Capítulo 5
Bruna
Lo primero que vio Bruna el sábado, antes que el jardín, fue a la gente.
Había cuatro personas en la calle, delante de la cancela, a las ocho menos cuarto de la mañana.
No hacían nada. Estaban de pie, con las manos en los bolsillos o cruzadas sobre el pecho, mirando hacia dentro con la atención tranquila de quien mira una obra.
Una señora con una bolsa vacía. Un chico con un delantal de ferretería.
Un matrimonio mayor que Bruna no había visto nunca y que la saludó con la cabeza cuando abrió la puerta de la galería, como si fuera ella la que llegaba.
Bruna, en pijama y botas, porque las botas se las ponía antes que nada, salió a ver qué miraban.
Miraban la hierba.
Donde el viernes había una tapia baja de piedra, a la altura de la rodilla, había ahora una franja de hierba verde de un palmo, desde la cancela hasta el fondo, recta como si la hubieran sembrado con cordel.
La grava gris de Casilda llegaba hasta ella.
La grava oscura del vecino llegaba hasta ella por el otro lado.
Las tomateras, el banco, la manguera, sus tres geranios en el alféizar, el tendedero de él y el tendedero de ella: todo seguía en su sitio.
Lo que faltaba no había dejado ni una piedra.
Bruna se acercó a la franja con las botas y se detuvo justo antes.
Luego puso un pie en la hierba, y luego el otro, y se quedó ahí, con los dos pies en un palmo de tierra que la víspera había sido un muro, sin saber si estaba en su jardín o en el de él.
No había forma de saberlo. Eso era la consecuencia práctica, y la entendió antes de haber desayunado: en la parcela trece, desde esa mañana, no había un sitio donde ella pudiera ponerse a mirar el cielo sin estar en casa de alguien.
—Buenos días —dijo la señora de la bolsa, desde la calle.
—Buenos días.
—Vaya.
Eso fue todo. Nadie preguntó. Nadie explicó. La señora se fue hacia el río con la bolsa vacía, el chico hacia la plaza, el matrimonio se quedó un minuto más y luego se fue también, y Bruna se quedó en la hierba con la sensación de haber pasado un examen que no sabía que estaba haciendo.
La puerta de atrás de la casa azul se abrió. Tadeo salió con una taza en la mano, la miró, miró la hierba, miró sus botas sobre la hierba.
—Buenos días.
—¿Esto lo has hecho tú?
—No.
—¿Lo ha hecho la casa?
—A ver. —Bebió—. Lo ha hecho la noche. Yo lo he visto a las cinco.
—¿Y qué has hecho?
—La ruta.
Bruna lo miró con la boca abierta, y luego la cerró, porque en realidad no le sorprendía. Era exactamente lo que habría hecho ella: comprobar todo lo demás antes de decidir qué significaba lo que tenía delante.
* * *
Puri llegó a las ocho y cuarto con la libreta, el bolígrafo y un metro de carpintero plegable, amarillo, que desplegó hasta el metro entero antes de agacharse.
Midió la franja de hierba a lo ancho. Midió a lo largo, en tres tramos, apuntando cada uno. Metió el dedo en la tierra hasta el segundo nudillo. Se levantó, se sacudió la rodilla y escribió durante un rato largo, de pie, con la libreta apoyada en el antebrazo.
—Comunicación de jardines entre las parcelas doce y trece. Linde desaparecida en toda su longitud. Sin restos. —Levantó la vista—. ¿Alguno de los dos ha retirado piedras?
—No —dijeron los dos.
—Consta. —Escribió—. No consta precedente exacto en el Manual. Se abre consulta al archivo.
—¿Consulta de qué? —preguntó Bruna.
—De precedente. —Puri plegó el metro con cuatro golpes secos—. Y el cómputo queda interrumpido.
Bruna levantó la cabeza.
—¿Qué cómputo?
—El suyo. Llevaba dos amaneceres. El del jueves y el del viernes. —Puri pasó una hoja sin prisa—. Artículo catorce. Una vivienda que comunica linde con otra no está asentada. Cuando dejen de estar comunicadas, se empieza otra vez por el uno.
—Dos amaneceres.
—Dos. Constaban.
Bruna miró la franja de hierba de un palmo que había aparecido esa noche entre dos gravas y le salió la cuenta sola: dieciséis días, siete amaneceres, y el jardín que acababa de tragarse los dos primeros por haber colocado un sillón en sus cuatro marcas.
—Ya —dijo.
—Ya. —Puri siguió escribiendo—. Los remedios son para que la casa se asiente.
Que por el camino le cuesten a la propietaria lo que le cuesten, no lo dice el Manual.
—Se guardó el metro en el bolsillo del pantalón—.
Y otra cosa, que la voy a decir aquí porque la van a decir en la plaza: un desplazamiento no constituye promesa afectiva.
Una linde, tampoco. —Se guardó el metro en el bolsillo del pantalón—.
Desayuno a las nueve. La propietaria tiene una presentación pendiente desde el martes.
—¿Sigue pendiente?
—Las presentaciones no caducan. Consta.
Se fue por la cancela de Tadeo, que era la que tenía más cerca, y subió la calle.
Bruna y Tadeo se quedaron en el jardín, cada uno en su grava, con la hierba en medio.
—¿La has leído? —preguntó ella.
—¿A Puri?
—A Puri no se la lee. La consulta.
Él dejó la taza en el banco.
—Tú tienes una presentación pendiente. Yo tengo que subir a por la carpeta. Si vas a ir, ve con las botas puestas, que al menos así te reconocen.
Parte de Reubicaciones
Día 5. Sábado 5 de junio.
Movimientos: sin movimientos. La Descalza permanece en la parcela 13, junto a La Linterna.
Se hace constar que las viviendas de las parcelas 12 y 13 han amanecido con sus jardines comunicados y la linde desaparecida en toda su longitud, sin restos.
Queda interrumpido el cómputo de amaneceres de la vivienda La Descalza, que constaba en dos.
No consta precedente exacto. Se ha abierto consulta al archivo.
Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.
T. Luján, cartógrafo municipal.
El Fijo estaba lleno otra vez, y Bruna no se detuvo en la puerta.
Fue hasta la barra, se giró hacia las mesas, y antes de que Fermina pudiera decir nada dijo, con la voz que usaba para abrir una reunión con un cliente nuevo, sin subirla, sin bajarla:
—Bruna Bellver. La Descalza. Parcela trece. Buenos días.
Silencio. Del bueno, esta vez.
Tadeo, en su mesa junto al perchero, dejó la taza.
—Buenos días —dijo.
—Consta —dijo Puri desde la ventana, y escribió.
Fermina sacó de debajo de la barra una hogaza redonda, envuelta en un paño de cuadros, y la puso sobre el mostrador delante de Bruna con las dos manos.
—Primera vecindad. Ya se puede.
—¿Ya se puede qué?
—Regalar. —Fermina desdobló una esquina del paño para que se viera la corteza—. Hasta que uno se presenta, no. Desde que se presenta, lo que quiera cada uno. Es de esta mañana. Cómetela antes del lunes.
Bruna cogió la hogaza. Pesaba como un ladrillo y estaba caliente por abajo.
—Gracias.
—No me des las gracias a mí. Dáselas a la costumbre.
Tello se levantó de su silla, y esta vez Fermina no lo sentó, porque Tello había esperado su turno y en Valdevaivén eso se respetaba.
—Vecinos y vecinas. —Miró a Bruna, y luego a la ventana, y luego a Puri, por si acaso—.
Quiero aprovechar la incorporación de una nueva vecina al padrón para recordar que esta corporación lleva veinte años trabajando para que Valdevaivén tenga, por fin, direcciones fijas.
Calles con nombre. Números que no cambien. Y las tendrá.
—Consta en veinte actas —dijo Puri, sin levantar la vista.
—Diecinueve.
—Veinte. La de la moción de censura también cuenta.
—Cómete el churro, Mariano —dijo Fermina.
—Nosotros nos hemos enterado de lo del jardín por el olor —dijeron Quique y Loreto desde la mesa del medio, con las manos juntas, porque era sábado—. A hierba. Desde la ochenta y ocho.
—La ochenta y ocho está en la otra punta —dijo Puri.
—Pues olía.
Tello se comió el churro. Nadie se rió, porque no era un chiste: era el alcalde, y llevaba veinte años diciendo lo mismo con la misma cara, y el pueblo había decidido hacía tiempo que aquello formaba parte del desayuno como la tortilla.
Bruna se comió su pincho de pie, con la hogaza bajo el brazo, y salió antes que nadie. En la puerta, Trufo no estaba, porque era sábado y los sábados Chema desayunaba en casa.
En la plaza había tres personas delante del tablón, que era una más de las que había cualquier sábado a las nueve y media, según le pareció, aunque no tenía con qué comparar.
Bruna se puso detrás y leyó por encima de un hombro.
«Sin restos. No consta precedente exacto.
Se ha abierto consulta al archivo.» Estaba bien escrito.
Decía lo que había pasado y no decía nada más, y las tres personas lo leían como se lee un pronóstico del tiempo: con interés, sin esperar que el papel opinara.
El hombre del hombro se volvió, la reconoció por las botas, y le dijo «buenos días» con un tono nuevo, que no era el de la mañana. Era el tono de quien saluda a alguien que ya consta.
En la fuente la esperaba el matrimonio mayor de las ocho menos cuarto, el que la había saludado con la cabeza desde la calle. Ella con un bolso de asa corta, él con una boina que se quitó.
—Perdona. ¿Tú eres la sobrina?
—Sí.
—Nosotros tuvimos a tu tía al lado en el 2003.
En la cuarenta. —La mujer lo dijo despacio, como se dice una fecha que se ha repetido muchas veces—.
Nosotros somos de la vega. Entonces estábamos en la cuarenta, luego nos fuimos a la sesenta y cuatro, ahora estamos en la nueve. Ella estuvo tres meses al lado.
—¿En el 2003?
—Cuando lo de nuestra hija. —El hombre se puso la boina—. Bueno. No queríamos nada. Solo que lo supieras. Que tu tía estuvo.
Se fueron hacia el río, despacio, del brazo.
Bruna se quedó con la hogaza bajo el brazo, mirando el agua caer por los tres caños, sin saber qué era «lo de nuestra hija» ni si tenía derecho a preguntarlo, y con la sensación, nueva, de que la casa que estaba vaciando había estado en más sitios de los que decían los álbumes.
* * *
A las doce lavó las sábanas, porque llevaba cinco noches con las mismas y porque lavar era una cosa que se podía hacer sin decidir nada.