Capítulo 14 #2
No podía marcar nada. La lámina estaba en la torre, doblada en cuatro, debajo de una cuadrícula igual a la que tenía delante.
Pensó que iba a tener que marcarlo de memoria, mañana, y que iba a hacer falta memoria, porque aquella noche estaba empezando y Bruna se reía cada vez que el pueblo hacía lo que el pueblo hacía, que era casi siempre.
* * *
A la una Tadeo mojó la plumilla y le enseñó a sostenerla.
No para nada. Para tener las manos ocupadas, que era la otra mitad de no dormirse.
Bruna cogió la plumilla como cogía el lápiz, demasiado arriba, y él le bajó los dedos con los suyos, dos centímetros, sin decir nada, y ella dejó que se los bajara, y dibujó sobre el dorso de una copia vieja del A3 una casilla, y luego otra, y luego una fila entera de casillas, con la tinta corriéndose en la tercera y no en la cuarta.
—Se coge así.
—Me manchas.
—La tinta mancha.
—Ya lo sé. Lo digo para que conste.
Se manchó. El índice derecho, en el mismo sitio donde estaba manchado el suyo, y Bruna se lo miró a la luz de la cocina y no se lo limpió.
Hablaron de Casilda. Hablaron de Olalla otra vez, menos, porque ya estaba dicho.
Hablaron de Melchor y el periódico, y de los de la vega, y de la Paqui, y Tadeo descubrió que Bruna se sabía los cuarenta y tres números de parcela de memoria, en orden, con sus años, y que los recitó a las dos de la mañana con la plumilla en la mano como quien recita un montaje, y que en el cuarenta y uno se calló.
—Dos años y tres meses —dijo él, por ella.
—Ya. —Bruna dejó la plumilla—. Fermina me lo ha dicho. Que era yo. Que la capital no está en el plano.
—No está.
—Y yo pensando que era un hombre.
—Era una manera de pensar.
—Era la peor. —Se limpió el índice en el trapo, sin conseguirlo—. Ella no llamaba para no obligar. Tú no pides para que no lean. Es lo mismo.
—No es lo mismo.
—Es lo mismo, Tadeo.
Él no contestó. Cogió la plumilla que ella había dejado, la limpió, la metió en el tarro. Era la segunda vez en un día que ella le decía una frase que él no había querido oír, y la segunda vez que él contestaba con una cosa de la mesa.
* * *
A las dos leyeron la lista de Tello en voz alta, turnándose, con la entonación de Puri, y Bruna se rió en «Gallinas y discute» y otra vez en «Aparca mal, y la casa también», y Tadeo se quedó con los dos sitios aunque fueran el mismo.
Luego comieron queso de Melchor, que era fuerte y estaba bien a las dos de la mañana, y bebieron agua, y la ventana de la cocina dejó entrar el ruido del río, que a esa hora se oía desde la trece, y un perro, y nada más.
A las dos y media Bruna preguntó por el farol.
—¿Funciona?
—Hace nueve años que no lo enciendo.
—¿Funciona?
Tadeo se levantó, salió al jardín, cruzó la hierba, entró en La Linterna por la puerta de atrás, y en el hueco de la escalera de caracol, donde había un interruptor de porcelana que su abuelo había puesto con sus manos, lo giró.
Desde la cocina de Casilda, Bruna vio encenderse la torre.
Una luz amarilla, vieja, de bombilla de las de antes, en lo alto de una casa azul en mitad de la noche de un pueblo sin farolas, y la luz llegaba hasta la plaza, y se veía la fuente, y el tablón, y una esquina de El Fijo, y en la ventana de la veintidós, a lo lejos, una persiana que subía dos palmos.
Tadeo volvió y se quedó en la puerta de la cocina, mirando su propia torre encendida como se mira una cosa que uno había olvidado que tenía.
—La ha visto la de la veintidós.
—Ya.
—Mañana va a estar en el desayuno.
—No va a estar en el Parte.
—Va a estar en el desayuno igual.
Bruna se rió. Se rió con la cabeza echada hacia atrás, en la silla coja, con el índice manchado y la cara amarilla de la luz del farol, y Tadeo pensó que la lámina iba a tener mañana una casilla que parecía un racimo.
Dejaron el farol encendido veinte minutos, porque los dos querían ver qué pasaba, y no pasó nada más que la persiana de la veintidós bajando otra vez, y luego lo apagaron, porque la luz de un farol es un aviso y ellos no estaban avisando a nadie.
* * *
A las cuatro hablaron de lo otro. Sin nombrarlo, porque no tenía nombre en el Manual y porque a las cuatro de la mañana las cosas se dicen sin nombre o no se dicen.
—¿Tú has pedido alguna vez a alguien que se quede? —preguntó Bruna.
—No.
—¿Que vuelva?
—Tampoco.
—¿Y te lo han pedido a ti?
—Que me quedara, no hace falta. —Tadeo giró el vaso un cuarto—. Yo soy el que no se mueve.
—¿Y que volvieras?
—Mis padres, cuando se fueron. Que fuera con ellos. Les dije que no. —Otro cuarto de vuelta—. No fue pedir. Fue ofrecer.
—Es distinto.
—Es distinto.
Bruna tenía la cabeza apoyada en la mano y la mano en la mesa.
—A mí nunca me ha pedido nadie que me quede en ningún sitio.
No sé si porque no me quedaba o porque no se pedía.
En mi casa se ofrecían habitaciones. Con calendario.
—Miró el techo—. Y nunca he estado en un sitio el tiempo suficiente para que me pidan que vuelva, porque para pedir que vuelvas alguien tiene que haberse acostumbrado a que estés.
—Casilda te lo pidió.
—Casilda me dijo cuando quieras. No es pedir.
—Es más que pedir.
—Es menos. —Bruna cerró los ojos—. Es dejar la puerta abierta y no llamar. Y si nadie viene, no pasa nada, porque no se ha pedido nada. Es lo que hacéis todos aquí. Fermina, Casilda, tú. Dejar las puertas abiertas para no tener que decir nada en voz alta.
—¿Y tú qué haces?
—Yo me voy antes de que me lo pidan.
Lo dijo con los ojos cerrados y la voz de las cuatro de la mañana, sin ironía, sin trabajo, y Tadeo pensó que aquello era lo más verdadero que había oído en aquella cocina y que no podía hacer nada con ello, porque hacer algo era pedir, y él no pedía.
—Ya —dijo.
—Ya —dijo ella.
No prometieron nada. No hablaron de Lisboa.
No hablaron de la doce y la trece. Hablaron, un rato, de por qué el hostal de la gasolinera tenía una ficha para cada camionero, y de si la maceta de la treinta y ocho iba a levantarla alguien alguna vez, y de que Puri probablemente tenía una casilla para eso también.
A las cuatro y media, para no dormirse, Bruna midió la cocina en voz alta.
Ochenta por sesenta la mesa. Un metro veinte la puerta del jardín.
Dos setenta de techo. La ventana, noventa por sesenta.
La pared del fondo, la del lado de la doce, tres metros diez de ancho y ninguna abertura, y Tadeo dijo que esa pared era la única de la casa que tocaba otra casa, porque en la trece La Descalza quedaba pegada a La Linterna por las cocinas, y Bruna dijo que lo sabía, que lo había medido el primer día, y que por eso nunca había entendido lo de los dos metros diez de la galería, y él dijo que las casas no eran cuadradas, y ella dijo que ya lo sabía, y los dos se callaron porque las cuatro y media no son hora para geometría.
A las cinco menos diez Bruna abrió los ojos.
—Puri viene a las seis.
—A las seis.
—Y tú tienes ruta a las cinco.
—A las cinco.
Tadeo se levantó. Recogió la bandeja, el tintero, las plumillas. Miró la ventana, que empezaba a tener un gris que no era negro. Miró a Bruna en la silla coja, con el índice manchado y el pelo deshecho y la cara de haber ganado una noche entera sin decir una palabra que no había dicho.
—Cinco minutos —dijo ella—. Siéntate. Luego te vas.
Se sentó. Dejó la bandeja en la mesa. Puso las manos encima, una sobre otra, y ella puso la cabeza sobre los brazos, mirándolo, y él pensó en la ruta, por dónde empezaba, la plaza, la vega, la uno, la dos, la cuatro, la siete, el perro de los Ochoa, la fila del río, y en la fila del río la lista se le desordenó, y la siete se puso antes que la cuatro, y no llegó a la del puente.