Capítulo 23
Bruna
Una hora son sesenta minutos y Bruna los conocía todos.
Subió la calle de la iglesia con las botas, sin correr, con la sensación de tener detrás todo un bar que no miraba, y bajó por detrás de la iglesia hasta el cartel de chapa, y a la derecha, y entró en La Descalza por la puerta sin escalón, y fue a la galería, y se sentó en el sillón de Casilda a las nueve y diez, con el sol donde no debía, y sacó el papel grande.
El plano del año. Ocho casillas en fila con sus tres rayas.
Una casilla aparte, cuadrada, con una puerta pequeña en el lado de la cocina.
Veinticuatro flechas. Y debajo, «Cómo:», y lo que había dibujado el viernes y el sábado y el domingo, que era ya casi un plano de verdad: un calendario con fechas, dos columnas, una que decía «yo» y otra que no decía nada todavía.
Lo miró como se mira una obra antes de firmar el presupuesto: no para ver si es bonita, sino para ver si se sostiene.
Se sostenía.
Lisboa el veintidós. Tres días de montaje, tres semanas de arranque, y el fin de semana del diecisiete de julio, libre.
Cuatro horas. Oporto en agosto. Burdeos en septiembre, con dos semanas en medio que Inês ya le había dicho que eran suyas, «porque el módulo se monta solo y tú no».
Ocho ciudades. Veinticuatro fines de semana.
Un sitio con una puerta blanca en la pared de una cocina que daba a una grava, a cuatro horas de todo, al que se podía volver.
Eso era la columna de «yo». Se sostenía sola. Lo sabía desde el viernes.
La otra columna estaba vacía porque no era suya.
Era de un hombre que había leído hacía media hora, en un bar, delante de todo el pueblo, cuatro líneas que no exigían respuesta, y que había dicho «pide que lo elija», y que ahora estaba en alguna parte, haciendo el reparto o no haciéndolo, sin comprobar nada.
Bruna cogió el lápiz.
No escribió nada en la columna vacía. No era suya.
Lo que hizo fue mirar la casilla aparte, la cuadrada, la de la puerta, y entender por fin lo que había dibujado el viernes sin decidirlo: aquella casilla no era un sitio.
En un plano de un año, un sitio al que volver veinticuatro veces no es un sitio.
Es una razón. Y una razón tiene que poder decir que no.
A las nueve y media dobló el papel en cuatro, por las mismas rayas, y se lo metió en el bolsillo de atrás, como se lleva un plano cuando se sale a comprobar.
* * *
El resto de la hora la pasó en la casa.
No haciendo cajas. Al revés. Fue a la cocina y sacó de la caja de lo que no se tira los tres álbumes verdes, y los puso otra vez en el mueble bajo de la galería, en su balda, y cerró las puertas correderas.
Fue al dormitorio de Casilda y abrió la caja «Dormitorio, 2 de 2», y sacó la rebeca gris que estaba encima, la que tenía un botón de otro hilo, y la colgó en el armario de Casilda, sola, en una percha, y dejó las otras dos cajas cerradas, porque nueve vestidos eran nueve vestidos y no tenía por qué decidirlo todo esa mañana.
Fue al pasillo y cogió las seis cajas plegadas de la ferretería, y las metió en el cuarto de la plancha, detrás de la tabla, donde no estorbaran y donde no se tirasen.
A las diez y cinco vibró el móvil. Montse: «¿Has firmado?».
Bruna escribió: «No».
«¿Y?»
«Y nada. Me quedo con la casa. Me voy el 22.»
Tres puntos suspensivos que aparecían y desaparecían durante un rato largo. Luego: «Hija».
«Mamá.»
«¿Estás segura?»
«Estoy en la casa. Tiene siete amaneceres. Cabe.»
Más puntos. Luego: «Pues si te la quedas, la cierras bien cuando te vayas. Y me mandas una foto de esa galería, que tu padre no se la cree».
«Vale.»
«Y no te líes.»
Bruna dejó el móvil sobre el hule. Ya estaba liada. Lo que no estaba era enredada, que era distinto, y Montse no tenía por qué saber la diferencia.
* * *
A las doce menos cinco estaba en la plaza.
El Fijo tenía la puerta abierta y dentro había gente, todavía, o de nuevo, con la naturalidad de un pueblo que a las doce menos cinco de un lunes no tiene nada que hacer en un bar y está en un bar.
Fermina en la puerta con el paño. Bruna no la miró.
Cruzó la plaza por delante de la fuente, veintidós metros, hasta el ayuntamiento, y entró por la puerta principal, la de las escaleras, la que usaba la gente que venía a hacer algo.
En el despacho de Puri estaban los tres.
Puri, detrás de la mesa, con la libreta, la carpeta con el nombre de Bruna y un papel aparte, con el escudo grande y un sello ya puesto. Sergio Beltrán, con la camisa planchada y el bolígrafo, en una silla de visita. Vanesa, en la otra, con el móvil en el regazo, boca abajo.
—Buenos días —dijo Bruna.
—Buenos días. —Puri no se levantó—. Certificado de Asentamiento de la vivienda La Descalza, parcela cuarenta y uno.
Siete amaneceres consecutivos, del martes nueve al lunes quince, verificados por la Secretaría y firmados por el cartógrafo.
—Giró el papel hacia ella—. Es suyo. Firme aquí que lo recibe.
Bruna firmó que lo recibía.
—Y ahora la transmisión. —Puri sacó otra hoja—.
Vivienda y derecho de asentamiento. Los adquirentes han confirmado.
La reserva está en depósito en la Secretaría desde el lunes ocho.
Si la propietaria firma, se transmite y la reserva se aplica.
Si no firma, la reserva se devuelve íntegra, según lo sellado.
Sergio ya tenía el bolígrafo en la mano. Vanesa miraba a Bruna, no el papel.
Bruna miró la hoja. Miró el certificado, ya firmado, ya suyo. Miró a los dos Beltrán, que eran gente simpática que pagaba bien y no entendía nada, y que habían dado dos vueltas a una fuente para llegar, y que iban a dar otra para irse.
—No firmo —dijo.
Lo dijo con la voz de trabajo, sin subirla, como se le dice a un cliente que el presupuesto no va a salir.
Sergio no bajó el bolígrafo enseguida. Vanesa sí bajó algo, los hombros, un centímetro.
—¿Por qué? —preguntó Sergio, sin enfado, con la voz de un hombre que quiere saber en qué línea del contrato estaba lo que no ha visto.
—Porque la casa no está en venta. —Bruna se sentó en el borde de la mesa de Puri, que era una cosa que no se hacía y que Puri dejó pasar—.
Lo estaba. El lunes treinta y uno de mayo, cuando llegué con seis cajas y veintiún días.
Hice todo lo que hacía falta para venderla: la vacié, la anuncié, la enseñé, conseguí el certificado.
Todo. —Señaló el papel—. Y lo he conseguido.
Y ahora que lo tengo sé para qué lo quería, y no era para esto.
Me he equivocado de trámite. Lo siento. No es cosa vuestra.
Es que he tardado veintiún días en leer bien la hoja.
—La hoja no dice nada de eso —dijo Sergio.
—La hoja del notario resume —dijo Puri, sin levantar la vista—. El Manual no.
Vanesa se rió. Bajito, con la boca cerrada, y no era una risa de contenido.
—Lo sabía —dijo—. Desde la puerta. El lunes, cuando la abrí y vi lentejas. Pensé: esto no se vende. —Miró a Sergio—. Te lo dije en el coche.
—Me lo dijiste en el coche.
—Es lo más bonito que he visto en mi vida —dijo Vanesa, a Bruna—. Y no es mío. Pasa. —Se levantó—. ¿Podemos volver a verla alguna vez? Como visita. Sin cámara.
Bruna la miró un momento.
—Cuando queráis.
—¿Y el cartero? —preguntó Sergio, con el bolígrafo ya en el bolsillo, y era la única pregunta de todas las suyas que no venía de un contrato.
—El cartero vive en la doce —dijo Bruna.
—Ya. —Sergio miró la ventana, hacia la plaza—. Eso lo entendí el lunes.
Puri sacó de un cajón un sobre grueso, cerrado, con el escudo, y lo puso delante de Sergio, y sacó otro sello, el de siempre, y selló el sobre por encima del cierre: «DEVUELTA ÍNTEGRA».
—Consta —dijo—. Firmen que la reciben.
Firmaron. Sergio guardó el sobre en la carpeta de cartón con el nombre de Bruna por fuera, que ya no servía para nada, y le dio la mano con la formalidad de una última reunión.
—Entiendo —dijo—. Es lo que ponía. Reembolsable. —Se puso la chaqueta—. Es la primera vez en mi vida que me devuelven una reserva sin discutir.
—Aquí se devuelven —dijo Puri—. Es lo que tiene reservar una cosa que se mueve.
Se fueron. El coche blanco dio una vuelta a la fuente, y otra, la última, y se fue por el puente.
Puri guardó el sello.
—Consta que no consta la venta. —Cerró la carpeta—. El certificado es suyo. Es un papel que dice que una casa ha estado quieta siete días. Sirve para lo que sirva.
—Sirve.
—Sabrá usted para qué. —Puri la miró, sin cargo—. ¿Y ahora?
—Ahora cruzo la plaza.
—A pie.
—A pie.
—Consta.
* * *
Salió por la puerta principal del ayuntamiento, la de las escaleras, con el certificado doblado en cuatro en un bolsillo y el plano del año en el otro.
La plaza a las doce y veinte de un lunes de junio, con el sol vertical y la fuente sonando por los tres caños.
A la izquierda, El Fijo, con la puerta abierta y detrás de la puerta el pueblo.
A la derecha, la iglesia. Enfrente, el tablón con el plano del día.
Y desde la puerta del ayuntamiento hasta la esquina de la calle de la iglesia, donde empezaba la doce, veintiséis metros de plaza que nunca había medido, porque hasta esa mañana no había tenido motivo para cruzarlos enteros.
Los cruzó.
A pie. Con las botas. Sin prisa y sin lo contrario, con el paso de quien lleva un plano en el bolsillo y va a comprobar una cosa.
Pasó por delante de la fuente. Pasó por delante del tablón, y no lo miró, porque sabía lo que decía y porque lo que iba a pasar en los próximos diez minutos no iba a estar en ningún tablón hasta mañana, si estaba.
Pasó por delante de El Fijo, y en la puerta estaba Fermina con el paño, y detrás de Fermina, en las mesas, la gente, y nadie salió, y nadie dijo nada, y Fermina no se apartó del marco ni dejó el hueco, porque no hacía falta: aquello no era una puerta que hubiera que dejar abierta. Era una plaza.
Bruna la cruzó como Casilda había salido a por el pan cuarenta años: sin que nadie la llamara.
En la esquina de la calle de la iglesia, la doce.