Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Estaba sentada en su silla de cocina, en su rincón del este, con su tapa sobre sus dos cajas y su portátil y su taza, que era una taza de La Linterna que llevaba tres días usando sin haberla pedido, y su chaqueta colgada de un clavo que había puesto ella el martes en la viga del este, y sus dos tubos de papel de la prueba, ya inútiles, apoyados en la pared, y la lista de Tello y la llave de Puri sobre la tapa, y por la ventana del sur la plaza, y por la del oeste el pueblo entero, y en el centro de la habitación una mesa de un metro por un metro que ella había puesto ahí.

Midió.

Lo hacía sin querer, así que lo hizo queriendo: la torre, tres por tres.

Su rincón, setenta por cincuenta más una silla.

Sus cosas en la torre: taza, chaqueta, dos tubos, dos regalos, un cargador enchufado detrás de la carpeta azul.

Tiempo de desmontaje, con la lista de fotos del lunes: una hora.

La galería de La Descalza: verificada, tal como estaba, no era suya, no se desmontaba.

La cocina: una tarde. El dormitorio: una maleta que ya estaba a medio hacer.

El anuncio: un clic. El tendedero: no era suyo. El jardín: no era de nadie.

Una hora, una tarde, un clic. Era la vida más desmontable que había tenido nunca, y en diez días no había desmontado nada.

Había montado. Una galería. Una torre. Una fiesta.

Un idioma de tres palabras. Se había traído seis cajas para vaciar una casa y las cajas estaban debajo de una tapa, sujetando su rincón.

Abrió el calendario de Maré otra vez. Lisboa, seis semanas.

Oporto. Burdeos. Nantes. Amberes. Rotterdam.

Hamburgo. Copenhague. Ocho ciudades, ocho plazas, ocho veces montar una tienda en tres días y desmontarla sin marca.

Lo había querido durante tres años. Lo seguía queriendo, con la misma exactitud con la que sabía que la tapa medía setenta por cincuenta.

Y sin embargo, al leer «Oporto», lo que pensó no fue en Oporto.

Fue en que en Oporto no habría una ventana al este con un cuadrado de sol en el suelo.

Aquello no era encierro. Sabía lo que era el encierro: dos habitaciones con calendario, una bicicleta estática, un sofá cama. Aquello era otra cosa, y lo que le daba miedo no era la cosa. Era lo fácil que había sido.

Oyó los pasos en la escalera de caracol. Veintidós vueltas. Tadeo asomó con la bolsa vacía y la miró desde el último peldaño, como el lunes.

—¿Aprobada?

—Aprobada.

—¿Y?

—Y condiciones finales. Hasta el catorce.

—Ya.

Entró. Dejó la bolsa. Fue a su lado sur, cogió la carpeta azul, y se sentó a hacer lo que hacía.

No preguntó qué iba a contestar. No dijo nada del tendedero.

No dijo nada de las camisas dobladas en el banco, aunque las había visto al entrar, porque lo veía todo.

No dijo nada del jardín a la una menos cuarto de la madrugada.

Bruna tampoco.

A la una y media, mientras él pasaba hojas de la carpeta azul y ella no dibujaba nada, Tadeo preguntó desde el sur, sin levantar la vista de la carpeta:

—¿Cuál es la última?

—¿La última qué?

—Ciudad.

—Copenhague. Mayo.

—Un año.

—Un año.

—¿Y después?

—Después no hay después. Es una tienda de un año. —Bruna cerró el portátil—. Es lo que tiene lo efímero: sabes cuándo acaba desde antes de empezar. Es la única cosa segura de mi oficio.

—Ya.

—Es una ventaja.

—Ya.

Bruna miró la cuadrícula del viernes, en el centro de la mesa, en blanco, con sus dos pinzas, y debajo el borde de la lámina doblada, un milímetro de plástico asomando por el lado norte. No lo miró más de un segundo. Volvió a abrir el portátil.

A las dos, con la lista de Tello aún sobre la tapa, Bruna preguntó sin levantar la vista:

—¿Qué es lo de la llave?

—¿Qué llave?

—La de Puri. Con el cordel rojo. Dice que no abre nada.

Tadeo tardó lo que tardaba en decidir si una cosa era suya o no.

—Puri regala llaves. A gente. Sin explicar. —Pasó una hoja de la carpeta—. Hay doce en el pueblo, que yo sepa. Fermina tiene una. Melchor tiene una. Yo tengo una.

—¿Y qué abren?

—Nada. Son llaves de cerraduras que ya no existen. Las recoge cuando se tira una puerta.

—¿Y por qué las regala?

—A ver. —Cerró la carpeta—. Por si acaso.

Bruna miró la llave, sobre la tapa, junto a la lista. Doce llaves en un pueblo, de puertas que ya no estaban, repartidas por una mujer que no explicaba nada, por si acaso. Le pareció, por un momento, la cosa más organizada que había visto en su vida.

A las dos y media vibró el móvil. Montse: «¿Has contestado ya a Inês? Dice que hasta el 14. No lo dejes para el 14, hija, que te conozco».

No contestó.

Trabajaron. A las tres él subió dos vasos de agua y dejó uno junto a la tapa, y ella se lo bebió, y las manos no se cruzaron ni se rozaron ni hicieron nada, y Bruna pensó que aquel hombre y ella habían construido en tres días un sistema entero para no tocarse en tres metros cuadrados, y que el sistema era perfecto, y que había dicho esa frase antes con otro sentido.

A las siete, cuando recogió, dijo:

—Mañana vengo.

—Mañana es viernes.

—¿Y?

—Nada. Que es viernes. —Tadeo no levantó la vista—. Vienen las cartas del banco.

—Eso era hoy.

—Hoy eran las del banco. Mañana son las que no son del banco.

Bruna bajó las veintidós vueltas sin contestar, cruzó su cocina, salió al jardín, pasó por debajo del tendedero sin agacharse, porque ya sabía la altura, y rodeó la casa para entrar por la puerta de la calle, con las botas puestas, porque en la galería de Casilda no se entraba con zapatos y ella no pensaba volver a descalzarse en esa casa sin haberlo decidido antes.

* * *

Antes de cenar bajó a la plaza sin motivo, que era una cosa que no hacía nunca, y se quedó delante del tablón de anuncios, el de al lado del plano, que no había mirado en diez días.

Tenía cuatro papeles. «Se vende remolque, buen estado, preguntar por Melchor.

» «Clases de guitarra, martes y jueves, ferretería.

» «Parcela 40: libre desde hace tres años.

Se ruega no aparcar delante, por si acaso.

» Y uno más antiguo, con las esquinas amarillas, escrito a máquina, sin fecha: «Quien tenga llave que no sea suya, que la lleve a la Secretaría».

Se quedó mirando ese último más tiempo del que merecía un papel amarillo.

Volvió. Cenó de pie. Leyó las condiciones finales una tercera vez y no contestó.

Dejó la llave de Puri sobre la mesa de la cocina, junto al Manual, y la lista de Tello debajo, y el delantal de cuadros azules que Tadeo había dejado en la silla de El Fijo y luego, a la una y media, al recoger, sobre la mesa de la cocina, doblado, sin decir nada.

Se lo puso para fregar los dos platos. Le quedaba bien: Casilda y ella tenían la misma altura, o Casilda había tenido la de ella. Fregó. Se lo quitó. Lo dobló en cuatro y lo dejó donde estaba, y no supo si lo que acababa de hacer era ponerse un delantal o probarse una cosa.

Subió los trece peldaños con la llave de Puri en la mano.

Sabía que no abría nada. Se lo había dicho Puri.

Se lo había dicho la llave, que era demasiado grande, demasiado vieja, con un paletón de otra época.

La metió en la cerradura del pomo con la raja de todas formas, y no entró, y la giró de todas formas, y no giró, y se quedó con la llave en la mano y la mano en el pomo un rato, en el descansillo a oscuras, sintiéndose exactamente tan tonta como merecía.

Bajó. Dejó la llave con el cordel rojo junto al Manual.

En el dormitorio de Casilda se quitó las botas y las dejó de pie junto a la cama, con las cañas tocándose, y se acostó, y antes de apagar la luz miró por la ventana hacia el jardín.

A la luz de la cocina de Tadeo, que seguía encendida, se veía el tendedero: cinco cuerdas vacías, dos postes de hierro, en medio de una hierba que nadie pisaba.

Midió, desde la cama, con los ojos, por costumbre: de poste a poste, siete metros y algo. Más que su tendedero y el de él sumados. Un tendedero de cinco cuerdas necesitaba siete metros de jardín, y en aquel jardín los había, porque eran dos jardines.

Cinco cuerdas. Dos eran suyas. No sabía cuáles.

Apagó la luz.