Capítulo 15 #2
A las tres subieron a la torre, porque el domingo era el único día en que la mesa de un metro por un metro no tenía fecha encima, y él dijo que tenía una cosa que hacer y ella dijo que tenía que contestar dos correos y no contestarlos.
Bruna se sentó en su rincón del este, con la tapa, y abrió el portátil, y no contestó a Inês, y no contestó a Sergio, y miró por la ventana del sur la plaza, con la fuente, y el tablón con el plano del domingo clavado a las nueve y veinte por primera vez en nueve años.
Tadeo se sentó en el sur. Quitó las dos pinzas de la cuadrícula del lunes, levantó la hoja, y de debajo sacó la lámina.
La desdobló. Cuatro dobleces, con cuidado, alisándola con el canto de la mano sobre el tablero. Bruna vio, de reojo, que era una lámina transparente con marcas de lápiz, pequeñas, muchas, y luego dejó de ver, porque giró la cabeza hacia la ventana.
Lo oyó dibujar. El lápiz, corto, muchas veces.
Un ruido de círculos, o de puntos, o de lo que fuera, que no se parecía al de la plumilla, y que duró un rato largo, y que a veces se detenía, como si él hiciera memoria, y volvía.
No contó. No miró. Tenía delante la plaza y la fuente y una casa azul reflejada en el cristal de la ventana del sur, y se quedó mirando el reflejo mientras un hombre marcaba algo en una lámina de trabajo que había puesto debajo de una hoja para que ella no lo viera.
Cuando terminó, dobló la lámina en cuatro, con lo marcado hacia dentro, la puso debajo de la cuadrícula, y volvió a poner las pinzas.
—Ya —dijo.
—Ya.
Bruna no preguntó. Lo que hay debajo de la cuadrícula no se toca; se lo había dicho el lunes, y ella había dicho vale, y el vale seguía valiendo. Hay cosas que se miden y cosas que no, y aquella lámina era de las segundas, y no saber era, por una vez, una manera de tener cuidado.
* * *
A las cinco Bruna dijo «sube» y no era a la torre.
Trece peldaños. El último crujió con dos pesos. El descansillo, dos por uno veinte, con dos personas, que era justo lo que cabía. La puerta de la derecha, abierta desde el viernes, con la llave puesta por dentro.
Tadeo se quedó en el umbral. No entró hasta que ella entró, y entró detrás, con las manos en los bolsillos, como se entra en una casilla que uno lleva nueve años dejando en blanco por respeto.
Miró la ventana abierta. La colcha de rombos. La silla con las gafas y el ganchillo. Y la pared, encima de la mesa, con los cinco marcos.
Se acercó como se acercaba a todo: por su orden.
El primero, la planta de la galería, con «4 m» y «2,80» y «12 vigas» y «sol a las 5».
El segundo, la plaza, con el tablón «1 x 1».
El tercero, la fachada con el escalón tachado.
El cuarto, la cocina con la silla «coja».
El quinto, la galería en la veintisiete, con el almendro.
—Doce años —dijo Bruna.
—Ya.
—Medía.
—Ya lo veo. —Tadeo miró el hueco entre el primero y el segundo, sin tocar—. Cuatro dedos.
—Cuatro dedos.
—Y el tablón. Un metro por un metro. —Se volvió—. A los doce años.
—Lo medí con los pasos. Desde la fuente.
—Está bien medido.
No dijo nada de Casilda. No dijo nada de los dieciocho años. Miró los cinco marcos como miraba el archivo, como una cosa que estaba y que había que saber que estaba, y luego miró a Bruna, que estaba de pie junto a la cama con las botas puestas en su propia habitación, y dijo:
—Gracias.
—¿Por?
—Por enseñármela.
Bajaron. Ella cerró la puerta al salir, sin llave, y la dejó así, cerrada y sin llave, que era una cosa nueva que no estaba en ninguna lista.
Quique y Loreto llamaron a la puerta de la calle a las seis, juntos, con las manos juntas, porque era domingo.
Bruna abrió con las botas puestas y la cortina de cuadros corrida detrás, y la puerta nueva abierta al fondo de la cocina, y por la puerta nueva se veía a Tadeo de pie en su cocina con una taza, y Loreto lo vio, y Quique lo vio, y los dos sonrieron con toda la cara.
—Nosotros traemos una cosa —dijeron.
Era un paquete envuelto en papel de seda, blanco, atado con un cordón, y pesaba como pesan las cosas de tela dobladas muchas veces. Bruna lo cogió con las dos manos, que era como se cogía todo.
—Sábanas —dijo Loreto—. De hilo. Las bordamos nosotros. Empezamos el jueves, con lo del tendedero, y hoy, con lo de la puerta, hemos pensado que ya.
—Que ya qué —dijo Bruna.
—Que ya. —Quique señaló el paquete con la barbilla—. Llevan las iniciales.
Bruna no abrió el paquete. No hacía falta. Sabía qué iniciales, y sabía en qué esquina, y sabía que estaban bordadas con hilo de un color que no se borraba, y sabía, sobre todo, que a dos metros, en la otra cocina, Tadeo lo sabía también.
—Nosotros dormimos separados de lunes a jueves —dijo Loreto, con una dulzura que no ayudaba—. Pero las sábanas son las mismas. Es lo que tiene el hilo. Que dura.
—Gracias —dijo Bruna.
—Regalo de primera vecindad. Un poco tarde. —Quique miró hacia la cocina, hacia la puerta, hacia Tadeo—. Buenas tardes, cartógrafo.
—Buenas tardes.
Se fueron por la calle con las manos juntas, hacia la plaza, y Bruna cerró la puerta de la calle y se quedó en el pasillo con un paquete de sábanas de hilo bordadas por dos recién casados el día de una puerta, que era, sin ninguna duda posible, el peor día de todos los días para recibir un paquete de sábanas.
Tadeo apareció en el vano de la cocina.
—¿Qué iniciales?
—Las que te imaginas.
—¿En qué esquina?
—En la que te imaginas.
—Ya.
—No lo pongas.
—No hay casilla. —Miró el paquete—. Y no las vamos a devolver.
—No.
—Ni a usar.
Bruna dejó el paquete sobre el mueble del pasillo, encima de las cajas plegadas, sin abrirlo.
—Hoy no —dijo.
* * *
A las diez Bruna cerró la puerta de la calle con llave, cosa que no había hecho en trece días, y la del jardín, y dejó la nueva abierta, porque cerrarla era decir algo que no quería decir, y se quedó en el pasillo, con Tadeo en el umbral de la cocina de él, a dos metros, con una taza que no se estaba bebiendo.
—Entra —dijo Bruna.
Él dio un paso. Estaba dentro.
—No. —Bruna negó con la cabeza—. Entra y quédate. Esta noche. Aquí.
Lo dijo así, con las dos cosas, porque la primera sin la segunda ya la habían hecho, y porque en aquella casa las cosas que valían se decían en voz alta y ella lo había aprendido ese viernes. Era la primera vez que invitaba a alguien a quedarse en un sitio. No lo midió. Lo dijo.
Tadeo dejó la taza en el mueble del pasillo, junto a las sábanas sin abrir.
—Sí —dijo.
Fueron al dormitorio de Casilda porque era donde estaba la cama, y porque el de arriba era otra cosa, y los dos lo sabían sin haberlo hablado.
Bruna se quitó las botas y las dejó de pie junto a la cama, con las cañas tocándose, y Tadeo se quitó los zapatos y los puso al lado, y las cuatro cosas en fila en el suelo de un dormitorio fueron, de todo lo que pasó después, lo primero que ella recordaría, porque parecían la fila de zapatos del pasillo de la galería y no lo eran.
Se quedó con la puerta del dormitorio entornada. Un palmo. No cerrada: entornada, para que se supiera que la habían dejado así, que no se escondían de nada, que en aquella casa había una puerta abierta a otra casa y otra entornada a un pasillo y ninguna cerrada con llave salvo la de la calle.
—¿Sí? —preguntó él, con la mano en el primer botón de la camisa de ella, sin desabrocharlo.
—Sí. ¿Y tú?
—Sí.
No fue elegante. Él tenía tinta en el índice y ella también, y la tinta se quedó en un hombro y en una clavícula y en una sábana de Casilda que no era de hilo.
Las manos de los dos sabían trabajar y no sabían esto, todavía, y lo aprendieron como se aprende un montaje nuevo: con pausas, con un «así no», con un «así», con un codo mal puesto y una risa que no era de nada, y con el peso de él, que era exactamente el que era, sobre ella, y la mano de ella en su espalda, a la altura de la última costilla, donde él la había tenido en la galería.
Fue torpe. Fue lento. Fue lo contrario de lo que se ve en un tendedero desde la calle, y cuando terminó no terminó nada, porque los dos se quedaron donde estaban, con la luz de la ventana y la parra que ya no estaba y una pared azul con una ventana pequeña en su lugar, respirando como respira la gente que ha llevado dos cajas cuesta arriba y ya ha llegado.
Alivio. Eso fue. No otra palabra.
Bruna se quedó dormida antes que él. Se despertó a las dos con la ventana abierta y la mano de Tadeo en su cadera, quieta, y lo oyó decir, dormido, muy bajo, con la voz de la ruta:
—La doce.
Se rió. Por la nariz, contra la almohada, con la cara en la oscuridad, sin despertarlo, porque aquel hombre estaba contando parcelas en sueños en la cama de su tía y no había nada en el mundo que no fuera exactamente eso.
Él no la oyó. No pudo quedarse con el sitio. Bruna se quedó con él por los dos: dormitorio de Casilda, parcela trece, lado de la ventana, las dos y cinco.
La Linterna se quedó vacía toda la noche, con la luz de la cocina apagada y la cortina verde corrida y la persiana a medias, y no fue a ningún sitio, porque una casa vacía no va a ningún sitio. La Descalza tampoco. No tenía dónde ir.
En el dormitorio, la puerta seguía entornada. Un palmo.