Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 21
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Capítulo 21

Bruna

A las once de la noche del domingo, Bruna tenía la luz de la galería encendida, el Manual abierto por el artículo catorce y la intención de no dormir.

No lo había decidido con palabras. Lo había decidido como se deciden las cosas a las once de la noche de la víspera de algo: con el cuerpo, sentándose en el sillón de Casilda con las botas puestas y el café hecho a una hora a la que nadie hace café.

Si estaba despierta, la casa no se movía.

Eso era el artículo nueve, y era lo único de todo el Manual que no admitía interpretación.

Una noche despierta era una noche en la que La Descalza no podía ir a ninguna parte, y por la mañana estaría en la cuarenta y uno, y Puri pasaría a las ocho y cuarto con la libreta azul y escribiría un siete.

Leyó el artículo catorce otra vez. «Contados después de que su propietario haya pernoctado en ella la noche anterior.»

Pernoctado.

Lo leyó tres veces, con el dedo debajo, como había leído el primer día la hoja del notario, y la palabra decía lo que decía.

Pernoctar no era estar. Pernoctar era pasar la noche, y en el idioma de Puri, que era el del Manual, pasar la noche en una casa quería decir dormir en ella, porque una mujer despierta en una galería con la luz encendida y el café a las once no había pernoctado: había hecho guardia.

Y Puri, a las ocho y cuarto, con la libreta azul, no contaba guardias.

Contaba pernoctas. Lo había dicho en el despacho el segundo día, sin el cargo: si va a dormir dentro, duerma dentro.

Bruna cerró el Manual.

Eso era lo primero, y era lo de menos. Lo de más lo entendió después, con el café enfriándose, mirando por el cristal la tapia y el almendro a oscuras.

Si se quedaba despierta, la casa no podía moverse.

Eso era verdad. Y por eso quería quedarse despierta.

No por el certificado, que se lo iba a cargar igual.

Por la otra cosa: para que no pasara nada que ella no hubiera decidido.

Para amanecer en la cuarenta y uno porque ella lo había impedido, y no porque ella fuera la clase de persona que amanece en la cuarenta y uno.

Para vigilar la casa como se vigila una obra la última noche, para que nadie mueva nada, para que por la mañana esté todo donde ella lo dejó.

Eso era lo que llevaba haciendo toda la vida. Irse antes de que se lo pidieran. Quedarse despierta para que no pasara nada. Dos maneras de no dejar que otra persona, o una casa, o un pueblo, tuviera ocasión de decir algo.

Dejó el café en la mesa camilla.

Si dormía, la casa podía moverse. O no. Si se movía, por la mañana estaría junto a quien ella necesitara, según una regla que nadie explicaba, y todo el pueblo lo leería a las ocho, y Puri no escribiría un siete, y no habría certificado, y los Beltrán se llevarían su reserva de vuelta, y ella se iría a Lisboa el veintidós con una casa en una parcela cualquiera.

Si no se movía, estaría en la cuarenta y uno, y habría un siete, y a las doce habría un certificado, y a las doce ella tendría que decidir qué hacer con él, y esa decisión seguiría siendo suya, con casa quieta o sin ella.

Las dos cosas eran suyas. La única que no era suya era la de quedarse despierta.

Apagó la luz de la galería.

* * *

Se descalzó en el pasillo.

No como el miércoles de la fiesta, siguiendo una fila de zapatos sin saberlo.

A propósito. Se sentó en el último peldaño de la escalera, con la luz del pasillo, y se quitó la bota derecha, y luego la izquierda, y las puso de pie contra la pared, con las cañas tocándose, en el sitio donde habían estado la primera noche los zapatos de veinticuatro personas.

Se quitó los calcetines. Los metió dentro de las botas.

El terrazo del pasillo estaba frío. El de la galería, más.

Cruzó la galería descalza hasta el cristal, y volvió, y sintió en las plantas de los pies las cuatro marcas del sillón, que se notaban con los pies como se notaban con la uña, y se quedó un momento encima de una, la del brazo derecho, la más honda.

En el mueble del pasillo, encima de las cajas plegadas, seguía el paquete de papel de seda con el cordón.

Lo desató. Dos sábanas de hilo, blancas, dobladas muchas veces, y en la esquina de la de arriba, bordadas en azul con puntadas pequeñas y desiguales de dos personas que bordan por turnos, dos letras.

Las miró un momento. Volvió a doblar la sábana por donde estaba doblada, y el paquete por donde estaba, y lo ató con el cordón con una lazada suelta, como la de la cortina, y lo dejó donde estaba. Hoy tampoco. Pero ya sabía qué letras.

Luego fue a por las tres cosas.

Las eligió como se eligen las cosas que se van a dejar: mirándolas una vez, sin volver a mirarlas.

La primera era el jersey azul. El que había sacado de la maleta el segundo día por si refrescaba, y que no se había puesto ni una noche, porque en junio no refrescaba, y que llevaba tres semanas doblado sobre la silla del dormitorio de Casilda encima de una maleta a medio hacer.

Lo cogió. Era suyo. Era de la capital. Era una cosa que había traído para irse con ella.

La segunda era el rollo de cinta de embalar. El suyo, el marrón, el que llevaba a todos los montajes, con el que había cerrado la caja «Galería 1 de 2» el primer día y las dos del dormitorio el martes. Le quedaba media vuelta. Lo cogió de la mesa de la cocina, junto al Manual.

La tercera era la llave de Puri. La de hierro, con el cordel rojo, la que no abría nada. Por si acaso.

Las tres cosas en las manos. Un jersey, un rollo de cinta, una llave.

Nada de aquello tenía valor. Nada de aquello era de Casilda.

Era lo que tenía: una cosa para el frío que no había hecho, una cosa para cerrar que no iba a usar, y una cosa que no abría nada que le había dado una mujer sin explicar por qué.

Subió los trece peldaños descalza. El último crujió. El descansillo, dos por uno veinte. La puerta de la derecha, blanca, con el pomo de porcelana y la raja, cerrada sin llave desde el domingo anterior, con la llave de latón puesta por dentro.

La abrió.

La habitación estaba a oscuras y olía a aire, porque la ventana del este se había quedado con los ganchos sin echar y una hoja se había abierto sola con el viento de la tarde.

No encendió el flexo. Se veía lo justo: la cama con la colcha de rombos, la silla con las gafas y el ganchillo, los cinco marcos en la pared como cinco ventanas cerradas, la estantería con los seis libros, el armario.

Abrió el armario. Dentro, el vestido azul de los dieciséis en su percha y la rebeca gris de Casilda en la suya, juntas.

Puso el jersey azul en la balda de arriba, doblado por los hombros, con el vuelo hacia dentro.

Puso el rollo de cinta al lado, de pie, como se deja una cosa que se va a volver a coger.

Puso la llave de Puri encima del jersey, con el cordel rojo colgando por delante de la balda, para que se viera al abrir.

No dejes nada en los armarios.

Cerró las dos puertas del armario. Se quedó con la mano en la madera.

Lo que se queda en un armario es lo que alguien tendrá que decidir por ti.

Eso era lo que la frase quería decir, y ella lo había convertido en un método porque un método no duele.

Ahora había dejado tres cosas en un armario, a propósito, en una habitación que le habían guardado dieciocho años, y alguien iba a tener que decidir qué hacer con ellas, y ese alguien iba a ser ella, cuando volviera, y por eso las dejaba.

No se dijo nada más. Un armario cerrado con tres cosas dentro no necesitaba una frase.

Bajó a la galería antes de acostarse, descalza, a oscuras, y se sentó en el sillón.

Veintidós grados hacia un cristal negro.

De noche no servían para nada, y Casilda lo sabía, y por eso el sillón era para las cinco de la tarde y la cama para las once, y Bruna se quedó un minuto en una silla que no era para esa hora, con los pies en las cuatro marcas, mirando su propio reflejo en el cristal con la casa detrás, y le pareció que la mujer del reflejo estaba bien medida.

* * *

Durmió en su habitación.

No lo había planeado. Se sentó en la cama a mirar el armario cerrado y la cama no crujió, porque llevaba dieciocho años sin crujir, y se tumbó encima de la colcha de rombos, descalza, vestida, con la ventana abierta y la puerta de la habitación abierta también, de par en par, hacia el descansillo, y se quedó así, mirando los cinco marcos a oscuras, sin contar nada.

Pensó, un momento, en Tadeo. En la doce.

En una estantería con lentejas y un hombre detrás que no pedía nada, que tenía en una lámina sesenta y un sitios donde ella se había reído y que había dicho todo lo que hay en la mesa con un a ver delante.

No sabía qué iba a hacer él mañana. No sabía si iba a hacer algo.

Sabía que ella iba a dormir, y que eso era lo único que podía darle a aquella noche: la ocasión de que pasara algo que no fuera suyo.

Si la casa se movía, se movía. Si no, no. A las ocho y cuarto habría un siete o no lo habría, y a las doce ella iría al ayuntamiento con las botas puestas, y lo que decidiera allí lo decidiría ella, con la casa donde estuviera.

A las dos bajó a por agua, descalza, a oscuras, por los trece peldaños, y en el pasillo pasó junto a las cuatro cajas llenas y las seis vacías, y se paró.

Las seis vacías, plegadas, de la ferretería, seguían siendo seis cajas, y en la casa quedaban tres habitaciones sin vaciar, y el veintiuno era mañana.

No las montó. No las tocó. Bebió el agua en la cocina, de pie, mirando la puerta blanca, y subió, y volvió a tumbarse encima de la colcha, y esta vez sí se quedó dormida del todo.

Se durmió con los pies fuera de la colcha, fríos, y no se los tapó.

No se oyó nada.

* * *

Se despertó con el sol del este en la cara, a las siete, en una habitación con una ventana que a las siete de la mañana de junio daba en la cara, como sabía desde los doce años.

No se movió. Miró el techo. Luego miró la ventana.

Almendro. Tapia.

Se levantó descalza, fue al descansillo, bajó los trece peldaños, cruzó el pasillo hasta la galería y miró por el cristal: la tapia, el almendro, la grava gris, el tendedero de dos cuerdas vacío, la puerta blanca en la pared de la cocina cerrada, y en la calle, delante de la cancela, nadie, porque en la cuarenta y uno no había nadie que pasara.

Cuarenta y uno.

En el pasillo, al pasar, cuatro cajas llenas contra la pared y seis plegadas. No las miró más de un segundo. No iba a deshacerlas hoy, ni a llenar las otras, y eso, a las siete de la mañana del día veintiuno, tampoco era una decisión: era una cosa que se sabía.

No sintió alivio. No sintió lo contrario.

Sintió la temperatura del terrazo, que era de casa, y fue a la cocina, e hizo café, descalza, y abrió la puerta blanca, y se sentó en el umbral con un pie en la cocina y otro en el escalón de doce centímetros, con los pies desnudos sobre la madera y la grava, en el sitio que el domingo de la puerta había estado entre dos cocinas y ahora estaba entre su cocina y su grava, y se bebió el café mirando el almendro.

Siete mañanas. La primera la había visto Tadeo antes que ella, desde la calle, a las cinco y media. Esta la veía ella. Con los pies en su escalón, que era la única medida de aquella casa que no había tomado nadie antes.

Cerró la puerta. Terminó el café de pie mirándola, y a las siete y media subió a por los calcetines y las botas, que estaban en el pasillo, y se las puso sentada en el último peldaño, y volvió a ser una mujer con botas dentro de una casa que era suya.

Las miró un momento, puestas. Eran las mismas botas de la capital, del autobús, del bar del primer martes.

Por primera vez en veintiún días le parecieron lo que eran: unas botas para salir a la calle, y no unas botas para estar dentro.

A las ocho y cuarto, Puri.

En la calle, con la libreta azul, delante de la cancela. Miró la casa. Miró la galería. Miró a Bruna, que estaba dentro con el café, y esta vez esperó a que la mirara ella también.

—Siete —dijo Puri.

—Siete.

—Certificado disponible a las doce. En la Secretaría. Los adquirentes están citados. —Cerró la libreta azul. La guardó en el bolsillo del pantalón, y sacó la otra, la de siempre, y escribió algo en ella, y luego levantó la vista, sin cargo—. Ha dormido.

—He dormido.

—Se nota. —Miró las botas a través del cristal—. Puestas.

—Puestas.

—Bien. —Siguió calle abajo, hacia el río—. Desayuno a las nueve.

Bruna se quedó con la taza. Siete. Lo que había venido a buscar el lunes treinta y uno de mayo con seis cajas plegadas y veintiún días. Un certificado a las doce, unos compradores citados, una reserva reembolsable y un avión el veintidós. Todo estaba donde ella lo había puesto. Todo cuadraba.

Y la casa estaba en la cuarenta y uno, quieta, porque anoche no había necesitado ir a ninguna parte, o porque no se había permitido necesitarlo, y ella no sabía cuál de las dos cosas era, y el pueblo tampoco, y eso, con la taza en la mano, le pareció por primera vez una cosa que no había que saber: había que decidir.

* * *

Bajó a la plaza a las nueve menos cinco, por la calle de detrás de la iglesia, con las botas, con el pelo recogido, con la nota del móvil abierta en «24. Aquí. Cómo:» y lo que había dibujado debajo.

En la esquina de la ferretería, el chico subía la persiana y la vio pasar y dijo «siete», sin más, como se dice la hora a quien no la ha preguntado, y Bruna dijo «siete», y siguió.

En la fuente, Loreto sola, con una barra de pan, y Quique al otro lado, con otra, cada uno hacia su casa.

—Nosotros hoy nos separamos —dijeron los dos, desde sus dos lados de la fuente, a la vez, sin mirarse, con la naturalidad de un lunes.

—Trece —dijo Loreto.

—De lunes —dijo Quique.

—Siete —dijo Bruna.

—Ya lo sabemos —dijeron—. Lo sabe todo el mundo. Enhorabuena, o lo que sea.

—No se dice nada.

—Eso.

Se fueron cada uno por su lado. El tablón tenía el plano del lunes con sus cuatro chinchetas, la cuarenta y uno con su nombre, la trece en blanco, la doce con el suyo, y debajo un Parte que Bruna no leyó, porque sabía lo que decía, y porque a las nueve, en El Fijo, alguien lo iba a leer en voz alta, como se leían allí las cosas, y ella iba a estar dentro, sentada, con las botas puestas, en la silla que quedara libre.

Fermina estaba en la puerta de El Fijo con el paño, como cada mañana, y la vio llegar desde la fuente, y no dijo «anda» ni «entra» ni «cómete algo».

Se apartó del marco, un paso, para dejar el hueco, que era la manera de Fermina de no decir nada, y Bruna entendió que aquel hueco en una puerta era lo más que aquella mujer iba a decirle antes de que pasara lo que fuera a pasar.

Empujó la puerta de El Fijo a las nueve en punto.