Capítulo 12
Tadeo
A las cinco en punto Tadeo abrió la puerta de atrás de La Linterna y la parcela trece estaba vacía.
Lo primero que vio no fue el hueco. Fue la tapia.
Baja, de piedra, a la altura de la rodilla, entre su grava oscura y la grava gris de la trece, que ya no era de nadie, con el mismo musgo en las mismas juntas y la misma piedra suelta en el tercer tramo, la que él llevaba nueve años pensando en fijar.
Estaba donde había estado siempre. La hierba no estaba.
Los dos postes de hierro no estaban. Su tendedero, de tres cuerdas, vacío, en su sitio de siempre, con sus dos postes en sus dos agujeros de siempre.
Al otro lado de la tapia, una parcela con gravilla en el centro, dos tomas de agua y luz tapadas con una chapa, y hierba corta. Una mesa puesta para alguien que no había llegado.
Tadeo cerró la puerta. La volvió a abrir. La trece seguía vacía.
Puso la mano en la tapia. Estaba fría, con rocío, y era piedra, y no había forma de que una piedra dijera si llevaba nueve años allí o cinco horas.
Sacó la copia de ayer, la desdobló contra el muslo, miró la trece, que decía «La Descalza», y la volvió a doblar.
Luego echó a andar hacia la plaza. La ruta empezaba en la plaza.
Noventa viviendas. Una de ellas estaba en alguna parte, y él no iba a buscarla: iba a encontrarla, en su orden, cuando le tocara, como se encontraban las casas.
* * *
La vega. La uno, la dos, la cuatro, la siete.
El perro de los Ochoa, con su ladrido de trámite.
La fila del río, el puente, el agua sonando a poco.
Todo en su sitio, y él lo comprobó todo con la misma atención que cualquier otro día, casilla por casilla, porque la atención era lo único de aquella mañana que dependía de él.
La tres.
Estaba a dos parcelas de la plaza, en la calle que subía desde la fuente hacia la fila baja, entre la dos, vacía, y la cuatro, que era La Parra.
Casa de color melocotón, dos plantas, galería acristalada mirando ahora hacia una fachada cubierta entera de parra, a dos metros y poco, con el sillón de mimbre dentro, en sus cuatro marcas, girado hacia el cristal, hacia las hojas.
En el jardín de la tres, en la grava, un tendedero de dos cuerdas con dos postes en dos agujeros, vacío.
Los geranios en el alféizar. Cuatro. La ventana del fondo con la persiana bajada.
Tadeo no se paró más de lo que se paraba en cualquier casa. Miró la tres. Miró la cuatro, con la parra y una luz encendida en la cocina de Fermina a las cinco y cuarenta, que era su hora. Miró la dos, vacía. Anotó mentalmente: la tres, La Descalza, junto a La Parra. Siguió.
No pensó en por qué. Pensarlo no era su trabajo y, además, sabía que si empezaba a pensarlo iba a llegar a un sitio donde ya había estado.
* * *
Melchor, en la veintiocho, ya estaba en la ventana con el vaso a las seis y diez, y levantó el vaso como cada mañana, exactamente igual, ni más alto ni más despacio.
Tadeo levantó la mano. Melchor no era delicado.
Tenía ochenta y siete años y regaba a las ocho y a las seis y diez y no cambiaba nada por nadie, y esa mañana Tadeo le estuvo agradecido por eso de una manera que no habría sabido poner en una casilla.
En la cincuenta y dos, Amparo estaba en la ventana de la cocina, con la cortina en la mano, y la soltó cuando él pasó, y no le dijo que no mirara, que era lo que le decía desde hacía una semana, y esa omisión fue la primera delicadeza de la mañana.
En la ochenta y uno, Chema estaba en el escalón con Trufo y la taza, un viernes, que no era su día de escalón.
—Se ha ido a la tres —dijo Chema.
—A la tres.
—Junto a la Fermina.
—Junto a La Parra.
Chema bebió. Trufo miraba la calle, hacia abajo, hacia la fila de las cincuenta, con la paciencia de un perro que sabe contar los días.
—Se mueven —dijo Chema—. Ya volverá. O no. —Se encogió de hombros—. Yo llevo cuatro años con esa frase. Te la presto.
Tadeo no contestó. Aquello no era delicado. Aquello era Chema, que amanecía cada domingo al lado de una mujer que no le hablaba y que sin embargo era el único hombre del pueblo que esa mañana le había dicho una cosa útil.
El cerro. Las hermanas, con la persiana subida. La escuela. El hostal, con el hombre de la rebeca en el mostrador, que levantó la mano y no levantó las cejas.
En la ochenta y ocho, la casa de Quique junto a la de Loreto, pegadas por el palmo de siempre, con las dos bicicletas contra la misma pared.
Viernes. Segunda semana desde que Bruna había llegado, y la segunda vez que Tadeo registraba a Quique en la ochenta y ocho con ella en el pueblo, y en ese momento cayó en la cuenta de que estaba contando los viernes de otra manera, y no le gustó darse cuenta.
Anotó: casa de Quique, de la setenta y siete a la ochenta y ocho.
A las seis y media estaba de vuelta en la fuente. Desde la fuente, con la luz gris, se veía La Linterna con la torre y el farol. A su lado, un hueco. Al otro lado de la plaza, subiendo, se veía una esquina de color melocotón pegada a una parra.
Subió a la torre.
* * *
La cuadrícula del viernes estaba en el centro de la mesa, con sus dos pinzas, con la lámina doblada en cuatro debajo.
En el rincón del este, la tapa de setenta por cincuenta sobre las dos cajas, con una taza que no era suya y un cargador enchufado detrás de la carpeta azul, y una chaqueta colgada de un clavo en la viga.
Tadeo no miró el rincón. Se sentó en el sur.
La doce: «La Linterna». Origen. Desde ahí, hacia fuera, en el orden de la ruta.
Llegó a la trece a la tercera línea y la dejó en blanco, como llevaba nueve años dejándola, y no se detuvo.
Pero contó, sin querer, porque contaba: once días con un nombre en esa casilla, después de más de tres mil doscientos sin ninguno.
Once. En un plano de un metro por un metro, once días no eran nada.
En el archivo, eran once hojas con una casilla más rellena que las demás, y él sabía exactamente en qué cajonera estaban.
Llegó a la tres a la sexta y escribió «La Descalza», con la misma letra, sin un tachón, porque un tachón en un plano era una casilla en duda, y aquello no estaba en duda: la casa estaba en la tres.
Escribió la ochenta y ocho. Escribió el resto.
Debajo, el Parte. Lo escribió en cinco líneas. Añadió la sexta, la de Puri, porque hacía falta y porque era la única frase de todo el Manual que se podía decir en voz alta un viernes como aquel sin que sonara a otra cosa.
A las siete y cuarenta clavó el plano.
La señora de la veintidós ya estaba. El chico de la ferretería, también. Y dos más: el hombre de los certificados y una de las hermanas del cerro, la mayor, que nunca bajaba a esa hora.
Leyeron.
La señora de la veintidós buscó la trece con el dedo en el aire, y estaba en blanco, y luego buscó hasta encontrar la tres, y la encontró, y no dijo «vaya».
No dijo nada. Le dijo «buenos días, Tadeo», con su nombre, que en diez años no había usado nunca para saludarlo, con una voz un poco más baja que la del jueves, y se fue hacia el río con la bolsa vacía sin mirar atrás.
El chico de la ferretería no levantó la vista del papel, y luego no levantó la vista del suelo, y se fue a abrir andando más despacio de lo normal.
El hombre de los certificados le puso una mano en el hombro, un segundo, y la quitó.
La hermana mayor del cerro lo miró como se mira a alguien en un entierro cuando no se sabe si era pariente.
Nadie dijo «se acabó». Nadie lo iba a decir. Y el silencio con que no lo decían tenía una textura que Tadeo conocía, porque la había tocado ya una vez, hacía nueve años, en aquella misma plaza, delante de aquel mismo tablón, con otra casilla en blanco al lado de la doce.
Entonces también habían sido delicados. Todos.
Nadie había dicho nada en el desayuno. Fermina le había puesto un plato delante.
Puri había leído la línea sin mirarlo. Y esa delicadeza, ese cuidado de todo el mundo por no decir lo que todo el mundo estaba leyendo, había sido peor que cualquier frase, porque una frase se contesta y una delicadeza no.
Se dio la vuelta y entró en el ayuntamiento por la puerta lateral.
Puri cogió el A3 sin levantarse. Leyó la sexta línea.
—Bien puesto.
—Hacía falta.
—Hacía falta. —Anotó—. Convocada a las nueve, la propietaria. Fermina también, por vecindad nueva, aunque Fermina no necesita que la convoquen a su propio bar. —Pasó una hoja. Se detuvo. Levantó la vista, sin la libreta, sin el cargo, y lo miró de frente por segunda vez en dos días.
—Tadeo.
—¿Qué?
—Nada.
Volvió a la libreta. Él se quedó un momento en la puerta, con la sensación de que aquello había sido, en la lengua de Puri, un párrafo entero.
Parte de Reubicaciones
Día 11. Viernes 11 de junio.
Movimientos: La Descalza, de la parcela 13 a la 3, junto a La Parra.
Parcela 13: vacía. Se hace constar que las viviendas de las parcelas 12 y 13 han recuperado la linde y sus tendederos respectivos, y que la vivienda La Descalza, sin comunicación registrada en la parcela 3, reanuda el cómputo: primer amanecer computable.
Casa de Quique, de la parcela 77 a la 88, junto a casa de Loreto.
Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo. Se recuerda que un desplazamiento no constituye promesa afectiva.
Convocadas: Bellver, Bruna (La Descalza); Rubio, Fermina (La Parra).
T. Luján, cartógrafo municipal.
El reparto de los viernes era el más corto de la semana y aquel viernes lo hizo al revés, como el primer martes, para acabar en la tres y no empezar por ella.
Fermina no estaba en la puerta de El Fijo a las ocho con dos cafés. Estaba dentro, con las persianas a medio subir, y cuando Tadeo pasó por delante con la bolsa salió al umbral con el paño y no le dio nada.
—Está en mi casa —dijo—. Le he dado un café. Le he dicho que se lo beba.
—Ya.
—No le he dicho nada más. Todavía.
—Ya.