Capítulo 20 #2
—Melchor te ha contado lo de la casa. Lo cuenta a todo el que sale. —Se colocó el ramo—. Yo también vi una. En 2004. A mediodía, con sol, la de la maestra, que iba de la sesenta a la ciento diez. Rápida. Con polvo. Se oyó en todo el cerro.
—Nadie ha visto nunca moverse una casa.
—Nadie menos yo. —Entró—. Y flotar no flotan. Corren.
Tadeo bajó hacia el pueblo por la carretera de la ermita, con el anexo en el bolsillo de la camisa y tres versiones incompatibles de una cosa que nadie había visto, y pensó que aquello era exactamente lo que el pueblo hacía con todo lo que no constaba: cada uno lo veía a su manera y ninguno mentía.
* * *
Domingo. Las cinco y media. La cincuenta y tres.
La casa de Chema, pegada a la de Amparo.
Trufo en el escalón, recto, con los ojos en la ventana de la cocina de al lado.
Chema en el umbral con la taza y la cara de los domingos.
Todo como cada domingo, salvo una cosa: la ventana de la cocina de Amparo estaba abierta del todo, no un palmo, y Amparo estaba en ella, con el delantal, a las cinco y media, mirando hacia la calle, esperando a que pasara el cartógrafo, y cuando pasó lo llamó por su nombre.
—Tadeo.
Se paró.
—He comprado pollo para dos y medio —dijo Amparo—. Ayer. En la ciudad. Lo digo para que conste.
—No hay casilla.
—Pues hazla. —Miró a Chema, que miraba la taza—. Dos y medio. El medio es el perro. Los dos son los dos. Lo he pedido así en la carnicería, en voz alta, y la carnicera lo ha apuntado, y si lo apunta una carnicera lo puede apuntar un ayuntamiento.
Chema no dijo «es el perro». Miró la taza un rato largo y luego levantó la vista hacia la ventana abierta y dijo, con la voz de cuatro años:
—¿A qué hora?
—A las dos. Como siempre. —Amparo cerró la ventana, no del todo—. Con plato.
Tadeo siguió la ruta. Once parcelas más abajo se dio cuenta de que iba a poner aquello en el Parte y de que no sabía cómo, y de que iba a ponerlo igual, porque una mujer que compra pollo para dos y medio y lo dice por la ventana a las cinco y media de la mañana está pidiendo que conste, y lo que se pide que conste, consta.
En la cuarenta y uno, a las seis menos diez, la galería a oscuras, y sobre el hule, por el cristal, un papel grande extendido con un dibujo que desde la calle no se leía: una fila de casillas y una casilla aparte, con rayas entre ellas, que podía ser cualquier cosa y que Tadeo, que sabía leer cuadrículas de lejos, no leyó, porque no era suya y porque estaba dentro de una galería con la cortina recogida a la izquierda, que era una manera de estar abierta y de no ser para la calle. Anotó lo que anotaba. Siguió.
Sexto amanecer. Puri, a las ocho, con la libreta azul.
—Seis.
—Seis.
—Mañana, siete. Certificado disponible a las doce. —Guardó la libreta—. Lo de Amparo lo ha puesto usted como ocupante animal registrado y ocupante humano previsto. No existe ocupante humano previsto.
—Ya lo sé.
—Lo dejo. —Pasó una hoja—. Por una vez.
* * *
Fermina lo esperaba en la puerta de El Fijo con un café, un domingo, que no era día de cafés en la puerta.
—Mañana desayuno normal —dijo—. Tortilla, churros, café de puchero. A las nueve. Como siempre. —Le dio la taza—. Que quede claro. No voy a poner una mesa en medio. No voy a poner flores. No voy a hacer nada raro. Es un lunes.
—Es un lunes.
—Y si alguien intenta hacer otra cosa, lo siento.
—Ya.
Fermina lo miró como miraba las tortillas para saber si estaban.
—Y tú.
—Mañana leo el Parte. —Tadeo bebió—. Y después leo una cosa.
Fermina no preguntó qué cosa. Asintió una vez, con toda la cara, y le quitó la taza vacía de la mano.
—Bien. Yo pongo tortilla. —Se metió en el bar—. Lo demás lo pones tú.
* * *
Esa noche subió a la torre a las diez.
La cuadrícula del lunes, en blanco, con las pinzas.
La lámina debajo, doblada, con la esquina del pliegue de más hacia el norte.
No la tocó. El rincón del este: la tapa, la silla, la taza.
La chaqueta en el clavo. Todo donde estaba, y él ya no sabía si era él quien lo dejaba así o si era ella, desde la cuarenta y uno, sin tocar nada.
Se asomó a la ventana del norte, la que no cerraba.
Desde allí no se veía la cuarenta y uno, que estaba detrás de la iglesia, pero se veía el reflejo de una luz en la pared trasera de la iglesia, baja, amarilla, que a las diez de la noche de un domingo solo podía ser una galería encendida en la fila de las cuarenta.
Ella tenía que dormir. Eso lo sabía él y lo sabía ella y lo sabía Puri, que pasaría a las ocho y cuarto con la libreta azul a escribir un siete o a no escribirlo.
Una noche en vela invalidaba el amanecer, y Bruna Bellver era una mujer que sabía lo que invalidaba qué.
Si dormía, la casa podía moverse o no. Si no dormía, nada.
Él no podía hacer nada con ninguna de las dos cosas, y esa era la novedad de aquel domingo: que había una cosa en el pueblo que dependía de ella, y otra que dependía de él, y que las dos estaban a la misma distancia de la fuente y ninguna en una casilla.
Pensó en mañana como pensaba en una ruta.
La plaza a las cinco. Noventa viviendas.
La cuarenta y uno, con Puri delante a las ocho y cuarto y una libreta azul.
La torre. El plano del lunes con la línea del séptimo amanecer, que era una línea que él llevaba veintiún días sabiendo que iba a escribir y que iba a escribir igual.
El tablón a las siete y cuarenta. El ayuntamiento a las ocho.
Y El Fijo a las nueve, con Fermina detrás de la barra, Puri en la ventana, Tello de pie, Amparo en el rincón y Chema en la puerta, Quique y Loreto separados, Melchor si bajaba, la señora de la veintidós, el chico de la ferretería, todo el pueblo en su sitio, y él en la mesa pequeña junto al perchero, de pie, con un Parte en una mano y un papel doblado en cuatro en la otra.
Sabía dónde iba a estar cada uno. Lo que no sabía era en qué silla iba a estar ella, ni si iba a estar, y por primera vez en nueve años no saberlo era la única casilla del plano que le importaba.
La luz de la iglesia se apagó a las diez y media.
Tadeo bajó de la torre. Pasó por delante de la estantería de las lentejas. Se acostó con el anexo doblado en cuatro sobre la mesilla, junto a la plumilla, y con la ventana abierta, y con la lista de la ruta de mañana en la cabeza, por su orden, sin saltarse la siete.
Durmió. Constaba.
Parte de Reubicaciones
Día 20. Domingo 20 de junio.
Movimientos: casa de Chema, de la parcela 81 a la 53, junto a casa de Amparo. Ocupante animal registrado: Trufo. Ocupante humano previsto para las dos: uno. La Descalza permanece en la parcela 41. Sexto amanecer computable para el Certificado de Asentamiento. Parcela 13: vacía.
Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.
T. Luján, cartógrafo municipal.