Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Movimientos: sin movimientos. La Descalza permanece en la parcela 13, junto a La Linterna. Se hace constar que la propietaria pernoctó en el hostal de la gasolinera y que el amanecer de hoy no computa a efectos del Certificado de Asentamiento.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.

Volvió a entrar y se sentó.

—A las ocho.

—A las siete y cuarenta. Las fichas llegan a las ocho y el Parte se clava a las siete y cuarenta, así que el cartógrafo lo sabía antes que yo. —Puri lo dijo sin ningún interés—. Se lo habrá dicho el del hostal en la ruta. Pasa por allí a las seis.

—Todo el pueblo sabe que he dormido en el hostal.

—Todo el pueblo sabe que la propietaria ha dormido en el hostal y que no computa. Lo demás no consta.

Bruna respiró por la nariz.

—Vale. ¿Y ahora qué?

Puri volvió a girar el Manual, lo cerró, y lo abrió por otra página, esta vez por la mitad, sujeta con un segundo clip.

—Para viviendas que no se asientan, el Manual recoge tres remedios oficiales.

Remedio primero: reconstruir la estancia preferida del ocupante anterior tal como estaba.

Remedio segundo: convocar en la casa a todos los vecinos anteriores que continúen localizables.

Remedio tercero: pasar una noche entera dentro sin pronunciar la palabra venta.

—¿Sin pronunciar la palabra?

—Venta.

—¿Y eso funciona?

—Constan casos.

—¿Cuántos?

—Constan. —Puri pasó a la última página.

Había cuatro líneas escritas a máquina y tachadas a mano, con regla, y encima, en su letra ilegible, algo que aun así se leía: «Prácticas sin valor administrativo»—.

Estas no. Cambiar los muebles de sitio, dormir con las ventanas abiertas, pedir disculpas por escrito al Ayuntamiento e irse a vivir a otro pueblo. Ya se han probado.

—¿Irse a vivir a otro pueblo se ha probado?

—Tres veces. La casa se quedó. Ellos volvieron.

Bruna miró la última línea tachada. Debajo, al pie de la página, había una nota pequeña que Puri no leyó y que ella leyó del revés: «Sobre el origen de las mudanzas no consta nada».

—¿Y por qué...?

—No consta.

Puri cerró el Manual y sacó otro libro, este de registro, alargado, con columnas. Escribió la fecha, escribió «Manual», escribió un motivo, y giró el libro.

—Préstamo bajo firma. La propietaria firmará aquí. Devolución en siete días o al obtener el certificado, lo que ocurra antes.

Bruna leyó el motivo antes de firmar. «Vivienda que no se asienta.» Firmó.

Puri le entregó el Manual con las dos manos, como se entrega una cosa que ha sobrevivido a mucha gente.

—Los remedios los aplica la propietaria.

La Secretaría verifica. —Cogió el vaso de café, comprobó que estaba vacío y lo dejó—.

Y otra cosa, ya sin el cargo. Si va a dormir dentro, duerma dentro.

La casa se mueve igual si usted está despierta contando ovejas, porque al final se duerme todo el mundo, y entonces además está cansada.

—Gracias.

—No es nada. Es el artículo nueve.

* * *

Bajó por la calle de la doce y la trece con el Manual bajo el brazo, pesando lo que pesaba, y encontró al cartógrafo en su jardín, agachado entre las tomateras, con un cordel en la boca.

Se enderezó al verla. Tenía tierra en las rodillas y el lápiz en la oreja, y llevaba en el bolsillo de la camisa un sobre que sacó y le tendió por encima de la tapia baja.

—Es de Casilda. Del banco. Sigue viniendo a su nombre.

Bruna lo cogió. Miró, por encima de él, el farol de hierro en lo alto de la torre.

—¿Y eso?

—Lo puso mi abuelo. Para que el cartero encontrara la casa.

—¿Y ahora?

—Ahora el cartero soy yo.

Lo dijo sin ninguna intención, como se dice la hora, y Bruna guardó la frase en el mismo sitio donde guardaba las medidas. Se quedaron cada uno a un lado de la tapia, con un metro de piedra a la altura de la rodilla entre los dos y un Manual de 1953.

—Vale —dijo ella—. Ya me he enterado. La magia quiere que duerma en casa. Y quiere, además, que todo el pueblo sepa dónde no he dormido.

—Las casas. —Él se quitó el cordel de la boca—. No tienen otro nombre. Lo demás es que aquí las cosas se leen.

—Ya.

—Y lo del hostal no lo he puesto yo por gusto. Lo pone el artículo catorce.

—Ya me lo sé. Me lo acaban de leer. —Levantó el Manual—. Tres remedios.

—Tres.

—¿Los conoce?

—Los conoce todo el mundo.

—¿Funcionan?

Él tardó en contestar. Miró la tapia, miró la galería con los cristales limpios y el hueco donde había estado el sillón, y volvió a mirarla a ella.

—A ver. El primero es la estancia preferida tal como estaba.

—Lo sé.

—La de Casilda era la galería. Y la galería está desmontada. El sillón está en el pasillo. Se ve desde la puerta.

—La estaba vaciando. Es lo que he venido a hacer.

—Ya.

—Tengo fotos. Casilda hacía fotos de la galería todos los años. Sé exactamente cómo estaba.

—Entonces es un remedio de una tarde.

—De una tarde no. El sillón pesa, el mueble pesa, hay que colgar tres cuadros y una cortina y las plantas tienen un orden. —Se calló, porque se estaba oyendo—. Es un remedio de un día y medio, con dos personas.

—Con dos personas.

—Con dos.

El cartógrafo se pasó la mano por la nuca y se dejó una raya de tierra.

—¿Y por qué iba yo a mover el sillón de Casilda?

Bruna lo miró. Era una pregunta justa, y las preguntas justas merecían presupuesto.

—Porque a usted tampoco le interesa esto. —Señaló las dos casas con la barbilla, la azul y la de color melocotón, pegadas—. Ayer en el bar todo el mundo lo miraba a usted antes de mirarme a mí. Y usted miraba la taza.

Él no dijo nada.

—Yo necesito siete amaneceres seguidos para vender y tengo diecinueve días. Usted necesita que dejen de mirar hacia aquí. Los remedios sirven para que la casa se asiente, y si se asienta, yo vendo y a usted le devuelven la tapia. Son intereses compatibles. Es un pacto de mínimos.

—Nueve años —dijo él.

—¿Qué?

—Nueve años sin nadie en la trece. Se estaba tranquilo. —Miró la tapia otra vez—. Me gustaría que siguiera así, sí.

—Entonces.

—Entonces mañana. Después del reparto. A las diez.

—A las diez. —Bruna se metió el sobre del banco en el Manual, para no perderlo—. Y otra cosa. Si vamos a mover un sillón entre los dos, nos tuteamos. Con el usted no se levanta nada.

Él pareció considerarlo con la seriedad con la que consideraba, al parecer, todo.

—Bien.

—Bruna.

—Tadeo.

—Ya lo sabía. Lo pone en el tablón.

—Lo pone en la firma.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo —dijo Tadeo, y volvió a agacharse entre las tomateras, y Bruna entendió que la conversación había terminado porque él había vuelto a lo suyo, no porque hubiera querido terminarla, y que en ese hombre las dos cosas eran distintas.

* * *

Esa noche cenó en la cocina de Casilda, con el Manual abierto sobre la mesa por el artículo catorce, y lo leyó tres veces. Pernoctado. Dentro. Contará el primero.

Luego pasó las páginas hacia atrás, hasta el principio, donde había un capítulo que Puri no le había leído: «Deberes del reubicado».

Eran cinco. El primero decía: «Presentarse».

Sin más. Los otros cuatro hablaban del desayuno, de los vecinos, de no preguntar y de dar los buenos días a quien amaneciera al lado.

Bruna cerró el Manual sobre el sobre del banco y se quedó mirando la tapa gris.

—Vale —dijo, a la tapa.

Deshizo la maleta lo justo: el neceser, el pijama, un jersey por si refrescaba. Subió los trece peldaños para nada, porque la puerta del pomo con la raja seguía cerrada, y bajó. Se quitó las botas y las dejó de pie junto a la cama de Casilda, con las cañas tocándose.

Antes de acostarse salió al jardín en calcetines, con la grava clavándose, y midió a pasos el hueco entre su galería y la pared azul. Cuatro pasos y un pie. Volvió a la cama, apagó la luz y lo apuntó mentalmente para que no se le fuera.

Dos metros diez.