Capítulo 11
Bruna
Para coger sus manteles tuvo que descolgar una camisa.
No había otra manera. Las cinco cuerdas iban de un poste al otro y en las cinco había ropa, alternada, y el mantel grande de Casilda compartía cuerda con una camisa azul de Tadeo, sujeta por dos pinzas suyas de plástico y una de ella, de madera, en la manga.
Bruna quitó la de madera. La camisa se quedó colgando de las dos de plástico, torcida.
Quitó las dos de plástico, dobló la camisa por los hombros como se dobla una camisa en una tienda, y la dejó sobre el banco. Luego descolgó el mantel.
Eran las siete y media de la mañana y en la calle ya había gente.
Más que el sábado. El sábado la hierba era una cosa que había que ver de cerca; un tendedero de cinco cuerdas con ropa de dos casas se veía desde la esquina.
Bruna contó seis personas sin girarse, por el ruido de los pies que se paraban y no seguían, y entendió, con el mantel en los brazos, que en Valdevaivén tender juntos debía de ser lo que en otros sitios era firmar juntos, y que no había manera de descolgar un mantel sin que aquello fuera una declaración.
Lo dobló. Descolgó el otro. Dobló la segunda camisa, de cuadros, y la puso sobre la primera.
Cuando se giró, la señora de la parcela veintidós, con su bolsa vacía, miraba las dos camisas dobladas sobre el banco.
—Buenos días.
—Buenos días.
La señora no dijo «vaya». Bruna lo notó, porque llevaba diez días aprendiendo a notar lo que aquel pueblo no decía, y lo que no dijo la señora de la veintidós pesaba más que los dos manteles.
* * *
A las ocho bajó a la plaza a leerlo, porque ya era de las que bajaban.
El plano del jueves con sus cuatro chinchetas, la doce y la trece con la raya en medio, como si nada, y debajo el Parte.
«Tendederos comunicados en un único tendedero de cinco cuerdas sobre la linde.
» Y luego la otra frase, la que no entendió: «los regalos de primera vecindad recibidos en la parcela 13 exceden la capacidad del registro ordinario».
—Son las aportaciones de anoche —dijo la señora de la veintidós, a su lado, que también leía—. Veinte cosas. Puri las apunta como regalos porque no tiene otra casilla.
—¿Y qué pasa cuando exceden la capacidad?
—Que lo pone. —La señora se fue hacia el río—. No pasa nada más. Aquí las cosas pasan y se ponen.
Bruna volvió a la trece por la calle de la iglesia. Puri llegó a las ocho y cuarto con el metro amarillo y midió el tendedero como había medido la hierba: el largo, la altura de las cuerdas, la distancia entre postes, la profundidad de los postes en la tierra, que era mucha.
—Tendederos comunicados en un único tendedero de cinco cuerdas. Tres y dos. —Escribió—. Ropa de ambas viviendas presente al amanecer, alternada. No lo pongo. Consta que no lo pongo.
—Puri.
—Secretaria, en horario.
—Secretaria. Esto es un tendedero.
—Es un tendedero.
—¿Y el cómputo?
—Interrumpido. Como con el jardín. —Puri no levantó la vista—. Llevaba interrumpido desde el sábado. Ahora lleva dos motivos.
—No es un desplazamiento. La casa no se ha movido.
—La casa no se ha movido. —Puri plegó el metro—.
Y lo digo de todas formas, porque es mi trabajo decirlo y porque hoy hace más falta que el sábado: un desplazamiento no constituye promesa afectiva.
Un jardín, tampoco. Un tendedero, tampoco.
Lo que constituya la ropa alternada no es competencia de la Secretaría.
—¿Y de quién es competencia?
—De quien la tendió.
Bruna miró las cuerdas vacías.
—Yo tendí dos manteles en mi tendedero. Él, dos camisas en el suyo.
—Consta. —Puri se guardó el metro en el bolsillo y sacó otra cosa, pequeña, envuelta en un pañuelo de papel—. Y ahora, sin el cargo.
Era una llave. Vieja, de hierro, con el paletón gastado y un cordel rojo atado al ojo. Puri se la puso en la palma con el mismo cuidado con que le había entregado el Manual.
—Regalo de primera vecindad. En calidad de vecina de la ciento diecinueve, no de Secretaría. Es una llave. No abre nada. —Una pausa que en Puri era una ceremonia—. Por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—Por si acaso. —Se dio la vuelta—. Las sillas de Fermina, contadas, antes de las dos.
Bruna se quedó con la llave en la mano. Pesaba más de lo que parecía. Se la metió en el bolsillo del pantalón y notó el cordel rojo contra el muslo durante el resto de la mañana, como un recordatorio de una cosa que no estaba claro qué era.
* * *
Las sillas fueron veinte viajes, o diez, porque se llevaban de dos en dos y Tadeo no estaba: tenía reparto, y aquella mañana lo tenía más largo de lo normal, según le dijo desde la cancela, porque los jueves llegaban las cartas del banco.
Bruna hizo los diez sola. Cada viaje era cruzar el jardín de él hasta su cancela, porque la de Casilda daba a la parte de la calle donde las sillas no cabían por la cuesta, y cruzar el jardín de él era pasar por debajo del tendedero, que tenía las cuerdas a la altura de la frente y estaba clavado, con toda intención, en la mitad exacta del camino.
Diez veces se agachó con dos sillas en los brazos y pasó por debajo de cinco cuerdas vacías.
A la sexta dejó de agacharse tanto y una cuerda le rozó el pelo.
A la novena ya no pensaba en ello, y eso le pareció peor que agacharse.
Fermina contó las sillas en la puerta de El Fijo, en voz alta, como se cuentan las cosas que se van a reclamar.
—Veinte.
—Veinte.
—Una tiene la anea rota.
—La tenía.
—La tenía. —Fermina la miró por encima de la última silla—. ¿Has dormido?
—He dormido.
—Bien. Dormir es lo único que hay que hacer. —Metió la silla en el bar—. Lo demás lo hacen las casas.
—Vinieron veinticuatro.
—Veinticuatro. Yo dije dieciocho. —Fermina cogió el paño—. Me equivoqué. No me pasa. Apúntalo, que Puri no lo va a apuntar.
No dijo nada del tendedero. Bruna esperó a que lo dijera, con la mano en el marco de la puerta, y Fermina no lo dijo, y Bruna se fue por la plaza con la sensación, otra vez, de que lo que aquel pueblo callaba estaba mejor organizado que lo que decía.
* * *
A las once, al cruzar el jardín por décima vez con las dos últimas sillas, encontró a Amparo en la cancela, con el bolso, mirando el alféizar de la galería desde fuera.
—¿Lo has regado?
—Poco.
—Bien. —Amparo miró el tendedero un segundo, las cinco cuerdas, los postes, y volvió a mirar el geranio—. Tiene un brote.
Se fue sin decir nada del resto, y Bruna entendió que lo del geranio era lo único que Amparo se permitía comentar de aquel jardín, y que lo había comentado a propósito.
A las once y media escribió Sergio Beltrán, con la formalidad de un correo aunque fuera un mensaje: «Buenos días.
Interés firme por nuestra parte. Hablaríamos de una señal la semana que viene, cuando tengas visibilidad sobre el certificado.
Saludos». Bruna contestó «Perfecto» y no añadió nada, porque no tenía visibilidad sobre nada.
Tello llegó a las doce y media, cuando ella ya estaba en la torre, y no subió: la llamó desde el jardín, con voz de pleno, y Bruna bajó las veintidós vueltas para encontrárselo de pie en la grava gris, con las manos a la espalda y un papel doblado.
—Regalo de primera vecindad. —Se lo tendió con las dos manos, como Fermina la hogaza, como Puri la llave, y Bruna empezó a sospechar que en Valdevaivén todo se entregaba así—. De parte del alcalde. En calidad de vecino.
Era una hoja mecanografiada, con el membrete del ayuntamiento, y un título subrayado: «Relación de vecinos con los que no conviene amanecer».
Debajo, once nombres, con la parcela habitual entre paréntesis y una observación breve.
«Ronca.» «Gallinas.» «Discute.» «Gallinas y discute.
» «Aparca mal, y la casa también.» Bruna leyó hasta el final.
El último nombre no estaba mecanografiado. Estaba escrito a mano, con una letra que no se leía desde ningún ángulo y que sin embargo se leía: «Mariano Tello. Todas las noches electorales.»
Bruna levantó la vista.
—Esto lo ha añadido Puri.
—La secretaria tiene acceso al documento. —Tello se balanceó un poco sobre los talones—. Yo no he tenido tiempo de revisarlo.
—¿Y usted está de acuerdo?
—Yo estoy en la lista. No se me pide opinión. —Miró hacia la plaza, hacia donde estaría el tablón—. Ya te lo dije el sábado y te lo digo hoy: con direcciones fijas, esta lista no haría falta. Cada uno en su calle, con su número, y a dormir tranquilos. Veinte años llevo.
—Diecinueve, me dijo Puri.
—Veinte. —Tello se puso muy recto—. La moción de censura también cuenta. Buenos días, vecina. Que no amanezcas con ninguno.
Se fue por la cancela de Tadeo, que era la que tenía más cerca, y Bruna se quedó con la lista y la llave, una en cada mano, y pensó que a mediodía del décimo día tenía ya más regalos de aquel pueblo de los que le había hecho su padre en dieciocho años, y que todos eran cosas que no servían para nada, y que por eso se parecían tanto a regalos.
* * *
La prueba de Maré la había mandado a las nueve, desde la torre, con el sol del este en la tapa de setenta por cincuenta, y a las doce y cuarto Inês contestó con un asunto de una sola palabra: «Aprobada».
El cuerpo del correo era más largo. Adjuntaba las condiciones finales.
Doce meses. Ocho ciudades, con Lisboa el 22 de junio y las demás en un calendario que Bruna leyó dos veces.
Dirección de diseño, equipo de tres, presupuesto que era el doble del mayor que había manejado en su vida.
Plazo de respuesta: el 14 de junio a las 23:59, sin prórroga, «porque la segunda de la lista ya ha dicho que sí y solo espera a que tú digas que no».
Y una línea al final, de Inês: «Es tuyo. Solo tienes que decirlo. Un beso. No me cuentes cosas raras».
Bruna empezó a contestar. Escribió «Gracias, Inês. Acepto» y se quedó mirando las dos palabras. Las borró. Escribió «Gracias, Inês. Te contesto antes del 14» y las borró también, porque decir que iba a contestar era contestar que no había contestado. Cerró el correo sin escribir nada.