Capítulo 5 #2
Las tendió en el tendedero de Casilda, que tenía dos cuerdas y estaba a cuatro metros del de Tadeo, que tenía tres.
Las sábanas eran de matrimonio y las cuerdas eran cortas.
La primera cupo doblada. La segunda no cupo.
Bruna se quedó con la sábana mojada en los brazos y miró las tres cuerdas de al lado, libres, a cuatro metros, al otro lado de una franja de hierba que ya no separaba nada, y pensó que había una manera fácil de resolver aquello y que no la iba a usar.
Dobló la segunda sábana en cuatro y la colgó encima de la primera, mal, con las pinzas en las esquinas, y se quedó con la sensación de haber defendido algo sin saber muy bien qué.
Desde la cocina de La Linterna, alguien puso agua a hervir. Se oyó el gas.
* * *
Montse llamó a las cinco, que era su hora, la de después de la siesta y antes de la tele.
—¿Cómo estás, hija?
—Bien. Vaciando.
—¿Has puesto el anuncio?
—Esta mañana.
—¿Con fotos?
—Con las del notario.
—Las del notario son horribles. Hazle tú unas fotos, que para eso te ganas la vida con eso.
Bruna estaba en la cocina, con el móvil en el hombro y la hogaza sobre la mesa, cortando la primera rebanada con un cuchillo de sierra que no cortaba. En la galería, detrás, el sillón de Casilda seguía en sus cuatro marcas, y por el cristal se veía la hierba.
—Mamá, la casa se ha movido.
—Ah, eso. —Un silencio corto, de fumar, aunque Montse ya no fumaba—. Sí. Eso lo contaba tu padre. Que las casas de allí iban de un lado a otro y que su hermana tenía la más andarina de todas. Yo pensaba que exageraba. Tu padre exageraba mucho, ya lo sabes.
—No exageraba.
—Pues mira. —Otro silencio—. ¿Y dónde está ahora?
—Al lado de la casa de un vecino. Del cartero.
—¿Y eso es bueno o es malo?
—Es una parcela.
—Hija, no te líes. Vende y vuelve. Tú no eres de estar, y menos ahí. Yo estuve dos veranos con tu padre y me pasé los dos con dolor de cabeza. —Suspiró—. ¿Comes?
—Como. Me han regalado un pan.
—¿Quién?
—La del bar.
—Pues cómetelo. ¿Y tu padre? ¿Te ha llamado?
—No.
—Ya. —La voz de Montse se hizo más suave, que en ella era una forma de enfadarse por otra persona—. Bueno. Él sabrá. Casilda era muy suya, pero era su hermana. Tú haz lo tuyo. Vacía, vende, y el veintidós a Lisboa. Me lo dijo Inês, que la vi en el gimnasio.
—¿Has visto a Inês?
—Vive en mi barrio, hija. Me dijo que eras la mejor. Yo le dije que ya lo sabía.
Bruna cortó la rebanada. Se comió una esquina. Estaba buena. Estaba, de hecho, muy buena.
—Vale, mamá.
—Un beso. Y hazle fotos a la casa, que las del notario parecen de un expediente.
* * *
Hizo las fotos a las seis, con la luz de tarde entrando por la galería y la cortina recogida a la izquierda, como en la de Casilda.
Sabía hacer fotos de espacios. Las hizo desde las esquinas, a la altura de la cadera, con el móvil apoyado en el marco para que no temblara: la galería con el sillón y la luz; la cocina con la mesa pegada a la pared; el dormitorio con la cama hecha por alguien; la escalera; el pasillo.
Fotografió el piso de arriba desde el descansillo, con las dos puertas, una abierta y otra cerrada, y en la del pomo con la raja no se detuvo.
Fotografió la fachada desde la calle, con el nombre en azulejos, y tuvo que retroceder hasta la acera de enfrente para que cupiera entera, y en la foto salió también, por la izquierda, una esquina azul.
Subió las fotos al anuncio a las seis y media.
«Casa de dos plantas en pueblo de interior.
Galería acristalada al sur. Jardín. Dos horas y media de la capital.
» No puso el nombre del pueblo. No puso que se movía.
Se quedó un momento con el cursor en la casilla de «Observaciones», pensando en cómo se decía aquello en un anuncio, y llegó a la conclusión de que en la capital se llamaba vicio oculto y aquí se llamaba la mudanza, y que ninguna de las dos palabras vendía. Dejó la casilla en blanco.
A las siete y diez le llegó el primer mensaje.
Era de una tal Vanesa, con foto de perfil en una playa y un apellido, Beltrán, que a Bruna no le decía nada.
Miró el perfil por oficio: cuarenta y ocho mil seguidores, casas bonitas, luz de tarde, una taza en cada foto.
Sabía leer un perfil como sabía leer un local: aquella mujer no compraba casas, compraba encuadres.
«Hola!! Es en Valdevaivén, ¿verdad? Lo he reconocido por la fuente que se ve en la foto de la fachada.
Llevamos meses buscando casa ahí. ¿Podríamos verla esta semana? Mi marido y yo. Cuanto antes mejor!!»
Bruna miró la foto de la fachada. Al fondo, a la derecha, entre dos casas, se veía un trozo de la fuente de los tres caños. Un trozo. Aquella mujer había reconocido un pueblo por un trozo de fuente.
Contestó: «Martes a las doce. Parcela 13. Pregunten por La Descalza en la plaza».
«Perfecto!!! Allí estaremos. ¿Se mueve mucho? Perdona la pregunta jajaja».
Bruna dejó el móvil sobre la mesa, boca abajo, y cortó otra rebanada de la hogaza.
A las ocho salió al jardín con una taza. Tadeo estaba en el banco, con el plano del día doblado sobre la rodilla y un bolígrafo, haciendo algo que parecía contar.
—El martes a las doce vienen unos compradores —dijo Bruna, desde su grava—. Por si te encuentras a gente en el jardín.
—¿Compradores de qué?
—De la casa.
—Ya. —No levantó la vista—. ¿De dónde?
—De la ciudad. Un matrimonio. Ella ha reconocido el pueblo por un trozo de fuente en una foto.
Eso sí le hizo levantar la vista.
—¿Qué trozo?
—El de la derecha. Un caño y medio.
Tadeo miró hacia la plaza, que desde el jardín no se veía, y luego a ella.
—A ver. Esa gente va a preguntar cosas.
—Todo el mundo pregunta cosas.
—Aquí no.
Bruna bebió. Era verdad. Llevaba seis días en el pueblo y no le habían preguntado nada, ni de dónde venía, ni por qué no había vuelto en dieciocho años, ni qué pensaba hacer con una casa que se movía.
Le habían dicho dónde estaba la casa, a qué hora era el desayuno y que no tocara el sol de las doce a los geranios.
—Pues que pregunten —dijo—. Yo sé contestar.
* * *
A las diez subió los trece peldaños con la última rebanada en la mano.
No iba a ningún sitio. Iba a subir y a bajar, que era lo que hacía cada noche desde el lunes, como quien comprueba una puerta que ya sabe cerrada.
El de arriba crujió. El descansillo tenía dos metros por uno veinte.
El cuarto de la plancha, abierto, con su tabla y su ventana pequeña.
La puerta de la derecha, cerrada, con su pomo de porcelana y su raja.
Se sentó en el último peldaño, de espaldas a la puerta, y se comió la rebanada.
La llave la tendría quien había hecho la cama.
Eso lo sabía desde el lunes, y desde esa mañana sabía algo más, porque la hogaza estaba caliente por abajo cuando Fermina la sacó de debajo de la barra, y una hogaza no se calienta sola debajo de una barra, y una mujer que sabe a qué hora se apagan las luces de una galería sabe también dónde están las llaves de esa galería.
No lo sabía. Lo suponía. Con un margen de error pequeño.
Preguntar por la llave era preguntar por quién había regado.
Preguntar por quién había regado era una conversación.
Una conversación con la mejor amiga de su tía sobre una habitación que llevaba dieciocho años cerrada era, con toda probabilidad, más de lo que cabía en los diecisiete días que le quedaban.
Terminó la rebanada. Se sacudió las migas de las rodillas. Se levantó, y antes de bajar apoyó la palma en la puerta, a la altura del pomo, un segundo, como se apoya la mano en una pared para saber si está fría.
Estaba a temperatura de casa.
Bajó. Se quitó las botas junto a la cama de Casilda. Apuntó en el móvil, en la nota donde llevaba las medidas, lo único nuevo del día que se podía medir.
Hierba, un palmo. Martes, doce.