Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Lo de nuestra hija fue en 2003. Perdió un niño.

—Lo dijo así, sin bajar la voz, porque en aquel jardín lo sabía todo el mundo y lo que se decía en voz alta era para la sobrina—.

Ella cerró las persianas de su cuarto y no las abrió en dos meses.

Nosotros no sabíamos qué hacer. La casa de Casilda amaneció en la treinta y nueve, pegada a la ventana de la niña.

Casilda no entró en el cuarto. Se ponía en su galería, a la misma altura, a las nueve de la mañana, y abría su ventana.

Todas las mañanas. Sin decir nada. Con la persiana de nuestra hija cerrada enfrente.

Tres meses. —Miró a su marido—. Un día la niña abrió la suya.

No sé por qué. Y esa noche la casa de Casilda no estaba.

El marido asintió una vez, con la boina en las manos.

Bruna estaba de pie junto a la mesa, con la garrafa, y no sirvió a nadie durante un rato.

—¿Y su hija? —preguntó. Le salió con la voz de trabajo, y no pudo cambiarla a tiempo.

—Vive en la ciudad. Tiene dos. —La mujer sonrió—. Abre las ventanas.

Alguien se rió, bajo, y Bruna sirvió vino.

Fue entonces, con la garrafa a medio servir, cuando la hermana pequeña del cerro, que tenía sesenta años y una voz de veinte, le preguntó lo que Bruna llevaba esperando desde las ocho.

—¿Y tú? ¿Por qué no volviste? Que Casilda decía cada junio...

—Sirve el vino, Bruna —dijo Fermina, desde el otro lado del círculo, sin levantar la voz.

Bruna sirvió el vino. La hermana pequeña miró a Fermina, miró a Bruna, y bebió, y no volvió a preguntar, porque en Valdevaivén una frase de Fermina Rubio tenía el mismo valor que una casilla rellena a tinta.

Bruna no supo qué decía Casilda cada junio.

Se quedó con la garrafa un segundo más de lo necesario y luego pasó al siguiente vaso.

Después habló todo el mundo a la vez, y ella dejó de escuchar de uno en uno y empezó a escuchar el conjunto, como se escucha una tienda desde la trastienda.

La casa había estado al lado de un hombre que no salía de casa, y él salió.

Al lado de una mujer a la que no le hablaba su hermana, y se hablaron.

Al lado de un chico que no se atrevía a irse, y se fue.

Al lado de una maestra que se pasó un curso llorando en la escuela, y volvió a la ciudad.

Al lado de gente que estaba mal, y luego estaba menos mal, y luego la casa amanecía en otro sitio.

—Ella no hacía nada —dijo la hermana mayor del cerro—. Eso es lo que no se entiende. No hacía nada. Estaba.

—Regaba —dijo alguien.

—Leía el periódico.

—Abría la ventana.

—Compraba huevos.

El hombre de los certificados se puso de pie para contar lo de su remolque, que tenía que ver con Melchor y con 1993 y con nada de aquello, y Bruna dijo «siguiente» antes de que llegara al remolque, y el hombre se sentó con la cara de quien ha sido cortado en un pleno y lo acepta.

Los de la vega estaban en dos sillas de anea junto a la tapia del fondo, y ella los vio cambiar de postura por tercera vez, y les llevó el banco de Tadeo, arrastrándolo por la grava con las dos manos, sin preguntar, y los sentó en él, y siguió sirviendo.

—Yo —dijo Fermina.

No se levantó. Estaba en el lado de la plaza, con la bandeja vacía en las rodillas.

—2007. Octubre. Mi marido se murió un martes y la casa de Casilda amaneció en la tres el viernes.

Yo no abrí el bar en una semana. Ella no me dijo que lo abriera.

Se plantaba en la puerta de El Fijo a las siete, con el frío, y esperaba a que yo bajara la cuesta, y cuando yo bajaba la cuesta ella entraba conmigo y se sentaba en la mesa de la ventana, que ahora es de Puri, y se quedaba hasta que yo subía la persiana.

Sin café. No pedía café. Seis meses. —Miró a Bruna—.

Luego, un día de marzo, bajé la cuesta y no estaba en la puerta, y subí la persiana igual, y esa noche la casa se fue a la sesenta. Y yo pensé: pues ya está. Y ya estaba.

Se quedó callada. Nadie dijo siguiente.

—Eso es la carta de la Paqui —dijo Fermina, después, como si no hubiera hablado—. Que la leo yo.

* * *

Las leyó de pie, en el hueco del círculo, con un pie a cada lado de la franja de hierba, porque era la única persona del pueblo a la que no le importaba pisarla.

La de la Paqui era corta, en un papel de cuaderno.

«Casilda me compró huevos todos los días durante seis meses cuando la mercería ya no vendía ni hilo.

Se los comía, creo. Nunca supe qué hacía con tantos huevos.

El día que cerré, la casa se fue, y yo pensé que se iba porque ya no había huevos.

Ahora creo que se iba porque yo ya había cerrado.

Que la sobrina sepa que en mi casa hay sitio, si la casa quiere venir. Paqui.»

La del hijo de los Ibáñez era más larga y Fermina la leyó más rápido, saltándose lo que no era para el jardín.

«Yo tenía veintitrés años y llevaba uno diciendo que me iba a la ciudad y no me iba.

La casa de Casilda amaneció al lado en marzo del 98.

Ella me preguntaba cada mañana qué día me iba, no si me iba, qué día, como quien pregunta la hora.

Yo le decía una fecha para que se callara.

Cuando llegaba la fecha, me preguntaba la siguiente.

Estuvo un año. Me fui en marzo del 99, un martes, porque me dio vergüenza decirle otra fecha.

La casa se fue la semana siguiente. Mi madre dice que fue casualidad.

Yo no. Perdón por no ir. Mi madre dice que no hay cama. »

—Sí hay cama —dijo la madre.

—Hay cama —dijo el padre.

—Pues consta que hay cama —dijo Puri, y por primera vez en la noche alguien se rió con ganas, y fue toda la fila del cerro.

* * *

A las diez el jardín se había desordenado del todo, como se desordenan las cosas cuando salen bien.

La garrafa estaba vacía. Había tres conversaciones, una de tractores, una de la hija de alguien y una de Puri con los Ibáñez sobre el padrón.

El hombre de los certificados le explicaba a Tadeo algo con las manos y Tadeo asentía sin escuchar, mirando hacia la mesa, hacia la cocina, hacia donde estuviera ella.

Bruna estaba en la cocina, fregando vasos que eran de plástico y no hacía falta fregar, porque fregar era una cosa que se hacía con las manos.

Fermina entró con la bandeja de las tortillas, vacía, y cogió un paño.

Secaron en silencio un rato. Fuera, alguien había puesto música en un móvil, un pasodoble con el volumen de un móvil, y alguien había dicho que eso no se oía y que había que abrir la galería, y Bruna había oído a Tadeo decir que la galería estaba verificada y a Puri decir que la verificación no se rompía por bailar si luego se dejaba todo tal como estaba, y había decidido que aquello no era asunto suyo durante cinco minutos.

—Lo has hecho bien —dijo Fermina.

—He servido vino.

—Has servido vino, has cortado a tiempo y no has dejado que te preguntaran por qué no viniste. —Fermina dejó un vaso seco sobre la mesa—. Que era lo que venían a preguntar la mitad.

—Ya lo sé.

—Y no les has dicho ni una mentira. Has dicho «siguiente».

Bruna fregó otro vaso.

—Entonces era eso. Lo de la casa. Iba a donde había alguien mal, se quedaba hasta que estaba menos mal y se iba. Cuarenta años.

—Cuarenta y tres parcelas —dijo Fermina—. Lo de los años me lo invento.

—¿Y por qué?

—¿Por qué qué?

—¿Por qué lo hacía? Nadie se lo pedía. Nadie la llamaba. El primero lo ha dicho. Nadie llamó a Casilda nunca.

Fermina dejó el paño.

—No lo hacía ella. Lo hacía la casa. Ella solo se dejaba. —Miró por la ventana de la cocina, hacia el jardín, hacia la gente, hacia la galería que alguien estaba abriendo con mucho cuidado del cordel—. Y no le quites mérito, que dejarse es lo más difícil que hay.

Fuera, el pasodoble cambió a otra cosa.

—Y los dos últimos años, nada —dijo Bruna—. Quieta en la cuarenta y uno. La gente dice que descansaba.

—La gente dice muchas cosas.

—¿Y tú qué dices?

Fermina cogió el paño otra vez. Secó un vaso que ya estaba seco. Lo dejó.

—Digo que las casas van a donde hace falta.

Y que si hace falta en un sitio donde la casa no puede ir, la casa se queda quieta.

—Se volvió hacia Bruna—. Casilda no descansaba.

Esperaba a alguien. Alguien que no estaba en el pueblo.

Dos años y tres meses esperó, y la casa no se movió ni un palmo, porque a donde tenía que ir no había manera de ir.

Bruna cerró el grifo.

—¿Un hombre?

Fermina la miró como se mira a alguien que ha dado una medida equivocada con mucha seguridad.

—Alguien —dijo.

Y salió al jardín con la bandeja vacía, porque fuera había empezado un baile en una galería verificada y Fermina Rubio no se perdía un baile desde 2007.