Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 13
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Capítulo 13

Bruna

Salieron de El Fijo a las nueve y media, después de la doble presentación, y Fermina no la dejó ir sola a ningún sitio.

—Anda. A mi cocina.

Subieron la calle de la fila baja con Fermina un paso por delante, con el paño todavía en la mano, y el pueblo las vio subir como se ve pasar un entierro pequeño: desde las puertas, sin salir, sin decir nada.

La señora de la veintidós, en la esquina.

El chico de la ferretería, con la persiana a medias.

Bruna llevaba las botas y la taza de loza vacía, que no había devuelto, y se dio cuenta a mitad de la cuesta de que iba andando por un pueblo con una taza que no era suya con toda naturalidad, y de que nadie iba a decirle nada, y de que eso, diez días atrás, le habría parecido una falta de organización y ahora le parecía lo contrario.

La cocina de Fermina tenía una mesa para ocho y una sola silla usada, la de la ventana, y Fermina le señaló la de enfrente.

—Siéntate. Come.

Había pan, y queso del de Melchor, y un plato con la tortilla que había sobrado del desayuno de El Fijo, porque Fermina no tiraba tortilla.

Bruna se sentó con las botas puestas. Por la ventana de la cocina se veía la parra, y detrás de la parra, a dos metros y poco, el cristal de una galería con un sillón dentro.

—No sé por qué está ahí —dijo Bruna.

—Yo sí.

Fermina no se sentó. Se apoyó en el fregadero, con el paño, y esperó a que Bruna cogiera el pan, y cuando lo cogió, habló.

—Tu tía subía a tu cuarto todos los junios.

El primer sábado. Abría la ventana, quitaba el polvo, sacudía la colcha, la volvía a poner.

Luego bajaba, se sentaba en la galería y decía: este año tampoco.

Y me pedía otro café. —Hizo una pausa que no era para efecto—.

Dieciocho junios. Dieciocho veces «este año tampoco».

Yo le decía: llámala. Y ella decía: le dije cuando quieras.

Y cuando quieras es cuando quieras. Si la llamo, ya no es cuando quiera ella. Es cuando quiera yo.

Bruna tenía el pan en la mano y no se lo comía.

—Me dijo cuando quieras a los dieciséis. Después de una pelea con mi padre. Yo le dije que Valdevaivén era la familia de mi padre y no la mía.

—Lo sé. Me lo contó ese mismo día.

—¿Y qué dijo?

—Que tenías razón. Que era la familia de tu padre. —Fermina dobló el paño—. Y que por eso no te iba a obligar a que fuera la tuya.

Bruna dejó el pan.

—Yo pensé que no le importaba.

—Ya lo sé. Ella también lo pensó. Que lo pensarías.

—Fermina fue al aparador, abrió el cajón de arriba, el de los cubiertos, y sacó de debajo de la bandeja de los tenedores una llave pequeña, de latón, con un cordón blanco—.

Me la dio hace once años, cuando empezó a subir peor la escalera.

Por si venías y ella no estaba. No pensó que no iba a estar de esta manera. Pero por si acaso.

La puso sobre la mesa, entre el plato de tortilla y el pan.

—Es la de arriba. La de la calle la tengo yo también, y la del jardín. Riego los martes y los viernes. Hice la cama el día del entierro porque no iba a dejar una cama sin hacer para nadie, y menos para ti.

—¿Y los dibujos?

Fermina la miró.

—¿Qué dibujos?

—No sé. Lo que haya arriba. Tú has dicho que no has subido.

—No he subido. Pero sé lo que hay, porque me lo contó.

—Fermina volvió a apoyarse en el fregadero—.

El verano siguiente al que no viniste, fue a la ciudad en el autobús de las siete, a una tienda de marcos, con cinco papeles enrollados.

Volvió con cinco marcos iguales. Se pasó una tarde con el metro y el nivel.

Eso es lo que sé. Lo que hay dentro de los marcos, lo miras tú.

—¿Y en 2015?

—¿Qué pasa en 2015?

—La casa estuvo aquí. Al lado de La Parra. Otra vez. Lo vi en el archivo.

Fermina cogió el paño.

—Eso es mío. —Lo dijo sin dureza—. Cada uno tiene su año. El tuyo son los dieciocho.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no me lo preguntaste. —Fermina volvió al fregadero—. Y porque en este pueblo lo que no se pregunta no se dice, que ya lo has aprendido. Come.

Bruna miró la llave. Era pequeña, con el paletón limpio, del tamaño exacto de la cerradura de un pomo de porcelana con una raja. Pesaba lo que pesaba.

—Y los dos últimos años —dijo—. Alguien.

—Alguien.

—Yo pensé que un hombre.

—Ya te vi la cara. —Fermina abrió el grifo, lo cerró—. No. Ella no necesitaba un hombre. Los tuvo, y la casa nunca se movió por ninguno. Los dos últimos años la casa no se movió porque a donde tenía que ir no había manera de ir. Tú estabas en la capital, y la capital no está en el plano.

Bruna se comió el pan. No sabía a nada. Se lo comió entero, porque Fermina la estaba mirando, y luego cogió la llave y se la metió en el bolsillo del pantalón, en el mismo bolsillo donde llevaba desde el jueves la de Puri con el cordel rojo, y las dos llaves chocaron con un ruido pequeño.

—Gracias.

—No me las des a mí. —Fermina cogió el plato—. Y devuélveme la taza, que llevas con ella toda la mañana.

Bruna dejó la taza de loza sobre la mesa. Fermina la cogió, la enjuagó, la puso boca abajo en el escurridor con las otras, y dijo, de espaldas:

—Y otra cosa. Lo que haya arriba, lo miras tú sola. Yo no he subido desde que ella no sube. Eso es tuyo.

* * *

La casa de color melocotón estaba a dos metros y poco, en la parcela tres, y Bruna la cruzó como se cruza un jardín que no se conoce, por la grava, sin escalón, con la llave de latón en la mano y la otra en el bolsillo.

Dentro, el pasillo de un metro veinte. La escalera de trece peldaños. El último crujió.

El descansillo, dos por uno veinte. El cuarto de la plancha, a la izquierda, abierto. La puerta de la derecha, blanca, con el pomo de porcelana y la raja.

Metió la llave. Entró entera, sin forzar, con el sonido de una cosa que encuentra su sitio. Giró.

Empujó.

* * *

Tres por dos y medio. Lo sabía sin haber entrado. La luz, no.

La ventana del este estaba abierta. No entreabierta: abierta, con las dos hojas contra la pared, sujetas con dos ganchos de latón que ella no recordaba, y entraba el sol de las once de un viernes de junio, y entraba el ruido de la parra de Fermina moviéndose, y entraba aire.

La habitación olía a aire. No a cerrado.

No a dieciocho años. A una ventana que alguien abría.

La cama estaba hecha, con una colcha de verano, blanca, con un dibujo de rombos que era el mismo de la cortina de la galería, y Bruna entendió que Casilda había hecho las dos con el mismo ganchillo, en dos veranos distintos, y que una había ido a la galería y otra aquí.

Las almohadas, dos, con fundas limpias. Sobre la cama, nada.

La mesa. Su mesa, la de estudiar en agosto lo que no había estudiado en junio, pegada a la pared del norte, con la lámpara de flexo verde y un vaso con seis lápices. Los lápices estaban afilados. Todos. Nadie afila seis lápices en una habitación cerrada.

Y en la pared, encima de la mesa, cinco marcos.

Bruna se acercó como se acerca uno a un plano ajeno, para leerlo antes de opinar.

Eran dibujos. Suyos. Los reconoció por la letra de los números antes que por el trazo: una planta de la galería, a lápiz, con las medidas en los bordes, «4 m», «2,80», «12 vigas», y una flecha que decía «sol a las 5» y otra que decía «cortina».

Una planta de la plaza, con la fuente y los tres caños y una nota: «el tablón, 1 x 1».

Un alzado de la fachada de La Descalza, con el nombre en azulejos y el escalón que ya no estaba, dibujado con una cruz encima y la palabra «quitado».

Un plano de la cocina con la mesa pegada a la pared y una silla marcada «coja».

Y el quinto, más grande, a lápiz de colores: la galería vista desde la puerta, con el sillón girado hacia la ventana, y detrás del cristal, un almendro.

Debajo, en su letra de los doce años: «La galería en la 27. Agosto.»

Casilda los había enmarcado. En marcos de madera clara, iguales, con paspartú, como se enmarcan las cosas que van a estar mucho tiempo en una pared.

Los había colgado en fila, a la misma altura, con la separación exacta entre uno y otro, y Bruna lo notó porque era su oficio notarlo: no había un centímetro de diferencia entre el primero y el segundo, ni entre el segundo y el tercero. Alguien había medido.

Midió con la mano abierta la distancia entre el primero y el segundo.

Cuatro dedos. Entre el segundo y el tercero, cuatro dedos.

Casilda lo había hecho con metro y nivel, en una tarde, según Fermina, y Bruna, que había colgado mil cosas en mil paredes con metro y nivel, supo exactamente cuánto se tarda en colgar cinco marcos así: más de lo que se tarda, porque cada vez se comprueba.

Encendió la radio, por hacer algo con las manos. Funcionaba. Sonó una emisora con voz de sábado en viernes, y la apagó, porque aquello no era una habitación cerrada dieciocho años: era una habitación con pilas nuevas.

Se sentó en la cama.

La cama no crujió. Los muelles de una cama que no se usa crujen; estos no, porque alguien se había sentado en ella lo suficiente para que no crujieran.

Miró la habitación desde ahí. La silla, junto a la ventana, con un cojín.

En la silla, unas gafas de cerca, plegadas, y un ganchillo a medio hacer, con la aguja clavada en la lana, de un color que no era ni el de la cortina ni el de la colcha.

Un tercer rombo. Casilda se sentaba en esa silla, con el sol del este, a hacer ganchillo.

En la habitación de Bruna. No para esperar. Para estar.

En la estantería, sus seis libros de los dieciséis años, con los lomos rotos por el mismo sitio.

Una radio pequeña. Un bote de cristal con tres caracolas del río.

En el armario, cuando lo abrió, un vestido de verano suyo, azul, de los dieciséis, colgado en una percha, y al lado, en otra percha, una rebeca de Casilda, gris, con un botón cosido con hilo de otro color.

Las dos perchas juntas. Nadie deja una rebeca en un armario que no usa.