Capítulo 12 #2
—Tú tampoco. —Fermina se metió en el bar—. Que ya me han contado lo del jardín de anoche. Del miércoles. Lo de las hermanas.
Tadeo siguió calle arriba. Aquello no había sido delicado. Aquello había sido Fermina, y por primera vez esa mañana algo tuvo el tamaño que tenía.
* * *
Subió desde la fuente por la calle de la fila baja con la bolsa casi vacía. En la dos, nada. En la tres, la casa de color melocotón con la galería hacia la parra y el sillón dentro, y en el escalón de entrada de la cuatro, que sí tenía escalón, porque La Parra era una casa normal, estaba Bruna.
Sentada. Con las botas puestas, los codos en las rodillas y una taza de Fermina entre las manos, de las de El Fijo, de loza gruesa.
El pelo recogido. La misma camisa de ayer, porque las camisas se habían quedado donde se habían quedado las cosas y lo que llevaba puesto era lo único que había viajado con ella.
Lo vio venir desde lejos. No se levantó.
Tadeo llegó hasta la cancela de La Parra y se paró, con un metro de calle y una cancela entre los dos, que era más de lo que había habido en el tendedero y menos de lo que había habido en nueve años.
—Buenos días.
—Buenos días.
Sacó de la bolsa el recibo del gas de Fermina y una copia del Parte, y las dejó en el buzón de la cancela, que era de chapa verde, con la parra encima.
Luego sacó un sobre del banco a nombre de Casilda Bellver, que había llegado esa mañana y que llevaba once días entregando en la trece, y se lo tendió a Bruna por encima de la cancela.
—Esto es tuyo. Ahora va aquí.
Ella lo cogió y lo dejó en el escalón, junto a la bota.
—El Parte —dijo Tadeo—. Por si no has bajado.
—No he bajado. —Bruna bebió—. Me he despertado mirando una parra. Luego he salido y me he sentado aquí, y Fermina ha salido, y me ha dado esto, y me ha dicho «bébetelo», y ha vuelto a entrar. Eso es todo lo que sé.
—Ya.
—No he sido yo.
—Ya lo sé.
—No sé por qué.
—Yo tampoco.
—Y todo el pueblo lo sabe ya.
—Todo el pueblo sabe dónde está la casa. —Tadeo dejó la bolsa en el suelo—. Lo demás no consta.
—¿Y la tapia?
—Ha vuelto.
—¿Entera?
—Con la piedra suelta del tercer tramo.
—¿Y el tendedero?
—El mío tiene tres cuerdas.
—El mío tiene dos. Lo he visto desde la galería. —Bruna giró la taza en las manos—. Se ha traído las dos suyas. Ha sabido cuáles eran.
—Las cuerdas van con la casa.
—Yo no sabía cuáles eran.
—Ya.
Ella miró la taza. Miró la calle, que a esa hora tenía dos personas que no pasaban por allí nunca y que pasaban ahora muy despacio.
—Lo que no consta se ve —dijo.
—Sí.
—¿Siempre es así? ¿Cuando una casa se va?
—A ver. —Tadeo miró la cancela, la parra, el buzón verde—. Casi nunca se va una casa de donde estaba yo.
Bruna levantó la vista. Él sostuvo la mirada el tiempo justo para que no fuera una respuesta, y luego miró la tres, la galería con el sillón, y volvió a mirarla a ella.
Había decidido en la plaza, delante del tablón, con la señora de la veintidós llamándolo por su nombre.
No: había decidido antes, con la mano en la tapia, a las cinco, sin saber que lo decidía.
Y ahora, con Bruna en el escalón de Fermina con una taza de loza y la cara de quien no ha dormido lo suficiente y no ha entendido nada y no piensa fingir que sí, lo supo del todo: esta vez no iba a dejar que el pueblo se lo leyera.
Esta vez iba a decirlo él, con palabras, a una sola persona, en un sitio donde no hubiera nadie más, antes de que la delicadeza de todo el mundo volviera a decidir lo que significaba una casilla en blanco.
—Tengo que contarte una cosa —dijo—. De hace nueve años.
Bruna no se movió.
—¿Ahora?
—Aquí no.
Ella miró la calle. Las dos personas. La ventana de Fermina, con la cortina que no se movía con la exactitud de una cortina que alguien sostiene.
—Aquí no —repitió Bruna. No como una pregunta. Como se repite una fecha para no olvidarla.
—Cuando no nos miren.
—Aquí nos mira Fermina.
—Fermina no mira. —Tadeo cogió la bolsa—. Fermina ya lo sabe.
Bruna bebió el último trago de café de El Fijo, despacio, sin quitarle los ojos de encima, y él se dio cuenta de que ella estaba haciendo con él lo que hacía con las habitaciones: medir, para saber si cabía lo que le acababan de decir.
—Vale —dijo Bruna—. Cuando no nos miren.
Tadeo dio media vuelta y bajó la calle con la bolsa, sin mirar atrás, con la exactitud de un hombre que todavía tiene ruta.
A mitad de la cuesta se cruzó con Puri, que subía con la libreta hacia La Parra, a convocar en persona a quien no había bajado a leer el tablón, y Puri le dijo «buenos días» y nada más, ni la fórmula, ni el cargo, ni el nombre, y siguió subiendo, y él supo que aquello era Puri siendo delicada y que Puri siendo delicada era la cosa más rara que había visto en once días.
Tuvo ruta: tres cartas en la fila baja y un paquete en la plaza, que entregó, y el reparto terminó a las nueve y cinco en la fuente, donde ya no había nadie leyendo el tablón porque todos estaban en El Fijo esperando a ver quién entraba y quién no.
No entró. Se quedó en la fuente, con la bolsa vacía, a veintidós metros de la puerta, y desde allí, por el cristal de El Fijo, vio lo que pasaba dentro como se ve una galería desde la calle.
Vio a Bruna entrar a las nueve y cuatro, con las botas, con Fermina detrás.
Vio que no fue a la barra: se quedó de pie en medio del bar y dijo algo corto, con la cara de las presentaciones, y él supo lo que decía sin oírlo, porque tenía cuatro palabras y una parcela.
Vio a Fermina ponerse a su lado y decir lo suyo, que también tenía cuatro palabras y una parcela, y vio que las dos mujeres se daban los buenos días la una a la otra, delante de todo el pueblo, como si no se conocieran de veinte años, porque así se hacía y porque hacerlo así, aquella mañana, era lo único que impedía que alguien dijera otra cosa.
Vio a Puri escribir. Vio a Tello quedarse sentado.
Vio a Melchor, que había bajado, comerse un churro sin mirar a nadie.
Vio la mesa pequeña junto al perchero, vacía, y vio que nadie se sentaba en ella, y que Fermina pasó por delante con la cafetera y no puso ninguna taza, y que eso también era una delicadeza, y que era la única de la mañana que no le importó.
Cruzó la plaza. Bajó por la calle de la iglesia, entró en La Linterna por la puerta de la calle, que no usaba nunca, y subió a la torre, y desde la ventana del norte, que se atascaba y que abrió de todas formas, empujando con el hombro hasta que cedió, miró el pueblo.
La tres, con una esquina de color melocotón. La cuatro, con una parra. La doce, debajo de sus pies. La trece, vacía, con una tapia de piedra y una mesa puesta para nadie.
Cerró la ventana, que no cerró del todo. Se sentó en el sur, con la cuadrícula del sábado en blanco delante, y no tocó la lámina.
En el rincón del este seguía la tapa sobre las dos cajas, y la taza que no era suya, y la chaqueta en el clavo, y el cargador detrás de la carpeta azul.
Las cosas de ella no se habían ido con la casa, porque no estaban en la casa.
Estaban en la torre. Tadeo no las movió.
Eso también constaba, si alguien preguntaba, y era lo único de toda la mañana que no había cambiado de parcela.
La trece, vacía. La tres, La Descalza. La doce, sin cambios. Esta vez, sin cambios no iba a ser lo mismo que sin nada que decir.