Capítulo 7
Bruna
El lunes a las ocho menos cuarto, en la fuente, Loreto estaba sola y hablaba en plural.
—Nosotros hemos dormido de maravilla —dijo, sin que Bruna le hubiera preguntado nada, con una barra de pan bajo el brazo y la cara de quien acaba de salir de una cama grande y fría—. Ocho horas. Nueve, casi. Los lunes nos levantamos nuevos.
—¿Dónde está...?
—En la setenta y siete. Ha vuelto esta noche.
—Loreto se colgó la barra de pan del antebrazo como un bolso—.
Los viernes nos juntamos y los lunes nos separamos, y de viernes a domingo no dormimos nada, y de lunes a jueves dormimos como piedras, y así llevamos tres meses y estamos estupendos.
La gente cree que es raro. Lo raro es dormir siempre igual.
Bruna miró la barra de pan, luego a Loreto, luego el tablón, donde el plano del lunes llevaba clavado desde antes de las ocho y decía, en la casilla setenta y siete, lo que Loreto acababa de decir.
—¿Y no os echáis de menos?
—De lunes a jueves. Es la gracia. —Loreto sonrió con toda la cara—. Bueno, nosotros nos vamos a trabajar. Que tengas buen día. Y lo del jardín, enhorabuena, o lo que sea que se diga.
—No se dice nada.
—Eso. Pues eso.
Se fue por la calle del río, sola y en plural, y Bruna se quedó junto a la fuente con la sensación de haber aprendido algo que no sabía dónde archivar.
No era una casa que iba a donde alguien la necesitaba.
Eran dos casas que sabían, por turnos, cuándo hacía falta el otro y cuándo hacía falta dormir, y que se lo tomaban como lo que era: un horario.
En El Fijo, Fermina estaba en la puerta con el paño.
—¿Se ha acabado la hogaza?
—Anoche.
—Bien. —Volvió a entrar.
Parte de Reubicaciones
Día 7. Lunes 7 de junio.
Movimientos: casa de Quique, de la parcela 88 a la 77, parcela habitual.
Casa de Loreto permanece en la 89, parcela habitual.
Casa de Chema, de la parcela 53 a la 81, parcela habitual.
La Descalza permanece en la parcela 13, junto a La Linterna, con los jardines comunicados.
La consulta al archivo sobre precedente se ha cerrado sin resultado: no consta.
Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.
T. Luján, cartógrafo municipal.
El correo de Inês llegó a las nueve y cuarto, con un asunto que decía «Prueba» y un cuerpo de tres líneas, porque Inês no escribía correos, mandaba órdenes con saludo.
«Antes de cerrar contigo, la marca quiere una prueba.
Distribución del módulo para la plaza del Comercio, Lisboa.
Dos variantes, planta y alzado, con recorrido de cliente.
Entrega jueves. Adjunto planos del módulo y fotos de la plaza.
No es un examen, es un trámite. Pero es un trámite que hay que aprobar. Un beso.»
Bruna abrió los adjuntos en el móvil, en la cocina, y supo enseguida que en el móvil no se podía hacer.
Un módulo de cuarenta metros cuadrados en una plaza de treinta mil se dibujaba a mano, primero, con la escala en la cabeza y el papel grande, y después se pasaba a limpio en el portátil.
Necesitaba una superficie de un metro por un metro, por lo menos.
Necesitaba luz de mañana, que era cuando dibujaba bien.
Necesitaba dos días sin que nadie llamara al cristal con el nudillo.
Miró la casa.
La galería no se tocaba. Estaba «tal como estaba», verificada visualmente por la Secretaría, con su sillón en sus cuatro marcas, y Bruna no iba a desmontar el remedio primero para dibujar una tienda que iba a durar seis semanas.
La mesa de la cocina medía ochenta por sesenta y estaba pegada a la pared, con una silla coja.
El dormitorio de Casilda tenía una cama y una silla con una maleta encima.
El piso de arriba tenía una tabla de planchar y una puerta cerrada.
En todo el pueblo, que ella supiera, había una sola mesa de un metro por un metro.
* * *
Tadeo estaba en el jardín, en el banco, con las manos vacías, que era una cosa que Bruna no le había visto hacer todavía. Tenía el reparto a las diez y faltaban veinte minutos.
—Necesito una mesa —dijo Bruna, desde su grava.
—¿Para?
—Para trabajar. Me han mandado una prueba. Dos días. Necesito un metro por un metro, luz de mañana y que no me llamen al cristal.
Él no contestó enseguida. Miró hacia la torre, que desde el banco se veía entera, con el farol en lo alto, y Bruna supo que estaba calculando lo mismo que ella había calculado en la cocina: que no había otra.
—La mesa se usa a las seis y media —dijo Tadeo—. Hasta las siete y cuarenta.
—Yo no dibujo a las seis y media.
—Y hay cosas que no se tocan.
—Dime cuáles.
—La cuadrícula del día. El tintero. La carpeta azul del padrón. —Una pausa—. Lo que hay debajo de la cuadrícula.
—¿Qué hay debajo de la cuadrícula?
—Cosas de trabajo.
—Vale. No se tocan. —Bruna cruzó la hierba. Fue la primera vez que la cruzaba para ir a algún sitio y no para quedarse en medio—. ¿Puedo subir a verla antes de que te vayas? Necesito saber si cabe lo mío.
Tadeo se levantó del banco.
—A ver. Sube.
* * *
La torre de La Linterna tenía una escalera de caracol de hierro, estrecha, que daba veintidós vueltas y salía a una habitación cuadrada con cuatro ventanas, una por lado, y un techo de madera a dos aguas.
Bruna la midió desde el último peldaño: tres por tres, techo a dos veinte en los bordes y a tres en el centro.
Una habitación hecha para mirar hacia fuera en todas las direcciones.
Y la mesa estaba pegada a la pared del norte.
Un metro por un metro, sí, de tablero grueso, con las patas torneadas, y arrimada a la pared de tal manera que solo se podía trabajar en ella desde el lado sur.
Sobre la mesa, la cuadrícula del martes, ya impresa, en blanco, con dos pinzas en las esquinas sujetando nada.
A la izquierda, el tintero, un tarro con plumillas y un trapo negro de tinta.
A la derecha, la carpeta azul. Encima de la cuadrícula, ninguna lámina; lo que hubiera debajo, Bruna no lo miró.
En la ventana del este entraba el sol de las diez y caía en el suelo, en un cuadrado de luz que no tocaba nada.
—Trabajas desde un solo lado —dijo.
—Desde el sur.
—¿Y las casillas del fondo? Las de la fila del uno al catorce. —Señaló la parte alta de la cuadrícula, contra la pared—. Te quedan a un metro. No llegas con la plumilla sin apoyarte.
—Giro la hoja.
—¿Cada día?
—Cada día. Dos veces. —Él lo dijo sin defenderse—. Es lo que hay.
Bruna dio una vuelta por la habitación, que no era una vuelta larga. Tocó la pared del este con la palma. Miró la ventana del oeste, por donde entraría el sol de la tarde. Miró la silla, que era una silla de cocina.
—Esto es un espacio de trabajo montado por alguien que no ha pensado nunca en el espacio de trabajo, solo en el trabajo.
—Es mi torre.
—Lo sé. Por eso te lo digo a ti y no a Puri.
Tadeo miró el reloj. Eran las diez menos cinco.
—Tengo reparto.
—Ya. Dos horas.
—Dos horas y media.
—Vale. Cuando vuelvas, si no te gusta, lo dejo como estaba. Todo. Lo mido antes de mover nada. —Se sacó el móvil del bolsillo y abrió la nota de las medidas—. Es lo que hago. Monto cosas que se desmontan.
Él se quedó en el último peldaño de la escalera de caracol, con medio cuerpo ya bajando.
—La cuadrícula, el tintero, la carpeta y lo de debajo.
—No se tocan.
—Y no abras la ventana del norte, que se atasca y luego no cierra.
—Vale.
Bajó. Bruna oyó la puerta de atrás, la cancela, los pasos en la calle.
Luego se quedó sola en una habitación de tres por tres con cuatro ventanas y una mesa mal puesta, y sintió lo que sentía siempre en ese momento, justo antes de tocar nada: que el sitio ya estaba bien y solo hacía falta que se enterara.
* * *
Midió primero. La mesa, sus patas, la distancia a cada pared.
El sitio exacto del tintero, del tarro, del trapo, de la carpeta.
Lo apuntó todo en la nota, con una foto de cada cosa desde arriba, como se documenta un escaparate antes de vaciarlo para poder devolverlo al cliente si el cliente se arrepiente.
Luego levantó la cuadrícula del martes por las dos esquinas, con cuidado de no arrastrarla, y la dejó sobre la silla.
Debajo, sobre el tablero, había una lámina de plástico transparente doblada en cuatro.
No la desdobló. La puso encima de la cuadrícula, en la silla, tal como estaba, y no la miró más.
La mesa pesaba lo que pesan las mesas antiguas.
La arrastró por el suelo de madera, centímetro a centímetro, cambiando de lado, hasta dejarla en el centro exacto de la habitación, con treinta y cinco centímetros de paso por cada lado.
Lo comprobó con los pies. Treinta y cinco.
Cabía una persona dando la vuelta entera, y cabían dos si no llevaban prisa.
El tintero, el tarro y el trapo, en el lado sur, donde él se sentaba, pero en una bandeja: encontró una de latón en la cocina de abajo, con permiso implícito, porque una bandeja no era la cuadrícula, ni el tintero, ni la carpeta, ni lo de debajo.
La carpeta azul, en el lado norte, de pie, apoyada en la pata de la mesa, donde se cogía sin levantarse.
Las copias A3 de la semana, que estaban en un montón en el alféizar del oeste, las colgó con pinzas de la ropa de un cordel que tendió de una viga a otra, en orden de fecha, martes a lunes, para que se leyeran sin tocarlas.
Su rincón fue el del este. Puso la silla de cocina en el cuadrado de sol, y encima de dos cajas de las suyas, plegadas y montadas para la ocasión, un tablero que encontró detrás de la puerta y que era la tapa de algo.
Setenta por cincuenta. Suficiente para un A2 y para el portátil. Luz de mañana hasta la una.
A la una menos cuarto bajó a la plaza a hacer copias, porque la primera variante estaba a lápiz y necesitaba dos A3 para pasarla a tinta sin miedo. En el ayuntamiento, Puri tenía la fotocopiadora en el pasillo, detrás de una silla, y una cajita de metal con una ranura.
—Diez céntimos la copia. A efectos de caja.
—¿Puedo hacer cuatro?