Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 22
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Capítulo 22

Tadeo

La ruta, entera, en su orden, a su hora.

La plaza a las cinco. La vega, la uno, la dos, la cuatro, la siete, el perro de los Ochoa con su ladrido de trámite. La fila del río a las seis y diez, que era su hora en esa fila, y Melchor en la ventana de la veintiocho con el vaso, que lo levantó exactamente igual que siempre y dijo:

—Vas a tu hora.

—Voy.

—Bien.

En la treinta y ocho, la maceta en el alféizar con su piedra.

En la ochenta y ocho, la casa de Loreto sola; en la setenta y siete, la de Quique con la bicicleta contra su pared de diario.

Lunes. En la ochenta y uno, Chema, sin Trufo en el escalón, y una cosa nueva: la persiana de la cocina de Chema, que los lunes estaba bajada hasta el martes, subida del todo a las seis y media, y dentro, en la mesa, dos platos del domingo sin fregar.

Tadeo lo anotó donde anotaba las macetas: en ningún sitio.

Por detrás de la iglesia, bajando, hasta el cartel de chapa, y a la derecha.

La cuarenta y uno. La galería a oscuras.

El sillón dentro. La puerta blanca en la pared de la cocina, cerrada.

Y en la ventana del piso de arriba, la de la derecha, la del este, una hoja abierta, que el domingo no estaba abierta, y que a las seis menos diez de un lunes dejaba entrar el aire en una habitación que él había visto una vez y que sabía de quién era.

No se paró más que en ninguna otra casa. Anotó. Siguió.

A las seis y media, en la fuente. A la torre.

La doce: «La Linterna». Origen. La trece, en blanco.

La cuarenta y uno: «La Descalza». La setenta y siete, la ochenta y nueve.

Debajo, el Parte, con la línea del séptimo amanecer y la del certificado, que era una línea que no había escrito nunca para aquella casa y que escribió como todas, sin un tachón.

Antes de firmar, sacó el papel doblado en cuatro del bolsillo de la camisa, lo desdobló sobre la mesa, junto al Parte, y lo leyó una vez, en silencio, entero, hasta la firma sin cargo. Lo volvió a doblar. Lo guardó.

A las siete y cuarenta clavó el plano. Había diecinueve personas. La señora de la veintidós buscó la cuarenta y uno con el dedo en el aire, leyó la línea del certificado, y dijo, con la boca cerrada:

—Siete.

Nadie dijo «vaya». El chico de la ferretería dijo «siete» también, más bajo.

El hombre de los certificados le puso la mano en el hombro, un segundo, como el viernes de la tres, y la quitó, y Tadeo pensó que aquella mano en el hombro era la misma cada vez y significaba una cosa distinta cada vez, y que el hombre de los certificados lo sabía.

A las ocho, Puri. El A3. La libreta azul, por última vez, y una ficha apaisada con cuatro líneas firmadas y tres por firmar.

—Siete. —Anotó. Cerró la libreta azul y la guardó en el cajón de abajo, junto al sello—. Firme las tres.

Firmó. Sábado, domingo, lunes. La Descalza, parcela cuarenta y uno. Estaba donde decía el plano. Siete veces.

—Certificado a las doce. Adquirentes citados a las doce. —Puri levantó la vista—. ¿Lleva el anexo?

—Lo llevo.

—Después del Parte. Entero. Y luego, si no exige respuesta, el sello. —Sacó del cajón el sello de goma con mango de madera y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta, donde nunca había llevado un sello—. Yo bajo a las nueve menos cinco.

* * *

El Fijo, a las nueve menos cinco, estaba como estaba en un día con Parte, con la diferencia de que aquel lunes no había Parte que justificara que estuviera así, y estaba así.

Tadeo entró y supo dónde estaba cada uno antes de mirar, porque lo había dibujado la noche anterior.

Fermina detrás de la barra, con el delantal, la tortilla cortada en la fuente grande y los churros en su plato, y nada más: ni flores, ni una mesa en medio, ni nada raro, como había dicho.

Puri en la mesa de la ventana, con la libreta abierta y un bulto en el bolsillo de la chaqueta.

Tello de pie junto a la máquina del café, con la mano en el respaldo de una silla, sin sentarse.

Amparo en el rincón. Chema en la mesa de la puerta, con Trufo atado fuera, un lunes, que no era día de Trufo.

Quique en una mesa y Loreto en otra, a doce metros, con sus dos barras de pan.

Melchor, que había bajado, en una silla junto a la barra con la boina en la rodilla.

Las hermanas del cerro. El hombre de los certificados.

El chico de la ferretería, con la persiana de la tienda sin subir. La señora de la veintidós.

Todo el pueblo en su sitio. Y la mesa pequeña junto al perchero, vacía, con su silla de siempre y la de enfrente.

Fermina lo había parado en la puerta a las nueve menos cinco, con el paño.

—Normal —había dicho—. Tortilla y churros.

—Ya.

—Y el tampón está en la barra. Me lo ha pedido Puri a las ocho y media. No sé para qué. No lo he preguntado.

—Ya.

—Pasa.

Se puso de pie junto a la mesa pequeña, con la carpeta en la mano, y no se sentó.

A las nueve en punto se abrió la puerta.

Bruna entró con las botas, con el pelo recogido, con la cara de quien ha dormido, y miró el bar como lo había mirado el primer martes, contándolo: la barra, las mesas, la ventana, la gente.

Vio la única silla libre del bar, que era la de enfrente de él, en la mesa pequeña junto al perchero, y fue a ella, y se sentó, y cruzó las manos sobre la mesa, y lo miró.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

Fermina le puso un café con leche delante sin que lo pidiera, y un pincho de tortilla, y volvió a la barra.

Tello se despegó de la máquina.

—Vecinos y vecinas.

Fermina no dijo «siéntate, Mariano». Miró a Tello, y Tello la miró, y algo pasó entre los dos que no era un permiso sino una constatación, y Tello siguió.

—Antes del Parte. Cinco segundos. —Se puso muy recto—.

Esta corporación lleva veinte años prometiendo direcciones fijas.

Calles con nombre. Números que no cambien.

Casas que no se muevan. —Miró la ventana, el tablón, que desde dentro no se veía—.

Hoy retiro la promesa. En público. Que se muevan.

—Se sentó, por fin, en la silla del respaldo—. Consta.

—Consta la retirada —dijo Puri, escribiendo—. Veintiuna actas.

—Veinte.

—Veintiuna. Esta cuenta.

Tello no discutió. Cogió un churro. Nadie se rió, porque no era un chiste: era el alcalde, después de veinte años, diciendo lo contrario con la misma cara, y el pueblo lo tomó como tomaba todo lo que constaba.

Tadeo abrió la carpeta.

Leyó el Parte de pie, con el volumen de siempre, que era el de una persona hablando en un bar donde nadie más habla. Lo leyó entero, línea por línea, como se leía cada mañana con Parte, sin cambiar nada, sin mirar a nadie, con la vista en el papel.

Parte de Reubicaciones

Día 21. Lunes 21 de junio.

Movimientos: casa de Quique, de la parcela 88 a la 77, parcela habitual.

Casa de Loreto permanece en la 89. La Descalza permanece en la parcela 41.

Séptimo amanecer computable para el Certificado de Asentamiento.

Parcela 13: vacía. Certificado de Asentamiento de la vivienda La Descalza, parcela 41, disponible en la Secretaría a las doce.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.

Cerró la carpeta.

En El Fijo no se movió nadie. Era el final del Parte y era, cualquier otro día, el momento de comer tortilla. Fermina no cogió la cafetera. Puri no pasó una hoja.

Tadeo dejó la carpeta sobre la mesa pequeña, junto al café con leche de Bruna, y sacó del bolsillo de la camisa un papel doblado en cuatro.

—Esto no es del Parte —dijo—. Es otra cosa. Es un anexo. Personal. No tiene efectos. Lo leo y ya está.

Lo desdobló. Miró a Bruna una vez, un segundo, sentada enfrente con las manos cruzadas y la cara sin nada delante, y luego miró el papel, porque el papel era lo que había escrito y no quería decir otra cosa.

Sintió en la boca las dos palabras. En el sitio de la lengua donde se ponían, delante de lo que no quería decir. Las tuvo ahí. No las dijo.

Leyó.

—Anexo personal. —Una pausa, de las de leer—. La Linterna, parcela doce, no se ha movido en nueve años. No porque sea el origen del plano. Porque su ocupante no ha pedido nada a nadie.

El bar seguía sin moverse.

—Hoy pide. —Otra pausa—. No pide que nadie se quede en ninguna parcela; el que pide sabe lo que es una casa que no se mueve, y no se lo desea a nadie.

Pide formar parte de la vida que Bruna Bellver elija, esté esa vida donde esté, con las horas de autobús y de avión que haya en medio.

Pide que lo elija. No como sitio. Como persona a la que volver.

Bruna no se movió. Tenía las manos cruzadas sobre la mesa pequeña y las botas plantadas en el suelo, y él no la miraba, pero sabía dónde estaban las botas y dónde las manos como sabía dónde estaba cada casa: sin mirar. Las manos no se descruzaron. Eso lo supo.

No levantó la vista. La última línea era la que había ensayado menos, porque no se ensaya lo que no se va a decir con voz de Parte.

—No hace falta contestar. Ni aquí, ni hoy, ni nunca si no se quiere. Eso también consta. —Y luego, sin cargo, porque no era del cargo—: Tadeo Luján.

Dobló el papel. En cuatro. Por las mismas rayas.

* * *

Lo que pasó después lo recordaría como se recuerda un plano: por posiciones.

Nadie aplaudió. Nadie dijo nada. Fermina, detrás de la barra, puso las dos manos en el mostrador y las dejó ahí.

Puri, en la ventana, no escribió. Tello miró su churro.

Melchor tenía la boina en la rodilla y no la tocó.

Amparo, en el rincón, miró a Chema, en la puerta, un segundo, y Chema no miró la taza.

Quique y Loreto, a doce metros, se buscaron con los ojos y no se levantaron.

La señora de la veintidós no dijo «vaya».

El chico de la ferretería miró el suelo, y luego no miró el suelo.

Las hermanas del cerro se cogieron de la mano.

El hombre de los certificados no se acercó.

Todo el pueblo, en su sitio, sin leer nada en voz alta.

Bruna descruzó las manos.