Capítulo 8 #2
Puri llegó a las cinco en punto con la libreta, una carpeta marrón y el sello, que era una cosa que Tadeo no le había visto sacar del ayuntamiento nunca.
Se sentó a la mesa de la cocina de Casilda, en la silla que no cojeaba, y abrió la carpeta.
—Remedio segundo. Convocatoria de vecinos anteriores que continúen localizables.
—Puso una hoja sobre la mesa, escrita a máquina, con dos columnas y muchas líneas—.
He cruzado el archivo con el padrón. Cuarenta y tres parcelas históricas ocupadas por La Descalza desde 1985.
Descontadas repeticiones, parcelas vacías en la fecha, fallecidos sin herederos en el pueblo y viviendas que cambiaron de titular sin relación con la anterior: dieciocho hogares localizables.
Veintiséis asistentes posibles, contando cónyuges y un hijo que vive en la ciudad y dice que viene si le dan un sitio para dormir.
—¿Quién? —preguntó Bruna.
—El hijo mayor de los Ibáñez.
Tadeo leyó la lista del revés. Melchor Ruano, parcela veintiocho, tres periodos.
La Parra, Fermina Rubio, parcela tres, dos periodos.
Los Ibáñez. La Paqui, que ahora vivía con su hija en la fila del cerro.
Una familia de la vega. Un hombre que Tadeo conocía por las cartas certificadas.
Nombres que él sabía en qué casilla estaban y que ahora, en dos columnas, con Puri leyéndolos en voz alta con la entonación de una lista de la compra, parecían otra cosa.
—Posibles —dijo Puri—. La Secretaría convoca. No garantiza.
—¿Cuántos suelen venir? —preguntó Bruna.
—No hay costumbre. El remedio segundo se ha aplicado tres veces en setenta y tres años y las tres casas eran de gente que no se había movido tanto.
—Puri sacó otra hoja, en blanco, con el membrete del ayuntamiento—.
La convocatoria la redacta la propietaria.
La Secretaría sella. El cartógrafo reparte mañana con el correo, porque es el único que sabe dónde está cada uno a las ocho.
Bruna cogió la hoja. Escribió sin pensarlo mucho, con su letra rápida, en tres líneas: «Se convoca a los vecinos anteriores de la vivienda La Descalza el miércoles 9 de junio a las ocho de la tarde en la parcela 13.
Habrá algo de cenar. No hace falta traer nada.
» Lo leyó. Tachó «No hace falta traer nada», porque en Valdevaivén eso no lo decidía ella. Se lo pasó a Puri.
Puri lo leyó, selló, y la tinta del sello quedó un poco torcida, que era lo más torcido que Tadeo había visto salir de Puri en su vida.
—Veintiséis copias. Las hace el ayuntamiento. —Cerró la carpeta—. Las sillas las presta Fermina. La galería no se toca, porque el remedio primero sigue verificado. El resto de la casa, y el jardín, lo que la propietaria disponga.
—El jardín es de los dos —dijo Bruna.
—El jardín consta como comunicado. —Puri se levantó—. Lo que eso signifique para veintiséis personas con una silla, no lo dice el Manual.
—¿Y Fermina? —preguntó Bruna—. Está en la lista. Dos veces.
—Fermina no está convocada —dijo Puri—. Fermina viene. Es distinto.
Ya en la puerta, con la carpeta bajo el brazo, se detuvo y sacó la lista otra vez, y señaló con el bolígrafo el final, debajo de la última línea, donde había un espacio.
—Falta esto. Lo digo para que conste.
Tadeo miró. Bruna miró.
Debajo de los dieciocho hogares, en la misma máquina, en la misma columna, había una línea que no tenía nombre: «Parcela 41. Dos años y tres meses. Parcelas 40 y 42 sin ocupar durante todo el periodo. Sin vecindad registrada.»
—Los dos últimos años —dijo Puri—. La vivienda estuvo en la cuarenta y uno, con las dos parcelas de al lado vacías. No consta vecino. No se puede convocar a nadie.
—Ya lo sé —dijo Bruna.
—Consta.
Se fue.
* * *
A las siete fueron a por las sillas.
Fermina las tenía apiladas en el almacén de El Fijo, de madera, de las de siempre, con el asiento de anea gastado por cuarenta años de desayunos. Contó diez en voz alta y las puso en la puerta.
—Diez ahora. Diez mañana. Y me las devuelves contadas.
—Son veintiséis personas —dijo Bruna.
—Posibles. —Fermina se limpió las manos—. Vendrán dieciocho. Los demás tienen excusa. Y dieciocho no se sientan todos a la vez, que la gente en una casa ajena se levanta. Diez y diez.
Cruzaron la plaza con las sillas, cinco cada uno, encajadas por parejas y sujetas contra el pecho, y Tadeo pensó que aquello iba a constar en algún sitio aunque no fuera en el Parte: el cartógrafo y la de Casilda cruzando la plaza un martes a las siete con diez sillas de El Fijo, sin que ninguna casa hubiera tenido nada que ver.
En la puerta del bar, Fermina los miró irse con el paño en la mano.
En la fuente, el chico de la ferretería, que ya había cerrado, los miró pasar.
No dijo nada. No hacía falta: el chico de la ferretería no decía nunca nada y el pueblo entero lo sabía todo a las ocho.
Dejaron las sillas en el pasillo de La Descalza, apiladas contra la pared, donde había estado el sillón la primera semana.
—Diez —dijo Bruna.
—Diez.
—Consta.
* * *
Esa noche Tadeo hizo las veintiséis convocatorias en la mesa del centro de la torre, dando la vuelta, dieciocho sobres y los nombres a mano, porque las copias del ayuntamiento no tenían nombre y él no repartía nada sin nombre.
Bruna estaba en su rincón, con la segunda variante de la tienda de Lisboa, y no hablaron.
A las diez, con los sobres en un montón sobre la parcela bandeja, Tadeo puso el plano del día al lado y dibujó con el dedo, sin tinta, la ruta de mañana.
Dieciocho casas. La veintiocho, la tres, la ciento doce, la fila del cerro, la vega.
Casi todo el pueblo, en un orden que no era el suyo: era el orden en que una casa de color melocotón había ido apareciendo al lado de la gente durante cuarenta años.
Al final de la ruta, con el dedo, llegó a la cuarenta y uno. La cuarenta, vacía. La cuarenta y dos, vacía. Un almendro. Una tapia. Dos años y tres meses de una casa que no se movía, con nadie al lado, y una foto en un álbum con el número escrito debajo y nada más.
No sabía quién faltaba en esa casilla. Sabía que faltaba alguien.
Bruna, en el rincón del este, enrolló la segunda variante, terminada, y la puso junto a la primera. Dos tubos de papel sobre la parcela tapa.
—Las entrego el jueves —dijo, a nadie.
—Ya.
Apagó el flexo.
—Mañana —dijo.
—Mañana.
No dijo a qué hora. No hacía falta: a las ocho estaría el plano, a las nueve el desayuno, y a las ocho de la tarde, en la parcela trece, veintiséis personas posibles y una ausencia que no tenía nombre en ninguna lista.
Parte de Reubicaciones
Día 8. Martes 8 de junio.
Movimientos: sin movimientos. La Descalza permanece en la parcela 13, junto a La Linterna, con los jardines comunicados.
Se hace constar que la vivienda ha recibido visita diurna de compradores y que la presencia diurna no altera el padrón de durmientes.
Se hace constar la convocatoria, sellada por la Secretaría, de los vecinos anteriores de la vivienda para el miércoles 3 a las ocho de la tarde, en aplicación del remedio segundo.
Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.
T. Luján, cartógrafo municipal.