Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 20
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Capítulo 20

Tadeo

La lámina estaba exactamente donde estaba.

Lo había visto el viernes a la una, al volver del reparto, al levantar la cuadrícula del sábado para sacar las fichas y ver que faltaba una: el bloque en su sitio, la lámina encima, doblada en cuatro por las mismas rayas, con la esquina que tenía un pliegue de más apuntando al norte, como la había dejado él.

Exactamente. Nadie pone una cosa exactamente donde estaba salvo alguien que la ha medido antes.

Se lo había dicho él a ella en aquella misma torre, y ahora la frase le volvía del otro lado, y no supo si Bruna la había desdoblado, y supo que no iba a preguntarlo, y supo también que si la había desdoblado, entonces había puesto la lámina así a propósito, para que él lo notara, y que si no la había desdoblado, también.

El sábado a las cinco hizo la ruta, entera, en su orden, a su hora. La fila del río a las seis y diez. Melchor en la ventana con el vaso, y esa mañana Melchor levantó el vaso y no dijo nada, que era su manera de decir que iba bien.

En la cuarenta y uno, la galería a oscuras. Las cajas por el cristal de la puerta. La puerta blanca en la pared de la cocina. Nada en el buzón. Anotó. Siguió.

A las ocho, Puri cogió el A3 y la libreta azul y luego sacó de la carpeta con el nombre de Bruna una ficha apaisada con cuatro líneas rellenas y tres en blanco.

—Cinco. —Anotó—. Y firme las cuatro. Las otras tres, cuando toque.

Firmó. Con la plumilla que llevaba en el bolsillo de la camisa para eso, en el recuadro de abajo a la derecha, con la letra del plano. Martes, miércoles, jueves, viernes. La Descalza, parcela cuarenta y uno. Estaba donde decía el plano. Era lo único que él certificaba.

—Consta —dijo Puri, y guardó la ficha—. La propietaria la rellenó ayer a las once. De pie.

No dijo nada más. Tadeo no preguntó nada más. Aquello era Puri diciendo que Bruna había estado en la torre, con el modo de Puri, que era decir la hora.

Parte de Reubicaciones

Día 19. Sábado 19 de junio.

Movimientos: sin movimientos. La Descalza permanece en la parcela 41. Quinto amanecer computable para el Certificado de Asentamiento. Parcela 13: vacía. Se hace constar que la ficha de asentamiento de la vivienda lleva la firma del cartógrafo en sus cuatro primeras líneas.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.

Lo escribió el sábado, en la torre, entre las diez y las doce, con la ventana del norte abierta porque ya no cerraba.

No empezó por las palabras. Empezó por el título, que era lo que sabía hacer, porque un documento sin título no es un documento y él llevaba nueve años escribiendo el mismo título cada mañana.

Sacó una copia vieja del A3, le dio la vuelta, mojó la plumilla, y escribió arriba, con la letra del plano: «Anexo personal».

Lo miró. Era el nombre. Un Parte tenía movimientos, un recordatorio y una firma.

Esto no era un movimiento, porque no se había movido nada.

No era un recordatorio, porque no recordaba nada a nadie.

Era una cosa aparte, pegada al final de un documento oficial, que no tenía efectos y que él iba a leer en voz alta después de leer lo que sí los tenía.

Un anexo. Personal. Con las dos palabras ya estaba dicha la mitad.

La otra mitad le costó dos horas y cuatro hojas.

La primera fue larga. La leyó y la dobló, porque un anexo no puede ser más largo que el Parte.

La segunda explicaba. La dobló también, porque explicar era lo que hacía el pueblo, no él.

La tercera pedía que se quedara, sin decirlo, con un rodeo, y esa la rompió, que fue la única, porque un rodeo para pedir que alguien no se mueva era la cosa más parecida a una casa acercándose de noche, y él no iba a hacer eso con un papel.

La cuarta fue corta. Cuatro líneas, con la letra del plano, sin un tachón.

La primera decía de qué casa hablaba y cuánto llevaba sin moverse y por qué, que era la parte que el pueblo repetía mal.

Las dos del medio decían lo que él pedía, y no era que nadie se quedara en ninguna parcela.

La última decía que no hacía falta contestar, ni entonces, ni allí, ni nunca si no se quería, y que eso también constaba.

La leyó tres veces. La firmó: «T. Luján». Sin cargo, porque no era del cargo.

La leyó una vez en voz alta, de pie, hacia la ventana del sur, hacia la plaza, con el volumen con que se lee un Parte en El Fijo.

Llegó a la segunda línea y se paró, porque la segunda línea era la que decía lo que pedía, y oírsela decir a sí mismo en una torre vacía le pareció una cosa que no se podía hacer dos veces sin gastarla.

Dejó la tercera y la cuarta para el lunes.

Lo dobló en cuatro y se lo metió en el bolsillo de la camisa, junto a la plumilla.

* * *

Puri estaba en su mesa a la una, con la libreta, cerrando la semana.

Tadeo sacó el papel doblado y lo puso sobre la mesa, sin desdoblarlo.

—Quiero añadir esto al Parte del lunes.

Puri miró el papel. No lo tocó.

—Un Parte no lleva anexos.

—Este sí.

—¿Qué es?

—Un anexo personal.

—¿Tiene efectos?

—Ninguno.

—¿Sobre el padrón, el catastro, el certificado o el asentamiento de alguna vivienda?

—Ninguno.

—¿Exige respuesta?

—No. —Tadeo puso la mano sobre el papel, sin apretarlo—. Lo dice el papel. En la última línea.

Puri se quedó mirándole la mano un momento.

Luego abrió un cajón, el de abajo, el que Tadeo no le había visto abrir nunca, y sacó un sello de goma con mango de madera, viejo, y lo puso sobre la mesa junto al papel, con la goma hacia arriba.

Tadeo leyó las letras al revés, y luego del derecho: SIN EFECTOS CATASTRALES.

—Es el único sello que tengo para lo que no tiene casilla —dijo Puri—. Lo hizo el secretario anterior en el sesenta y dos, para una cosa que no consta. No se ha usado desde entonces.

—Ya.

—Lo sello el lunes. Después del Parte. Después de que usted lo lea, porque el sello es para lo que ya se ha dicho, no para lo que se va a decir. —Guardó el sello en el cajón—. Y lo sello si lo que lee no exige respuesta. Si la exige, no lo sello, y consta que no lo sello.

—No la exige.

—Consta la condición. —Cogió la libreta—. Y consta que no lo he leído. Yo sello lo que no leo. Es lo que tiene el cargo.

Tadeo cogió el papel y volvió a guardárselo en la camisa.

—Puri.

—Secretaria.

—Secretaria. Gracias.

—No hay casilla para eso. —Escribió—. Buenos días.

* * *

Subió a pie por la carretera de la ermita, después del reparto de lo que había llegado tarde, con el sol todavía alto y el pueblo quedándose abajo, casilla a casilla, hasta que desde la curva se veía entero, de un vistazo, sin cuadrícula: los tejados, la torre de la iglesia, la suya con el farol, y detrás de la iglesia, pequeña, una esquina de color melocotón contra un almendro.

El cementerio estaba a las afueras, en la carretera de la ermita, detrás de una tapia encalada, y era el único sitio de Valdevaivén donde nadie se movía, y el pueblo lo decía como chiste y como consuelo, y Tadeo entró por la cancela de hierro a las seis de la tarde del sábado sin que fuera ni lo uno ni lo otro.

La tumba de Casilda estaba en la tercera fila, en el suelo, con una losa gris y un nombre.

Bellver. Sin fechas, porque Casilda había dejado dicho que las fechas eran cosa del padrón.

Había un ramo seco, de hacía semanas, y un geranio rojo en una maceta de barro, vivo, regado, que Tadeo supo de quién era sin necesidad de que lo dijera nadie, porque en el pueblo solo había una persona que regaba geranios en sitios que no eran suyos.

Se quedó de pie delante.

No venía a pedir nada, y lo tuvo claro desde la cancela: un cementerio no era un sitio para pedir, y menos para alguien que acababa de decidir pedir en voz alta a una persona viva. Venía a decir. Como se dice una cosa a alguien que ya no puede contestar, para oírsela uno.

—Voy a pedir —dijo, en voz baja, porque en un cementerio se habla bajo aunque no haya nadie—. El lunes. En el desayuno. Delante de todos. —Se pasó la mano por la nuca—. No que se quede. Eso no. Otra cosa. Usted sabrá cuál, si es que sabe algo, y si no, da igual.

Miró la losa.

—A ver. Usted no pidió. Cuarenta años, y la casa a donde hacía falta, y usted detrás, y no pidió nunca nada a nadie.

Ni a ella. Dejó la puerta abierta. Fue a por marcos.

—Se calló un momento—. Yo tampoco. Nueve años.

Lo mío no era una puerta abierta; era una puerta tapada.

Pero da lo mismo, desde fuera. Una casa quieta es una casa quieta.

Un rato de silencio, con el ruido de la carretera lejos.

—Uno de los dos tenía que probar lo otro. —Lo dijo más bajo—. No sé si sale bien. Sé que la última línea dice que no hace falta contestar, y lo digo en serio, y por eso lo puedo decir.

Se quedó un rato más. No por nada. No pasó nada: ningún pájaro se posó en ningún sitio, el viento no hizo nada que no hiciera el viento, la losa siguió siendo gris.

Era lo que pasaba en un cementerio, y por eso venía la gente: porque era el único sitio donde uno podía decir una cosa sin que nadie la leyera.

Al salir, en la cancela, estaba Melchor, con un vaso de agua, entrando.

—Vas tarde —dijo Melchor.

—Voy.

—Yo vengo a las seis y media. Al geranio. —Levantó el vaso—. El de Casilda es de Amparo. El de mi mujer es mío. No se riegan igual.

—Ya.

Melchor lo miró desde debajo de la boina con la cara de quien va a decir una cosa que no viene a cuento y sabe que no viene a cuento.

—Yo vi una moverse. En el setenta y ocho. La de los Arriaga. De noche. Flotaba. Un palmo por encima del suelo, sin ruido, despacio, como un barco. Yo venía de la ermita.

—Nadie ha visto nunca moverse una casa, Melchor.

—Nadie menos yo. —Entró—. Y el de la gasolinera dice que la vio arrastrarse, que es mentira. Las casas no se arrastran. Flotan.

Tadeo se quedó en la cancela. Y en la cancela, por el otro lado, llegaba la hermana mayor del cerro con un ramo de flores del huerto.

—Buenas tardes, Tadeo.

—Buenas tardes.