Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 23 #2
96%

Capítulo 23 #2

La Linterna, azul, con la torre y el farol apagado. Y la puerta de la calle, la que él no usaba nunca, con un llamador de hierro que ella no había tocado en veintiún días porque siempre había entrado por detrás.

Llamó.

Tres golpes. Esperó. Oyó, dentro, una silla, y unos pasos que venían de la cocina, por un pasillo que ella no conocía, y el ruido de una cerradura que no se abría a menudo.

Tadeo abrió.

Estaba en mangas de camisa, con tinta en el índice y la cara de un hombre que lleva tres horas sentado en una cocina sin comprobar nada.

—Entra —dijo.

* * *

La cocina de La Linterna, a las doce y media, con la ventana abierta, la puerta de atrás abierta y la mesa de cuatro lados libres, y encima de la mesa un papel doblado en cuatro con un sello en la esquina, en tinta azul, que se leía sin desdoblar el papel: SIN EFECTOS CATASTRALES.

Bruna no lo desdobló. Lo había oído entero a las nueve y diez, y lo que se ha oído en voz alta no hace falta leerlo.

Bruna se quedó delante de la estantería.

—La quitamos —dijo.

—Los dos.

—Los dos.

Vaciaron los botes sobre la mesa: las lentejas, los garbanzos, el arroz, una lata de pimentón que no estaba en la lista de nadie, el calendario de la ferretería, la radio.

Bruna cogió un extremo de la estantería y él el otro, y la arrastraron por el suelo de la cocina, centímetro a centímetro, cambiando de lado, como ella había arrastrado una mesa en una torre un lunes, hasta dejarla contra la pared de la ventana, donde no tapaba nada.

La puerta blanca. Dos cuarterones. El tirador de latón. Cerrada.

Bruna la abrió.

Daba a la trece. A la grava lisa, a la tapia baja con su piedra suelta, a la gravilla del centro de una parcela vacía con sus dos tomas tapadas, a una mesa puesta para alguien que no había llegado.

Un escalón de doce centímetros hacia abajo, como el de la suya.

Un aire que entraba de fuera y no de otra cocina.

—Da a nada —dijo Tadeo, detrás de ella.

—Da a la trece. —Bruna se quedó en el umbral, con un pie en la cocina y otro en el escalón—. Ahora está vacía.

—Ahora.

—No la tapamos.

—No.

—Ni con lentejas ni con nada. Se queda abierta o cerrada, pero se queda puerta.

—Se queda puerta.

Bruna se apartó del umbral y sacó del bolsillo el papel grande, doblado en cuatro, y lo desdobló sobre la mesa de cuatro lados libres, entre las lentejas y los garbanzos, con el sello del anexo asomando debajo de una esquina.

—Esto es un plano —dijo—. De un año. Lo he hecho yo. Es lo que sé hacer.

Tadeo miró el plano como miraba los planos: entero, antes de opinar.

Ocho casillas. Tres rayas bajo cada una. Una casilla aparte, cuadrada, con una puerta pequeña en el lado de la cocina. Veinticuatro flechas de ida y vuelta. Dos columnas de fechas: «yo» y una vacía.

—El veintidós, Lisboa. —Bruna puso el dedo en la primera casilla—.

Tres días de montaje. Tres semanas de arranque.

El fin de semana del dieciocho de julio, aquí.

Cuatro horas. Luego Oporto. En agosto, dos días, tú allí.

En Lisboa o en Oporto, donde toque. —Puso el dedo en la columna vacía, en la fecha de agosto—.

Eso lo tienes que pedir. A Puri. Un sustituto. Dos días. Tú pides.

—Yo pido.

—Burdeos en septiembre, con dos semanas en medio que Inês dice que son mías.

Aquí. —El dedo en la casilla aparte—. Y así.

Veinticuatro veces. Y la casa no se vende.

Se queda en la cuarenta y uno, con siete amaneceres, con cuatro cajas que no voy a deshacer y una puerta que da a la grava.

Es a donde vuelvo. —Levantó el dedo—. Y tú.

Se calló. No porque no supiera la frase. Porque había una frase que no iba a decir en aquel libro, ni en aquella cocina, ni con lentejas delante, y otra que sí.

—Tú has pedido que te elija. —Lo miró—. Te elijo. No como sitio. Como a quien vuelvo. Si quieres.

—Sí.

Lo dijo sin a ver. Sin ya. Sin consta. Una palabra, con la boca, en una cocina donde no miraba nadie.

—Vale —dijo Bruna.

Se quedaron un momento así, con el plano en la mesa y la puerta abierta a una parcela vacía, y luego Bruna dijo, porque era lo único que faltaba por decir de aquella torre:

—Los conté. La lámina. El viernes. Con tu permiso, que fue un a ver y un todo lo que hay en la mesa.

—Ya lo sé.

—Sesenta y uno.

—Sesenta y uno.

—Falta una. —Bruna miró la ventana, no a él—. La de las dos de la madrugada. Del domingo de la puerta. Dijiste «la doce» dormido, y me reí, y no me oíste. Esa no está. No la voy a poner. No es mía la lámina. —Volvió a mirarlo—. Pero es mía la risa. Para que conste.

Tadeo no dijo nada durante un rato. Luego cogió el lápiz de detrás de la oreja, y lo miró, y lo volvió a poner.

—No consta —dijo—. Es lo único de todo esto que no consta en ningún sitio. —Y luego, porque era él—: Está bien así.

Bruna dobló el plano en cuatro y se lo metió en el bolsillo. Miró los botes sobre la mesa.

—Las lentejas.

—Las lentejas.

—Hay que ponerlas en algún sitio.

—Parcela estantería. Lado ventana.

Se rió. Por la nariz, corto, mirando una lata de pimentón que no estaba en la lista de nadie, en una cocina con una puerta blanca abierta a una parcela vacía y una estantería contra una ventana, y Tadeo se quedó mirando la lata, y ella lo vio quedarse.

Dejaron la puerta abierta. Daba a la trece, a una tapia con una piedra suelta y a una mesa puesta para nadie. Dos metros por setenta y dos. Como todas las de las dos casas.