Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—No. —Tadeo puso las manos en la mesa—. Cuarenta y tres parcelas distintas en cuarenta años.

Vecinos, menos. Melchor la tuvo al lado tres veces.

Fermina, dos. Muchas de estas casas ya no son de quien era.

Algunos se han muerto. Algunos se han ido.

Y hay parcelas donde la casa de al lado estaba vacía, o era una casa donde vivía alguien que ni tú ni yo sabemos por qué.

—¿Cuántos, entonces?

—Eso lo sabe Puri. Lo va a mirar para el segundo remedio.

Bruna volvió a la primera columna y contó los nombres distintos con el lápiz, tachando los repetidos. Le salieron treinta y uno. Los miró como se mira un presupuesto que se sabe inflado.

—Treinta y uno, quitando repetidos.

—Quitando repetidos, muertos, idos y casas vacías, menos.

—¿Cuánto menos?

—No lo sé. Puri lo sabrá el martes. Ella tiene el padrón y yo tengo las casillas, y no es lo mismo. —Tadeo señaló la última cajonera, la del año en curso—. Y los dos últimos años no los hemos abierto.

—Los dos últimos años están en la cuarenta y uno. Ya lo sé.

—Ya.

No abrieron la cajonera. Ella no lo propuso y él no lo sugirió, y los dos supieron que el otro se había dado cuenta.

Bruna miró su tercera columna. Viudo. Cerró. Se fue. Un curso. Murió su marido. Se fue a la ciudad. Enfermó. Se quedó sola. Un embarazo que no. Un negocio que tampoco.

—No iba de un sitio a otro —dijo.

Tadeo no contestó, porque no era una pregunta.

—Yo pensaba... —Bruna cerró el cuaderno—. Mi madre decía que la casa de mi tía era la más andarina del pueblo. Mi padre lo decía como un chiste. Que la casa de Casilda no paraba quieta. Como si fuera un defecto de la casa. Como si Casilda no tuviera nada que ver.

—Ya.

—Iba a donde había alguien mal.

—Iba a donde iba. —Tadeo recogió las hojas del 2015 y las metió en su carpeta—. Lo de por qué, no consta.

Ella lo miró un momento con la cara que ponía cuando alguien le daba una medida que no cuadraba con la suya, y luego se rió, corto, por la nariz, mirando las cajoneras.

—Sois todos iguales. No consta. Consta. Se abre consulta.

—Es lo que hay.

—Es lo que hay.

Tadeo no apuntó nada. Se quedó con el sitio, eso sí: sótano del ayuntamiento, mesa de consulta, lado de las cajoneras impares.

* * *

Fueron dejándolo todo como estaba, cajón por cajón, y a Tadeo le gustó que ella lo hiciera sin que se lo dijera: las hojas en su carpeta, la carpeta en su mes, el mes en su año, el cajón cerrado del todo, con el golpe.

Al cerrar el último, Bruna se quedó mirando la cajonera del año en curso.

—¿Y la tuya?

—¿Mi qué?

—Tu casa. La Linterna. —Señaló la cajonera con la barbilla—. Dijiste nueve años. ¿Cuándo se movió la última vez?

Tadeo tenía la llave del sótano en la mano. La cerró.

—A ver. Hace tiempo.

—Eso ya lo has dicho.

—Está en el archivo. —Apagó el fluorescente—. Todo está en el archivo. Pero hoy la consulta es la de las lindes, y no hemos encontrado precedente, y eso es lo que le tengo que decir a Puri mañana a las nueve.

Bruna no insistió. Cogió la bolsa con los álbumes y subió la escalera delante de él, y en la plaza, con el sol de las dos, se puso la mano de visera y dijo:

—No hemos buscado precedente.

—No.

—Hemos buscado a Casilda.

—Ya.

—¿Y qué le vas a decir a Puri?

—Que no consta.

Ella no se rió esta vez. Se quedó mirando la fuente, y Tadeo pensó que aquella mujer tenía dos maneras de callarse, una que era medir y otra que era esta, y que la segunda era nueva.

* * *

Amparo cruzó el jardín a las cuatro y media, cuando el pollo ya se había comido y la casa de Chema seguía en la cincuenta y tres, porque las casas solo se movían de noche y hasta el lunes no había nada que hacer al respecto.

Tadeo la vio desde la cocina. Venía por la cancela de él, con un geranio en una maceta de plástico negro sujeto con las dos manos, y cruzó su grava, y cruzó la hierba sin mirarla, como si la hierba llevara ahí toda la vida, y llamó con el codo al cristal de la galería de La Descalza.

Bruna abrió.

—Primera vecindad —dijo Amparo—. Tenía dos. Este es el rojo. Casilda los tenía rojos.

—Gracias. No tenía que...

—Ya sé que no tenía. —Amparo le puso la maceta en las manos—. Ponlo con los otros, en el alféizar, que ahí le da el sol de las cinco y no el de las doce. El de las doce los quema.

—Vale.

—Y no lo riegues mucho.

—¿Quiere pan? Me han regalado una hogaza y es enorme.

—Ya lo sé. La hemos visto todos. —Amparo miró el alféizar por encima del hombro de Bruna, comprobando algo—. No, gracias. Tengo pollo para tres días.

Se fue por donde había venido. Al llegar a la calle se detuvo un segundo y miró hacia arriba, hacia la fila de las cincuenta, que desde ahí no se veía, con la cara de quien comprueba la hora sin reloj.

Luego siguió. Al pasar junto a la ventana de la cocina de Tadeo levantó la barbilla, sin detenerse, y dijo en voz alta, hacia el cristal:

—Y tú no mires, que ya me lo ha dicho Fermina.

—No miro.

—Mira. Pero bueno.

Tadeo se apartó de la ventana. Puso agua a hervir para nada.

Pensó en Amparo, que llevaba cuatro años amaneciendo junto a un hombre al que no le dirigía la palabra de lunes a sábado, y que había cruzado un jardín que no era suyo para regalar un geranio rojo a una mujer a la que había visto dos veces, y que sabía a qué hora daba el sol en el alféizar de una galería que no era la suya.

Subió a la torre a las seis.

La lámina seguía sobre la cuadrícula del lunes, con la cancela de la ciento tres todavía sin borrar.

Cogió el lápiz. Sobre el ayuntamiento, en la plaza, que en el plano era un rectángulo sin número, buscó el sitio del sótano, que no estaba dibujado, y dibujó un círculo donde le pareció que caía la mesa de consulta, en el lado de las cajoneras impares.

Luego bajó la mirada a la trece, al círculo del jueves, y le pareció que los dos estaban lejos, y que en un plano de un metro por un metro, lejos era muy poco.

Soltó las dos pinzas. Dobló la lámina en cuatro, con los círculos hacia dentro, y la metió debajo de la cuadrícula del lunes, contra el tablero, donde no se veía. Volvió a poner las pinzas. No sabía muy bien de quién la estaba guardando, porque a la torre no subía nadie. La guardó igual.

Miró por la ventana de la torre antes de bajar.

Desde ahí se veía el pueblo entero, con la luz de las seis, y se veía la fila de las cincuenta, y en la cincuenta y tres seguía la casa de Chema, con Trufo en el escalón.

Mañana, Chema estaría en la ochenta y uno, y Amparo en la cincuenta y dos, y en el archivo habría una hoja más que dijera exactamente eso.

La Linterna, en la doce. Como en la de ayer.

Como en las tres mil doscientas anteriores.