Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 8
32%

Capítulo 8

Tadeo

—Dieciocho —dijo Puri—. Lo demás, a las cinco.

—¿Dieciocho qué?

—Hogares. Lo demás, a las cinco. —Y luego, sin cambiar de tono—: Y los de la ciudad vienen a las doce. Fermina los va a mandar por la calle de la iglesia, que es la que tiene mejor entrada.

El coche de los Beltrán llegó a la plaza a las doce menos diez y dio dos vueltas a la fuente antes de parar, porque no había ningún sitio donde el navegador les dijera que habían llegado.

Tadeo lo vio desde el jardín, por encima de los tejados, porque un coche blanco y alto dando vueltas a una fuente se ve desde cualquier jardín de Valdevaivén.

Luego lo vio parar. Luego vio a Fermina salir de El Fijo con el paño, señalar calle abajo con el brazo entero y volver a entrar.

Y luego, tres minutos después, un hombre y una mujer aparecieron en la esquina de la calle de la doce y la trece, mirando las fachadas una por una, leyendo los azulejos.

—¡Es esta! —dijo la mujer, antes de llegar, con el móvil ya levantado—. ¡Sergio, la de color melocotón! ¡Y la azul es la del vecino! ¡Mira el farol!

Tadeo se quedó donde estaba, en el banco, en su grava, porque Bruna le había dicho el sábado que vendrían y él había decidido que un cartógrafo en su jardín un martes a mediodía no era una cosa que hubiera que explicar.

Bruna abrió la puerta de La Descalza, sin escalón, y salió a la calle con las botas puestas y la voz que Tadeo le había oído en El Fijo el sábado.

—Bruna Bellver. Buenos días.

—¡Vanesa! Y Sergio. —La mujer le dio dos besos sin bajar el móvil—. Perdona que grabe, es que si no lo grabo no me lo creo. ¿Se ha movido hoy?

—Hoy no.

—¿Y ayer?

—Lleva una semana en el mismo sitio.

—Ah. —Un poco de decepción, rápida—. Bueno. Ya se moverá.

* * *

Sergio Beltrán tenía cuarenta y pocos años, una camisa bien planchada y la manera de mirar las cosas de un hombre que revisa contratos. Empezó por la fachada.

—¿Es de los años cincuenta?

—De los cuarenta. Reformada en los setenta y en los noventa. Instalación eléctrica renovada hace ocho años. —Bruna señaló la puerta—. Acceso a nivel de calle. Sin barreras.

Tadeo miró el sitio donde Casilda había hecho quitar el escalón para salir descalza a por el pan, y luego a Bruna, que no lo miró a él.

Entraron. Tadeo no entró; se quedó en el jardín, y desde el jardín la galería se veía entera, con sus cristales, como se había visto siempre desde la calle, que era la gracia de una galería.

—La galería está orientada al sur —decía Bruna dentro, con la voz de folleto—.

Cuatro por dos ochenta. Luz todo el día.

La anterior propietaria conservó el mobiliario original; el sillón es de época, y la cortina es artesanal, hecha a mano.

Los cuadros están incluidos, si les interesan. Es artesanía local.

—¡Qué mono! —dijo Vanesa, grabando el bordado—. ¿Y la casa del bordado es esta?

—Es una casa del pueblo.

Era esta. Tadeo lo sabía desde el jueves, por el escalón que no estaba.

Bruna también lo sabía. Lo había dicho como si no lo supiera, sin mentir, con la precisión de quien elige la frase que no compromete, y Tadeo pensó que aquello se parecía mucho a rellenar una casilla con el nombre de una casa y ninguna otra cosa.

—¿Y el mueble? —preguntó Sergio.

—Se queda.

—¿Y lo de dentro?

—Vacío a la entrega.

No abrió las puertas correderas. Dentro había tres álbumes verdes con cuarenta y tres parcelas fotografiadas desde la misma puerta, y unas mantelerías, y una caja de latón con hilos, y nada de eso salió en la visita.

Pasaron a la cocina. Sergio preguntó por el agua, por la luz, por el desagüe, y Bruna contestó a todo con cifras. Luego preguntó por la escritura.

—¿Y la parcela? ¿Qué escritura tiene la parcela?

—Ninguna. La parcela es del municipio. Se compra la casa y el derecho de asentamiento.

—¿El derecho de qué?

—De asentamiento. A ocupar una parcela. Cualquiera. La que toque.

—Pero entonces no compramos suelo.

—Nadie compra suelo aquí.

—¿Y qué compramos?

—Una casa.

Sergio se quedó un momento callado, con la cara de un hombre a quien le acaban de explicar una cosa correcta que no puede caber en ningún contrato que él haya visto, y Tadeo, desde el banco, pensó que era la misma cara que ponía la gente de fuera desde 1953.

Bruna contestó a lo demás con cifras, y Tadeo, desde el banco, oyó a Sergio hacer la pregunta que llevaba preparada desde el coche.

—Vale, y ahora en serio. Si la casa se mueve. Con nosotros dentro. Durmiendo.

—No se nota.

—¿Cómo que no se nota?

—Nadie ha visto nunca moverse una casa. Se duermen en una parcela y se despiertan en otra. No se rompe nada. El agua sale. La luz funciona. Lo comprueban ustedes por la mañana y van al desayuno.

—¿Qué desayuno?

—El de las nueve. Cuando amanecen junto a un vecino nuevo, se presentan.

—¿Es obligatorio?

—Es costumbre.

—¿Y si no vamos?

—Van.

Vanesa se rió, feliz. Sergio no.

—¿Y el seguro? El seguro de hogar. ¿Qué ponen en la dirección?

—El nombre de la casa.

—¿Y el coche? Si dejamos el coche aparcado delante y la casa se va.

—El coche se queda donde estaba.

—¿Y entonces cómo lo encontramos?

—Con el plano. Se clava en la plaza a las ocho.

Sergio salió a la galería, miró por el cristal hacia el jardín, vio a Tadeo en el banco, y Tadeo levantó la mano un poco, como se saluda a alguien que no sabe todavía si tiene que saludar.

—¿Y usted es el vecino?

—Soy el cartero.

—¿El cartero vive aquí?

—El cartero vive en la doce.

Vanesa se asomó junto a su marido y apuntó el móvil hacia el jardín, hacia la franja de hierba, hacia el banco, hacia la torre con el farol.

—¿Y esto? Lo de que no haya valla. ¿Es normal?

—No —dijo Tadeo.

—¿Entonces?

—Ha pasado el sábado.

—¿Y usted no ha hecho nada?

—He hecho la ruta.

Vanesa bajó el móvil un momento, con la cara de quien no ha entendido la respuesta y no quiere que se note.

—Es que es increíble. Es increíble, de verdad. Nosotros llevamos meses buscando casa aquí, ¿sabes? Porque yo hago contenido, y una casa que se mueve es... —Buscó la palabra—. No hay nada así. En ningún sitio.

—Ya —dijo Tadeo.

—¿Y se puede pedir que vaya al lado del río? Por las vistas.

—No.

—¿Ni al ayuntamiento? ¿Con una instancia?

—A ver. —Tadeo se levantó del banco, porque aquello lo había preguntado ya mucha gente de fuera a lo largo de muchos años y la respuesta era siempre la misma y siempre costaba darla—. La casa va a donde va. Usted se despierta y mira dónde está. Eso es todo lo que se puede pedir.

Vanesa asintió despacio, como si le hubieran dado una mala noticia que aun así le parecía preciosa.

* * *

Subieron al piso de arriba. Tadeo no los oyó, pero vio la sombra de tres personas pasar por la ventana pequeña del cuarto de la plancha, y luego la vio detenerse en el descansillo, y contó los segundos que estuvieron parados delante de la puerta de la derecha. Nueve.

—¿Y esta?

—Está cerrada. La anterior propietaria la usaba de trastero.

Sergio dijo algo sobre ver todas las estancias antes de una oferta. Bruna dijo que no tenía la llave a mano y que en la entrega estaría vacía, como todo. Vanesa dijo que qué pomo tan bonito, con la rajita, que eso ahora se llevaba mucho.

Bajaron.

En la calle, Sergio dio la mano a Bruna con la formalidad de una primera reunión, y Vanesa le dio otros dos besos, y los dos miraron la fachada una última vez, y la esquina azul, y el farol.

—Nos interesa. Mucho —dijo Sergio—. Pero necesitamos saber lo del certificado ese.

—Siete amaneceres seguidos en la misma parcela. Lo tendré, como muy tarde, el veintiuno.

—¿Y si no lo tienes?

—Lo tendré.

—¿Y podríamos, no sé, dormir una noche de prueba? Antes. Para ver qué se siente.

Bruna contestó sin mirar a Tadeo, aunque él estaba a dos metros, en la hierba.

—Los compradores no pernoctan. La presencia diurna no altera el padrón de durmientes. Lo dice el Manual.

Lo dijo con las palabras de Puri, en el orden de Puri, y Tadeo pensó que hacía una semana aquella mujer decía en El Fijo la palabra que aquí no se decía y ahora citaba el Manual de Convivencia Itinerante a un abogado de la capital con la misma cara con la que le había dicho las medidas de la galería.

No sabía si eso era una buena noticia. Sabía que era una noticia.

—Vale —dijo Sergio, que no entendía, pero que sabía reconocer una norma cuando la oía—. Te decimos algo esta semana.

—¡Adiós, cartero! —dijo Vanesa, agitando la mano hacia el jardín, y grabando.

Se fueron calle arriba. El coche blanco dio otra vuelta a la fuente, esta vez sin motivo, y desapareció por el puente.

* * *

Bruna se quedó en la puerta un rato, con la mano en el marco, en el sitio exacto donde el pie buscaba el escalón.

Luego cruzó el jardín, la grava gris, la hierba, la grava oscura, y se sentó en el banco, en el otro extremo, con el metro de madera entre los dos.

—Ha ido bien —dijo.

—Has enseñado bien.

—No es lo mismo.

—No.

Ella miró la galería desde fuera, como la miraba él, como la había mirado Casilda desde cuarenta y tres parcelas para hacerle una foto.

—Le he dicho que era un trastero.

—Ya lo he oído.

—No es un trastero.

—Ya.

—Es que si digo lo que es, tengo que decir por qué está cerrada, y si digo por qué está cerrada, tengo que decir quién tiene la llave, y no lo sé.

—Ya.

Tadeo no dijo nada más, porque lo que había visto no era suyo.

Había visto una casa enseñada por alguien que se sabía las medidas y no los nombres.

La anterior propietaria, cuatro veces. Casilda, ninguna.

El sillón de época, en vez del sillón de Casilda.

El bordado, artesanía local. La cortina, artesanal.

El mueble, sin abrir. Todo cierto. Todo en su casilla.

Ni una sola cosa fuera de sitio, y por eso se notaba tanto lo que faltaba.

No lo dijo. Lo apuntó, como apuntaba una maceta caída: para saber que estaba ahí.

—Puri viene a las cinco —dijo—. Con la lista.

—Ya.

—Tengo reparto de tarde.

—No hay reparto de tarde.

—Hay lo que ha llegado tarde.

Bruna se rió. Corto, por la nariz, mirando el metro de banco que había entre los dos.

—Vale. A las cinco.

* * *