Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 9
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Capítulo 9

Bruna

A las ocho y cuarto de la mañana Tadeo salió por la cancela con la bolsa del correo y dieciocho sobres encima de todo lo demás, y no fue hacia la vega, que era por donde empezaba la ruta, sino hacia la veintiocho.

Bruna lo vio desde la galería, con el café en la mano.

Lo vio subir la calle en el orden de otra ruta, la que él había trazado con el dedo la noche anterior sobre el plano: la veintiocho, la tres, la ciento doce, el cerro, la vega.

Cuarenta años de casa de color melocotón, recorridos en una mañana por un hombre con una bolsa.

A las nueve fue a por las otras diez sillas.

* * *

La galería no se tocaba. Eso fue lo primero que decidió, y lo decidió con un cordel: lo tendió de un marco al otro de la puerta de la galería, a la altura de la cintura, y colgó de él, con una pinza de la ropa, un papel que decía «Remedio primero.

Verificado. No pasar». Le pareció que Puri lo aprobaría.

Lo segundo fue el recorrido.

Veintiséis personas posibles, dieciocho seguras según Fermina, en una casa con un pasillo de un metro veinte.

Bruna lo midió como medía todo: la puerta de la calle, sin escalón, daba al pasillo; el pasillo daba a la cocina, a la izquierda, y al dormitorio, a la derecha, y al fondo a la galería cerrada con cordel; la cocina daba al jardín por una puerta pequeña que Casilda usaba para sacar la basura.

Y el jardín daba a otro jardín, sin nada en medio.

Entrar por la calle, pasar por el pasillo, salir al jardín por la cocina.

Un recorrido. Las sillas, fuera, en dos arcos, con la hierba en medio como si fuera un pasillo central, y el banco de Tadeo, que no era suyo, en el vértice, para quien no pudiera estar de pie.

La cocina, barra. El dormitorio, cerrado.

El piso de arriba, cerrado. La galería, cerrada.

Lo dibujó en la nota del móvil en tres minutos y luego tardó cuatro horas en hacerlo, porque las sillas de El Fijo no se apilaban bien, porque Tadeo volvió del reparto a la una y le dijo que las tomateras no se movían, y porque a las dos llegó Fermina.

Lo de Tadeo fue corto, en el jardín, con la bolsa vacía.

—Melchor viene. Los Ibáñez vienen, sin el chico. Los de la vega, sí. La Paqui no sale de noche; mandará algo. El de los certificados ha dicho que si hay vino.

—Hay vino.

—Entonces viene.

—¿Y los demás?

—Los demás no han dicho nada. —Se sacudió la bolsa—. Aquí no decir nada es que sí.

—¿Y decir que no?

—Tampoco se dice. Se manda algo.

Luego llegó Fermina con dos tortillas, una garrafa de vino y una lista.

—Esto es lo que traen —dijo, y le dio la lista.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me lo han dicho. Aquí la gente avisa de lo que trae para no traer lo mismo. —Fermina miró el cordel de la galería, el papel, la pinza—. Eso está bien. Puri se va a emocionar.

La lista tenía veinte líneas. Empanada, los de la vega. Queso, Melchor. Aceitunas, dos veces, que era el fallo del sistema. Bizcocho, las hermanas del cerro. Vino, casi todos.

—Yo iba a comprar pan.

—Pan traigo yo. Tú compra vasos, que Casilda tenía ocho.

Los vasos los vendía la ferretería, porque en Valdevaivén la ferretería vendía lo que no vendía nadie más, y el chico de la ferretería le puso sobre el mostrador dos paquetes de cincuenta sin que ella hubiera dicho cuántos.

—Cien —dijo Bruna—. Son veintiséis personas.

—Posibles. —El chico marcó en la caja—. Y la gente en una fiesta pierde el vaso. Cada uno pierde tres. Lo dice mi madre.

—¿Tu madre viene?

—Mi madre no tuvo a Casilda al lado. —Le dio el cambio—. Pero manda aceitunas.

* * *

A las ocho menos cinco Bruna estaba en la puerta de la calle, con las botas puestas y una bandeja de vasos de plástico en la mano, y en la calle no había nadie.

A las ocho en punto había veinticuatro personas.

No llegaron una a una. Llegaron como llega el pueblo a los sitios, según entendió después: todos habían esperado en la plaza, o en la esquina, o en El Fijo, a que dieran las ocho en la iglesia, porque presentarse antes de la hora en una casa reubicada no se hacía, y presentarse después tampoco.

A las ocho y un minuto la calle de la doce y la trece era una fila.

Y se presentaron.

Uno por uno, en la puerta, con Bruna delante y su bandeja de vasos. El primero fue Melchor Ruano, con boina, un queso envuelto en un paño y ochenta y siete años de espalda recta.

—Melchor Ruano. Parcela veintiocho. Buenas noches.

—Buenas noches. Pase.

—Aquí no se pasa. Aquí se entra.

Entró. Detrás, los de la vega, ella con la empanada y él con la boina en la mano, y dijeron su parcela, la nueve, y la de antes, la cuarenta, y la de antes de la de antes, y Bruna los dejó, porque tenía la sensación de que aquello formaba parte de algo.

Detrás, un matrimonio que dijo «ciento doce, los Ibáñez», y la mujer añadió «el chico no ha podido», y le dio a Bruna un sobre cerrado.

Detrás, dos hermanas de la fila del cerro, con un bizcocho y otro sobre: «De la Paqui, que no sale de noche».

Detrás, un hombre alto que dijo un número y «certificados», y Bruna no entendió y él no explicó.

Detrás, una mujer que dijo «la sesenta y uno» y Puri, desde la cancela, dijo «la sesenta y tres», y la mujer dijo «la sesenta y uno era antes» y Puri dijo «antes de 2011», y la mujer dijo «pues eso» y entró. Nadie discutía con la cancela.

Veinticuatro. Puri, en la cancela, con la libreta, sin haber sido convocada, iba contando en voz baja y dando el visto bueno a cada uno con la barbilla, como un guardia de museo. Tadeo, en el jardín, en su grava, hacía lo mismo sin libreta.

Fermina llegó la última, sin presentarse, con el pan.

—Veinticuatro y dos cartas —dijo Puri, cerrando la libreta—. Consta.

Parte de Reubicaciones

Día 9. Miércoles 9 de junio.

Movimientos: sin movimientos. La Descalza permanece en la parcela 13, junto a La Linterna, con los jardines comunicados.

Se hace constar que hoy se celebra en la parcela 13 la convocatoria, sellada por la Secretaría, de los vecinos localizables correspondientes a las cuarenta y tres parcelas históricas de la vivienda, en aplicación del remedio segundo del Manual de Convivencia Itinerante.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.

El recorrido funcionó durante once minutos.

A los doce, había nueve personas en la cocina, que era para seis, porque la cocina era donde estaba el vino.

Bruna lo resolvió como se resuelve un escaparate con demasiada gente: cogió la garrafa y la sacó al jardín, a la mesa de Tadeo, que tampoco era suya, y la gente siguió a la garrafa como el agua sigue a la pendiente.

En el jardín las sillas se habían movido.

Todas. Los dos arcos que había medido a las cinco de la tarde eran ahora un círculo irregular con un hueco en medio, y el hueco era la franja de hierba, que nadie pisaba.

Veinticuatro personas sentadas y de pie alrededor de un palmo de hierba como alrededor de una hoguera, sin que nadie hubiera decidido nada.

—Se sientan donde se sentaban —dijo Fermina a su lado, con una tortilla en cada mano—. Los que tuvieron la casa al lado por el norte, al norte. Los del sur, al sur.

—¿Eso lo saben?

—No lo saben. Lo hacen.

Bruna miró el círculo. Los de la vega estaban en el lado del río. Melchor, en el lado de la veintiocho. Los Ibáñez, hacia el cerro. Era un plano. Era el plano de cuarenta años de una casa, dibujado con sillas de El Fijo en el jardín de dos personas que no habían invitado a nadie.

—Vale —dijo—. Que hablen.

* * *

Habló primero Melchor, porque tenía ochenta y siete años y en Valdevaivén eso daba la palabra.

Se quitó la boina. La dejó sobre la rodilla. Miró la casa de color melocotón como se mira a alguien conocido en una foto de grupo.

—Mi mujer murió en julio del 91. El domingo después del entierro, la casa de Casilda amaneció en la veintisiete.

Yo no la había llamado. Nadie la había llamado.

—Hizo una pausa que no era para efecto—.

Ella no habló de mi mujer. En seis semanas, ni una vez.

Venía a mi cocina a las ocho, con el periódico, que llegaba los lunes y ella traía el del lunes anterior, y me lo leía en voz alta.

Entero. Los anuncios también. Los de tractores.

Yo no decía nada. Ella tampoco, aparte del periódico.

Seis semanas. El día que cogí yo el periódico y leí yo un anuncio en voz alta, uno de un remolque, la casa se fue esa noche a la ocho.

Nadie dijo nada. Alguien de la fila del cerro se sonó.

—Era el 92 —dijo el hombre de los certificados—. Lo de tu mujer. Yo me acuerdo.

—Era el 91.

—El 92. Yo me casé en el 92 y fue el mes antes.

—Tú te casaste en el 93, que fui yo.

—Consta el 91 —dijo Puri, desde la cancela, sin abrir la libreta—. Julio.

El hombre de los certificados se calló, y Bruna, que llevaba diez minutos con las manos ocupadas y la boca cerrada, se dio cuenta de que aquello iba a pasar veinticuatro veces y de que ella era la única persona del jardín que podía decir «siguiente».

—Siguiente —dijo.

* * *

No fueron veinticuatro. Fueron muchos menos, porque a partir del tercero la gente hablaba a la vez y Bruna aprendió a dejarlos, siempre que hablaran corto, y a cortarlos, siempre que se pusieran de pie.

Habló la mujer de la vega, sin levantarse, con la empanada ya repartida y las manos en el regazo.