Capítulo 17 #2
No se rió. No lloró. Volvió a la cocina, tapó la tortilla con el otro plato, dijo «cómetela caliente», y se fue por la puerta sin escalón, por la cancela, cuesta arriba, y en la esquina se paró y miró la casa una vez, entera, con la galería y el cristal y el sillón dentro, y siguió.
* * *
Maré tenía prisa. Inês tenía prisa. El módulo de Lisboa tenía que estar dibujado por dentro, con la distribución definitiva, antes del viernes, y Bruna lo dibujó en la galería, en la mesa camilla, con el hule, con el portátil en un extremo y el papel grande en el otro, sentada, por primera vez desde que había llegado, en el sillón de Casilda.
Se sentó en él el martes a las cinco de la tarde. No lo decidió. Se sentó porque era la silla que había, y la galería era donde estaba la luz, y el sillón estaba girado hacia el cristal veintidós grados, en sus cuatro marcas, y ella lo dejó así y se sentó dentro de él con el papel en las rodillas.
A las cinco y cuarto entendió los veintidós grados.
El sol de las cinco entraba por la galería a la altura de los ojos.
Eso lo había sabido siempre; por eso estaba la cortina.
Pero la cortina, recogida a la izquierda, dejaba el cristal libre, y desde un sillón de frente al cristal el sol daba en la cara y en el papel y en la pantalla, y no se podía leer, ni dibujar, ni mirar nada.
Desde un sillón girado veintidós grados hacia la derecha, el sol de las cinco entraba por el lado, sobre el hombro izquierdo, y caía sobre el papel sin dar en los ojos, y en el papel se veía todo.
Casilda no había torcido el sillón por nada.
Lo había torcido para leer a las cinco de la tarde con la cortina abierta.
Melchor no lo sabía. Fermina no lo sabía.
Nadie lo sabía, porque nadie se había sentado en el sillón a las cinco con algo que leer.
Bruna se quedó un minuto con el papel en las rodillas y el sol en el hombro izquierdo, sin dibujar. Luego apuntó en la nota del móvil, debajo de las medidas: «Sillón, 22 grados. Sol de las 5. Para leer.» Y siguió.
Dibujó el módulo entero en dos tardes. Cuarenta metros cuadrados, en un rectángulo de ocho por cinco.
Entrada por el lado norte, con una puerta de setenta y dos, que era la medida que le salía sola.
A la derecha de la entrada, un pasillo de circulación de un metro veinte, que era el ancho que la gente necesitaba para pasar sin tocarse y que ella llevaba usando toda la vida sin saber de dónde lo había sacado.
Al fondo, en el lado sur, la pared entera acristalada, de suelo a techo, con el género expuesto delante y una zona para sentarse: cuatro metros de ancho por dos ochenta de fondo, con una cortina de tela, recogida a la izquierda, para el sol de la tarde de Lisboa.
Un rincón al este, con una mesa pequeña y una silla, donde el cliente pudiera probarse una cosa con luz de mañana.
Doce vigas vistas en el techo, porque el módulo llevaba estructura vista y doce era el número que salía dividiendo ocho metros por la separación estándar.
Lo dibujó, lo midió, lo pasó a limpio. Lo miró desde lejos, apoyado contra el cristal de la galería, como se mira una cosa terminada.
Cuatro por dos ochenta. Un metro veinte. Setenta y dos. Doce vigas. Una cortina recogida a la izquierda.
No lo cambió. Estaba bien. Era la mejor distribución que había hecho en su vida, y funcionaba, y a Inês le iba a encantar, y Bruna se quedó mirando su tienda de Lisboa con las medidas de una galería de pueblo y no pensó nada que se pudiera apuntar. Lo mandó el miércoles a las siete.
Inês contestó a las siete y veinte: «Es perfecto. ¿De dónde lo has sacado?».
Bruna escribió «De un sillón» y lo borró. Escribió «Del sitio» y lo mandó.
Inês llamó a las siete y media.
—¿Del sitio? ¿De qué sitio?
—De donde estoy.
—¿Sigues en el pueblo?
—Hasta el veintiuno.
—Bruna, la tienda tiene una galería. Con una cortina. Con vigas. —Inês se reía con prisa—. Es lo mejor que has hecho. No lo toques. Y no me expliques nada, que luego no duermo. ¿El veintidós a las nueve en la plaza?
—El veintidós a las nueve.
—Perfecto. —Teclas—. ¿Y la casa?
—El veintiuno.
—Perfecto.
Colgó. Bruna dejó el móvil sobre el hule, boca abajo, junto al plano de una tienda de cuarenta metros cuadrados que Inês acababa de llamar galería sin saber por qué.
* * *
A las ocho de la tarde del miércoles sacó el calendario de Maré, el de las ocho ciudades, y lo puso sobre el hule junto al plano del módulo.
Lisboa, del 22 de junio a principios de agosto. Oporto. Burdeos. Nantes. Amberes. Rotterdam. Hamburgo. Copenhague, hasta mayo. Cada ciudad, seis semanas. Cada seis semanas, tres de montaje y arranque en las que no se podía mover, y tres en las que sí, con sus fines de semana.
Contó. Tres fines de semana libres por ciudad. Ocho ciudades. Veinticuatro fines de semana en un año.
Lo apuntó: «24». Lo miró. No apuntó dónde, porque no lo sabía, y porque apuntar dónde era una cosa que no se hacía sola en una galería con un calendario. Pero había un número, y un número era una base, y ella llevaba toda la vida montando cosas encima de números.
Veinticuatro fines de semana. A cuatro horas de Lisboa, con autobús y avión. A menos de Oporto. A más de Copenhague. Un sitio con una puerta blanca en la pared de una cocina que daba a una grava, y otro con una puerta igual tapada por dentro con lentejas.
Cerró el calendario. Cerró el portátil. Se quedó en el sillón de Casilda, a las ocho de la tarde, con el sol ya del otro lado, sin nada que leer.
Sergio Beltrán escribió a las nueve: «Confirmamos el 21, ¿verdad? Certificado a las 12».
Bruna miró el mensaje un rato. Escribió «Confirmo» y lo mandó, porque era lo que había firmado, y porque un veintiuno seguía siendo un veintiuno, y porque veinticuatro fines de semana no eran todavía un plan, sino un número apuntado en una nota debajo de las medidas de un sillón.
Se acostó en la cama de Casilda con las botas de pie junto a la cama, con las cañas tocándose. Por la ventana, el almendro. No se oyó nada. Nunca se oía nada. Eso ya lo sabía desde el primer día, y ahora sabía además lo que costaba.
Parte de Reubicaciones
Día 16. Miércoles 16 de junio.
Movimientos: sin movimientos. La Descalza permanece en la parcela 41. Segundo amanecer computable para el Certificado de Asentamiento. Se hace constar que las parcelas 40 y 42 continúan sin ocupar y que no procede la apertura de periodo de regalos de primera vecindad por ausencia de vecindad nueva.
Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.
T. Luján, cartógrafo municipal.