Capítulo 16 #2
Fue a las seis y cuarto, con la luz de la tarde entrando en las dos cocinas por las dos ventanas, la de él con la cortina verde y la de ella con la de cuadros, y el hueco de la puerta iluminado desde los dos lados.
Bruna dijo «puedo venir algún fin de semana» por segunda vez, y se calló, y Tadeo supo que detrás de esa frase había otra, más corta, que no era «puedo» sino otra cosa, y la esperó.
La esperó como se espera a que una casa aparezca en la casilla que le toca.
Y no apareció. Bruna giró la taza otro cuarto, y miró la puerta, y dijo:
—Y tú siempre estás en la doce.
—Siempre.
Y detrás de ese «siempre» había otra frase, más corta, que no era «siempre estoy» sino otra cosa, y él la tenía en la boca, en el sitio exacto de la lengua donde se ponen las frases que se van a decir, y no la dijo.
La dejó ahí. Esperó a que la dijera ella.
Ella esperó a que la dijera él. La luz cambió de sitio en el hueco de la puerta, un palmo hacia la derecha, como cambia la luz a las seis y media de junio, y los dos la vieron cambiar, y ninguno dijo nada, y la frase de cada uno se quedó a su lado de la puerta, en su cocina, en su silla.
Eso fue todo. No hubo grito, ni ultimátum, ni una mala palabra.
Hubo dos personas que se lo dijeron todo menos lo único que había que decir, y que lo sabían, y que se quedaron mirando una puerta abierta como se mira una casilla en blanco: sin decidir si es que no hay nada o es que todavía no ha llegado.
—Voy a preparar la cena —dijo Bruna.
—Ya.
* * *
A las nueve Tadeo le dijo que iba a tapar su lado de la puerta.
Se lo dijo desde su cocina, de pie, con la puerta abierta, para que lo oyera entero.
—No para cerrarla. Para taparla. De este lado.
—Señaló con la barbilla la estantería de pino que tenía contra la pared del fondo, con los botes de legumbres y el calendario y una radio—.
Tu casa está en venta. Con reserva. Vienen a verla, van a venir más.
No puede tener una cocina que da a la cocina de un cartero.
Tiene que ser tuya del todo mientras la vendes.
La puerta se queda. Lo que hago es ponerle delante mis botes.
Bruna estaba en el vano, con un pie en cada cocina.
—Es tu casa —dijo.
—Es mi lado.
—Vale.
Lo dijo con el vale de cerrar una discusión, no con el de aceptar un dato, y Tadeo lo notó, porque llevaba catorce días aprendiendo la diferencia, y no dijo nada, porque decir algo era la frase de las seis y cuarto, y esa frase seguía donde estaba.
Ella volvió a su cocina. No cerró su lado.
Él vació la estantería, bote a bote, sobre la mesa de cuatro lados libres, y la arrastró por el suelo, y la puso delante de la puerta, cubriéndola entera, con la madera de pino contra los dos cuarterones blancos y el tirador de latón, y volvió a poner los botes, las lentejas, los garbanzos, el arroz, el calendario de la ferretería, la radio.
Quedó como había estado siempre, con una estantería contra una pared.
Desde su cocina no se veía que hubiera una puerta.
Desde la de ella, sí: una puerta blanca cerrada que, si se abría, daba a un fondo de pino.
Se sentó en su silla. Se quedó mirando los botes. Pensó, con la claridad de las nueve de la noche, que podía cruzar la hierba, llamar al cristal de la galería y decirle la frase. Que estaba a diez metros. Que ella estaba despierta.
Pensó que si la decía y ella decía que no, mañana la casilla trece iba a estar vacía igual, y todo el pueblo iba a leerlo igual, y él iba a hacer la ruta igual. Y que si no la decía, todo eso también, pero sin haber oído el no.
A las diez y cuarto salió al jardín sin motivo.
Desde la grava se veía la galería de al lado con la luz encendida, la cortina recogida a la izquierda, el sillón, y ninguna persona.
Luego la luz de la galería se apagó, y se encendió la del fondo, la del dormitorio, y luego esa también se apagó.
Las diez y veinte. Volvió a su cocina por la puerta de atrás, pasó por delante de la estantería con los botes, y no la miró.
Se acostó a las once. Durmió. Constaba.
* * *
A las cinco en punto abrió la puerta de atrás y la trece estaba vacía.
La tapia. Con su musgo y su piedra suelta.
Su tendedero de tres cuerdas en sus dos agujeros.
La grava lisa donde habían estado los postes de hierro.
La gravilla de una parcela libre, con sus dos tomas tapadas y su mesa puesta para nadie, y una tira de hierba que no era la de antes sino la que crece en las parcelas vacías, alrededor, sin cordel.
Y en su propia fachada, en la pared de la cocina, por fuera, donde nunca había habido nada, una puerta.
Blanca, de dos cuarterones, con un tirador de latón gastado por la parte donde se agarra.
Cerrada. Dando al jardín, a la grava, a la tapia, a la parcela vacía.
Una puerta exterior en la pared de una cocina, como si La Linterna hubiera tenido siempre una salida por ahí y él nunca la hubiera usado.
Detrás, por dentro, lo sabía sin entrar, la estantería de pino con los botes.
No la abrió. No tocó nada. Sacó la copia del lunes del bolsillo de atrás, la desdobló contra el muslo, miró la trece, que decía «La Descalza», y la dobló, y echó a andar hacia la plaza.
La ruta empezaba en la plaza. Noventa viviendas. La vega, la uno, la dos, la cuatro, la siete. El perro de los Ochoa. La fila del río, hasta el puente, y después del puente, por la calle de detrás de la iglesia, bajando hacia el río, hasta el cartel que decía «Parcelas 36 a 48», y a la derecha.
La cuarenta y uno.
Contra una tapia más alta que las demás y un almendro que asomaba por encima.
Una casa de color melocotón, dos plantas, sin escalón, con el nombre en azulejos y la galería mirando a la tapia y al almendro, exactamente como en una foto de un álbum verde con el número cuarenta y uno escrito debajo.
El sillón dentro, en sus marcas. Los cuatro geranios.
Y en la pared de la cocina, por fuera, dando a la grava de la cuarenta y uno, una puerta blanca de dos cuarterones con un tirador de latón. Cerrada.
A las cinco y media de un martes. En el sitio donde la casa había estado tres meses vacía y dos años con Casilda dentro, esperando a alguien que no estaba en el plano.
En la bolsa llevaba, desde el lunes, un sobre del banco a nombre de Casilda Bellver que había llegado tarde y que no había entregado, porque el lunes la casa estaba en la trece y él había entrado por otra puerta.
Lo dejó en el buzón de la cuarenta y uno, que era un buzón de chapa oxidada con una ranura, y fue la tercera parcela en la que dejaba una carta a esa dirección en quince días.
Tadeo no se paró más que en ninguna otra casa. Miró la cuarenta y uno. Miró la cuarenta, vacía. Miró la cuarenta y dos, vacía. Anotó: La Descalza, de la trece a la cuarenta y uno. Siguió.
Terminó la ruta a las seis y media, en la fuente.
Subió a la torre. Se sentó en el sur. La doce: «La Linterna».
Origen. La trece, en blanco. La cuarenta y uno: «La Descalza», con la misma letra.
Debajo, el Parte, con la línea que hacía falta, la que llevaba catorce días sin hacer falta, y que ahora tocaba, porque el artículo catorce decía que contaba el primer amanecer aunque la casa hubiera llegado esa noche.
A las siete y cuarenta clavó el plano. Había once personas. Leyeron. Nadie dijo «vaya». Nadie dijo nada. La señora de la veintidós le dijo «buenos días, Tadeo», con el nombre, otra vez.
A las ocho, Puri cogió el A3 sin levantarse, leyó, y sacó de un cajón una libreta nueva, pequeña, sin estrenar, de tapas azules, y escribió en la primera página una sola cosa.
—Uno —dijo.
—Uno.
—Paso por la cuarenta y uno a las ocho y cuarto. Cada mañana. Hasta el siete. —Guardó la libreta en el bolsillo—. Consta.
Levantó la vista. Sin cargo.
—Tadeo.
—¿Qué?
—Nada.
Él bajó a la plaza. Desde la fuente se veía La Linterna, con la torre, y a su lado la trece, vacía, con una tapia de piedra y una puerta blanca en una pared de cocina que daba a nada.
Al otro lado del pueblo, detrás de la iglesia, no se veía la cuarenta y uno, pero sabía dónde estaba, como sabía dónde estaba todo, y sabía que en esa parcela había una mujer despertándose en la cama de su tía con las botas de pie junto a la cama, mirando por la ventana una tapia y un almendro que ya había visto el primer día, y que ahora estaban donde estaban porque ella había decidido, a las seis y cuarto de la tarde, no decir una frase, y él había decidido, a las nueve de la noche, no decir otra.
Podía haber pedido. No había pedido. Eso también constaba, aunque no hubiera casilla.
La cuarenta y uno, La Descalza. La trece, vacía. La doce, sin cambios. Uno.
Parte de Reubicaciones
Día 15. Martes 15 de junio.
Movimientos: La Descalza, de la parcela 13 a la 41.
Parcela 13: vacía. Se hace constar que las viviendas de las parcelas 12 y 13 han recuperado la linde y sus tendederos respectivos, y que la puerta de instalación no acreditada permanece en ambas fachadas como salida al exterior, sin comunicación entre viviendas.
Cesadas todas las comunicaciones registradas, se reanuda el cómputo: primer amanecer computable para el Certificado de Asentamiento de la vivienda La Descalza en la parcela 41.
Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.
T. Luján, cartógrafo municipal.