Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 15
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Capítulo 15

Bruna

Se despertó con el cuello torcido, la mejilla en el antebrazo y la luz de la cocina encendida sobre un día que ya era de día, y lo primero que hizo, antes de saber dónde estaba, fue medir la pared del fondo.

Tres metros diez de ancho. Ninguna abertura. Eso lo había dicho ella a las cuatro y media, en voz alta, y la pared lo había confirmado.

Ahora tenía una puerta.

Bruna no se movió. Se quedó con la cara en el brazo, mirando desde la altura de la mesa, porque desde ahí se veía entera: una puerta de madera, de dos cuarterones, pintada de un blanco antiguo que no era el blanco de las puertas de Casilda ni el azul de las de Tadeo, con un tirador de latón gastado por la parte donde se agarra, sin cerradura, sin mirilla, cerrada.

Estaba en la pared del fondo, en el centro, a un metro de la mesa.

Las bisagras, de su lado. Encajaba en la pared como encajan las puertas que llevan en una pared desde que se hizo la pared: sin una raja en el enlucido, sin una marca, con el rodapié cortado exacto a cada lado.

Dos metros por setenta y dos. Como todas las de la casa. Lo supo sin levantarse.

Enfrente, Tadeo dormía con las manos una sobre otra en la mesa y la cabeza caída hacia el hombro, con la bandeja de latón a un lado y el tintero cerrado. Tenía tinta en el índice. Ella también.

—Tadeo.

Abrió los ojos. La miró a ella, primero, y luego siguió su mirada, y vio la pared.

Se quedó un rato quieto, con la cara de alguien que comprueba una casilla que no había visto nunca.

—A ver —dijo.

Luego miró el reloj de la cocina, que marcaba las ocho menos veinte, y Bruna vio cambiarle la cara del todo.

—La ruta.

—Vete.

—Son las ocho menos veinte.

—Ya lo sé. Vete.

Se levantó. No tocó la puerta. La miró una vez más, como se mira una cosa que va a seguir ahí, y salió por la del jardín, por la de siempre, cruzó la hierba, entró en La Linterna por la puerta de atrás, y Bruna oyó la cancela y los pasos calle arriba, más rápidos que cualquier otra mañana, y luego nada.

Se quedó sola con la puerta.

* * *

La tocó. Madera. Fría. Pintura con capas debajo, como las puertas viejas. El tirador giró sin ruido y la puerta se abrió hacia ella, hacia la cocina de Casilda, y detrás había una cocina que no era la de Casilda.

A oscuras, con la persiana bajada. Una mesa de madera sin hule. Dos sillas. Un fregadero con una taza dentro. La bandeja de latón no, porque la bandeja estaba en su mesa. Un calendario de la ferretería en la pared. Olor a café de ayer.

La cocina de La Linterna, a un paso. Sin salir a la calle. Sin cruzar la hierba. Sin agacharse bajo ninguna cuerda.

Bruna no entró. Cerró la puerta, despacio, y el tirador volvió a su sitio con el mismo silencio, y se quedó de pie en su cocina con la mano en la madera, sintiendo lo que sentía cuando un montaje terminaba antes de lo previsto: que faltaba comprobar algo, y que no sabía qué.

* * *

Puri llegó a las ocho y media, y traía cara.

—A las seis estaban dormidos. Los dos. Con la luz encendida.

Consta. —Abrió la libreta en la cocina, de pie—.

Remedio tercero verificado en sus términos: noche entera dentro, palabra no pronunciada según declaración de la propietaria, que la Secretaría da por buena.

—Levantó la vista—. Y a las ocho no había plano en el tablón.

Nueve años. Consta el retraso. Consta que había veintitrés personas delante de un tablón vacío y que nadie ha dicho nada, porque no había nada que leer.

—Está en la ruta.

—Está en la ruta. Lo sé. Lo ha visto pasar la de la veintidós a las ocho menos cuarto por la vega, y me lo ha venido a decir, y yo le he dicho que no era mi competencia, y ella me ha dicho que ya lo sabía. —Puri se detuvo. Miró la pared—. ¿Y eso?

—Eso.

Puri no se acercó enseguida. Miró la puerta desde la distancia a la que se mira un escaparate, como había mirado la galería el primer viernes. Luego sacó el metro amarillo.

Midió el ancho. El alto. El grosor de la hoja.

La distancia al suelo, que era ninguna. Tocó el enlucido junto al marco con la yema del dedo, buscando una junta, y no la encontró.

Abrió la puerta, con la mano en el tirador como si el tirador pudiera opinar, y miró la cocina de Tadeo, y volvió a cerrar.

—Comunicación de cocinas mediante puerta de instalación no acreditada. —Escribió durante un rato—. ¿En qué parcela consta la puerta?

—En las dos.

—Entonces no consta en ninguna. Se registra como comunicación. —Pasó una hoja—. ¿La propietaria la ha instalado?

—No.

—¿El cartógrafo?

—Estaba dormido. Delante de mí.

—Consta. —Puri plegó el metro—. Es una incidencia. No es un enlace. No hay ceremonia, no hay acta, no hay testigos. Es una puerta.

—¿Y el cómputo?

—En cero. Por tercer motivo. Jardín, tendedero y ahora vano. —Guardó la libreta bajo el brazo—. La Secretaría no da consejos. Pero si la propietaria quiere siete amaneceres, lo que le hace falta no es otro remedio. Es que esta casa se vaya de aquí.

—Ya lo sé.

—Lo digo porque lo van a decir. Un desplazamiento no constituye promesa afectiva. Un jardín, tampoco. Un tendedero, tampoco. Una puerta, tampoco. —Se guardó el metro—. Una puerta constituye una puerta.

Se fue por la cocina de Casilda, por la puerta del jardín, la de siempre, y Bruna la vio cruzar la hierba y salir por la cancela de Tadeo, y pensó que Puri había tenido delante la manera más corta de llegar a la calle y no la había usado, porque no constaba.

Parte de Reubicaciones

Día 13. Domingo 13 de junio.

Movimientos: sin movimientos. La Descalza permanece en la parcela 13, junto a La Linterna, con los jardines y el tendedero comunicados.

Se hace constar que las viviendas de las parcelas 12 y 13 han amanecido con sus cocinas comunicadas mediante una puerta de instalación no acreditada, registrada como incidencia.

Casa de Chema, de la parcela 81 a la 53, junto a casa de Amparo.

Ocupante animal registrado: Trufo. Se hace constar que el presente Parte se publica con retraso.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.

Tadeo volvió a las nueve y media, por el jardín, por la puerta de siempre, y se quedó en el umbral de la cocina de Casilda con la bolsa vacía y la cara de un hombre que ha corrido noventa casas.

—Había veinte personas —dijo—. A las nueve y veinte. Delante del tablón. Nadie ha dicho nada. Puri lo ha puesto.

—Ya lo sé. Ha estado aquí.

—Ya lo sé. Me ha dicho que lo sabía.

Miró la puerta. Estaba cerrada, como él la había dejado.

—Puerta de instalación no acreditada —dijo Bruna.

—Comunicación de cocinas.

—Incidencia.

—No enlace.

—Una puerta constituye una puerta.

—Es Puri.

Se quedaron los dos mirándola, desde la cocina de Casilda, a un metro.

Por la ventana, sobre el fregadero, se veía el jardín, la hierba, el tendedero, la cancela, y en la cancela, dos personas que no miraban hacia dentro con mucha aplicación.

Por la ventana de la cocina de él, cuando abrieran la puerta, se vería lo mismo desde el otro lado.

Bruna fue a la ventana y corrió la cortina de cuadros de Casilda, que no había corrido nunca.

Luego abrió la puerta nueva, cruzó la cocina de Tadeo en tres pasos, subió la persiana lo justo para alcanzar la cortina de él, que era de un verde de los años ochenta, y la corrió también.

Volvió. Se quedó en el vano de la puerta, con un pie en cada cocina, y desde ahí no se veía la calle, ni el jardín, ni la cancela, ni ninguna ventana del pueblo, porque el hueco de una puerta entre dos casas era el único sitio de Valdevaivén que estaba dentro de dos parcelas y no daba a ninguna.

—Aquí no nos miran —dijo.

Tadeo no se movió del sitio.

—No.

—Aquí sí, entonces.

Él la miró como miraba las casillas que no estaban en duda.

—Aquí sí.

Bruna lo besó. Fue ella, porque era su casa, y porque a las cuatro de la mañana había dicho que se iba antes de que se lo pidieran y a las diez de la mañana quería ver qué pasaba si no se iba.

Le puso la mano en la cara, con el índice manchado de tinta contra la sien, y él le puso la suya en la muñeca, sin apretar, en el sitio donde se toma el pulso, y no fue un beso bien hecho, porque los dos llevaban veintisiete horas sin dormir más de dos y porque él tuvo que inclinarse y ella tuvo que subirse al listón de la puerta, que sobresalía un centímetro.

Fue un beso torpe, corto, decidido, con la madera del marco en la espalda de ella y el borde del tirador en la cadera de él.

Se separaron un palmo.

—Vale —dijo Bruna.

—Consta.

—No lo pongas.

—No lo pongo.

Se rió, con la cara todavía cerca, y Tadeo se quedó con el sitio sin necesidad de decirlo, porque el sitio era el único que tenía dos parcelas.

* * *

Pasaron el día entrando y saliendo por la puerta.

Desayunaron en la cocina de él, que era la que tenía café, con la persiana bajada y la cortina verde corrida.

Bruna se sentó en su silla y él en la otra, y descubrió que la mesa de Tadeo no estaba pegada a la pared, que tenía cuatro lados libres, y no dijo nada.

Comieron en la de ella, que era la que tenía pan, con la de cuadros corrida.

Entre una y otra, la puerta abierta, y por la puerta el aire de una casa yendo a la otra sin permiso de nadie.

A la una Amparo llamó al cristal de la galería con el codo, porque llevaba un plato con las dos manos.

Pollo asado. Medio.

—Hoy sobraba menos —dijo, sin entrar.

—¿Sobraba menos?

—Ha comido dentro. —Amparo miró la hierba, el tendedero, la cortina corrida de la cocina de Casilda, y volvió a mirar el plato—. El perro. Y el otro. En la mesa. Con plato. —Le puso el pollo en las manos—. No lo pongas en ningún sitio.

—No tengo dónde ponerlo.

—Mejor.

Se fue por la cancela de Tadeo, como todos. Bruna llevó el pollo a la cocina y lo puso en la mesa, y Tadeo lo miró desde el vano de la puerta, con un hombro en cada casa.

—Chema ha comido dentro —dijo Bruna.

—Cuatro años.

—¿Lo vas a poner?

—No hay casilla. —Cogió un muslo—. Y aunque la hubiera.

* * *