Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 19
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Capítulo 19

Bruna

—Cuatro —dijo Bruna, desde la galería, antes de que Puri abriera la libreta.

Puri, en la calle, con la libreta azul a medio abrir, la miró a través del cristal como se mira a alguien que se ha saltado el turno en una cola.

—Cuatro —confirmó, y escribió—. La propietaria cuenta.

—La propietaria cuenta desde el martes.

—Consta. —Cerró la libreta—. Y otra cosa: la ficha de asentamiento está en la Secretaría desde ayer. Es un trámite de la propietaria. A las nueve.

Siguió calle abajo. Bruna terminó el café en el sillón, a las ocho y veinte, con el sol en el hombro derecho, porque a esa hora el sol entraba por el otro lado y los veintidós grados no servían de nada. Casilda tampoco leía a las ocho y veinte. Leía a las cinco.

* * *

En la fuente, a las nueve menos cinco, Quique y Loreto estaban juntos, porque era viernes, y llevaban una barra de pan entre los dos.

—Nosotros hoy nos juntamos —dijeron.

—Ya lo he leído.

—Cuatro, ¿no? —Loreto señaló con la barbilla hacia atrás, hacia la calle de la iglesia, hacia donde estaría la cuarenta y uno—. Los amaneceres.

—Cuatro.

—Nosotros vamos por trece —dijo Quique—. De viernes. Desde la boda.

—Trece.

—Es otra cuenta —dijo Loreto—. Pero también se cuenta.

Se fueron hacia el río con el pan, y Bruna se quedó junto a los tres caños pensando que en aquel pueblo todo el mundo llevaba una cuenta de algo, y que la suya, por primera vez en su vida, la llevaba también otra persona con una libreta azul, y que eso no le molestaba.

Parte de Reubicaciones

Día 18. Viernes 18 de junio.

Movimientos: casa de Quique, de la parcela 77 a la 88, junto a casa de Loreto. La Descalza permanece en la parcela 41. Cuarto amanecer computable para el Certificado de Asentamiento. Parcela 13: vacía.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.

La ficha de asentamiento era una hoja apaisada con el escudo, siete líneas numeradas para siete amaneceres, una casilla para la vivienda, otra para la parcela, otra para la propietaria, y abajo, a la derecha, un recuadro que decía «Firma del cartógrafo municipal» y estaba vacío.

—Se rellena y se firma —dijo Puri—. Yo verifico los amaneceres; el cartógrafo firma que la vivienda ha estado en la parcela que dice el plano. Son dos cosas.

—¿Y la firma?

—La ficha va con el plano. Las hojas las tiene él, en la torre, encima de la mesa, porque las rellena con la cuadrícula del día. Yo tengo el modelo. Las buenas están arriba. —Puri no levantó la vista—. Suba.

—Está de reparto.

—Está de reparto. —Puri pasó una hoja—. Tiene teléfono. Llámelo. Yo no subo a torres.

Bruna salió al pasillo del ayuntamiento, junto a la fotocopiadora de los diez céntimos, y marcó el número de Tadeo, que tenía en el móvil desde el martes de la primera semana y que no había marcado nunca, porque en dieciocho días no habían necesitado un teléfono para nada.

Sonó cuatro veces.

—Sí.

—Soy Bruna.

—Ya.

Se oía la calle detrás de él. Un perro. Una cancela. Estaba en alguna casilla.

—Necesito la ficha de asentamiento. Puri dice que las hojas están en tu mesa.

—Debajo de la cuadrícula del sábado. Encima de la mesa. Un bloque de hojas apaisadas, con el escudo.

—¿Puedo subir?

—La puerta de atrás no tiene llave.

—Ya lo sé. Te lo pregunto igual.

Una pausa. Un perro otra vez, más lejos.

—A ver. —Otra pausa, corta, la que él ponía delante de lo que le costaba—. Coge lo que necesites. Todo lo que hay en la mesa es para eso.

—Vale.

—Ya.

Colgó él. Bruna se quedó con el móvil en la mano en el pasillo del ayuntamiento y no supo qué acababa de pasar, salvo que él había dicho «a ver» antes de una frase que no tenía por qué costar nada, y que ella llevaba dieciocho días aprendiendo cuándo esas dos palabras significaban miedo.

* * *

La puerta de atrás de La Linterna no tenía llave, y Bruna la abrió y entró en una cocina que no pisaba desde el lunes por la mañana.

La mesa de cuatro lados libres. Las dos sillas.

La cortina verde, descorrida. Y contra la pared del fondo, la estantería de pino, con las lentejas, los garbanzos, el arroz, el calendario de la ferretería y la radio, llena, ordenada, tapando entera una puerta blanca que desde ese lado no se veía.

Bruna se quedó delante un momento. Era la primera vez que la veía desde aquí.

Desde su cocina era una puerta cerrada que daba a un fondo de pino.

Desde esta era una estantería normal con legumbres, y nadie que entrara sabría que detrás había algo, y esa era exactamente la intención, y Bruna la entendió como entendía un montaje bien hecho: sin que le gustara.

No la tocó. Subió las veintidós vueltas.

* * *

La torre estaba como la había dejado el lunes, y no lo estaba.

Su rincón del este: la tapa sobre sus dos cajas, la silla, la taza, la chaqueta en el clavo, el cargador detrás de la carpeta azul. Nadie lo había tocado. Estaba todo tan igual que se notaba que alguien había tenido cuidado de que lo estuviera.

La mesa, en el centro, con sus treinta y cinco centímetros de paso.

El cordel con las copias de la semana, en orden: martes, miércoles, jueves, viernes, todas con la cuarenta y uno escrita y la trece en blanco.

Las leyó sin descolgarlas, de izquierda a derecha, como se lee una semana: «Primer amanecer computable».

«Segundo». «Tercero». «Cuarto». Cuatro hojas iguales con un número distinto, y en las cuatro, la doce, «La Linterna», con la misma letra, y Bruna pensó que aquel cordel era el único sitio de Valdevaivén donde se veía a la vez lo que se movía y lo que no.

En el sur, la bandeja de latón. Y en el centro de la mesa, la cuadrícula del sábado, en blanco, con sus dos pinzas.

Quitó las pinzas. Levantó la hoja por las dos esquinas, con cuidado de no arrastrarla, como el lunes.

Debajo había dos cosas. Un bloque de hojas apaisadas con el escudo, grapado por un lado, las fichas de asentamiento, una docena. Y, encima del bloque, doblada en cuatro, una lámina transparente.

Bruna cogió el bloque. Separó la primera ficha, con cuidado de la grapa, y la dejó aparte, sobre la silla. Devolvió el bloque a su sitio.

La lámina se quedó donde estaba, doblada, sobre el tablero.

Coge lo que necesites. Todo lo que hay en la mesa es para eso.

Se quedó de pie, en el lado norte, con las manos a los lados.

Lo que hay debajo de la cuadrícula no se toca.

Eso lo había dicho él el lunes de la segunda semana, y ella había dicho vale.

Y esta mañana había puesto esas dos palabras delante, y luego había dicho todo lo que hay en la mesa, y ella llevaba dieciocho días aprendiendo aquel idioma y sabía leer la diferencia entre las dos frases igual que sabía leer una medida.

La cogió. La desdobló. Cuatro dobleces, alisándola con el canto de la mano sobre el tablero, como le había visto hacer a él el domingo con la cabeza girada.

Era una lámina de plástico transparente, del tamaño exacto de la cuadrícula. Sobre ella, a lápiz, círculos. Pequeños. Del tamaño de una cabeza de alfiler, cerrados, hechos con cuidado, unos aislados y otros en grupos apretados, en racimos, en tres o cuatro sitios de la lámina, y en el resto, nada.

Bruna la puso sobre la cuadrícula del sábado, en blanco, y la alineó por las esquinas.

Los círculos cayeron en casillas.

La trece. Muchos. Un grupo en el lado sur de la casilla, donde estaba la galería.

Un racimo denso en el lado norte, donde estaba la cocina.

Uno solo, aparte, junto al lado de la ventana del fondo, donde estaba el dormitorio.

La doce: varios, en el centro, donde estaba la torre.

En la raya entre la doce y la trece, dos: uno hacia el jardín, donde estaba el banco, y otro más al norte, en el sitio exacto donde las dos casas se tocaban por las cocinas.

En el rectángulo sin número de la plaza, en el lado del ayuntamiento, uno, en un sitio que ella supo enseguida que era el sótano, la mesa de consulta, el lado de las cajoneras impares.

Y nada más. Ningún círculo en la calle. Ninguno en El Fijo. Ninguno en la fuente, ni en el hostal, ni en la fila del río, ni en la tres junto a La Parra, ni en la cuarenta y uno. Ninguno en los sitios por los que ella había pasado. Solo en los sitios donde ella había estado con él.

Los contó.

Con el dedo en el aire, sin tocar el plástico, casilla por casilla, como había contado los tres caños a los diez años y los trece peldaños a los treinta y cuatro.

Uno en la galería, que sabía cuál era: el sillón en sus cuatro marcas, «Uno», el jueves de la primera semana.

Uno en el sótano: «Sois todos iguales». Uno en la torre: «¿Consta?

», con él sentado en el suelo. Uno en el banco: «Hay lo que ha llegado tarde».

Y luego el racimo de la cocina, que era una noche entera, y no pudo separar los círculos porque estaban pegados, y no hacía falta: eran la lista de Tello, y el farol, y Puri con la linterna a las doce, y las cuatro y media con la geometría.

Uno en el hueco de la puerta: «No lo pongas». Uno en el dormitorio.

Sesenta y uno.

Los contó otra vez. Sesenta y uno.

Se sentó. En la silla de él, en el sur, que era donde uno se sentaba para mirar aquella mesa, y desde ahí volvió a mirar la lámina sobre la cuadrícula, con la luz de las diez de la mañana entrando por la ventana del este y atravesando el plástico.