Capítulo 6
Tadeo
Los domingos, a las cinco y media, la casa de Chema estaba en la cincuenta y tres, y ese domingo también.
Tadeo la comprobó como comprobaba todo, de paso, sin detenerse, aunque en la cincuenta y tres se detenía siempre un poco más por una razón que no tenía que ver con el plano.
Casa de Amparo en la cincuenta y dos, con la persiana de la cocina a media altura y una luz encendida dentro, a las cinco y media de un domingo, que era la hora a la que Amparo se levantaba los domingos por razones que el Parte no recogía y que todo el pueblo conocía por el olor a partir de las once.
Casa de Chema en la cincuenta y tres, pegada, con Trufo sentado en el escalón de entrada, muy recto, mirando la ventana de la cocina de al lado con la concentración de quien vigila una obra.
Chema estaba detrás del perro, en el umbral, con una taza. Sin afeitar. Con la misma cara de cada domingo.
—Es el perro —dijo.
—Ya.
—Lo digo por el Parte.
—Va en el Parte.
—Con su nombre.
—Con su nombre. Ocupante animal registrado.
Chema asintió, satisfecho con la administración, y Trufo no se movió, porque Trufo tenía los ojos en otra cosa.
La ventana de la cocina de al lado se abrió un palmo.
—Trufo. Ven.
Era la voz de Amparo, sin cuerpo, desde dentro. Trufo movió la cola una vez, contra el escalón, y no fue. Sabía, mejor que nadie en aquella fila, que ir antes de tiempo no servía de nada. La ventana se cerró.
—¿Ves? —dijo Chema—. Es el perro. Del otro lado del cristal, Amparo pasó una vez por delante de la ventana, con un delantal, sin mirar hacia fuera, con la exactitud de quien no mira hacia fuera a propósito desde hace cuatro años.
Tadeo siguió la ruta. Once parcelas más abajo se acordó de que había olvidado apuntar mentalmente la cincuenta y tres, y la apuntó, y se dio cuenta de que no la había olvidado. Es que la sabía.
Parte de Reubicaciones
Día 6. Domingo 6 de junio.
Movimientos: casa de Chema, de la parcela 81 a la 53, junto a casa de Amparo. Ocupante animal registrado: Trufo. La Descalza permanece en la parcela 13, junto a La Linterna, con los jardines comunicados. La consulta al archivo sobre precedente continúa abierta.
Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.
T. Luján, cartógrafo municipal.
La llave del sótano del ayuntamiento tenía un llavero de madera con el escudo grabado a fuego, y Puri se la había dado el sábado a las dos, al cerrar, con una frase que no era una frase, sino un formulario.
—Consulta al archivo. Motivo: precedente de comunicación de lindes. Responsable: el cartógrafo. Devolución: lunes a las nueve. —Y luego, en otro tono, mientras se ponía la chaqueta—: Y si la propietaria quiere bajar, que baje. Va a tener que bajar de todas formas, por lo de los vecinos.
Así que el domingo a las diez, con el reparto hecho, Tadeo abrió la puerta lateral del ayuntamiento con la llave del escudo, y Bruna estaba esperándolo en la escalera de la plaza con un cuaderno, un lápiz y los tres álbumes verdes en una bolsa de tela.
—¿Para qué son?
—Para saber dónde mirar. —Ella se levantó—. Tengo los números de parcela y las fechas. Tú tienes los días.
Desde El Fijo, con la puerta abierta por el calor, el chico de la ferretería los vio entrar en el ayuntamiento un domingo, con una llave, y dejó la cucharilla en el platillo. Tadeo lo vio dejarla. No había nada que hacer al respecto.
El sótano olía a papel y a tierra seca. Era una sala larga, con el techo bajo y una hilera de cajoneras metálicas grises a cada lado, y en el frente de cada cajonera, en una etiqueta amarilla, un año.
1953. 1954. Hasta el actual, al fondo, con el cajón medio vacío.
Cada cajón contenía los días de ese año, en carpetas por mes, y cada día era una hoja A3 con la cuadrícula de ciento cuarenta casillas rellena a mano, primero por otros y desde hacía nueve años por él.
Bruna se quedó en la puerta un momento. La vio hacer lo que hacía en todos los sitios: medir. El largo, el alto, la distancia entre cajoneras. Luego dijo:
—Setenta y tres años.
—Setenta y tres.
—Uno por día.
—Uno por día. Los domingos también.
—¿Y si un día el cartógrafo está enfermo?
—A ver. —Tadeo encendió el fluorescente, que parpadeó dos veces antes de decidirse—. El cartógrafo no está enfermo.
Le enseñó cómo funcionaba, porque ella iba a tener que buscar sola y porque a él le gustaba explicarlo, aunque no lo hubiera dicho así.
El mural de un metro por un metro se clavaba a las ocho, se quitaba al día siguiente y se tiraba: era para leerlo de pie, en la plaza, y no cabía en ningún sitio.
Lo que quedaba era la reducción A3, una por día, que Puri hacía en la fotocopiadora a partir de una cuadrícula impresa igual a la del mural, con las ciento cuarenta casillas y la fecha, y que bajaba al sótano cada mañana a su carpeta.
Setenta y tres cajoneras. Unos veintiséis mil quinientos días, contando los bisiestos, que él había contado una vez y no le había servido de nada.
—¿Y antes de 1953?
—Antes de 1953 no consta.
—¿No se movían?
—No se apuntaba.
Bruna abrió el cajón de 1953 sin que él se lo dijera, sacó la primera carpeta y miró la primera hoja: enero, con una letra grande, insegura, en lápiz, y muchas casillas en blanco. La comparó con la del año en curso, que Tadeo sacó del último cajón: tinta, letra pequeña, muy igual, sin un tachón.
—Es la misma letra del tablón.
—Es mi letra.
—Es buena. —Lo dijo como se dice que una pared está bien nivelada—. El cartógrafo de antes escribía peor.
—El cartógrafo de antes escribía con la mano izquierda desde el 78, por un accidente con el tractor. Y aun así no falló un día.
Bruna volvió a dejar la hoja de 1953 en su carpeta, con cuidado, como si el lápiz se pudiera caer.
—¿Y a ti quién te enseñó?
—El de antes. En tres días. El cuarto se jubiló y me dio la plumilla. —Tadeo cerró el cajón del año en curso—. Lo difícil no es dibujar. Lo difícil es no dibujar nada que no hayas visto.
* * *
Empezaron por el 91, porque era la primera fecha del primer álbum: «27. Agosto del 91».
Bruna abrió el cajón, encontró la carpeta de agosto y sacó las hojas de las dos primeras semanas. Las puso sobre la mesa de consulta, una tabla ancha bajo el fluorescente, y buscó la veintisiete con el dedo en el aire. La Descalza. Al lado, en la veintiocho, un nombre.
—Casa de Melchor —leyó.
—Melchor Ruano. —Tadeo no tuvo que mirar—. Su mujer murió en julio de ese año. La casa de él lleva en la veintiocho desde antes de que yo naciera.
—¿Y cuánto tiempo estuvo Casilda al lado?
Bruna pasó hojas. Agosto. Septiembre. La Descalza en la veintisiete. Octubre: la veintisiete, vacía. Buscó. La Descalza en la ocho.
—Seis semanas —dijo.
—¿Vive?
—Melchor. Ochenta y siete años. Está en la veintiocho.
Le llevo la pensión el día uno y el periódico los sábados, aunque el periódico llega el lunes.
—Tadeo se pasó el dedo por el borde de la hoja—.
Tiene un geranio en la ventana desde el 91.
Lo riega a las ocho, con un vaso, y no deja que se lo riegue nadie.
Bruna apuntó «viudo». Luego, debajo, más pequeño, «geranio». Luego lo tachó, porque no era un dato de la casa, y Tadeo vio que lo tachaba y que seguía leyéndose igual.
Sacó el álbum, buscó la foto. «8. Mayo del 94.» No coincidía con octubre del 91, porque Casilda no fotografiaba cada parcela, solo algunas, y a Bruna eso pareció molestarle, como le molestaba a Tadeo un plano con una casilla en duda.
—Vale. Vamos al 94.
Fue así toda la mañana. Ella abría cajones con las fechas del álbum y él le decía quién vivía al lado, porque él sabía quién vivía en cada casilla de cada año, no por memoria, sino por oficio: las casas no cambiaban de dueño tan a menudo como de sitio, y los dueños tenían nombre, y él repartía cartas con esos nombres desde hacía mucho.
La ocho en el 94: la casa de la Paqui, que tenía la mercería y la cerró ese año. Bruna buscó la foto en el álbum, «8. Mayo del 94», y la puso junto a la hoja: detrás del cristal de la galería, un corral con gallinas y una tapia encalada.
—Las gallinas eran de la Paqui —dijo Tadeo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la Paqui vendía huevos en la mercería cuando la mercería ya no vendía nada. Los últimos meses. Hasta que cerró.
Bruna miró la foto un rato más de lo que necesitaba para verla.
Casilda había fotografiado un corral de gallinas en mayo del 94, con la misma cortina recogida y el mismo sillón girado, y debajo había escrito el número de la parcela y el mes, y nada más.
Ni un nombre. Ni una razón. La ciento doce en el 98: la de los Ibáñez, cuyo hijo mayor se fue a la ciudad en el 99, después de pasarse un año diciendo que se iba.
La treinta y nueve en el 2003: la casa de los de la vega, tres meses, y Tadeo dijo «lo de su hija» y no dijo nada más, y Bruna no preguntó porque ya se lo habían dicho igual en la fuente.
La tres, en dos ocasiones distintas, en 2007 y en 2015, junto a La Parra.
—La de Fermina —dijo Bruna.
—La de Fermina.
—¿Dos veces?
—Su marido murió en 2007. —Tadeo puso la hoja del 2015 sobre la del 2007—. Lo de 2015 no lo sé.
—¿Cuánto tiempo, en 2007?
Bruna pasó hojas. Octubre, noviembre, diciembre, enero. La Descalza en la tres. Febrero, la tres. Marzo, la tres. En abril del 2008 aparecía en la sesenta.
—Seis meses.
—Fue un invierno largo —dijo Tadeo, y no explicó de quién.
La sesenta en 2008: la de una maestra que estuvo un curso y no volvió.
—¿No lo sabes?
—Sé dónde estaba la casa. No sé por qué.
Bruna apuntaba. Tenía el cuaderno abierto en una página con dos columnas, parcela y nombre, y por debajo iba dejando una tercera columna sin título donde escribía cosas cortas: «viudo», «cerró», «se fue», «un curso».
No eran conclusiones. Eran lo que él le había dicho, en el orden en que se lo había dicho.
Pero la columna se iba llenando y a la una del mediodía tenía una forma.
A la una Bruna dejó el lápiz.
—Cuarenta y tres.
—Cuarenta y tres parcelas.
—Cuarenta y tres vecinos.