septiembre.

En agosto, el ocho y el nueve, Tadeo había estado en Lisboa.

El chico de la ferretería había hecho la ruta dos mañanas, después de tres vueltas con él, y había dibujado dos planos con la letra de las etiquetas de las cajoneras, con tres tachones el primero y uno el segundo, y Puri los había sellado con una anotación a mano, «SUSTITUCIÓN», y el pueblo había desayunado igual.

Tadeo había visto en la plaza del Comercio un módulo de cuarenta metros cuadrados pegado al soportal del oeste, con una pared de cristal al sur y una cortina de tela recogida a la izquierda, y había entrado, y había girado a la derecha, y había tocado una cosa, y había salido por donde había entrado, y le había dicho a Bruna que era una ruta, y ella que era un recorrido, y los dos se habían reído delante de un dependiente portugués que no sabía nada.

Había aprendido a decir «obrigado». Había medido la plaza con los pasos y le habían sobrado cuatro metros por un lado, como a ella.

A las diez y cuarto de cada noche, desde el veintidós de junio, sonaba el móvil.

Ella decía dónde estaba, en parcelas y lados que no existían en ningún plano.

Él decía si la treinta y ocho seguía con la maceta y si Melchor había levantado el vaso.

Ella se sabía ya la ruta de memoria, la uno, la dos, la cuatro, la siete, y algunas noches se la recitaba para que él comprobara que no se saltaba nada, y no se la saltaba.

Eso era lo que había. Medido, era exactamente lo que cabía en cuatro horas y un teléfono, y los dos lo sabían y no lo llamaban de ninguna manera.

Amparo y Chema llevaban cinco domingos seguidos con las casas juntas, y tres lunes, y Puri ponía ya «ocupante humano», sin más.

Tello había prometido en el pleno de julio arreglar la fuente, que perdía por el segundo caño, y la había arreglado.

La Parra seguía en la cuatro. La trece seguía vacía, con la puerta blanca de La Linterna abierta a la grava desde junio, y el pueblo pasaba por delante y no decía nada, porque una puerta abierta a una parcela vacía es una cosa que se ve y no se lee. El sello de 1962 tenía casilla.

* * *

Bruna llegó el sábado once de septiembre en el autobús de las cinco y media, entre Oporto, que había terminado, y Burdeos, que empezaba el veintiocho. Dos semanas. Con una maleta grande y sin cajas.

Cenaron en La Linterna, en la cocina, con la puerta blanca abierta a la trece y la mesa de cuatro lados libres, lentejas, que era lo que había, y Bruna contó Oporto en parcelas y lados, y él contó el pueblo en casillas, y a las diez y cuarto no sonó el móvil porque estaban en la misma cocina, y los dos lo notaron, y ninguno lo dijo.

A las once Bruna se levantó y cogió la maleta.

—Me voy a la cuarenta y uno —dijo.

Tadeo se levantó también, para acompañarla, y ella lo vio levantarse y negó con la cabeza, un poco, como se niega una medida que está bien pero no es la que toca.

—Sola —dijo—. Esta noche.

Él se quedó de pie junto a la mesa.

—Quiero dormir aquí una noche sin estar vaciándola, vendiéndola ni despidiéndome de ella. Solo dormir en mi casa.

Lo dijo mirándolo, con la maleta en la mano, y no era una prueba para ninguna casa, y no era una distancia, y Tadeo lo supo como sabía en qué casilla estaba cada cosa: sin mirar.

Era una mujer con una casa de siete amaneceres y tres cosas en un armario que no la había estrenado todavía como dueña, porque en julio había dormido en ella con él, y en junio vaciándola, y en mayo con una maleta a medio hacer.

Tadeo miró la cama todavía sin hacer.

—Entonces no pienso estropearte el estreno. Pero mañana desayuno contigo. Donde sea que hayas aparcado.

Bruna se rió. Por la nariz, corto. Él se quedó con el sitio.

La acompañó. Por la calle de la iglesia, bajando, hasta el cartel de chapa, y a la derecha, con la maleta entre los dos, hasta la cancela de la cuarenta y uno. Bruna abrió la puerta de la calle con la segunda llave y se quedó en el umbral sin escalón, con la maleta dentro y ella a medias.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

—Son las once y cuarto.

—Buenas noches igual.

Cerró la puerta. Tadeo volvió cuesta arriba hasta la doce, entró en La Linterna por la puerta de atrás, pasó por la cocina con la puerta blanca abierta a la trece y el aire de septiembre entrando, subió a su cuarto, y se acostó, y no leyó nada en ninguna de las dos casas, porque no había nada que leer: una mujer quería dormir una noche en su casa, y una casa era una casa.

Durmió. Constaba.

* * *

A las cinco en punto abrió la puerta de atrás de La Linterna, con la copia del sábado en el bolsillo de atrás y el lápiz detrás de la oreja, y no había tapia.

No había trece. Había grava gris. Un almendro a la izquierda. Una tapia más alta que las demás al fondo. Y a dos metros y diez, con la cortina recogida a la izquierda y un sillón dentro girado veintidós grados, la galería de una casa de color melocotón, a oscuras.

Tadeo cerró la puerta. La volvió a abrir. La galería seguía.

Volvió a entrar. Fue a la cocina. La puerta blanca de la pared del fondo, la de los dos cuarterones y el tirador de latón, estaba abierta, como llevaba abierta desde un lunes de junio a las doce y media, y hasta ayer daba a la trece, a una grava lisa y a una mesa puesta para nadie.

Ahora daba a otra puerta. Blanca, de dos cuarterones, con su tirador de latón, cerrada, a un palmo, en una pared que tocaba la suya, con el hueco de un umbral en medio que estaba dentro de dos parcelas y no daba a ninguna.

Encajaban.

Cuarenta y dos. Miró hacia arriba, hacia su torre con el farol apagado, y la torre estaba donde estaba él, que era en otro sitio. Miró la calle, que no era la de la iglesia sino la de detrás, bajando, con el cartel de chapa visible desde su propia cancela por primera vez en su vida.

No entró en La Descalza. No llamó al cristal.

Sacó la copia del sábado, la desdobló contra el muslo, miró la doce, que decía «La Linterna», y la cuarenta y dos, en blanco, y la volvió a doblar.

Luego echó a andar hacia la plaza, porque la ruta empezaba en la plaza, subiendo por detrás de la iglesia, por un camino que conocía de repartir cartas y que nunca había hecho a las cinco de la mañana desde su propia casa.

Noventa viviendas. En su orden. A su hora.

La vega, la fila del río a las seis y diez, Melchor con el vaso en alto un segundo más que siempre y sin decir nada.

La treinta y ocho con su maceta. El cerro, el hostal.

Chema en la cincuenta y tres, un domingo, con Trufo y la ventana de Amparo abierta del todo.

Y la doce: vacía. Gravilla, dos tomas tapadas, hierba corta, una mesa puesta para alguien que no había llegado, en el sitio donde una casa azul había estado tres mil trescientas mañanas, y al lado la trece, vacía también, con su tapia baja separando nada de nada.

La comprobó como comprobaba todo. Anotó. Siguió.

A las seis y media estaba en la fuente. Subió por detrás de la iglesia, entró en la cuarenta y dos por una cancela que ahora estaba ahí, y en la torre las cuatro ventanas daban a otras cuatro cosas: por la del sur, una tapia alta, un almendro y el río; por la del norte, la que no cerraba, la parte de atrás de la iglesia, y más allá, lejos, el tablón.

Se sentó en el sur. Mojó la plumilla. Ciento cuarenta casillas en blanco, como cada mañana. Y por primera vez en nueve años no empezó por la doce.

Escribió en la cuarenta y dos: «La Linterna». Origen.

Desde ahí, hacia fuera. La cuarenta y uno: «La Descalza».

Luego el resto, en el orden de la ruta, y la doce en blanco por primera vez desde que él tenía la plumilla, y la trece en blanco como siempre, dos casillas vacías con una raya en medio en el lado de la plaza, donde ya no vivía nadie.

Debajo, el Parte. Cinco líneas, sin un tachón, y la primera era una que no había escrito nunca con ese nombre.

A las siete y cuarenta lo clavó en el tablón. Había once personas. La señora de la veintidós buscó la doce con el dedo en el aire y no la encontró, y buscó hasta la cuarenta y dos, y se quedó con el dedo en el aire, y dijo, con la boca cerrada:

—Vaya.

A las ocho, Puri cogió el A3 sin levantarse.

—Cuarenta y dos.

—Cuarenta y dos.

—De la doce. —Anotó—. Convocado a las nueve. La propietaria de la cuarenta y uno, también, por vecindad nueva. —Y luego, sin cambiar de tono—: Un desplazamiento no constituye promesa afectiva. Lo digo porque es mi trabajo.

—Ya lo sé.

—Consta.

* * *

El Fijo, a las nueve menos cinco, un domingo con Parte.

Fermina con la tortilla y los churros y nada raro.

Puri en la ventana. Amparo y Chema en la misma mesa, con plato.

Melchor con la boina en la rodilla. El chico de la ferretería, que miró a Tadeo al entrar y dijo «sin tachones», y Tadeo dijo «sin tachones».

La mesa pequeña junto al perchero, vacía, con su silla y la de enfrente.

Tadeo se puso de pie junto a ella y no se sentó.

A las nueve en punto se abrió la puerta y entró Bruna, con las botas, con la cara de quien ha dormido en su casa, y miró el bar, contándolo, y vio la única silla libre, y no fue a ella todavía. Se quedó de pie junto a la barra.

Porque el reubicado era él.

Tadeo se puso recto y dijo, con la voz de las presentaciones, sin subirla, sin bajarla, sin nada delante:

—Tadeo Luján. La Linterna. Parcela cuarenta y dos. Buenos días.

Silencio. Del bueno.

Bruna lo miró como se mira una medida que cuadra.

—Buenos días —dijo.

—Consta —dijo Puri, y escribió.

Fermina sacó de debajo de la barra una hogaza redonda envuelta en un paño de cuadros, caliente por abajo, y la puso sobre el mostrador delante de Tadeo con las dos manos.

—Primera vecindad —dijo—. Ya se puede.

Tadeo cogió la hogaza. Pesaba lo que pesaba.

Bruna fue a la mesa pequeña y se sentó en la silla de enfrente, y Fermina le puso un café con leche delante sin que lo pidiera, y él se sentó también, con la hogaza en la mesa entre los dos, y desayunaron, donde fuera que hubiera aparcado, que era donde ella.

Desde la ventana de El Fijo se veía el tablón con el plano del domingo.

La doce, en blanco. La trece, en blanco.

Y detrás de la iglesia, donde desde el bar no se veía, la cuarenta y uno y la cuarenta y dos, con una raya en medio dibujada a tinta, como todas, por él, y dos puertas blancas en dos paredes de cocina que se tocaban, encajadas, sin que nadie las hubiera instalado.

La cuarenta y uno, La Descalza. La cuarenta y dos, La Linterna. Origen.