Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 4
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Capítulo 4

Tadeo

El sillón de Casilda no pasaba por la puerta de la galería de frente, Bruna lo sabía, y aun así dejó que Tadeo lo intentara.

—No pasa —dijo él, con el respaldo encajado en el marco.

—Ya.

—Lo sabías.

—Ochenta el sillón, setenta y dos la puerta. Lo saqué yo el lunes. —Bruna se apoyó en la pared del pasillo con los brazos cruzados—. Quería ver cómo lo resolvías.

—¿Y?

—Lo has resuelto mal. Túmbalo, gíralo un cuarto y pásalo de lado con el respaldo por delante.

Tadeo lo tumbó, lo giró un cuarto y lo pasó de lado con el respaldo por delante. Entró.

Eran las diez y cuarto de un jueves y la galería de La Descalza estaba como él la había visto el martes desde la calle: la mesa camilla con el hule, el mueble oscuro con las puertas abiertas y las baldas vacías, las plantas, un hueco en el suelo y otro en la pared.

En la mesa, tres álbumes de tapas verdes.

Encima del mueble, dos cajas de cartón cerradas con cinta y marcadas con rotulador.

Bruna abrió el tercer álbum por la última página y lo dejó sobre el hule.

—Esta. Es la última. Cuarenta y uno, hace dos años. Es cómo estaba.

Tadeo miró la foto. Reconoció el encuadre, porque era el suyo: desde la puerta, a la altura de los ojos, con la galería entera dentro del marco y el paisaje detrás del cristal.

En la foto, detrás del cristal, había una tapia y un almendro.

En la galería, un sillón de mimbre orientado hacia la ventana, no de frente, sino un poco girado, con el brazo derecho más cerca del cristal que el izquierdo.

La cortina de ganchillo recogida a un lado.

Tres cuadros en la pared del fondo, dos pequeños arriba y uno grande abajo.

El ficus a la izquierda, junto al mueble.

Los geranios en el alféizar interior. La cinta colgando de una viga.

—La segunda viga —dijo Bruna—. Contando desde el cristal. Ahora está en la tercera.

—¿Cómo lo sabes?

—Por la sombra. La foto es de las cinco de la tarde, más o menos. La sombra de la cinta cae sobre el brazo del sillón, y con el sol de las cinco eso solo pasa desde la segunda viga. —Señaló el techo—. Y el sillón está girado unos veinte grados. Veinte, veinticinco. No más.

Tadeo no dijo nada. Se agachó.

En el suelo de la galería, en el terrazo gris que Casilda había fregado durante cuarenta años en cuarenta y tres sitios distintos, había cuatro marcas.

Cuatro puntos algo más claros que el resto, redondos, del tamaño de una moneda, formando un rectángulo torcido.

Los tocó con el dedo. Estaban un poco hundidos, lo justo para que la uña los notara.

—Aquí —dijo.

Bruna se agachó a su lado.

—Las patas.

—Las patas. Muchos años repartiendo cartas por debajo de las puertas y se aprende a mirar el suelo.

Ella miró las cuatro marcas y luego la foto, y luego las marcas, y Tadeo la vio hacer con la cabeza un cálculo que él no habría sabido hacer: girar el rectángulo de las marcas hasta encajarlo con el sillón de la foto y comprobar que salían los mismos grados.

—Veintidós —dijo ella—. Vale. Empezamos por el sillón.

* * *

Lo llevaron entre los dos, él por el respaldo y ella por las patas de delante, y lo bajaron despacio. Bruna dirigía sin levantar la voz, en la lengua de quien ha colocado muchas cosas con mucha gente.

—Tu lado un poco más. Un dedo. Otro. Baja.

Las patas de atrás cayeron en sus dos marcas. Las de delante quedaron a un centímetro de las suyas.

—Levanta otra vez.

Lo levantaron. Bruna movió las patas delanteras un centímetro hacia el cristal, sin mirar, con la seguridad de quien mueve una cosa a la que ya ha mirado suficiente, y dijo baja, y bajaron.

El sillón encajó en las cuatro marcas como una llave en una cerradura vieja. Se oyó, incluso: un asentamiento pequeño de la madera al encontrar su hueco.

Bruna se rió.

Fue corto, dos golpes de aire por la nariz y un ruido en la garganta, sin abrir la boca del todo, y le cambió la cara en la parte de los ojos.

Se rió mirando el sillón, no a él, con la cabeza ladeada, como quien acierta un peso al primer intento y no se lo esperaba.

Duró lo que dura una cosa así. Luego se enderezó, se pasó la muñeca por la frente y dijo:

—Uno.

Tadeo se quedó con el sitio. Galería de La Descalza, parcela trece, lado sur, a un metro del cristal. Las once menos veinte. No supo para qué se quedaba con eso y no se lo preguntó, porque preguntarse cosas a esa hora de la mañana no era su costumbre.

—Ahora el mueble —dijo Bruna.

* * *

El mueble no se había movido; lo que se había ido era lo de dentro.

Bruna cortó la cinta de la caja marcada «Galería 1 de 2» con la llave de la calle y fue sacando: mantelerías con papel de seda, una caja de latón con hilos, un cuaderno de cuentas, el papel de periódico de 2003 que forraba las baldas.

Lo puso todo donde había estado, en el orden en que lo había sacado, que ella se sabía porque se sabía el orden en que hacía las cosas.

—Lo desmontaste el lunes —dijo Tadeo.

—El lunes por la tarde.

—Y ahora lo montas.

—Tal como estaba. Es el remedio.

—Ya. —Tadeo sostenía la caja de latón—. Lo digo por el sistema.

—El sistema es perfecto, sí. Me lo dijo la secretaria.

—Cogió la caja de sus manos y la metió en la balda de abajo, a la derecha—.

Lo que yo desmonto, yo lo monto. No es la primera vez.

Una tienda de Navidad en la Castellana, la montamos el uno de diciembre y el cliente cambió de idea el tres. Lo mismo, al revés, en una noche.

—¿Y?

—Y la volvimos a montar el cinco, porque volvió a cambiar. Cobré tres veces.

Eso no fue una risa. Fue otra cosa, un gesto con la comisura que ella se guardó enseguida. Tadeo no lo apuntó.

La cortina de ganchillo fue lo más lento.

Colgaba de una barra fina, de latón, sujeta con dos escarpias por encima del cristal, y en la foto estaba recogida a la izquierda con un cordón.

Bruna subió a una silla, Tadeo le pasó la barra, ella la encajó en las escarpias y la cortina cayó, blanca, larga, con el dibujo de rombos que Casilda había hecho a mano una tarde de julio de hacía veinte años para que se pudiera leer en la galería a las cinco.

—Recogida a la izquierda —dijo Bruna desde la silla, mirando la foto que él le sostenía en alto.

—A la izquierda.

—Con el cordón. Tiene que haber un cordón.

Había un cordón en la caja pequeña, con la cortina. Bruna lo ató como estaba en la foto, con una lazada suelta, y bajó de la silla, y la galería tuvo otra vez su luz mal puesta y su manera de arreglarla.

Los cuadros fueron rápidos. Los dos pequeños arriba, las láminas de flores.

El grande abajo, un bordado en punto de cruz con una casa de color melocotón y un almendro que Tadeo miró un segundo más de lo que miraba las cosas, porque la casa del bordado no tenía escalón de entrada y en punto de cruz eso costaba de hacer.

Por la calle, mientras tanto, pasaba gente.

No mucha. La calle de la doce y la trece era una calle de paso hacia el río y no hacia ningún otro sitio, y en un jueves por la mañana no bajaba nadie por ella salvo quien tenía algo que hacer en el río.

Aquella mañana bajaron, en dos horas, la señora de la veintidós con una bolsa vacía, el chico de la ferretería con las manos en los bolsillos y el propio Tello, que nunca bajaba por allí y que lo hizo despacio, con las manos a la espalda, mirando la galería como quien mira el escaparate de una tienda cerrada.

Ninguno se paró. Ninguno saludó. Los tres volvieron a subir a los diez minutos por la misma calle, sin nada del río.

Tadeo los contó sin querer, porque contaba.

Tello, en particular, tenía una ruta: ayuntamiento, El Fijo, ayuntamiento, casa, y en veinte años no la había alterado más que en campaña.

Que bajara al río un jueves era una noticia del tamaño de una casa en otra parcela, y Tadeo se sorprendió pensando que, de tener que elegir, habría anotado antes lo del alcalde.

Bruna, de espaldas al cristal con la cortina en las manos, no vio a ninguno.

A la una Bruna dijo que quedaban las plantas y la cinta, y que las plantas tenían un orden, y que lo hacía ella sola porque tenía las manos limpias de tierra y él no.

—Tengo reparto —dijo Tadeo.

—Lo sé. A las diez me has dicho que era después del reparto.

—El de la tarde.

—¿Hay dos?

—Hay uno. —Se sacudió las rodillas—. Y luego hay lo que ha llegado tarde.

Bruna lo miró como se mira a alguien que acaba de decir una cosa que no tiene sentido y la ha dicho con total convicción.

—Vale. Mañana a las diez.

—Mañana a las diez.

* * *

Cenó en la cocina, subió a la torre y encendió el flexo.

La cuadrícula del viernes ya estaba impresa, con la fecha arriba y las casillas en blanco, esperando a las cinco.

Sobre ella, la lámina de trabajo, sujeta con las dos pinzas, con dos anotaciones a lápiz que borraría mañana: una maceta en la treinta y ocho que había que volver a comprobar y una cancela en la ciento tres que se había quedado abierta.

Cogió el lápiz.

Sobre la casilla trece, en la lámina, sin tocar el papel, dibujó un círculo. Pequeño, del tamaño de una cabeza de alfiler, en el lado sur de la casilla, a un tercio del borde, que era donde estaba el sillón. Lo cerró bien. Sopló la viruta.

Luego borró la maceta de la treinta y ocho, porque ya la había comprobado, y dejó la cancela, y apagó el flexo, y no borró el círculo.

Parte de Reubicaciones

Día 3. Jueves 3 de junio.

Movimientos: sin movimientos. La Descalza permanece en la parcela 13, junto a La Linterna.

Primer amanecer computable para el Certificado de Asentamiento.

Se hace constar que la Secretaría verificará la aplicación del remedio primero del Manual de Convivencia Itinerante en la vivienda de la parcela 13.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.

Viernes. A las cinco y veinte, en la fila alta del cerro, la casa de Quique no estaba en la setenta y siete.