Capítulo 19 #2
No era su ruta. Su ruta habría tenido círculos en la fuente, en el tablón, en la ferretería, en la cuesta del cerro, en La Parra.
Aquello no marcaba por dónde había pasado.
Marcaba dónde se había reído. Delante de él.
Una por una. Desde el jueves de la primera semana, con un sillón que encajaba en cuatro marcas, hasta un dormitorio con la puerta entornada.
Un hombre que no decía nada, que no pedía nada, que tapaba una puerta con lentejas para no oír un no, había estado dieciocho días apuntando con un lápiz, en una lámina que no era de nadie, el sitio exacto de cada vez que ella se había reído en su presencia, y lo había puesto debajo de una hoja para que ella no lo viera, y luego, esta mañana, por teléfono, con un a ver delante, había dicho todo lo que hay en la mesa.
Bruna no lloró. Se quedó mirando el círculo del dormitorio, solo, junto a la ventana.
Faltaba uno. Lo supo con la misma seguridad con la que sabía que la tapa medía setenta por cincuenta: la risa de las dos de la madrugada, contra la almohada, cuando él había dicho «la doce» dormido.
Esa no estaba. No podía estar. Él no la había oído.
Y ella no podía ponerla, porque la lámina no era suya, y porque un círculo que pone otra persona no cuenta, y porque aquel hombre solo apuntaba lo que había visto, y eso era, exactamente, lo que hacía que los sesenta y uno valieran.
Se quedó con la falta. Era suya. La única cosa de aquella torre que era solo suya.
* * *
Dobló la lámina. Cuatro dobleces, con los círculos hacia dentro, por las mismas rayas, y la puso sobre el bloque de fichas, debajo de la cuadrícula del sábado, y volvió a poner las dos pinzas.
En el sitio exacto. Él lo iba a notar, porque nadie ponía una cosa exactamente donde estaba salvo alguien que la había medido antes, y eso ya lo había dicho él una vez, y Bruna quería que lo notara.
No era un mensaje. Era una manera de dejar una cosa como se ha encontrado.
Luego se quedó en la silla del sur un rato más, con la ficha de asentamiento en las rodillas, siete líneas numeradas, cuatro que ya podían rellenarse, y no la rellenó.
Sabía qué quería. Lo sabía desde el hueco de una puerta, o desde antes, desde un sillón que encajaba, y lo había estado llevando en la nota del móvil como se lleva una medida de una obra que no se ha decidido hacer.
Ahora tenía la medida y la obra. Lo que no tenía era el cómo, y el cómo era lo suyo.
El cómo era la única cosa que sabía hacer mejor que nadie.
Sacó el móvil. Abrió el calendario de Maré, el de las ocho ciudades, y lo miró desde la silla de él, desde el sur, como se mira un plano que hay que dibujar entero o no dibujar.
Veinticuatro fines de semana. Eso era el número.
Y ahora el número tenía un sitio, y el sitio tenía una parcela, y la parcela tenía un hombre que apuntaba risas y no pedía nada.
Lo que faltaba era el diseño: cómo se monta una cosa que tiene que aguantar un año, con tres días de montaje por ciudad y ocho ciudades, y un sitio fijo al que volver que no fuera un sitio del que no se pudiera salir.
No lo tenía. Empezó a tenerlo. En la nota del móvil, debajo de «Sillón, 22 grados», escribió: «24.
Aquí. Cómo:» y dos puntos, y no escribió nada después de los dos puntos, porque el cómo se dibujaba, no se escribía, y para dibujarlo necesitaba papel grande y una mesa de un metro por un metro, y las dos cosas estaban delante de ella, y no eran suyas todavía.
Cogió su taza del rincón del este, porque era suya, y la dejó donde estaba, porque también.
Bajó las veintidós vueltas con la ficha. Pasó por la cocina, por delante de la estantería de las lentejas, y esta vez sí se paró un segundo, y puso la palma en la madera de pino, a la altura donde detrás estaría el tirador de latón, y luego salió por la puerta de atrás, que no tenía llave.
* * *
Rellenó la ficha en el despacho de Puri, de pie, con el bolígrafo del ayuntamiento. Vivienda: La Descalza. Parcela: cuarenta y uno. Propietaria: Bruna Bellver. Líneas uno a cuatro: martes, miércoles, jueves, viernes. Cinco, seis y siete: en blanco.
—La firma del cartógrafo, mañana —dijo Puri—. Firma las cuatro. Las otras tres, cuando toque. —Cogió la ficha, la miró al trasluz por costumbre, y la metió en una carpeta con el nombre de Bruna—. Consta.
Bruna no se fue.
—Puri.
—Secretaria.
—Secretaria. Una pregunta. Si la propietaria consigue el certificado y luego no vende. ¿Qué pasa?
Puri levantó la vista.
—El certificado no se desiste. Se obtiene o no se obtiene. Lo que la propietaria haga con él es de la propietaria. —Volvió a la libreta—. La reserva, se devuelve íntegra. Lo firmaron los tres. Lo sellé yo.
—¿Y la casa?
—La casa se queda donde esté. —Escribió—. Es lo que hacen.
Bruna salió a la plaza. Eran las once. El plano del viernes, con sus chinchetas; la cuarenta y uno, con su nombre; la trece, en blanco.
Desde la fuente lo vio subir la cuesta del cerro con la bolsa, de espaldas, a lo lejos, con el paso de la ruta, y no lo llamó, y él no se giró, porque en aquel pueblo la gente no se giraba en las cuestas, y Bruna se quedó con la imagen como se quedaba con una medida: un hombre subiendo una cuesta con una bolsa a las once de la mañana, en su orden, sin saltarse nada, mientras en su torre una lámina estaba exactamente donde estaba.
El móvil vibró. Montse: «¿Has vendido ya?
Inês dice que el 22. ¿Todo bien?». Bruna escribió «El lunes.
Todo bien» y luego borró «Todo bien» y dejó «El lunes», porque todo bien era una cosa que se decía sin medir y ella ya no decía cosas sin medir.
Bajó por detrás de la iglesia, hasta el cartel de chapa, y a la derecha, y entró en su casa por la puerta sin escalón, y fue directa a la galería, y se sentó en el sillón, a las once y cuarto, con el sol donde no debía, y sacó el papel grande.
Dibujó una cuadrícula. Ocho casillas en fila: Lisboa, Oporto, Burdeos, Nantes, Amberes, Rotterdam, Hamburgo, Copenhague.
Debajo de cada una, tres rayas: los fines de semana.
Y a un lado, sola, una casilla más, cuadrada, de un metro por un metro a la escala que fuera, sin nombre todavía, con veinticuatro flechas que salían de las ocho y llegaban a ella, y volvían.
En la casilla suelta dibujó, sin decidirlo, una pared con una puerta pequeña, blanca, en el lado de la cocina. Luego la borró, porque la casilla no tenía escala y una puerta sin escala no es una puerta. Luego la volvió a dibujar, porque tampoco era un plano de verdad, y dejó la goma.
Lo miró. Era un plano. Era, de hecho, el primer plano de su vida que no era de un sitio, sino de un año.
Debajo, con la letra de los doce, escribió: «Cómo». Y dos puntos. Y esta vez, después de los dos puntos, empezó a dibujar.
Sesenta y uno. Los había contado dos veces. Y sabía cuál faltaba, y que no era suyo ponerlo, y que eso era lo que hacía que los otros valieran.