Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Se agachó a mirarlas desde la altura de la mesa, como miraba Bruna una puerta desde la altura de una cocina.

Ciento ocho veces la misma casilla con la misma letra, y ciento ocho veces la de al lado vacía, y él había dibujado todas, y en todas había escrito «origen» en su cabeza mientras escribía «La Linterna» con la mano, y durante tres mil doscientas mañanas se había dicho que la casa no se movía porque era el origen del plano, y lo había dicho tantas veces que el pueblo lo repetía y él había acabado creyendo que lo creía.

Una casa quieta puede significar dos cosas.

Lo decía el Manual, a su manera. Lo decía Fermina.

Lo decía la línea final de la lista de Puri, la de la parcela cuarenta y uno con dos años y tres meses sin vecino.

Que no necesitas a nadie. O que no te permites necesitar.

Y desde fuera, desde la fuente, con la luz gris de las seis y media, no hay manera de saber cuál es, y por eso Tadeo había podido elegir durante nueve años la que no dolía.

Había convertido no pedir en una parcela de reposo. Eso era lo que tenía delante en ciento ocho hojas. Una casa quieta como quien tiene la puerta tapada con lentejas: por dentro, sin que se viera desde la calle, para no oír un no.

No era que nunca hubiera necesitado a nadie.

Eso no lo pensó, porque no era verdad y porque las hojas no lo decían.

Había años en aquella fila en los que no había necesitado a nadie de verdad, y esos años la casa había estado quieta por eso, y había estado bien, y él no iba a reescribirlos ahora desde un sótano.

Pero había once hojas de este año en otra cajonera con un nombre en la trece, y dos con ese nombre en la tres, y desde el martes tres con ese nombre en la cuarenta y uno, y esas hojas también las había dibujado él, y la doce en todas decía «La Linterna», quieta, y eso ya no significaba lo mismo que en las ciento ocho de antes.

Fue a la última cajonera, la del año en curso, y sacó las hojas desde el martes uno de junio.

Dieciséis. Las puso al final de la fila, en el suelo, después de las ciento ocho.

Once con «La Descalza» en la trece. Dos con «La Descalza» en la tres.

Tres con «La Descalza» en la cuarenta y uno.

Y en las dieciséis, la doce: «La Linterna».

Con la misma letra que en las ciento ocho anteriores, sin un tachón, quieta.

Desde donde estaba agachado, la fila entera se veía de un vistazo, ciento veinticuatro hojas de un metro por un metro reducidas a un A3, y la doce era la única casilla que estaba igual en todas, y hasta hacía dieciséis días eso había sido una cosa de la que estar tranquilo.

Recogió. Hoja por hoja, en su carpeta, en su mes, en su año, con el golpe del cajón. Dejó el sótano como estaba, que era lo que se hacía.

Subió a la una menos cuarto. Devolvió la llave.

—¿Precedente? —preguntó Puri, por costumbre.

—No era una consulta de precedente.

—Ya lo sé. —Guardó la llave en el cajón—. Lo pongo como cerrada.

* * *

No decidió en el sótano. Decidió subiendo la cuesta del cerro por la tarde, con el reparto de lo que había llegado tarde, que era una carta certificada para el hombre de los certificados, con el sol en la nuca y el pueblo entero debajo.

Iba a pedir.

No que se quedara. Eso no se pedía, y no porque lo dijera nadie, sino porque pedir que alguien se quede es pedir que otra persona deje de moverse, y él sabía lo que era una casa que no se mueve y no se lo deseaba a nadie que pudiera moverse.

Iba a pedir otra cosa. Todavía no sabía cuál, con qué palabras; sabía la forma.

Tenía que ser una petición que admitiera un no.

Que se pudiera decir que no sin que el mundo se cayera.

Que no exigiera respuesta delante de nadie.

Y que fuera suya, con su voz, dicha en el sitio donde nueve años atrás otros habían leído por él lo que no había dicho.

Y tenía que ser una petición, no un desplazamiento.

Puri lo decía cada vez que hacía falta y algunas más: un desplazamiento no constituye promesa afectiva.

Una casa que se acerca no dice nada; lo dice quien la lee.

Él no iba a acercar nada. No iba a esperar a que La Linterna hiciera un movimiento que él pudiera dejar que el pueblo leyera por la mañana.

Iba a decir una cosa con la boca, en voz alta, a una persona, y luego a callarse y dejar que ella hiciera lo que quisiera con ello, incluido nada.

Eso último lo tuvo claro en la cuesta: el sitio. Si iba a decirlo, iba a decirlo donde se leían las cosas. No para que lo leyeran. Para que, por una vez, lo oyeran de él.

Bajó por detrás de la iglesia, hacia el río, hasta el cartel de chapa, y a la derecha.

La cuarenta y uno, con la galería encendida a las siete de la tarde y una figura dentro, sentada en el sillón de Casilda, de perfil, con un papel grande en las rodillas.

No se paró. No llamó al cristal. No era todavía el día, y él ya sabía cuál iba a ser el día: el que tuviera un Parte que leer en voz alta.

Subió a la torre. La cuadrícula del viernes, en blanco, con las pinzas. La lámina debajo, doblada en cuatro. El rincón del este, con la tapa sobre las dos cajas y la taza y la chaqueta en el clavo.

Se sentó en el sur.

Cogió una copia vieja del A3, le dio la vuelta, mojó la plumilla y escribió, en el dorso, arriba, con la letra del plano: «A ver».

Lo miró. Lo tachó. Fue el primer tachón de su vida en una hoja con esa letra, y el papel se quedó con una raya de tinta y nada más, y Tadeo se quedó con la plumilla en el aire, porque no se empezaba una petición con las dos palabras que uno dice antes de lo que no quiere decir.

Dejó la plumilla en el tarro. Dobló la hoja tachada en cuatro y la metió en el cajón, debajo de la carpeta azul.

Esa noche no escribió nada más. Sabía la forma. Las palabras no.

La cuarenta y uno, La Descalza. La trece, vacía. La doce, sin cambios. Tres amaneceres. Y una maceta en el alféizar de la treinta y ocho que no estaba en ningún plano y que él había estado a punto de no ver.