Capítulo 10
Tadeo
En la galería de Casilda no se entraba con zapatos.
Tadeo lo sabía como lo sabía todo el pueblo, por costumbre y no por cartel: Casilda había hecho quitar el escalón para salir descalza a por el pan, y del mismo modo había decidido, en algún momento de los años ochenta, que su galería era un sitio donde los pies iban desnudos, y quien entraba se descalzaba en el pasillo, junto a la puerta, y dejaba los zapatos en fila.
Cuarenta y tres parcelas, y en todas la misma fila de zapatos en el pasillo.
Así que cuando Puri dio por buena la apertura de la galería para bailar, con la condición de que después se dejara todo tal como estaba, y Melchor Ruano fue el primero en cruzar el cordel, lo primero que hizo Melchor fue sentarse en una silla de El Fijo y quitarse los zapatos.
Detrás de él, todos.
Bruna estaba en la puerta de la cocina, con la bandeja vacía, mirando cómo veinte personas mayores y no tan mayores se descalzaban en su pasillo, en fila, con la naturalidad de quien se descalza en su propia casa, y dejaban los zapatos alineados contra la pared, y entraban en la galería en calcetines o sin nada, y Tadeo la vio hacer un cálculo rápido y llegar a una conclusión, y la conclusión fue agacharse.
Se quitó la bota derecha. Luego la izquierda.
Las dejó de pie, con las cañas tocándose, al final de la fila, junto a las alpargatas de la hermana mayor del cerro, y eran las únicas botas de la fila, altas, de ciudad, entre veintitrés pares de zapatos de pueblo, y entró en la galería descalza, con la bandeja, sin haberse dado cuenta de nada.
Tadeo se quitó los zapatos en último lugar.
* * *
Antes de dejar pasar a nadie, Puri había entrado sola, con la linterna del móvil, y había comparado la galería con la fotografía del álbum, que Bruna le sostenía desde el cordel. Sillón, cortina, cuadros, cinta. Alféizar.
—Cuatro geranios. La fotografía dice tres.
—El cuarto es un regalo. De Amparo.
—Los regalos de primera vecindad no alteran la verificación. —Puri apuntó—. Consta como regalo. No computa como estancia. —Apagó la linterna—. Que pasen.
El sillón lo movieron entre él y el hombre de los certificados, a la esquina, con Puri delante marcando en el suelo con un dedo el sitio de las cuatro marcas para que nadie las pisara, cosa que era imposible y que la gente hizo.
El pasodoble venía de un móvil sobre la mesa camilla, con el volumen al máximo, que era poco, y a Tadeo le pareció que sonaba mejor que cualquier orquesta porque era el ruido que hacía una galería llena.
La cinta, colgada de la segunda viga, le daba en la cabeza a todo el que pasara por debajo con más de un metro setenta, y todo el mundo pasaba por debajo, y nadie la quitó, porque estaba en la foto.
La cortina, recogida a la izquierda, se soltó del cordón dos veces con el aire de la gente y Puri la volvió a atar las dos, con el mismo nudo, sin mirar a nadie.
Los geranios, los cuatro, temblaban en el alféizar con cada pasodoble.
Bailó Melchor con la hermana mayor. Bailaron los de la vega, juntos, despacio, como bailan los que llevan cincuenta años haciéndolo en la misma cocina.
Bailó Fermina con el padre de los Ibáñez y luego con la madre, porque no hacía distinciones.
Puri no bailó; verificaba. En algún momento la vio contar los pies descalzos en el terrazo con el bolígrafo en el aire, de dos en dos, y llegar a cuarenta y seis, y añadir los dos de Tadeo cuando él entró, y apuntar cuarenta y ocho, y guardar el bolígrafo con la expresión de quien ha cerrado una cifra que no le va a pedir nadie.
Y todos, en algún momento, quisieron que Bruna fuera Casilda.
No con maldad. Con cariño, que era peor, porque el cariño no se podía cortar con un «siguiente».
La hermana pequeña del cerro le puso una mano en la mejilla y le dijo que tenía su misma manera de fruncir el ceño.
Melchor le pidió un baile y a mitad del baile le dijo que su tía bailaba exactamente así, un poco adelantada, y Bruna se atrasó.
Los Ibáñez quisieron hacerle una foto desde la puerta, con el sillón detrás, «como las que hacía ella», y ya tenían el móvil levantado.
Tadeo cruzó la galería.
—A ver. Desde la puerta no —dijo—. Desde la puerta salen todas iguales. Hacedla desde el jardín, con la torre detrás, que es lo que hay ahora.
Los Ibáñez lo miraron sin entender. Bruna lo miró entendiendo. Salieron al jardín, y la foto fue una mujer descalza en una grava oscura con una casa azul detrás, y no se parecía a nada del álbum.
La madre de los Ibáñez le trajo una cosa. Un delantal, doblado en cuatro, de cuadros azules, que Casilda había dejado en su cocina en marzo del 99 y que ella había guardado veintisiete años en un cajón.
—Te lo devuelvo a ti. Que es tuyo.
Bruna lo cogió con las dos manos porque no había manera de no cogerlo. Se quedó con el delantal delante del pecho, sin saber si ponérselo, guardarlo o devolverlo, con la cara de quien recibe una pieza que no estaba en el presupuesto.
—Yo lo guardo —dijo Tadeo, y se lo quitó de las manos con cuidado, y lo dejó doblado sobre la silla de El Fijo más cercana, encima de su propia chaqueta—. Luego lo llevas a la cocina. Ahora tienes gente.
Bruna lo miró un momento. Asintió. Volvió a la bandeja.
Después, cuando la hermana mayor empezó a contarle a Bruna, con la mano en su brazo, que Casilda hacía el bizcocho de la misma manera que ella, Tadeo dijo en voz alta, hacia el círculo:
—Bruna diseña tiendas. En Lisboa. Va a dirigir una que se monta en tres días y viaja por ocho ciudades.
Silencio corto. Luego el hombre de los certificados preguntó qué era eso de una tienda que viaja, y Bruna se lo explicó, con la voz de trabajo, durante cuatro minutos, con las manos, en su galería, descalza, y durante esos cuatro minutos nadie le dijo que se pareciera a nadie.
Fermina la sacó a bailar después, un pasodoble, y Bruna se dejó llevar por una mujer de sesenta y tres años que bailaba como quien lleva la barra de un bar, con decisión y sin adornos, y Tadeo las vio dar tres vueltas a la galería y vio que Bruna, por primera vez en toda la noche, no estaba pendiente de nada: ni de las sillas, ni del vino, ni de quién iba a preguntarle qué.
Tenía los pies desnudos en el terrazo y la mano de Fermina en la espalda y la cara de alguien que ha dejado de contar.
Cuando terminó, lo miró por encima de la cabeza del hombre de los certificados.
No dijo gracias. Dijo, con los labios, sin voz, «consta», y Tadeo se quedó donde estaba, con los pies en el terrazo de Casilda, y sintió el frío de las baldosas subirle por las plantas de los pies como una cosa que no tenía nombre en ninguna casilla.
* * *
Bailaron a las once y media, porque alguien pidió una lenta y la lenta llegó, y porque Fermina dijo «Tadeo, no hagas que te lo pida la Secretaría», y Puri dijo «la Secretaría no pide», y él se levantó de la silla de El Fijo donde había pasado la última media hora mirando.
Bruna le puso la mano en el hombro. La izquierda. La derecha la dejó en la suya, que era lo que se hacía, y la suya la puso él en la espalda de ella, a la altura de la última costilla, sobre una camisa de algodón que había estado toda la tarde cargando sillas.
No sabía bailar. Ella tampoco, mucho. Fueron de un lado a otro de la galería, entre Melchor y la hermana mayor y los de la vega, con cuidado de las cuatro marcas, y Tadeo dejó de mirar el suelo al tercer paso y miró lo que tenía delante.
Tenía delante el cuello de Bruna, y la mandíbula, y un mechón que se le había soltado del recogido y le tocaba la clavícula.
Tenía su mano, que estaba caliente y tenía un corte pequeño en el índice, de un vaso o de una caja.
Tenía el peso de esa mano en su hombro, que no era mucho, y que era exactamente lo que pesaba.
Tenía, por debajo de todo, los pies de ella en el terrazo, descalzos, a cuatro dedos de los suyos, moviéndose donde se habían movido los de Casilda durante cuarenta años, y esa cercanía, la de los pies, fue la que le hizo perder el paso.
—Perdón.
—No pasa nada.
—Te he pisado.
—No me has pisado. —Bruna miró hacia abajo—. Estás descalzo.
—Tú también.
Ella bajó la vista del todo, a sus propios pies, blancos, en las baldosas grises, y Tadeo la vio darse cuenta. La vio buscar las botas con la memoria y encontrarlas en el pasillo, al final de una fila, y decidir, en el mismo movimiento, que no iba a ir a por ellas.
—Vaya —dijo Bruna.
—Es lo que se dice.
—¿Cuándo?
—Cuando no hay casilla.
Siguieron bailando. La lenta se acabó y vino otra lenta, porque quien manejaba el móvil era la hermana pequeña del cerro y tenía criterio, y nadie protestó, y Tadeo pensó, con la mano en la última costilla de Bruna Bellver, que llevaba nueve años sin bailar en ninguna galería y que aquello no era una cosa que debiera pensar con veinte personas mirando.
Porque miraban. Lo sabía sin girarse. Fermina desde la mesa camilla.
Puri desde el cordel, con la libreta cerrada.
Los de la vega, que ya no bailaban. Melchor, con la boina en la rodilla.
Miraban con el cariño de antes, el que no se cortaba, y Tadeo sintió la mirada como se siente la humedad: no dolía, pero entraba.
Bruna le apretó un poco el hombro. No fue un mensaje. Fue una mano que se cansaba de estar en el mismo sitio y se recolocaba.
* * *
Se fueron a la una menos cuarto, todos a la vez, como habían llegado, y dejaron la galería tal como estaba con una exactitud que Puri verificó a oscuras con una linterna de móvil, agachada, señalando las cuatro marcas y viendo entrar las cuatro patas.
—Verificación nocturna —dijo—. Consta. Buenas noches.
Melchor fue el último en irse, y se despidió de Bruna en la puerta, con los zapatos ya puestos, dándole la mano como se la había dado a Casilda.
—Tu tía tenía el sillón torcido —dijo—. Veintidós grados, o así. Nunca supe por qué.
—Yo tampoco.
—Pues consta —dijo Melchor, que lo había aprendido esa noche, y se fue por la calle con la espalda recta.