Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

El jardín se quedó con veinte sillas de El Fijo desordenadas, dos garrafas vacías, la mesa de Tadeo llena de vasos de plástico y un olor a empanada y a tierra regada. La hierba, en medio, intacta. Nadie la había pisado en toda la noche salvo Fermina.

Bruna salió de la cocina descalza, con un paño en la mano, y empezó a recoger vasos. Tadeo empezó por el otro lado.

Se encontraron en el tendedero.

El de él tenía tres cuerdas y esa mañana había colgado dos camisas, que seguían allí, secas desde las cuatro.

El de ella tenía dos cuerdas, a cuatro metros, y en algún momento de la tarde Bruna había colgado los dos manteles de la mesa, los de Casilda, para que se airearan.

Entre un tendedero y el otro, cuatro metros de grava y hierba y una luna que no ayudaba.

Bruna dejó los vasos en la mesa. Él dejó los suyos.

—Dos cuerdas —dijo ella, mirando su tendedero—. Tres cuerdas. —Miró el de él—. Cuatro metros.

—Cuatro veinte.

—¿Lo has medido?

—Lo sé.

—Es distinto.

—Es lo mismo —dijo Tadeo, y era la primera vez que le llevaba la contraria en una medida, y ella no discutió, y eso también fue una cosa nueva.

No hubo un movimiento que llevara al otro.

Hubo una distancia que dejó de ser cuatro metros y fue dos, y luego menos, con las camisas de él a la izquierda y los manteles de ella a la derecha, y los pies de los dos en la grava oscura, la de él, y Tadeo vio la cara de Bruna a la luz que salía de la cocina de Casilda, con el mechón suelto y el ceño que no era el de nadie, y supo que si se inclinaba diez centímetros ella no se apartaría, porque lo tenía delante, y las cosas que uno tiene delante se saben.

Se inclinó cinco.

Y vio, por encima del hombro de ella, la cancela.

Las hermanas del cerro estaban en la calle, esperando a que su hermano trajera el coche, y no miraban hacia el jardín con la misma intensidad con la que no miraba Amparo hacia la ventana de Chema los domingos.

Detrás de ellas, en la esquina, la sombra de alguien que había bajado a por el pan a la una de la mañana.

Y en la galería, la luz del móvil de Puri, todavía encendida, comprobando una última marca en el suelo.

Tadeo se detuvo.

No se apartó. Se detuvo, a cinco centímetros, y dijo, muy bajo:

—Aquí no.

Bruna no se movió.

—¿Aquí no qué?

—Aquí no. —Movió los ojos hacia la cancela, sin girar la cabeza—. Nos miran.

Ella tardó un segundo. Luego miró, por encima del hombro de él, y vio a las hermanas, y la sombra, y la luz en la galería, y Tadeo vio en su cara el mismo cálculo que había visto en el pasillo con las botas: rápido, exacto, con conclusión.

—Vale —dijo Bruna—. Aquí no.

No lo dijo como una negativa. Lo dijo como se dice una fecha.

Se apartó ella, un paso, hacia sus manteles.

Él se apartó un paso hacia sus camisas. Al pasar junto a la cuerda de él, Bruna vio que a una de las camisas se le había soltado una pinza de la manga y que la manga colgaba, y sacó del bolsillo una pinza de madera, de las suyas, y la sujetó, sin mirarlo, como quien endereza un cuadro en casa ajena.

No dijo nada. Él tampoco. Recogieron el resto de los vasos cada uno desde su lado, sin hablar, y cuando el coche del hermano del cerro se llevó a las hermanas y la luz de Puri se apagó y la sombra de la esquina volvió a la plaza sin pan, ya era tarde para otra cosa, y los dos lo sabían, y ninguno de los dos lo lamentó en voz alta.

—Buenas noches —dijo Bruna en la puerta de la cocina, con las botas en la mano.

—Buenas noches.

—Son la una y media.

—Buenas noches igual.

Tadeo entró en La Linterna por la puerta de atrás y se quedó un momento en la cocina, a oscuras, con la ventana que daba al jardín y a la galería de al lado.

Aquí no. No había sido un no. Lo sabía como sabía en qué casilla estaba cada casa: sin mirar.

Había sido una parcela. Un sitio que no era el sitio, con veinte personas mirando y una linterna de móvil comprobando marcas, y dos personas que habían decidido a la vez, sin hablarlo, que lo que tenían entre los dos no iba a ser leído en el desayuno del día siguiente por nadie que no fueran ellos.

Eso no se lo había dicho a nadie en nueve años. Ella lo había entendido en un segundo.

Subió a su cuarto sin pasar por la torre, y se acostó con la ventana abierta y el pie derecho fuera de la sábana, porque el pie derecho todavía se acordaba del terrazo.

Durmió. Constaba.

* * *

A las cinco, en el jardín, había un tendedero.

Uno. Donde a la una y media había dos, el suyo de tres cuerdas y el de Casilda de dos, con cuatro metros de grava y hierba en medio, había ahora un solo tendedero de cinco cuerdas, tendido entre dos postes de hierro que Tadeo no había clavado nunca y que estaban clavados en la franja de hierba, uno en cada extremo, con la seguridad de dos cosas que llevan ahí desde siempre.

Las cuerdas iban de un poste al otro, tensas, paralelas, a la altura de siempre.

En las cuerdas, la ropa.

Sus dos camisas. Los dos manteles de Casilda.

Colgados a lo largo, alternados, camisa, mantel, camisa, mantel, con las pinzas de él en las camisas y las pinzas de ella, que eran de madera, en los manteles, y una pinza de más, de ella, sujetando la manga de una camisa suya que se había soltado de la cuerda en algún momento de la noche y que alguien, o algo, había vuelto a sujetar.

Tadeo no tocó nada.

Miró el sitio donde habían estado los postes de su tendedero: grava lisa, sin agujero. Miró el sitio de los de Casilda: lo mismo. Miró las cinco cuerdas, que eran las tres suyas y las dos de ella, y que ahora no se podían distinguir, porque una cuerda de tender es una cuerda de tender.

Miró la galería. A oscuras. La ventana del fondo con la persiana bajada.

Sacó la copia de ayer del bolsillo de atrás, la desdobló contra el muslo, miró la doce y la trece, y la volvió a doblar. Luego echó a andar hacia la plaza, porque la ruta empezaba en la plaza, y aquella mañana, más que ninguna otra, hacía falta comprobar que el resto del pueblo seguía en su sitio.

Seguía. Noventa viviendas. La casa de Chema en la ochenta y uno, la de Amparo en la cincuenta y dos, la de Quique en la setenta y siete, un jueves.

En la treinta y ocho la maceta seguía en el suelo.

Melchor, en la veintiocho, ya estaba en la ventana a las seis y diez, con el vaso, regando, y levantó el vaso al verlo pasar, que era lo más parecido a un saludo que Melchor Ruano concedía antes de las ocho.

A las siete y cuarenta, en el tablón, había cinco personas antes de la cuarta chincheta.

Leyeron la línea de los tendederos en silencio y luego se miraron entre ellas, no a él, y la señora de la veintidós dijo «cinco cuerdas» en voz muy baja, como quien dice una cifra que ya conocía y que ahora, al verla escrita, le parece mayor.

Nadie dijo «vaya». Para «vaya» hacía falta sorpresa, y aquella mañana en la plaza no había ninguna.

A las ocho, en el ayuntamiento, Puri cogió el A3 y leyó la línea de los tendederos dos veces.

—Cinco cuerdas.

—Cinco.

—Tres y dos.

—Tres y dos.

—No abro consulta. —Guardó el A3 en la carpeta—.

Ya sé lo que dice el archivo. Dice que no consta.

—Levantó la vista, por primera vez en semanas, para mirarlo de frente—.

Y lo de la ropa. Que constaba alternada.

Me lo ha dicho Fermina, que ha pasado por delante a las seis y media a comprar el pan. Eso no lo pongas.

—No lo he puesto.

—Bien. Lo van a decir igual.

Parte de Reubicaciones

Día 10. Jueves 10 de junio.

Movimientos: sin movimientos. La Descalza permanece en la parcela 13, junto a La Linterna, con los jardines comunicados.

Se hace constar que las viviendas de las parcelas 12 y 13 han amanecido con sus tendederos comunicados en un único tendedero de cinco cuerdas sobre la linde, y que el cómputo de amaneceres de la vivienda La Descalza continúa interrumpido.

Se hace constar asimismo que los regalos de primera vecindad recibidos en la parcela 13 exceden la capacidad del registro ordinario.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.