Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Tadeo no se detuvo. Siguió la ruta por su orden, bajó por la parte del cementerio, cruzó a la fila de las ochenta, y en la ochenta y ocho, pegada a la ochenta y nueve con el mismo palmo de separación de cada viernes, encontró la casa de Quique con la persiana del dormitorio bajada y las dos bicicletas apoyadas en la misma pared.

Comprobó la ochenta y siete, por costumbre, y estaba vacía, como cada viernes. Anotó mentalmente y siguió.

Era el viernes número once desde la boda. La casa de Quique había hecho ese trayecto once veces, siempre de la setenta y siete a la ochenta y ocho, y once lunes había vuelto. Tadeo lo tenía en el archivo, en la reducción de cada día, y no le parecía nada. Le parecía un viernes.

A las siete y cuarenta, cuando clavó el plano, Fermina estaba en la puerta de El Fijo con un café en cada mano. Le dio uno.

—¿Cómo va la galería?

—Va.

—¿Está como estaba?

—Como en la foto.

—Casilda no era la foto. —Fermina bebió del suyo—. Pero vale. Que duerma dentro esta noche.

—Es lo que dice Puri.

—Lo que dice Puri es que conste. Lo que digo yo es que duerma. —Le quitó la taza vacía de la mano—. Y tú no mires por la ventana, que te conozco.

—Yo no miro.

—Tú cuentas. Que es peor.

Se metió en el bar y Tadeo entró en el ayuntamiento a dejar el A3, con la sensación de haber sido contado.

Parte de Reubicaciones

Día 4. Viernes 4 de junio.

Movimientos: casa de Quique, de la parcela 77 a la 88, junto a casa de Loreto. La Descalza permanece en la parcela 13, junto a La Linterna. Segundo amanecer computable para el Certificado de Asentamiento. Se hace constar que la aplicación del remedio primero continúa en curso.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.

A las diez Bruna ya estaba en la galería con la cinta en una mano y una escalera de tijera abierta debajo de la segunda viga.

—Llegas tarde.

—Son las diez.

—Y dos. —Le dio la maceta de la cinta, que era una maceta de barro con un gancho de alambre—. Sujeta. Yo subo.

Subió. Tadeo sostuvo la maceta por debajo mientras ella enganchaba el alambre en el clavo de la segunda viga, y las hojas largas de la cinta le cayeron por la cara y por el cuello, y Bruna las apartó con el dorso de la mano como quien aparta un flequillo.

—Ahora suelta.

Soltó. La cinta quedó colgando de la segunda viga, con las hojas casi rozando el brazo del sillón. El sol de las diez no daba en ese sitio; el de las cinco sí. Tadeo lo comprobó de memoria, con la foto en la cabeza, y le salió que sí.

Los geranios en el alféizar interior, los tres, el rojo en medio.

El ficus a la izquierda, junto al mueble, con la parte más frondosa hacia el cristal, porque en la foto se veía y porque las plantas, dijo Bruna, se giran solas hacia la luz y luego se quedan así aunque las cambies.

Un plato de barro debajo del ficus que no aparecía en la foto y que Bruna quitó.

—¿Y el hule?

—El hule sí. —Lo alisó con las dos manos, desde el centro hacia fuera—. Mira.

Tadeo miró. La galería de la foto y la galería de delante eran la misma galería.

Lo eran hasta en lo que no se veía: la cortina recogida con el mismo nudo, la cinta a la misma altura, el sillón en sus cuatro marcas.

Solo cambiaba el cristal: donde en la foto había una tapia y un almendro, ahora había una pared azul con una ventana y, por encima, una torre.

—Falta una cosa —dijo Bruna.

—¿Qué?

—El escalón. —Señaló con la barbilla el bordado de la pared, la casa de color melocotón en punto de cruz—. No. Es una tontería. No falta nada.

Alguien tocó el cristal desde fuera con un nudillo.

Era Puri. Estaba en el jardín de Casilda, en la grava gris, con la libreta abierta y el bolígrafo en la otra mano, a medio metro de la galería, mirando dentro con la expresión de quien mira un escaparate para comprobar los precios.

Bruna abrió la puerta de la galería.

—¿Quiere pasar?

—La Secretaría verifica desde el exterior. —Puri no se movió—. ¿Se ha reconstruido la estancia preferida del ocupante anterior tal como estaba?

—Tal como estaba. Con fotografía.

—¿Puede mostrarme la fotografía?

Bruna le acercó el álbum al cristal, abierto por la última página. Puri miró la foto, miró la galería, miró la foto. Escribió.

—Verificación visual. Consta. —Cerró la libreta—. La propietaria pernoctará en la vivienda.

—Esta noche.

—Esta noche. —Miró a Tadeo, que seguía junto al sillón con las manos en los bolsillos—. El cartógrafo pernoctará en la suya.

—Es lo que hago cada noche.

—Consta. —Puri se guardó el bolígrafo—. Buenos días.

Se fue por el jardín, cruzó la tapia baja por el sitio donde un adulto la cruzaba sin mirar, salió por la cancela de Tadeo como si fuera la de cualquiera y subió la calle hacia la plaza sin volverse.

—¿Eso es normal? —preguntó Bruna.

—Es Puri.

—¿Y lo del cartógrafo pernoctará en la suya?

—A ver. —Tadeo sacó las manos de los bolsillos—. Es Puri.

—¿Y si no funciona?

—El segundo.

—¿Y si tampoco?

—El tercero.

—¿Y si tampoco?

Tadeo miró las cuatro marcas del suelo, ocupadas.

—No consta.

* * *

Se quedaron un rato en la galería sin nada que colocar.

Bruna seguía con las botas puestas. Tadeo lo notó porque lo notaba todo lo que estaba en su sitio y lo que no, y unas botas de ciudad dentro de una galería de pueblo eran de lo segundo. En su propia casa. Con el sillón de su tía en sus cuatro marcas y la cortina que su tía había hecho para leer.

—Te vas a quedar hasta el veintiuno —dijo él.

—Hasta el veintiuno. El veintidós, Lisboa.

—¿Qué hay en Lisboa?

—Una tienda que no existe. —Bruna recogió el álbum de la mesa, lo metió en el mueble con los otros dos, en la balda donde habían estado, y cerró las puertas correderas—. Cuarenta metros cuadrados que se montan en tres días y se van a las seis semanas. Ocho ciudades. Un año.

—Una casa que se mueve.

—No es una casa.

—Ya.

—Es una tienda.

—Ya.

Bruna lo miró como el jueves, como se mira a alguien que ha dicho una cosa sin sentido con total convicción, y esta vez no dijo vale. Dijo:

—Me voy a hacer la cena. Gracias por el sillón.

—Buenas noches.

—Son las siete.

—Buenas noches igual.

Salió por el jardín, cruzó la tapia por el sitio de siempre y entró en La Linterna por la puerta de atrás, y desde la cocina, mientras ponía agua a hervir, vio encenderse la luz de la galería de al lado, y luego apagarse, y luego encenderse la de una ventana del fondo, y luego nada. Las diez y cuarto.

No subió a la torre. La lámina tenía un círculo y una cancela, y ninguno de los dos necesitaba nada esa noche.

Se acostó a las once. Durmió. Eso también constaba, si alguien preguntaba, aunque no hubiera nadie para verificarlo desde el exterior.

* * *

Sábado. Las cinco.

Tadeo abrió la puerta de La Linterna con la copia del viernes en el bolsillo de atrás y salió al jardín, y no había tapia.

No es que estuviera rota. No es que la hubieran quitado.

Entre su grava oscura y la grava gris de Casilda, donde el jueves y el viernes y los nueve años anteriores había habido un muro bajo de piedra a la altura de la rodilla, había hierba.

Una franja de hierba corta, verde, de un palmo de ancho, que iba desde la calle hasta la tapia del fondo, sin una piedra, sin una marca de cimiento, sin un solo trozo de mortero en el suelo. Hierba de la que tarda un año en salir.

Se agachó y la tocó. Estaba húmeda de rocío, como todo.

Las tomateras seguían en su sitio, atadas a sus cañas. Los geranios de Casilda, en el suyo. El banco. La manguera. Su tendedero de tres cuerdas y, a cuatro metros, el de Casilda, de dos, cada uno en su parte. Todo estaba donde estaba, menos la tapia, que no estaba en ninguna parte.

Miró la galería. A oscuras. La cortina recogida a la izquierda. La ventana del fondo con la persiana bajada.

No se acercó.

Sacó la copia del viernes, la desdobló contra el muslo y miró la doce y la trece, que en el plano eran dos casillas con una raya en medio, como todas las casillas del pueblo tenían una raya en medio. La raya seguía en el papel. La volvió a doblar.

Luego echó a andar hacia la plaza, porque la ruta empezaba en la plaza, y la ruta se hacía entera antes de escribir nada, sobre todo cuando lo que había que escribir no tenía casilla.

Hizo la vega con más cuidado del habitual, comprobando las tapias de cada parcela además de las casas, y todas las tapias estaban.

Hizo la fila del río. En la treinta y ocho la maceta seguía en el suelo del jardín, donde se había caído el martes, y por primera vez le pareció que aquello sí habría que anotarlo, no porque importara, sino porque esa mañana necesitaba anotar cosas que estuvieran en su sitio.

Pasó por la gasolinera. El hombre del hostal, en el mostrador, levantó la mano y luego levantó las cejas, porque la cara de Tadeo debía de decir algo, y Tadeo levantó la mano y no dijo nada, y siguió.

En la ochenta y ocho, la casa de Quique seguía junto a la de Loreto. Sábado. Las dos bicicletas.

Noventa viviendas. A las seis y media estaba de vuelta en la fuente, con todo comprobado y sin más novedades, y en el tablón el plano del viernes seguía clavado con sus cuatro chinchetas, con la raya entre la doce y la trece dibujada a tinta, como todas las rayas, por él.

Desde la fuente se veían las dos casas. La azul. La de color melocotón. Doce y trece. Un jardín.