Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 13 #2
55%

Capítulo 13 #2

Bruna cerró el armario. Volvió a la cama.

Se quedó sentada con las botas en el suelo de una habitación que había estado abierta cada junio durante dieciocho años y cerrada con llave el resto, y entendió una cosa, y solo una, porque era la única que cabía: que «cuando quieras» no había sido lo que ella había oído a los dieciséis.

Había sido lo que decía. Cuando quieras.

Sin condición. Sin fecha. Sin obligar a nadie a que Valdevaivén fuera su familia.

Una puerta que se dejaba abierta sin llamar a nadie para que la cruzara, y que se cerraba con llave el resto del año no para guardar nada, sino para que el polvo no se lo comiera.

Eso no resolvía dieciocho años. No resolvía a su padre, ni a las dos habitaciones con calendario, ni la palabra que había usado a los dieciséis para hacer daño y que había hecho daño. Era una cosa. Una medida exacta de una cosa. Bruna sabía qué hacer con las medidas exactas: apuntarlas, y seguir.

No lloró. Le picaron los ojos, con el aire, y se los frotó con el dorso de la mano, y siguió sentada.

A la una se levantó. Cerró la ventana, porque iba a hacer calor, y dejó los ganchos sin echar. Salió al descansillo. Miró la puerta, blanca, con el pomo y la raja, y la llave puesta por dentro.

La dejó abierta. No durmió en ella. No era todavía el día. Pero bajó los trece peldaños con una puerta abierta a su espalda, y en el pasillo, al pasar, vio por la galería la parra de Fermina, y la parra le pareció, por primera vez, una cosa que estaba bien donde estaba.

* * *

Tadeo no apareció en todo el día, y ella no fue a la torre.

No fue por nada. Fue porque estaba en la tres, y la torre estaba en la doce, y entre las dos había una plaza entera con un tablón que decía dónde había amanecido cada uno, y porque aquel viernes, después de la cocina de Fermina y de la habitación, no tenía manera de subir veintidós vueltas y sentarse en su rincón del este igual que un jueves.

Y porque él había dicho «cuando no nos miren», y en la tres, con la parra de Fermina a dos metros, miraban.

A las cuatro llamó a su padre.

No lo tenía pensado. Marcó como se marca un número que se sabe, y él contestó al tercer tono, con la voz de quien mira quién es y decide cogerlo igual.

—Bruna.

—Hola, papá.

—¿Estás en el pueblo?

—Estoy en el pueblo.

Un silencio con ruido de televisión de fondo, que bajó.

—¿Y cómo está? La casa.

—Se mueve.

—Ya. Eso lo hacía. —Julián carraspeó—. ¿Y tú? ¿La vendes?

—La estoy vendiendo.

—Bien. Bien hecho. Casilda era muy suya, ya sabes. No sé si... —Otro silencio—. No sé qué decirte de Casilda, hija. Hacía años que no hablábamos. No es que nos peleáramos. Es que no hablábamos. Tú eso lo sabes mejor que nadie.

—Lo sé.

—¿Necesitas algo? Dinero para el notario, o...

—No.

—Vale. Pues nada. —La televisión volvió a subir un poco—. Me alegro de que hayas ido. Yo no habría podido.

—Ya lo sé, papá.

—Un beso.

—Un beso.

Colgó. Se quedó con el móvil en la mano, mirando la parra por la ventana, y no sintió nada que se pudiera medir, y por eso no lo midió.

Su padre no sabía qué decir de Casilda. Ella tampoco había sabido durante dieciocho años.

Eso no era un reproche; era un dato de familia, como la altura de un techo.

Antes de nada, sacó las dos llaves del bolsillo y las puso sobre la mesa de la cocina, una junto a otra.

La de Puri: hierro, grande, un paletón de otra época, un cordel rojo, y ninguna cerradura en el mundo.

La de Fermina: latón, pequeña, un cordón blanco, y una cerradura con un pomo con una raja, a trece peldaños.

Las midió a ojo. La de Puri era el doble de larga. La de Fermina abría más.

Abrió el Manual por los deberes del reubicado y leyó el cuarto, que era «no preguntar».

Lo leyó dos veces. Aquel pueblo tenía por escrito, desde 1953, la regla por la que ella había tardado once días en saber quién regaba sus plantas, y la regla no era mala: era la misma que había hecho que nadie le preguntara en once días por qué no había vuelto en dieciocho años.

Cortaba en las dos direcciones. Lo apuntó en la nota del móvil, debajo de las medidas, sin medida.

Trabajó en la cocina. Contestó a Sergio Beltrán con dos líneas.

No contestó a Inês. A las tres comió tortilla de Fermina, que llegó en un plato por encima de la cancela, sin que Fermina entrara.

Fermina no entraría en La Descalza hasta que Bruna la invitara; eso Bruna también lo entendió, con el plato en las manos, y entendió que la invitación tendría que ser suya y en voz alta, como todo lo que en aquel pueblo valía algo.

A las siete regó los geranios, poco, los cuatro.

A las nueve subió a la habitación, encendió el flexo verde, miró los cinco marcos un rato, apagó, y bajó.

Abrió el Manual por el remedio tercero y lo leyó dos veces.

Una noche entera dentro. Sin pronunciar la palabra.

Nada más. Le pareció, de los tres, el más fácil y el más raro, porque los otros dos se hacían con las manos y este se hacía con la boca cerrada, y ella no había tenido nunca la boca cerrada una noche entera.

Se acostó en la cama de Casilda, con las botas de pie junto a la cama, con las cañas tocándose, y con dos llaves en el bolsillo del pantalón colgado de la silla: una que no abría nada, por si acaso, y otra que acababa de abrir una habitación.

Apagó la luz. Por la ventana se veía la parra, negra, moviéndose.

No se oyó nada.

* * *

Se despertó porque había luz donde el viernes no había habido luz.

Era una luz azul. Bruna se quedó un momento en la cama de Casilda mirando el techo, calculando, como calculaba todo: la ventana del dormitorio daba al este; el viernes por el este había una parra, que era verde y negra por la noche; ahora, por la ventana, había una pared azul con una ventana pequeña y, más arriba, una torre.

Se levantó. Se puso las botas. Salió al pasillo, a la galería.

La cortina, recogida a la izquierda. El sillón, en sus marcas.

Los cuatro geranios. Y detrás del cristal, a dos metros y diez, la pared de La Linterna, con las tomateras abajo y el banco y la manguera, y entre su grava gris y la grava oscura, una franja de hierba de un palmo, recta como si la hubieran sembrado con cordel, y sobre la hierba, dos postes de hierro con cinco cuerdas paralelas y vacías.

Parcela trece.

Bruna abrió la puerta de la galería y salió al jardín, y se quedó en la grava con las botas puestas, y miró la hierba, y miró la tapia, que no estaba, y miró la puerta de atrás de la casa azul, que estaba cerrada, y la ventana de la torre, que estaba abierta de una manera torcida, con la hoja sin encajar.

Fue hasta el tendedero. Contó las cuerdas, tocándolas: cinco. Tocó un poste: hierro, frío, clavado en la hierba como si llevara ahí desde 1953. Miró la tapia que no había, y el sitio de la tapia, y la grava de dos colores encontrándose sin línea.

No entendía nada. Lo entendía todo. Las dos cosas a la vez, que era lo que pasaba en aquel pueblo con casi todo.

La ventana de la cocina de La Linterna estaba oscura.

Tadeo estaba en la ruta, en alguna casilla, comprobando que el resto del pueblo seguía en su sitio, y ella supo que cuando volviera no iba a decir nada, y que ella tampoco, y que a las diez, cuando ella subiera a la torre, iban a estar los dos en un sitio donde no los miraba nadie, y que él había dicho que entonces le contaría una cosa.

Eran las siete y media de un sábado. En la calle, delante de la cancela, ya había gente.

Parte de Reubicaciones

Día 12. Sábado 12 de junio.

Movimientos: La Descalza, de la parcela 3 a la 13, junto a La Linterna.

Parcela 3: vacía. La Parra permanece en la 4.

Se hace constar que las viviendas de las parcelas 12 y 13 han amanecido de nuevo con los jardines comunicados y con un único tendedero de cinco cuerdas sobre la linde, y que el cómputo de amaneceres de la vivienda La Descalza, que constaba en uno, queda interrumpido.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.