Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Vale. Entonces ya está abierto.

—Está abierto. Y la secretaria está aquí. —Fermina señaló a Puri con la barbilla—. Como todo el mundo.

La mujer se volvió. Vio las mesas, las sillas juntas de Quique y Loreto, el alcalde de pie, el perro pegado al cristal. Volvió a mirar a Fermina.

—¿Hay algo?

El silencio de El Fijo tenía una calidad especial. Tadeo lo conocía bien. Era el silencio de un pueblo entero decidiendo, en un segundo, si iba a ser amable.

Tello se despegó de la máquina.

—Vecinos y vecinas, esta corporación...

—Siéntate, Mariano —dijo Fermina.

—Solo iba a dar la bienvenida.

—Pues dala sentado.

Tello se sentó. Puri cerró la libreta.

—La presentación —dijo Puri, en dirección a la barra, sin levantar la voz— es de costumbre, no de ordenanza. Quien amanece junto a un vecino nuevo se presenta y el vecino nuevo le da los buenos días. Consta la asistencia. No consta nada más. —Abrió la libreta otra vez—. Buenos días, señora Bellver.

—Buenos días. —La mujer no se movió de la barra—. ¿Qué presentación?

Chema soltó una risa corta desde la puerta. Amparo le dijo «Chema» desde el rincón, con el tono con que se llama a un perro que va a cruzar, y Chema se calló.

Fermina puso el café con leche sobre la barra.

—Tú eres la de Casilda.

—Bruna.

—Bruna. Siéntate. Te pongo tortilla.

—No quiero...

—Te pongo tortilla.

—Que coma algo —dijo Amparo desde el rincón.

—Va a comer —dijo Fermina.

Bruna Bellver cogió el café, buscó una mesa libre y no la encontró, porque en un día con Parte no las había.

La única silla que quedaba era la de enfrente de Tadeo.

La vio, lo vio a él, vio la tinta del dedo y el lápiz de la oreja, y algo en la manera en que todos evitaban mirar hacia la mesa pequeña se lo dijo.

Se sentó.

—La azul es la suya.

—Es la mía.

—Con la torre.

—Con la torre.

Bruna dio un sorbo largo, como quien se prepara para presentar un presupuesto.

—Vale. Voy a decirle una cosa y quiero que me diga si me equivoco.

Anoche me dormí mirando un almendro. Esta mañana la galería da a una pared azul a dos metros.

Esto es lo de la magia de siempre, lo de las casas, que funciona igual que cuando yo era pequeña, y por lo que veo funciona a mi favor, porque quería estar cerca del ayuntamiento.

Fermina dejó el plato de tortilla delante de ella con más ruido del necesario.

—En el padrón no consta esa palabra —dijo Puri desde la ventana—. Consta la mudanza.

—La mudanza —repitió Bruna, mirando a Tadeo.

—La mudanza —dijo Tadeo.

Ella esperó a que añadiera algo. Él no añadió nada. Ella cogió el tenedor.

—Vale. ¿Y cuánto tarda en volver?

—¿Quién?

—La casa.

—Las casas no vuelven. —Tadeo giró la taza un cuarto de vuelta—. Se mueven.

—Eso ya lo he visto.

—No lo ha visto. Se ha despertado en otro sitio. Nadie lo ve.

Bruna masticó. Miró la ventana, calculó algo, y Tadeo supo que estaba midiendo la distancia entre El Fijo y el ayuntamiento, porque él la había medido de la misma manera hacía muchos años y le habían salido veintidós metros.

—A ver —dijo él, y se arrepintió de haber empezado la frase—. Lo de la lista.

—¿Qué lista?

—El Parte lleva los nombres. El suyo estaba en el padrón. Lo he puesto yo.

—Pues muy bien.

—Lo digo para que lo sepa. Se lee desde la calle.

Bruna dejó el tenedor.

—¿Cuánta gente lee el tablón?

—Todo el mundo.

—¿A qué hora?

—Antes de las ocho.

—Entonces a las ocho todo el pueblo sabía dónde había dormido yo y con quién de vecino, y yo me he enterado a las ocho y media, al abrir una cortina que ya no está. —Volvió a coger el tenedor—. Es una organización interesante.

—Es la que hay.

—No lo digo mal.

—Ya.

Chema volvió a reírse desde la puerta, más bajo, y Amparo no dijo nada esta vez, porque no hacía falta; Fermina había pasado por la mesa de Chema con la cafetera y le había servido sin preguntar, que en El Fijo era una forma de decir que se acabó.

Quique y Loreto se levantaron a la vez.

—Nosotros nos vamos —dijeron—. Bienvenida. Nosotros amanecemos juntos los viernes.

Bruna los miró alejarse con las manos entrelazadas, salir a la plaza y separarse en la puerta, cada uno hacia un lado.

—¿Están casados?

—Desde marzo.

—¿Y viven separados?

—De lunes a jueves. —Tadeo terminó el café—. Duermen mejor.

Ella no preguntó más. Miró a Puri, que la miraba a ella, y a Tello, que había vuelto a ponerse de pie junto a la máquina con una vocación de discurso que no iba a cumplirse esa mañana, y se comió la tortilla entera, sin prisa, con las botas bien plantadas en el suelo.

Tadeo se levantó. Tenía el reparto.

—El ayuntamiento cierra a las dos —dijo.

—Gracias.

—La propietaria puede pasar a las diez con las escrituras —dijo Puri desde la ventana, a nadie en particular, y anotó algo.

—Vale.

—Y la puerta de al lado de la mía es la suya. Por si se lo pregunta al salir.

Bruna lo miró un momento con la taza en la mano.

—No me lo iba a preguntar.

—Ya. —Tadeo cogió la carpeta—. Por si acaso.

Salió antes que ella. En la puerta, Trufo le olió la mano por costumbre, y luego alargó el cuello hacia dentro, hacia las botas que hacían ruido en las baldosas, y se quedó mirándolas con la seriedad con que los perros miran lo que todavía no han clasificado.

* * *

El reparto se hacía con el plano vigente y ese día el plano vigente tenía una casilla nueva, así que hizo la ruta al revés, para acabar en la trece y no empezar por ella.

A la una había repartido todo lo que había que repartir, que era poco, porque el correo llegaba a un pueblo de cuatrocientos habitantes en la proporción en que llegan las cosas a los sitios pequeños.

Dos cartas del banco, una revista de agricultura, un sobre de semillas para la casa de Amparo, la factura del agua de Fermina.

Llevaba el plano doblado en el bolsillo de atrás y no lo sacó ni una vez, porque para eso lo había dibujado.

Cruzó la plaza a la una y diez. Desde la fuente, en la luz de mediodía, las dos casas parecían haber estado allí siempre.

Doce y trece. La tapia baja entre las dos.

La torre de la suya, el farol apagado, la galería de la otra con los cristales limpios y una silla de mimbre que no estaba en la galería sino en el pasillo, visible por la puerta abierta, como si alguien la hubiera sacado para vender el hueco.

En el tablón, el plano del día no había cambiado y no cambiaría hasta mañana. Las casas se leían de lejos. Trece: La Descalza. Doce: La Linterna. Sin cambios.