Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Se levantó. No mucho: lo justo para alcanzar, por encima de la mesa pequeña, la mano derecha de él, la que sostenía el papel doblado, y con dos dedos, el pulgar y el índice, le cogió el índice.

El manchado. La tinta de nueve años y de esa mañana.

Lo sostuvo un segundo, como se sostiene una cosa para saber lo que pesa, mirándolo a él y no a la mano.

—Una hora —dijo.

Lo soltó.

—Una hora —dijo Tadeo.

Bruna cogió su café con leche, se lo bebió de un trago, de pie, dejó la taza en la mesa, se puso recta, y dijo hacia el bar, hacia todos, con la voz de las presentaciones:

—Bruna Bellver. La Descalza. Parcela cuarenta y uno. Vuelvo en una hora.

Y salió por la puerta, y Trufo, fuera, le olió las botas por costumbre, y ella cruzó la plaza a pie hacia la calle de la iglesia sin mirar atrás, con el paso de quien tiene una hora y sabe exactamente cuánto es una hora.

En El Fijo, Puri se levantó.

Sacó del bolsillo de la chaqueta el sello de goma con mango de madera, lo mojó en un tampón que Fermina, sin que nadie se lo pidiera, había puesto en la barra a las nueve menos cinco junto a los churros, fue hasta la mesa pequeña, extendió la mano, y Tadeo le dio el papel doblado, y Puri lo desdobló sobre la mesa, junto a la taza vacía de Bruna, y lo selló en la esquina de abajo, con fuerza, con un golpe seco que se oyó en todo el bar.

SIN EFECTOS CATASTRALES.

—No exigía respuesta —dijo Puri, sin mirarlo, guardando el sello—. Consta. Y consta que es la primera vez que este sello se usa desde 1962, y que no tenía casilla, y que ahora la tiene.

—Consta —dijo Melchor, desde la barra, con la boina en la rodilla, porque lo había aprendido en una fiesta y era lo único que sabía decir en un bar que no fuera la hora, y nadie le dijo que no.

Volvió a su mesa. Pasó una hoja.

Chema se levantó de la mesa de la puerta.

Amparo se levantó de la del rincón. Salieron a la vez, por la misma puerta, con doce metros de bar entre los dos convertidos en dos, y desataron a Trufo entre los dos, sin hablar, y subieron la cuesta hacia la fila de las cincuenta, un lunes, y Puri lo miró y no escribió nada, porque no había casilla, y porque por una vez no la hacía falta.

Fermina cogió la cafetera. Fue mesa por mesa, sirviendo, sin decir nada, y al llegar a la pequeña dejó un plato de tortilla delante de la silla vacía de Tadeo.

—Siéntate. Cómete eso.

Se sentó. Se lo comió. Con el papel sellado doblado en cuatro en el bolsillo de la camisa y todo el pueblo comiéndose el suyo, a la vez, en silencio, con la naturalidad de quien desayuna un lunes.

—Tienes reparto —dijo Fermina cuando terminó.

—Tengo reparto.

—Pues a la ruta. —Le quitó el plato—. Una hora es una hora. No se espera en un bar.

* * *

Hizo el reparto en su orden, con el plano del lunes en el bolsillo de atrás.

Tres cartas del banco, una revista, un sobre para la escuela.

En la fila del cerro, el hombre de los certificados lo esperaba en la cancela sin haber recibido nada, y le dijo «bien dicho», y se metió en casa, y fue lo único que alguien le dijo del anexo en toda la mañana, y fue suficiente.

En la cuarenta y uno no había nada que entregar, y no subió.

A las once y media estaba en La Linterna, en la cocina, sentado en su silla, con la mesa de cuatro lados libres delante y la estantería de las lentejas contra la pared del fondo, y no tenía nada que hacer, y no hizo nada, por primera vez en nueve años en un día laborable a las once y media de la mañana.

El papel sellado estaba en el bolsillo de la camisa. Lo sacó. Lo puso sobre la mesa. Lo dejó doblado.

Miró la estantería. Lentejas, garbanzos, arroz, el calendario, la radio.

Podía quitarla. Estaba ahí porque la había puesto él, solo, una noche de lunes, y podía quitarla él, solo, un lunes a las once y media, y dejar la puerta blanca a la vista dando a una parcela vacía.

No lo hizo. Una cosa que se pone solo se puede quitar solo, pero entonces se queda donde estaba: en la cabeza de uno.

Aquella estantería la había puesto para devolverle a ella una casa, y si algún día se quitaba, tenía que quitarse delante de ella, o con ella, o no quitarse.

Miró el reloj de la cocina. Las once y cuarenta.

La hora se cumplía a las diez y diez, y ya se había cumplido, y ella no había vuelto a El Fijo, y él lo sabía porque Fermina habría mandado a alguien, y nadie había venido.

A las doce estaba citada en el ayuntamiento con Puri y los Beltrán y un certificado con siete amaneceres, y él no iba a estar allí, porque nadie lo había citado y porque aquello era de ella.

Podía ir a la plaza. Sentarse en la fuente. Ver desde veintidós metros quién entraba en el ayuntamiento y quién salía. Leerlo.

No fue. Se quedó en la silla, con la puerta de atrás abierta al jardín y la ventana abierta y las lentejas en su sitio, y pensó que aquello, quedarse sentado en una cocina sin comprobar nada mientras otra persona decidía, era lo más parecido a pedir que había hecho en su vida después de pedir.

Las once y cincuenta. La cuarenta y uno, con Bruna dentro o no. El ayuntamiento, con Puri dentro. La doce, con él dentro, sin nada que comprobar. La trece, vacía.

A las doce en punto sonó la campana de la iglesia, doce veces, y la oyó desde la silla, y no se levantó.

Por primera vez en nueve años, no sabía dónde estaba todo el mundo. Y se quedó quieto.