Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 14
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Capítulo 14

Tadeo

A las cinco la trece estaba ocupada, la hierba estaba, el tendedero estaba, y Tadeo cerró la puerta de atrás y la volvió a abrir por costumbre, y luego dejó de hacerlo, porque a la tercera mañana en que una cosa cambia de sitio ya no hace falta comprobarla dos veces. Hace falta hacer la ruta.

La hizo. Noventa viviendas, en su orden, con la copia del viernes en el bolsillo de atrás, que decía «La Descalza» en la tres y nada en la trece, y que a las seis y media, en la fuente, ya estaba equivocada por primera vez en once días, y a él le pareció bien que se equivocara.

A las siete y cuarenta, cuando clavó el plano, había siete personas.

Leyeron la tres, vacía. Leyeron la trece. Y la señora de la veintidós, que el viernes le había dicho «buenos días, Tadeo» con la voz baja de los entierros, dijo:

—Vaya.

Con la boca cerrada, como siempre. Y fue la palabra más ruidosa que Tadeo había oído en aquella plaza en nueve años.

Puri cogió el A3 sin levantarse.

—Trece.

—Trece.

—De la tres.

—De la tres.

Anotó. Pasó una hoja. Levantó la vista sin la libreta.

—Tadeo.

—¿Qué?

—Nada. Que consta.

En la puerta de El Fijo, a las ocho y cinco, Fermina lo esperaba con dos cafés, como los jueves, y le dio uno, y luego le dio otra cosa: una hogaza envuelta en un paño de cuadros, caliente por abajo.

—Para la vela. Que dura.

—¿Qué vela?

—La de esta noche. La tercera. —Fermina se limpió las manos—. Puri me lo ha dicho a las siete y media, que lo iba a verificar a las doce y a las seis. Y yo sé que dos personas despiertas una noche entera se comen una hogaza. Lo sé desde 2007.

—Ya.

—Y no digas la palabra tú tampoco. Que a ti se te escapa.

—A mí no se me escapa nada.

—Por eso lo digo.

* * *

Bruna subió a la torre a las diez y cinco, después del reparto, con las botas, sin llamar, porque la puerta de atrás no tenía llave y eso se lo había dicho él.

No fue a su rincón. Se quedó de pie junto a la mesa, en el lado norte, con las manos en los bolsillos del pantalón, y él oyó un ruido pequeño de metal contra metal, de dos cosas que chocan en un bolsillo.

—Aquí no nos miran —dijo Bruna.

—No.

—Cuéntamelo.

Tadeo dejó la carpeta azul.

No lo había contado nunca entero. Lo había contado a trozos, sin querer, en nueve años de frases cortas que la gente completaba por él, y de eso se había hecho la versión del pueblo, que era la que él no soportaba y la que nunca había corregido porque corregirla era hablar.

Ahora estaba de pie una mujer en el lado norte de su mesa, que era el lado desde el que él llegaba a la fila del uno al catorce sin girar la hoja, y le pedía la versión suya.

—A ver. —Se apoyó en la mesa—. Se llamaba Olalla. Se llama. Olalla Cendán. Es de aquí. Estuvimos tres años. Su casa amanecía junto a la mía casi todas las noches. Casi. Y yo no le daba importancia a los casi, porque tres años son muchos planos y en muchos planos siempre hay algún día que no cuadra.

Bruna no dijo nada. Escuchaba como medía: entera.

—El último año ella quería dejarlo. Y quería irse del pueblo.

Las dos cosas. Y no me lo decía. No porque fuera cobarde.

Porque yo no preguntaba. Yo pensaba que si la casa estaba al lado, estaba todo dicho.

—Se miró la mano, la tinta del índice—. Ella se lo contó a Gonzalo.

El veterinario. Amigo mío, amigo suyo, del pueblo.

Le contó que quería irse y no sabía cómo decírmelo.

Gonzalo le dijo que me lo dijera. Ella no se atrevía.

Eso me lo contó ella después, no lo estoy adivinando.

—Vale.

—Una madrugada su casa amaneció en la otra punta.

Junto a la de Gonzalo. Yo la encontré en la ruta, como encuentro todo.

La apunté. Subí aquí, la dibujé, la clavé.

A las ocho todo el pueblo lo había leído.

A las nueve, en el desayuno, Olalla y Gonzalo tuvieron que presentarse el uno al otro delante de mí, porque así se hace, y nadie dijo nada, y Fermina me puso un plato delante, y Puri leyó la línea sin mirarme.

—Tadeo levantó la vista—. Delicados. Todos. Igual que ayer.

—¿Y era verdad? Lo que leyó el pueblo.

—No. —Lo dijo sin fuerza, como se dice una medida—.

La casa no la llevó a Gonzalo porque lo quisiera.

Todavía no lo quería. La llevó porque lo necesitaba para decirme lo que no me decía a mí.

Necesitaba a alguien que la empujara a hablar.

Y lo hizo. Me lo dijo tres días después.

Tres días en los que todo el pueblo ya sabía lo que yo no sabía, o creía saberlo, que es peor.

—¿Y luego?

—Luego se enamoraron. Meses después. Ella y Gonzalo.

Se casaron al año. Se fueron a la ciudad.

—Se encogió de hombros, un movimiento pequeño, de oficio—.

Eso no lo hizo ninguna casa. Lo hicieron ellos, y estuvo bien, y no le deseo nada malo a ninguno de los dos.

Pero el pueblo ya lo había leído antes, y en el pueblo se quedó la versión de antes: que la casa la cambió de novio una noche.

Y yo no la corregí. Ni la de ellos ni la mía.

Bruna sacó las manos de los bolsillos.

—¿Cuál es la tuya?

—Que yo no pregunté. Tres años. —Tadeo miró la cuadrícula del domingo, en blanco, con sus dos pinzas—. Y que cuando por fin había algo que decir, lo dijo una casa antes que nadie, y todo el mundo lo leyó, y yo me quedé sin manera de decir nada que no fuera un desayuno.

—¿La quisiste?

—Sí.

—¿Y ahora?

—Ahora tiene dos hijos y un veterinario, y me manda una postal por Navidad con los dos hijos y el veterinario. —Tadeo se pasó la mano por la nuca—. La guardo. No sé por qué te digo eso.

—Porque no nos miran.

—Será.

—Y por eso no dejas que una casa hable por ti.

—Ni a favor ni en contra.

—Y por eso no pides.

Tadeo no contestó a eso. No porque no fuera verdad. Porque era exactamente la frase que había evitado nueve años, y ella la había dicho en tres segundos, de pie, con las botas puestas, sin subir la voz.

—Y por eso la tuya no se mueve —dijo Bruna.

—La mía no se mueve porque es el origen del plano.

—Eso lo dice el pueblo.

—Lo digo yo.

—Ya.

Se quedaron un rato así, ella en el norte y él en el sur, con un metro por un metro en medio y treinta y cinco centímetros de paso a cada lado.

—Fermina tenía la llave —dijo Bruna.

—Lo sé.

—¿Lo sabías?

—Lo sabía todo el pueblo. —Tadeo cogió la carpeta y la volvió a dejar—. No era mío para decírtelo. Y no lo preguntaste.

—Eso mismo me ha dicho ella.

—Es lo que hay.

—Cinco marcos. Con dibujos míos, de los doce años. Planos. Una planta de la galería con las medidas. —Bruna miró por la ventana del sur, hacia la plaza—. Los colgó a la misma distancia. Sin un centímetro de diferencia. Midió.

—Ya.

—Tú no lo has visto.

—No he subido nunca. —Una pausa—. Pero Casilda medía. Todo el pueblo lo sabía también.

Bruna se rió. Corto, por la nariz, mirando la plaza. No era una risa alegre. Era la risa de alguien que descubre que es la última en enterarse de una cosa que lleva escrita en una pared dieciocho años.

Tadeo se quedó con el sitio. Torre, lado norte, junto a la ventana del sur.

* * *

Puri vino a la una, con la libreta, y no subió: habló desde el jardín, hacia la ventana de la torre, en voz de tablón.

—Remedio tercero. La propietaria pasará la noche entera en la vivienda sin pronunciar la palabra.

Verificación desde el exterior a las doce y a las seis.

—Pasó una hoja—. La palabra no se puede pronunciar tampoco dormida.

La Secretaría no puede verificar eso, así que la propietaria decidirá si prefiere no dormir.

—No voy a dormir.

—Consta la intención.

—¿Y si la digo? —preguntó Bruna, asomada.

—Se repite la noche.

—¿Puede acompañarme alguien?

Puri miró la torre. Miró la casa azul. Miró la de color melocotón. Miró, por último, la hierba.

—El Manual no lo prohíbe. La palabra la puede decir cualquiera de los presentes; computa igual. —Cerró la libreta—. El cartógrafo tiene ruta a las cinco. Consta.

Se fue.

—Es Puri —dijo Tadeo, desde el sur.

—Ya sé que es Puri.

* * *

Empezaron a las diez de la noche, en la cocina de Casilda, con la puerta del jardín abierta, la ventana abierta y la luz encendida, porque Bruna dijo que la luz encendida era la mitad de no dormirse y él no discutió.

Tadeo trajo cosas. Trajo la bandeja de latón con el tintero y el tarro de plumillas, y la cuadrícula en blanco del domingo, que no iba a rellenar, porque un plano no se rellena sin ruta, pero que puso sobre la mesa de la cocina para tener delante algo que tuviera casillas.

Trajo un trapo. Trajo la hogaza de Fermina, en su paño de cuadros, ya fría.

Trajo dos vasos de agua, que eran lo que sabía traer.

Bruna trajo la tortilla del viernes, que era la del jueves, y un queso de Melchor, y la lista de Tello, para leerla en voz alta si hacía falta reírse a las tres.

—Tenemos que hablar de lo de los Beltrán —dijo ella, a las diez y cuarto, sentándose—. Sin decir la palabra.

—Ya.

—Sergio quiere una señal la semana que viene. Para la... —Se detuvo—. Para la operación.

—La operación.

—La transmisión del derecho de asentamiento.

—Eso está en el Manual.

—Está en el Manual, por eso lo digo. —Bruna cortó pan—. Y yo tengo que contestarle a Inês antes del lunes por la noche. Que es otra operación.

—Distinta.

—Distinta.

Se comieron la tortilla. La palabra no se dijo, y su ausencia se sentó a la mesa con ellos como una tercera persona, y a las once ya le habían puesto nombres: la operación, lo de los de la ciudad, el trámite, lo que no se puede decir, y por fin, porque Bruna estaba cansada de rodeos y era su casa, «lo del catorce».

—Lo del catorce es Inês —dijo Tadeo.

—Lo del catorce es todo. El catorce es un lunes muy lleno.

A las doce, un nudillo en el cristal de la galería. Puri, con la linterna del móvil, desde fuera. Contó dos personas despiertas con la luz encendida, apuntó, y se fue sin decir nada, y Bruna se rió, y Tadeo apuntó de memoria dónde: cocina, mesa, silla que cojeaba.