Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 17
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Capítulo 17

Bruna

Puri pasó a las ocho y cuarto y no entró.

Se paró en la calle, delante de la cancela de la cuarenta y uno, con la libreta azul abierta en la primera página, miró la casa de color melocotón como se mira un reloj, escribió, y dijo hacia la galería, sin levantar la voz:

—Dos.

Bruna estaba dentro, con el café, de pie junto al cristal. Levantó la taza un dedo. Puri no esperó a verlo: cerró la libreta, dio dos pasos, se paró, y volvió a abrirla.

—Y otra cosa. La propietaria no ha puesto aviso de venta en el tablón de anuncios. Lo digo porque consta que no consta.

—Tengo compradores.

—Tiene reserva. —Puri escribió—. Un aviso es otra cosa. No es obligatorio. Lo pone quien quiere que se sepa.

Cerró la libreta y siguió calle abajo, hacia el río, con el paso de quien tiene otras cosas que contar antes de las nueve.

Bruna se quedó con la taza mirando el sitio de la calle donde había estado Puri, y pensó que en veintiún días no se le había ocurrido poner un papel en un tablón que leía todo el pueblo, y que eso, en una mujer que había subido un anuncio a un portal el primer sábado, era un dato.

Dos. El martes había sido uno, y Bruna lo había sabido antes de que Puri lo dijera, porque se había despertado mirando un almendro y una tapia, y el almendro y la tapia eran los del último día del tercer álbum, y no había hecho falta ir a la galería para saber en qué parcela estaba.

Había ido de todas formas. Había abierto el álbum verde por la última página y lo había sostenido delante del cristal, y la foto y el cristal habían coincidido en todo salvo en el año.

Cuarenta y uno. Donde había empezado. Con dos amaneceres, ahora, que contaban.

* * *

Lo primero fue la puerta.

Estaba en la pared del fondo de la cocina, blanca, de dos cuarterones, con el tirador de latón, exactamente igual que el domingo, y al otro lado no había una cocina con una mesa de cuatro lados libres.

Bruna la abrió el martes por la tarde, con las cajas ya montadas, y detrás había grava.

Su grava. La de la cuarenta y uno, gris, con la tapia al fondo y el almendro a la izquierda, y el tendedero de dos cuerdas, y una luz de tarde que entraba por un hueco que hasta el lunes había dado a las lentejas de otro.

Salió por ella. Un escalón hacia abajo, doce centímetros, porque la cocina estaba un poco más alta que el jardín y la puerta no lo sabía.

Lo midió con la bota, de canto, y luego con la mano, y le pareció que era la primera medida de aquella casa que no había tomado Casilda antes que ella, porque aquella puerta no había existido en vida de Casilda, y eso la convertía, a su manera, en la única cosa de La Descalza que era solo de Bruna.

Se quedó en la grava con las botas, mirando la fachada de su casa desde un sitio desde el que nunca la había mirado, con una puerta abierta en la pared de una cocina como si La Descalza hubiera tenido siempre una salida por ahí.

La usó. Esa tarde sacó por ella las dos primeras cajas, para no cruzar el pasillo.

Al día siguiente sacó la basura. El miércoles por la mañana se sentó en el umbral, con el café, con un pie en la cocina y otro en la grava, en el sitio exacto donde el domingo había tenido un pie en cada cocina, y el sitio era el mismo y no daba a lo mismo, y eso, según entendió con la taza en la mano, era lo que hacían las puertas cuando las casas cambiaban de sitio: quedarse.

* * *

Las cajas fueron cuatro, no seis, porque dos de las seis que había traído plegadas el lunes treinta y uno de mayo estaban en una torre, montadas, sosteniendo una tapa de setenta por cincuenta, y no iba a ir a por ellas.

Montó las cuatro el martes por la tarde, en el pasillo, con la cinta, en catorce segundos cada una, que era su tiempo, y a las seis bajó a la ferretería a por más.

El chico le puso en el mostrador seis cajas plegadas sin que ella dijera cuántas.

—Seis —dijo Bruna.

—Es lo que se lleva la gente para una casa. —Marcó en la caja—. Lo dice mi madre.

—Tu madre lo dice todo.

—Casi. —Le dio el cambio—. Lo de la cuarenta y uno no lo dice. Eso lo dice Puri.

Bruna volvió con las seis cajas bajo el brazo por la calle de detrás de la iglesia, bajando, hasta el cartel de chapa, y a la derecha, y nadie la paró, y nadie la miró más de lo que se mira a alguien que lleva cajas, y pensó que aquel pueblo sabía distinguir entre una mujer que llega con cajas y una mujer que las compra, y que las dos cosas se registraban en sitios distintos.

La galería no la tocó. No porque siguiera verificada, que ya daba igual, sino porque era donde iba a trabajar, y un espacio donde se trabaja no se desmonta hasta el último día.

Empezó por la cocina. Lo que no se tira: una caja.

La caja de latón con hilos, que ya había ido y vuelto una vez.

El cuaderno de cuentas. Los tres álbumes verdes, que metió los últimos, encima, con la tapa abierta, para poder sacarlos.

Luego el dormitorio de Casilda.

El armario de dos puertas. Los vestidos colgados por colores, con las mangas hacia el mismo lado. El olor a lavanda seca. Bruna se quedó delante con una caja vacía y el rollo de cinta, como el primer día, y esta vez no cerró el armario.

Los descolgó de uno en uno. Los dobló como se dobla la ropa en una tienda al cerrar la temporada, por los hombros, con el vuelo hacia dentro, y los fue poniendo en la caja por el orden de colores en que Casilda los había colgado, porque el orden era lo único de aquello que podía conservar.

Nueve vestidos. Tres rebecas. Un abrigo que pesaba. Dos cajas grandes.

En la tercera balda, al fondo, detrás de las cajas de zapatos, había un sobre grande de papel de estraza.

Lo abrió. Recibos. Del agua y de la luz, por años, cada año con su clip, desde 2003, en el mismo orden en que ella habría puesto los suyos si los guardara.

Nada más. Lo cerró y lo metió en la caja de lo que no se tira, entre el cuaderno de cuentas y los álbumes, porque los recibos de una casa que se ha movido cuarenta y tres veces eran, a su manera, un plano.

No dejes nada en los armarios. Lo dijo en voz alta, con la cinta en la mano, y por primera vez la frase le sonó a otra cosa: no a un método, sino a una advertencia que alguien le había hecho a ella y que ella había tomado por una regla de trabajo.

Cerró las dos cajas. Las marcó: «Dormitorio, 1 de 2», «Dormitorio, 2 de 2».

Las sacó por la puerta blanca a la grava, y luego las volvió a meter, porque en la grava no se dejan cajas, y las apoyó contra la pared del pasillo donde había estado el sillón la primera semana y las sillas de El Fijo la segunda.

Cuatro cajas llenas. Seis vacías. Seis días.

* * *

Los regalos no llegaron.

Lo notó el miércoles a mediodía, cuando se dio cuenta de que llevaba dos días sin que nadie llamara al cristal con el codo.

No era un castigo. Bruna lo entendió como entendía las normas de aquel pueblo, con un día de retraso y de golpe: los regalos eran de primera vecindad, y en la cuarenta y uno no había vecindad, primera ni de ninguna clase.

La cuarenta, vacía. La cuarenta y dos, vacía.

La calle acababa en su tapia. Nadie pasaba por delante de la cuarenta y uno porque nadie tenía nada que hacer más allá de la cuarenta y uno, y eso no era un veredicto: era un plano.

Amparo bajó el miércoles a las cinco, con el bolso, por la cuesta, y se paró en la cancela.

—Vengo a ver el geranio.

—Está dentro. En el alféizar.

Amparo lo miró desde la calle, a través del cristal de la galería, con los ojos entrecerrados.

—Le da el sol de las doce.

—Aquí la galería da al sur igual. Es la misma galería.

—Es la misma galería y no es el mismo sol. —Amparo se ajustó el bolso—. Ponlo más a la izquierda. Un palmo.

—Vale.

—No te traigo nada. —Lo dijo mirando el geranio, no a ella—. No es que no quiera. Es que no toca. Aquí no hay primera vecindad. Cuando la haya, ya veremos.

—Ya lo sé.

—Bien. —Subió la cuesta—. Un palmo.

Bruna movió el geranio un palmo. Luego movió también los otros tres, para que quedaran como en la foto, y luego los volvió a poner donde estaban, porque la foto era de otra luz.

Fermina bajó a las seis, con un plato tapado con otro plato, y se paró en la cancela como se paraba siempre, con el plato en alto, para pasarlo por encima.

—Entra —dijo Bruna.

Fermina se quedó con el plato en el aire.

—¿Qué?

—Que entres. Que pases. —Bruna abrió la cancela—. Lo digo en voz alta, que es como se dicen aquí las cosas. Entra en la casa.

Fermina entró. Cruzó la grava, entró por la puerta sin escalón, y se paró en el pasillo, con el plato, y miró las cuatro cajas contra la pared, y las seis plegadas, y el hueco de la galería al fondo, con la luz.

—Cuatro —dijo.

—Cuatro.

—Y seis.

—Y seis.

Fue a la cocina. Dejó el plato en la mesa, destapado: tortilla, la de las siete.

Miró la puerta blanca del fondo, cerrada, y no dijo nada de la puerta.

Luego fue a la galería, porque era a donde se iba en aquella casa, y se quedó en el umbral, con los zapatos puestos, sin entrar, mirando el sillón en sus cuatro marcas, con el papel grande sobre el hule y el portátil, y las botas de Bruna, que estaban dentro, sobre el terrazo.

—Has entrado con botas.

—Es mi galería.

—Es tu galería. —Fermina no se descalzó—. Yo no entro. Eso también era de Casilda.

—Lo giró para leer —dijo Bruna.

—¿Qué?

—El sillón. Los veintidós grados. Lo giró para que el sol de las cinco le diera en el hombro y no en los ojos. Con la cortina abierta. Para leer. —Señaló el cristal—. Me he sentado ayer a las cinco. Se ve todo.

Fermina miró el sillón. Miró el cristal. Miró la cortina recogida a la izquierda. Se quedó quieta en el umbral de la galería un rato largo, con las manos en el delantal, y Bruna vio en su cara la de alguien que ha tenido cuarenta años una cosa delante y la ve.

—Cuarenta años —dijo Fermina—. Y Melchor.

—Melchor tampoco lo sabía.

—Melchor no lee. —Fermina se pasó la mano por la cara—. Para leer. Pues consta.