Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 7 #2
30%

Capítulo 7 #2

—Puede hacer las que quiera. A diez céntimos.

Bruna metió cuarenta céntimos. Mientras la máquina calentaba, Tadeo entró por la puerta lateral con la carpeta y una llave de madera con el escudo, y la dejó sobre la mesa de Puri sin decir nada.

—¿Precedente? —preguntó Puri.

—No consta.

—Consta que no consta. —Puri apuntó, y guardó la llave en el cajón—. Cierro la consulta.

Tadeo se fue al reparto. Bruna sacó sus cuatro copias, calientes, y las miró a la luz del pasillo: su tienda de Lisboa impresa en la misma máquina, con la misma tinta y en el mismo tamaño que los setenta y tres años de planos del sótano.

Le pareció, por un momento, que aquello también iba a bajar a una cajonera.

Volvió a la torre. Volvió a colocar la cuadrícula del martes en el centro de la mesa, con sus dos pinzas. Debajo, la lámina doblada en cuatro, donde estaba.

Se sentó en su rincón. Desde ahí se veía la mesa entera, las cuatro ventanas, el pueblo por la del sur, con la plaza y la torre de la iglesia y el tejado de El Fijo, y la casa de color melocotón, abajo, a dos metros y diez, con su galería y su cortina recogida a la izquierda.

Abrió la ventana del este, que no era la que se atascaba, y entró el ruido de la plaza: la fuente, una persiana, dos voces que no distinguió. Desde una torre el pueblo sonaba como una tienda a media mañana, con gente dentro y sin prisa.

Sacó el papel grande y empezó a dibujar una tienda en Lisboa.

La plaza del Comercio era un rectángulo abierto al río por el lado sur, con soportales en los otros tres, y el módulo de Maré tenía que colocarse donde la gente pasara sin haber decidido pasar.

Bruna lo puso pegado al soportal del oeste, con la puerta al norte, de espaldas al río, porque la gente que mira el río no compra y la gente que sale de la sombra sí.

Dibujó el recorrido: entrar, girar a la derecha, tocar una cosa, ver la caja al fondo, salir por el mismo sitio con la sensación de haber estado en un sitio pequeño más tiempo del que habían estado.

Cuarenta metros. Seis semanas. Ni una marca en el suelo.

Lo dibujó a lápiz duro, sin apretar, como dibujaba cuando estaba segura.

* * *

Tadeo volvió a la una y cuarto. Bruna lo oyó subir las veintidós vueltas y no se giró.

Él se paró en el último peldaño. Ella siguió dibujando. Pasó un tiempo que le pareció largo y probablemente fueron ocho segundos.

Luego oyó los pasos en la madera. No hacia ella: hacia la mesa. Lo oyó dar la vuelta entera, despacio, por los treinta y cinco centímetros de cada lado. Lo oyó pararse en el norte. Oyó, porque conocía el ruido, una plumilla salir de un tarro.

—La siete —dijo Tadeo, muy bajo, para sí.

Silencio. El rasguño de una plumilla seca sobre papel, sin tinta, probando.

—La catorce.

Bruna se giró.

Estaba de pie en el lado norte, inclinado sobre la fila alta de la cuadrícula, la del uno al catorce, con la plumilla a un centímetro del papel y el brazo estirado con toda naturalidad, sin apoyarse, sin girar nada.

—Llego —dijo.

—Llegas.

—Sin girar.

—Sin girar.

Miró la bandeja de latón, con su tintero y su tarro y su trapo.

Miró la carpeta de pie contra la pata. Miró el cordel con las siete copias A3 colgadas de pinzas de la ropa, en orden, y se acercó, y leyó la del jueves sin descolgarla, y luego la del sábado, y Bruna lo vio entender que podía leer la semana entera de un vistazo sin tocar una hoja.

Dio otra vuelta a la mesa. Se sentó en el sur.

Se levantó. Fue al norte. Se sentó en el norte, en el suelo, con las piernas cruzadas, y desde ahí miró la cuadrícula del revés, y algo le pasó por la cara que en otra persona habría sido una sonrisa y en él fue una especie de comprobación satisfecha, como cuando un cajón cierra con el golpe.

—Consta —dijo.

Bruna se rió. Por la nariz, corto, mirándolo sentado en el suelo de su propia torre con una plumilla seca en la mano.

—¿Consta?

—Es lo que se dice.

—Vale. Consta. —Volvió a su papel—. Y lo de debajo no lo he tocado. Lo he movido a la silla y lo he vuelto a poner. Doblado. Sin abrir.

—Ya lo he visto.

—¿Cómo lo has visto?

—Porque está exactamente donde estaba. —Se levantó del suelo—. Nadie lo pone exactamente donde estaba salvo alguien que lo ha medido antes.

Ella no contestó. Dibujó una línea. La borró. La volvió a dibujar.

* * *

Trabajaron así toda la tarde, cada uno en su lado, con la puerta del este abierta para que corriera el aire.

Él estuvo un rato con la carpeta azul, luego bajó a hacer algo en la cocina y volvió a subir con dos vasos de agua, y dejó uno junto a la tapa de setenta por cincuenta sin decir nada, y ella se lo bebió sin decir nada, y siguieron.

A las tres llamó Inês.

—¿Dónde estás? Se oye eco.

—En una torre.

—¿En una torre de qué?

—De un vecino. Tiene una mesa.

—Bruna, no me cuentes cosas raras, que luego no duermo. ¿Cómo va la prueba?

—La primera variante, esta noche. La segunda, mañana. Jueves a las nueve la tienes.

—Perfecto. —Un ruido de teclas—. ¿Y la casa?

—Tiene compradores.

—Perfecto. —Más teclas—. Y lo de la torre, ¿es lo que parece?

—Es una mesa de un metro por un metro. No hay otra en el pueblo.

—Vale. —Inês se rió, con prisa, como siempre—. Yo no he preguntado nada.

Colgó. Al otro lado de la mesa, Tadeo no había levantado la vista de la carpeta azul, y Bruna estuvo segura de que había oído cada palabra, porque en tres por tres se oía todo.

A las cuatro Bruna necesitó las pinzas de dibujo, que habían quedado en el alféizar del oeste.

—¿Dónde has puesto las pinzas?

—Parcela alféizar. Lado oeste.

Bruna levantó la vista.

—¿Perdona?

—Están en el alféizar del oeste. —Tadeo no levantó la suya de la carpeta—. Junto al trapo de repuesto.

—Has dicho parcela.

—He dicho alféizar.

—Has dicho parcela alféizar.

—A ver. —Pasó una hoja—. Es que las cosas están en sitios.

Bruna cogió las pinzas del alféizar del oeste. Volvió a su tapa. Dibujó diez minutos. Luego dijo, sin mirarlo:

—Tus plumillas están en la parcela bandeja. Lado sur. Junto a la parcela tintero.

—Ya lo sé.

—Consta.

Un rato después él se levantó a mirar lo que ella dibujaba, desde detrás, sin acercarse más de lo que permitía el paso de treinta y cinco centímetros.

—¿Qué es?

—Un recorrido de cliente. Por dónde entra, por dónde va, por dónde sale.

—Es una ruta.

—Es un recorrido.

—Entra por la plaza, hace la vuelta entera, sale por donde ha entrado. —Tadeo señaló la puerta del módulo con el mango de la plumilla, sin tocar el papel—. Es una ruta.

—Una ruta es para comprobar cosas. Esto es para que compren.

—Ya. —Volvió a su lado de la mesa—. Pero si se salta una casilla, no sirve.

Bruna miró el recorrido que había dibujado, que efectivamente pasaba por todo, y no dijo nada, y luego añadió una flecha pequeña en el rincón donde el cliente podía saltarse la mesa de los pañuelos, para que no se la saltara.

Y así se quedó, sin que nadie lo decidiera, como se quedan las cosas en una tienda cuando dos personas llevan un día montándola juntas y descubren que tienen un idioma de tres palabras que no sirve para nada fuera de ese sitio.

A las siete Vanesa Beltrán escribió: «Mañana a las 12!!! Llevamos cámara, ¿te importa? Es para nuestros seguidores. Gracias!!!». Bruna contestó «Vale. Sin caras», y dejó el móvil boca abajo en la parcela tapa, lado este.

A las ocho recogió. Enrolló los dos planos, planta y alzado, la primera variante casi acabada y la segunda empezada. Cerró el portátil. Dejó la tapa donde estaba, sobre las dos cajas, porque mañana volvería, y eso tampoco lo había decidido nadie.

Tadeo seguía en el sur, con la cuadrícula del martes delante, en blanco, y la lámina debajo.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana. Después del reparto.

—Antes. Yo dibujo por la mañana.

—Antes, entonces. —No levantó la vista—. La puerta de atrás no tiene llave.

Bruna bajó las veintidós vueltas, cruzó la cocina de él, salió al jardín de los dos, cruzó la hierba y entró en la casa de Casilda por la galería, con las botas puestas.

Antes de acostarse apuntó la única medida nueva del día, aunque no fuera nueva, porque la había puesto ella.

Mesa en el centro. Un metro por un metro. Treinta y cinco de paso por cada lado. Cabía el pueblo entero, y cabían dos personas dando la vuelta sin tocarse.