Capítulo 18
Tadeo
A las cinco menos diez del jueves, Tadeo estaba sentado en el lado sur de la mesa con la plumilla mojada y la cuadrícula del día delante, y llevaba nueve casillas escritas.
No se había dado cuenta de haber subido.
Se había vestido, había bajado a la cocina, había pasado por delante de la estantería de las lentejas sin mirarla, y en vez de salir por la puerta de atrás había subido las veintidós vueltas, y se había sentado, y había escrito la doce, «La Linterna», origen, y luego la uno, la dos, la cuatro, la siete, la fila del río, con la mano, con la letra de siempre, sin un tachón, porque la mano lo sabía y porque el plano del miércoles era igual que el del martes y el del martes igual que el del lunes, y la casilla cuarenta y uno iba a decir lo que decía y la trece iba a estar en blanco, y a las cinco menos diez de la mañana no hacía falta salir a la calle para saber eso.
Se paró en la décima.
Se quedó con la plumilla a un centímetro del papel, mirando las nueve casillas rellenas a tinta de un pueblo que no había visto esa mañana.
Estaban bien. Eran correctas. Cualquiera las habría dado por buenas.
Un plano con los ojos cerrados no es un plano.
Se lo había dicho a Bruna el segundo día, en la torre, y se lo había dicho a sí mismo tres mil doscientas mañanas, y ahora tenía nueve casillas de un plano con los ojos cerrados delante y la firma a cuatro líneas de distancia.
Dejó la plumilla en el tarro. No tachó nada. Dejó la cuadrícula como estaba, con las nueve casillas y las ciento treinta y una en blanco, y bajó las veintidós vueltas, y salió por la puerta de atrás, y la trece estaba vacía, y echó a andar hacia la plaza.
* * *
La ruta, entera, en su orden.
La vega. La uno, la dos, la cuatro, la siete: las mismas nueve casillas, en el mismo sitio, con el perro de los Ochoa y su ladrido de trámite.
Tadeo las comprobó una por una con la misma atención que las otras ciento treinta y una, y las nueve estaban donde su mano las había puesto, y eso no le sirvió de consuelo, porque no era eso lo que estaba comprobando.
La fila del río. El puente.
En la treinta y ocho, la maceta estaba en el alféizar.
Se paró. Llevaba en el suelo del jardín desde el martes uno de junio, caída, con la tierra fuera, sin que nadie la levantara, dieciséis mañanas, y él la había mirado dieciséis veces y no la había anotado ninguna, porque una maceta caída no se anota.
Ahora estaba en el alféizar, con tierra nueva, con la planta enderezada, y una piedra plana delante para que no volviera a caerse.
Alguien la había levantado el miércoles por la tarde.
Y él, a las cinco menos diez, con la plumilla, había dibujado la treinta y ocho de memoria, y la treinta y ocho de memoria tenía una maceta en el suelo.
El plano no lo decía. El plano no llevaba macetas. Pero él sí, y si hubiera firmado a las cinco menos diez, hoy habría llevado una maceta en el suelo que ya no estaba en el suelo, y nadie lo habría sabido nunca, y él tampoco.
Siguió. Con más cuidado que ningún día.
En la veintiocho, Melchor estaba en la ventana con el vaso, y eran las seis menos diez, no las seis y diez, y Melchor lo miró pasar y no levantó el vaso. Dijo:
—Vas pronto.
—Voy.
—Tres días.
—Voy pronto, Melchor.
—Ya. —Levantó el vaso entonces, ni más alto ni más despacio—. Yo también iba pronto en el 91. Al río. Antes de que hubiera nadie. —Regó—. Se ve menos gente. No se ve menos.
Tadeo siguió. Aquello tampoco era delicado. Aquello era Melchor, con ochenta y siete años, diciéndole la hora.
El cerro. Las hermanas, con la persiana subida. La escuela. El hostal. La ochenta y uno, Chema sin Trufo en el escalón, jueves. La setenta y siete, Quique, jueves. Por detrás de la iglesia, bajando hacia el río, hasta el cartel de chapa, y a la derecha.
La cuarenta y uno. La galería a oscuras, hacia la tapia y el almendro. Cuatro cajas se veían por el cristal de la puerta de la calle, contra la pared del pasillo. En la pared de la cocina, por fuera, la puerta blanca cerrada. En el buzón oxidado, nada, porque él había vaciado el buzón el miércoles.
No se paró más que en ninguna otra casa. Anotó. Siguió.
A las seis y media, en la fuente. Subió a la torre.
Se sentó en el sur. Las nueve casillas seguían escritas; las repasó una por una contra lo que había visto, y estaban bien, y las dejó, y escribió las ciento treinta y una restantes con la misma letra, y en la cuarenta y uno escribió «La Descalza», y en la trece no escribió nada.
Debajo, el Parte. La línea del amanecer. Tres.
A las siete y cuarenta clavó el plano. A las ocho Puri cogió el A3, miró la hora, miró la hoja, y abrió la libreta azul.
—Tres.
—Tres.
—A las ocho y cuarto. —Guardó la libreta—.
La propietaria estaba en la galería. Con el café.
Ha asentido. Consta el asentimiento, que no es lo mismo que el asentamiento.
—Sacó de un cajón un bloque de hojas apaisadas con el escudo—.
Y esto. Fichas de asentamiento. Las lleva usted a la torre, que se rellenan con la cuadrícula, y yo aviso a la propietaria de que existen. Mañana o pasado vendrá a por una.
—Ya.
—Ya. —Puri le dio el bloque—. Encima de la mesa, que es donde las rellena.
Parte de Reubicaciones
Día 17. Jueves 17 de junio.
Movimientos: sin movimientos. La Descalza permanece en la parcela 41.
Tercer amanecer computable para el Certificado de Asentamiento.
Parcela 13: vacía. Se hace constar que la ficha de asentamiento de la vivienda queda a disposición de la propietaria en la Secretaría para su cumplimentación, a falta de la firma del cartógrafo.
Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.
T. Luján, cartógrafo municipal.
Fermina no estaba en la puerta de El Fijo con dos cafés.
Estaba dentro, en la mesa de la ventana, que era la de Puri y a esa hora no era de nadie, con un café delante y otro enfrente, y cuando Tadeo pasó con la bolsa por delante del cristal, golpeó el cristal con el nudillo, una vez, y señaló la silla.
Se sentó. Fermina no habló hasta que él bebió.
—Tres días —dijo—. Voy a decirte lo que he visto en tres días, y luego me callo, que tengo tortilla.
—Fermina.
—Tres días bajando por la fila del río a las cinco y cuarenta.
Tu hora en esa fila son las seis y diez.
Lo sé porque lo he mirado desde mi cocina nueve años.
Tres días pasando por la cuarenta y uno con la galería a oscuras, porque a las cinco y cuarenta no hay nadie despierto en ninguna galería, y tú lo sabes, y por eso vas a esa hora.
—Bebió—. Tres días subiendo a la cuarenta y uno solo con la bolsa.
El miércoles, un sobre del banco. Y bajando. Sin parar. Sin llamar al cristal.
—Es el reparto.
—Es el reparto. —Fermina dejó la taza—. Y has tapado una puerta con lentejas.
Tadeo no contestó.
—Lo sé porque me lo ha dicho Puri, que se lo dijo Vanesa, la de la ciudad, que abrió la puerta el lunes y vio lentejas por el otro lado.
—Fermina cruzó las manos sobre la mesa—.
Y no has pedido nada. Eso es lo que he visto.
No que no la quieras. No que no la necesites.
Que no has pedido nada. Tres días. Y antes tampoco.
—A ver.
—A ver, no. Ver ya has visto. —Lo dijo sin subir la voz, con la voz de poner un plato—.
Yo tuve al lado a una mujer cuarenta años que no pedía nada.
Que fue a la ciudad a por cinco marcos y no descolgó un teléfono.
Que dejaba la puerta abierta y se sentaba a esperar.
Y la quería, y era la mejor persona de este pueblo, y se murió con la casa quieta.
—Miró la calle, hacia la cuesta—. Te estás pareciendo a ella. Y no es un elogio.
Tadeo miró la taza.
—Ella eligió. Bruna. Se va el veintidós. Es su trabajo. Yo no le voy a pedir que...
—Que no le pidas que se quede, muy bien.
—Fermina lo cortó como cortaba a Tello—.
Nadie te está diciendo que le pidas eso.
Que no le digas lo que quieres tú, eso no es respetarla.
Eso es esconderte. —Se levantó—. Respetar es que ella pueda decir que no a algo.
Para decir que no a algo, alguien tiene que haberlo dicho.
Cogió las dos tazas.
—Ya está. Me callo. —Fue hacia la barra—. Tú tampoco pides. Es lo único que he venido a decirte, y lo he dicho con muchas palabras porque es lo que tengo.
Tadeo se quedó en la mesa de la ventana un minuto más, solo, mirando por el cristal el tablón con el plano del jueves, la casilla cuarenta y uno con su nombre, la trece en blanco, y la doce, con la suya. Luego se levantó y fue al reparto, porque había reparto.
* * *
A las diez pidió la llave del sótano.
—Consulta al archivo —dijo Puri, con el bolígrafo sobre el libro de registro—. Motivo.
—Personal.
Puri levantó la vista.
—No hay casilla.
—Ya lo sé.
—Consta igual. —Escribió algo, que no era «personal», y le dio la llave con el escudo a fuego—. Devolución antes de las dos.
Bajó. Encendió el fluorescente, que parpadeó dos veces. Fue a la cajonera de hace nueve años y abrió el cajón de junio.
Sacó las hojas de la segunda quincena, una por una, y las puso sobre la mesa de consulta bajo la luz, en el lado de las cajoneras impares, donde había puesto las del 91 y las del 94 y las del 2007 un domingo con Bruna.
Buscó el jueves. Lo encontró sin buscarlo, porque la letra de ese día era la suya y la casilla trece, que el miércoles decía un nombre, el jueves no decía nada.
No la miró mucho. La había mirado bastante en su día.
Fue sacando años. No todas las hojas, que eran tres mil doscientas y pico: una de cada mes, la del día quince, para tener el año en doce hojas, y las fue poniendo en fila sobre la mesa, año tras año, hasta llenar la mesa y tener que seguir por el suelo del pasillo entre las cajoneras.
Ciento ocho hojas. Nueve años de días quince.
En todas, la doce: «La Linterna». En todas, la trece: en blanco.