Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 3
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Capítulo 3

Bruna

La puerta de al lado de la suya era la suya, en efecto, y Bruna entró en La Descalza por segunda vez en su vida adulta con la sensación de haberse equivocado de casa.

Donde ayer había una tapia y un almendro, hoy había una pared azul.

Se acercó a la galería y la midió con los ojos, por costumbre y por necesidad.

Dos metros y diez, a lo sumo dos veinte, entre su cristal y la pared del vecino.

Una tapia baja de piedra en medio, a la altura de la rodilla, que no separaba nada, porque a la altura de la rodilla no se separa nada.

Al otro lado, un jardín con tomateras atadas a cañas, una manguera enrollada, un banco de madera.

Arriba, la torre. Encima de la torre, un farol de hierro, apagado, que a Bruna le pareció lo único de todo el conjunto que había pedido permiso para estar ahí.

Salió al jardín. Sus geranios, los de Casilda, estaban en el mismo sitio del mismo jardín, que era lo raro: el jardín había venido con la casa, con sus macetas y su grava y su trozo de tapia, y ahora estaba pegado a otro jardín con el que no tenía nada que ver.

La grava de Casilda era gris. La del vecino, más oscura. La línea entre las dos era exacta.

—Dos diez —dijo en voz alta, y volvió a entrar.

* * *

La hoja grapada seguía sobre la mesa de la cocina. La leyó de pie.

«Requisitos para la transmisión de vivienda. Ayuntamiento de Valdevaivén. Uno: escrituras y padrón actualizado. Dos: Certificado de Asentamiento. La vivienda deberá acreditar siete amaneceres consecutivos en la misma parcela. Lo expide la Secretaría municipal previa verificación.»

Siete amaneceres. La misma parcela. Nada más.

Bruna se sentó.

La casa había estado tres meses quieta en la cuarenta y uno, vacía.

Los dos últimos años de Casilda, según el álbum, también quieta.

Había empezado a moverse la primera noche que alguien había dormido dentro, y ese alguien era ella.

Las casas de Valdevaivén se movían con la gente dentro; sin gente no se movían.

Eso no lo ponía en la hoja porque no hacía falta ponerlo: lo sabía cualquiera que hubiera pasado un verano en el pueblo, y ella había pasado seis.

Por tanto.

Sacó el móvil, abrió el calendario y contó. Si dormía fuera esa noche, mañana era el primer amanecer. Siete amaneceres eran hasta el martes siguiente. Le quedaban trece días de margen para vender, firmar y coger el tren. Le sobraba tiempo otra vez, y esta vez no le importó.

El hostal de la gasolinera existía desde antes que ella. Lo había visto al bajar del autobús, con su letrero de neón sin encender y su explanada de camiones. No era el sitio del mundo donde más le apetecía dormir, pero tenía la ventaja de no moverse.

Metió el neceser y el pijama en la maleta, que seguía a medio hacer y ahora estaba a medio deshacer, que es lo mismo mirado desde el otro lado. Dejó las cajas. Dejó los álbumes sobre la mesa camilla. Se puso las botas, que no se había quitado, y salió.

No pasó por el ayuntamiento a las diez. No hacía falta ir a pedir un certificado hasta tener lo que pedía el certificado.

* * *

El hombre del hostal tenía sesenta y muchos años, una rebeca gris y un cuaderno de fichas con el escudo del ayuntamiento en la esquina.

—Nombre.

—Bruna Bellver.

—Vivienda.

—¿Perdón?

—Vivienda. —Señaló la casilla con el bolígrafo—. Aquí todo el mundo tiene vivienda. Hasta los camioneros, que ponen la del camión.

—La Descalza.

El hombre lo escribió despacio, con la lengua asomando. Luego arrancó la ficha por la línea de puntos y la puso en una bandeja donde había otras dos.

—Esto mañana va al ayuntamiento, con el café. Trámite.

—¿Qué trámite?

—El de siempre.

Bruna decidió que no le importaba. Le importó más la habitación: tres por tres, una ventana a la carretera, una cama con colcha de flores y un armario con una percha. Dejó la maleta abierta sobre la silla y se sentó en la cama a comprobar que la cama no se movía. No se movía.

Antes de cenar, Inês le mandó el brief. Cuarenta páginas en el móvil, con fotos de una tienda que no existía todavía: un módulo de cuarenta metros cuadrados que se cargaba en un camión, se montaba en tres días en una plaza de Lisboa, de Oporto, de Burdeos, de donde tocara, vendía durante seis semanas y se iba.

Bruna lo leyó entero sentada en la cama de flores.

Lo que Inês quería era exactamente lo que ella sabía hacer: un sitio que pareciera de toda la vida durante seis semanas y desapareciera sin dejar una marca en el suelo.

Cogió el mantel de papel del hostal, que tenía impreso el escudo de la gasolinera, y dibujó por detrás la planta del módulo con la puerta al norte.

Luego le dio la vuelta al mantel, por si acaso.

Cenó un bocadillo en el bar de la gasolinera, en la barra, con el hombre de la rebeca enfrente y la televisión sin voz.

—Usted es la de la casa que ha amanecido junto a la del cartógrafo.

—Me han dicho que lo sabe todo el pueblo.

—Todo el pueblo no. —Se encogió de hombros—. Yo me entero por las fichas.

Bruna mordió el bocadillo.

—¿Usted la ha visto alguna vez? Moverse.

—Yo sí.

Lo dijo con la naturalidad de quien confirma que ha visto llover.

—En el ochenta y nueve. Estaba pescando en el río, antes de amanecer, y la casa de los Ortuño bajaba por la cuesta del cerro. Despacio. Como un tractor sin tractor. Sin ruido. La vi pasar el puente y seguir hasta la vega.

—En el pueblo dicen que nadie ha visto nunca moverse una casa.

—Nadie menos yo. —Le retiró el plato—. Pero yo no lo digo mucho, porque luego se ponen a preguntar.

* * *

Durmió mal, con los camiones. Se despertó a las seis y media con la luz que entraba por una persiana que no cerraba, se vistió, se puso las botas y a las siete y media cruzaba el puente con la maleta.

En la plaza, alguien estaba clavando el plano.

En la puerta de El Fijo, con un paño en la mano, Fermina la vio pasar con la maleta y no dijo nada, que era una manera de decir bastante.

Lo vio de espaldas, desde la fuente: el cartógrafo, con el rollo bajo el brazo y una chincheta en la boca, sujetando la esquina de arriba a la izquierda con la palma mientras ponía la de abajo.

Trabajaba como quien ha hecho lo mismo tres mil veces y no piensa hacerlo peor por eso.

Bruna no se acercó. Rodeó la plaza por el lado de la iglesia y bajó por la calle de la doce y la trece.

La pared azul seguía ahí. La galería seguía dando a la pared azul. La tapia baja, la grava de dos colores, los geranios.

—Uno —dijo Bruna, y entró a dejar la maleta.

A las nueve en punto estaba en el ayuntamiento.

* * *

El despacho de la secretaria municipal era el primero a la derecha, con la puerta abierta, una mesa grande, dos sillas de visita y una estantería con carpetas de colores por años. Puri estaba detrás de la mesa, con la libreta abierta y una ficha de cartulina sujeta debajo del vaso de café.

—Buenos días. Vengo a...

—La propietaria ha dormido en el hostal.

No era una pregunta. Puri levantó el vaso, sacó la ficha, la puso encima de la mesa orientada hacia Bruna, y volvió a dejar el vaso encima de la libreta.

—El hostal trae las fichas a las ocho. Trámite.

—Ya me lo han dicho.

—El amanecer de hoy no computa.

Bruna miró la ficha. Su nombre, con la letra despaciosa del hombre de la rebeca. Su casa.

—En la hoja pone siete amaneceres consecutivos en la misma parcela. La casa ha amanecido en la misma parcela. Lo he comprobado yo antes de venir.

—La hoja del notario resume. —Puri abrió un cajón—. El Manual no resume.

Sacó un libro de tapas de cartón gris, del tamaño de un cuaderno escolar, con las esquinas redondeadas por el uso y una etiqueta mecanografiada en el lomo: «Manual de Convivencia Itinerante. 1953». Lo abrió por una página señalada con un clip y lo giró hacia Bruna sin soltarlo.

—Artículo catorce. «El Certificado de Asentamiento acreditará siete amaneceres consecutivos de la vivienda en la misma parcela, contados después de que su propietario haya pernoctado en ella la noche anterior.

Computará el primer amanecer en la parcela aunque la vivienda hubiera llegado a ella durante esa misma noche.

No se considerará asentada la vivienda que comunique linde, tendedero o vano con otra vivienda; toda comunicación interrumpe el cómputo, que volverá a empezar de cero cuando cese. »

—«Haya pernoctado en ella.»

—Dentro.

—¿Y lo de comunicar?

—Que si su casa toca a otra casa, no está asentada. Está acompañada. —Puri pasó la página con el dorso del dedo—. No es lo mismo a efectos del Certificado.

—¿Y eso cuándo pasa?

—Nunca. No consta ni un caso desde 1953. —Puri cerró el Manual un dedo—. Está escrito por si acaso. El Manual entero está escrito por si acaso.

—Eso no lo pone en la hoja.

—Por eso existe el Manual.

Bruna se apoyó en el respaldo. Tres por cuatro, el despacho. Ventana a la plaza. Desde la silla se veía un trozo del tablón y una esquina del plano.

—Vale. Entonces, si duermo dentro, la casa se mueve. Y si no duermo dentro, el amanecer no cuenta.

—Correcto.

—Es un sistema perfecto.

—Es un sistema.

—¿Y para vender? Cuando tenga el certificado. ¿Hay que anunciarlo aquí, hay que...?

—La Secretaría no busca compradores. La propietaria puede poner un aviso en el tablón de anuncios, que es el de al lado del plano, o gestionarlo por su cuenta. Lo que se transmite es la vivienda y su derecho de asentamiento. La parcela no se vende porque no es de nadie.

—¿Y cuánta gente lee ese tablón?

—Todo el mundo.

—Ya.

—La propietaria consta en el padrón itinerante desde el viernes, por la notaría. Cuando venda, se dará de baja. Hasta entonces es vecina. —Puri pasó una hoja de la libreta—. Consta en el Parte de hoy. Las copias están en la bandeja de la entrada.

—¿Qué consta?

Puri no contestó. Bruna se levantó, salió al pasillo, cogió una copia de la bandeja y la leyó de pie, junto a la puerta, con la cabeza gacha, como se lee una multa.

Parte de Reubicaciones

Día 2. Miércoles 2 de junio.