Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 16
66%

Capítulo 16

Tadeo

Se despertó a las cinco menos diez sin despertador, porque el cuerpo no sabía en qué cama estaba y sabía qué hora era, y se vistió a oscuras en el dormitorio de Casilda con los zapatos en la mano para no despertar a Bruna, que dormía de lado, con la boca un poco abierta y la mano donde había estado la de él.

Salió por la puerta entornada. Por el pasillo.

Por la cocina de Casilda, con la cortina de cuadros todavía corrida y el plato del pollo con dos huesos.

Y por la puerta nueva, que abrió con el tirador de latón sin ruido, hasta su propia cocina, donde se puso los zapatos sentado en su silla, y de ahí al jardín, por la puerta de atrás, y a la ruta.

Lunes. La plaza, la vega, la uno, la dos.

El perro de los Ochoa. La fila del río. En la ochenta y ocho, la casa de Loreto sola, y en la setenta y siete, la de Quique, con la bicicleta contra su pared de diario; lunes.

En la ochenta y uno, Chema, sin Trufo en el escalón, porque a las cinco y media de un lunes Trufo dormía dentro.

En la trece, cuando volvió a las seis y veinticinco por la calle de la iglesia, la casa de color melocotón, con la galería a oscuras y la cortina de la cocina corrida, y la hierba, y el tendedero, y por el lado de las cocinas, donde las dos casas se tocaban, ninguna señal de que hubiera una puerta, porque las puertas entre dos cocinas no se ven desde la calle.

Subió a la torre. Antes de sentarse en el sur, levantó la cuadrícula del lunes y sacó la lámina, y la desdobló sobre el tablero, y con el lápiz, sin mirar el resto, dibujó un círculo pequeño en la casilla trece, en el lado del dormitorio, junto a la ventana, por una risa de anoche que no había sido de nada y que él había oído contra su hombro.

Luego dobló la lámina, la puso debajo, y dibujó el plano.

Debajo del plano, el Parte. Cinco líneas. La puerta seguía existiendo; lo escribió así, porque era lo que había.

A las siete y cuarenta clavó el plano. A las ocho, Puri cogió el A3 y miró el reloj antes de mirar la hoja.

—Hoy no.

—Hoy no.

—Consta el de ayer. Consta que hoy no. —Anotó—. Y consta la puerta, que sigue. Lo demás, a las doce, con los de la ciudad.

Parte de Reubicaciones

Día 14. Lunes 14 de junio.

Movimientos: casa de Quique, de la parcela 88 a la 77, parcela habitual.

Casa de Loreto permanece en la 89. Casa de Chema, de la parcela 53 a la 81, parcela habitual.

La Descalza permanece en la parcela 13, junto a La Linterna, con los jardines y el tendedero comunicados.

Se hace constar que la puerta entre las cocinas de las parcelas 12 y 13 sigue existiendo.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.

Los Beltrán llegaron a las doce con Puri, porque Puri había citado a los tres en la parcela trece a la vez, «a efectos de formalizar en un solo acto lo que si no se formaliza en tres».

Vanesa llevaba el móvil en la mano y una carpeta de cartón con el nombre de Bruna escrito por fuera. Sergio llevaba la camisa planchada y un bolígrafo. Puri llevaba el sello, que salía del ayuntamiento por segunda vez en su vida.

Se sentaron en la cocina de Casilda, en las dos sillas y en dos de la torre que Tadeo bajó por la escalera de caracol sin que nadie se lo pidiera.

La cortina de cuadros estaba descorrida.

La puerta nueva, cerrada. Sergio la miró dos veces antes de sentarse y no preguntó, porque era un hombre que preguntaba las cosas en orden.

—Reserva condicionada —dijo Puri, y puso una hoja sobre la mesa—.

Los adquirentes entregan a la propietaria una cantidad en concepto de reserva de la vivienda y de su derecho de asentamiento.

La reserva está condicionada a la obtención del Certificado de Asentamiento por parte de la propietaria antes del día veintiuno.

Si el certificado no se obtiene, la reserva se devuelve íntegra.

Si la propietaria desiste por cualquier motivo, la reserva se devuelve íntegra.

Si los adquirentes desisten, la reserva se devuelve íntegra.

—Levantó la vista—. En Valdevaivén las reservas se devuelven.

Es lo que tiene reservar una cosa que se mueve.

—¿Y entonces para qué sirve? —preguntó Sergio.

—Para que conste.

Sergio miró a Vanesa. Vanesa miró la puerta.

—¿Y esa puerta? —dijo—. El martes no estaba.

—Es una comunicación de cocinas —dijo Bruna, con la voz de folleto—. Con la vivienda de al lado. Consta como incidencia.

—¿Y da a la casa del cartero?

—Ahora sí.

—¿Y cuando nos mudemos?

—Cuando ustedes se muden, la vivienda estará donde esté. La puerta se queda en la pared. —Bruna no miró a Tadeo, que estaba de pie junto al fregadero con los brazos cruzados, en calidad de nada—. A dónde dé, depende de la parcela.

—¿Y el tendedero de fuera? —preguntó Sergio—. El de cinco cuerdas. ¿Viene con la casa?

—Viene con la parcela —dijo Puri—. Mientras dure.

—¿Mientras dure qué?

—La parcela.

Sergio apuntó algo en el margen de la hoja, con el bolígrafo, y Tadeo vio que era una interrogación, sola, sin palabra, y le pareció la anotación más exacta que había hecho nadie de fuera en veinte años.

—Es lo más bonito que he visto en mi vida —dijo Vanesa, y lo decía en serio, con el móvil bajado—. ¿Puedo abrirla?

—Sin caras —dijo Bruna.

Vanesa la abrió. Miró la cocina de Tadeo, con su mesa de cuatro lados libres y su calendario de la ferretería y su cortina verde, y la cerró con mucho cuidado, como se cierra una cosa que uno no se puede llevar.

—Yo firmo —dijo Sergio.

Firmó. Bruna firmó. Puri selló, y la tinta salió recta esta vez, y la cantidad, que Tadeo no miró, quedó escrita a mano en una línea y guardada en la carpeta de cartón con el nombre de Bruna por fuera.

—Consta —dijo Puri, y se levantó—. Y otra cosa, sin el cargo. La puerta no se transmite. Se transmite la vivienda con lo que tenga. Si tiene una puerta, tiene una puerta.

Se fueron los tres por la cancela de Tadeo. El coche blanco dio una vuelta a la fuente. Bruna se quedó sentada en la silla coja, con la copia de la reserva delante, y Tadeo se quedó junto al fregadero, y ninguno de los dos dijo nada durante un tiempo que no era de silencio, sino de lectura.

—Ha ido bien —dijo ella.

—Ha ido bien.

—Es reembolsable.

—Todo es reembolsable aquí.

* * *

A las dos y diez, en la torre, Bruna le dio al botón de enviar y dijo, sin girarse:

—Le he dicho que sí.

Tadeo estaba en el sur, con la carpeta azul.

—Bien.

Lo dijo porque lo pensaba. Lo pensaba de verdad, con la misma parte de la cabeza con la que pensaba que un plano se dibuja entero o no se dibuja: ella era la mejor en aquello, y aquello era suyo, y una tienda que se monta en tres días en ocho plazas de Europa no se rechaza por un pueblo de cuatrocientos habitantes con un cartero.

Eso lo tenía claro. Lo tuvo claro toda la tarde. Fue lo único que tuvo claro.

—Bien —repitió Bruna, hacia la ventana—. Vale.

Cerró el portátil.

* * *

Hablaron a las cinco, en las dos cocinas, con la puerta abierta y cada uno sentado en la suya, en su silla, con el hueco de la puerta en medio como una mesa que nadie había puesto.

Hablaron bien. Eso fue lo que más le costó entender a Tadeo después, cuando lo repasó como se repasa una ruta: que hablaron bien. Con claridad. Como dos personas que saben trabajar y se respetan y no van a mentirse.

—El veintidós, Lisboa —dijo Bruna—. Tres días de montaje. Luego seis semanas. Luego Oporto.

—Ya.

—Las tres primeras semanas de cada ciudad no puedo moverme. Las tres últimas, sí. Hay fines de semana.

—Lisboa está a tres horas. Con el autobús de la capital y el avión.

—Cuatro, con el autobús. Lo he mirado.

—Cuatro.

—Puedo venir. Algún fin de semana. De las tres últimas semanas. —Bruna giró la taza un cuarto de vuelta, con su mano, que era un gesto de él—. No todos.

—Ya.

—¿Y tú?

Tadeo miró la mesa. Cuatro lados libres.

—Yo tengo ruta.

—Todos los días.

—Todos los días. Los domingos también.

—¿No hay nadie que...?

—No hay nadie. —Se pasó la mano por la nuca—. Nunca ha habido. El de antes no faltó un día en cuarenta años y yo no he faltado uno en nueve. Puri tendría que buscar a alguien. Habría que pedirlo.

—¿Y lo vas a pedir?

—A ver. —Miró la puerta, el hueco, la cocina de ella con la cortina de cuadros—. No lo he pedido nunca.

—¿Y si lo pido yo? A Puri.

—No es tuyo para pedirlo.

Bruna lo miró un momento, porque esa frase ya la había oído, con otras palabras, en otra cocina, y no dijo nada.

—Ya.

No dijo que lo iba a pedir. Ella no le dijo que lo pidiera. Ninguno de los dos dijo la palabra que no se podía decir el sábado, y esa palabra ya se podía decir, y no hizo falta: la reserva estaba en una carpeta de cartón y Lisboa en un correo enviado.

—Nadie te va a pedir que no vayas —dijo Tadeo—. Que quede claro. Yo no.

—Ya lo sé.

—Es tu trabajo. Es el trabajo.

—Ya lo sé, Tadeo.

—Bien.

Hablaron de fechas. De que Oporto estaba a dos horas de Lisboa y Burdeos a ocho.

De que Copenhague era en mayo y de que en mayo del año que viene hacía un año.

De que la puerta de atrás de La Linterna no tenía llave, cosa que él dijo dos veces, como un dato, como se dice que el ayuntamiento cierra a las dos, y que ella oyó dos veces como un dato, y dijo «ya lo sé» dos veces.

De que el certificado llegaría o no llegaría, y de que si llegaba, la casa se transmitía, y de que si no, la reserva se devolvía, y de que en cualquiera de los dos casos el veintidós había un avión.

Y hubo un momento.