Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 2
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Capítulo 2

Tadeo

A las cinco en punto Tadeo abrió la puerta de La Linterna, con la copia de ayer doblada en el bolsillo de atrás y el lápiz detrás de la oreja, y en la parcela trece había una casa.

Cerró la puerta. La volvió a abrir. La casa seguía.

Era de color melocotón, de dos plantas, con una galería acristalada en el lado que daba a su jardín y sin escalón de entrada.

En la fachada, unos azulejos azules decían lo que él ya sabía.

Conocía todas las casas del pueblo por su posición, que es como se conocen las casas cuando uno las cuenta cada mañana, y esa la conocía además por el archivo: cuarenta y tres parcelas distintas en cuarenta años, ninguna en los dos últimos, ninguna en los tres meses que llevaba vacía en la cuarenta y uno.

La trece había estado libre desde hacía mucho. Tanto que la gente había dejado de mirarla.

Tadeo no cruzó la valla. No se acercó a los cristales. Sacó la copia de ayer, la desdobló contra el muslo, miró la casilla trece, que estaba en blanco, y la volvió a doblar. Luego echó a andar hacia la plaza, porque la ruta empezaba en la plaza, y un plano no se dibuja desde la puerta de casa.

* * *

Noventa viviendas. Ciento cuarenta parcelas. Una hora y media a paso normal, algo más si había novedades, y esa mañana había una novedad y no era pequeña.

Bajó primero a la vega. Las casas de la vega dormían con las persianas echadas y los perros ya despiertos; el perro de los Ochoa lo saludó desde la puerta como cada día, con un ladrido de trámite.

Comprobó la uno, la dos, la cuatro, la siete.

Comprobó la fila del río, con el puente a la izquierda y el agua sonando a poco.

En la treinta y ocho faltaba una maceta que ayer estaba en el alféizar; se había caído, no se había movido, y se caía dentro del jardín. Eso no se anotaba.

Subió por detrás de la iglesia hacia el cerro, con la ermita arriba y las primeras luces de la sierra detrás.

La casa de Amparo en la cincuenta y dos, sola.

La de Chema en la ochenta y uno, sola, con Trufo dormido en el felpudo.

Era martes. Las casas de Quique y Loreto en sus parcelas de diario, la setenta y siete y la ochenta y nueve, a doce parcelas de distancia, como correspondía a un martes.

Pasó por la escuela, que no se movía, y por el hostal de la gasolinera, que tampoco, con los camiones parados en la explanada y la luz del mostrador encendida desde las cinco para nadie.

Comprobó la fila alta del cerro, donde el viento llegaba antes que la luz, y bajó por el camino del cementerio, que era el único sitio del pueblo donde estaba garantizado que nadie hubiera cambiado de sitio.

Nada más. Lo comprobó dos veces en las zonas donde uno podía distraerse, la del cementerio y la de la gasolinera, porque las novedades tienen la costumbre de venir juntas y no le apetecía publicar una y descubrir otra a las nueve.

Volvió a la plaza cuando el reloj de la iglesia daba las seis y media.

Desde la fuente se veían las dos casas: la azul con la torre y el farol apagado, y la de color melocotón, pegadas por el jardín, doce y trece, con una tapia baja de piedra en medio que llevaba nueve años sin tener nada que separar.

—A ver —dijo, para nadie, y subió a la torre.

* * *

La mesa del estudio medía un metro por un metro, que era exactamente lo que medía el pueblo a escala. Sobre ella, la cuadrícula del día, impresa ayer por Puri en el ayuntamiento, con las ciento cuarenta casillas en blanco y una fecha arriba: «Martes 1 de junio».

Sobre la cuadrícula, sujeta con dos pinzas, tenía una lámina transparente de trabajo donde marcaba a lápiz lo que había que comprobar dos veces antes de pasarlo a tinta. La lámina no era de nadie ni iba a ningún sitio. Esa mañana la levantó, la dejó a un lado, y no la volvió a bajar.

Tadeo se sentó, sacó el tintero, mojó la plumilla y empezó por donde empezaba siempre.

La doce: «La Linterna». Origen. Desde ahí, hacia fuera, en el orden de la ruta, ochenta y nueve nombres que podía escribir con los ojos cerrados y que escribía con los ojos abiertos, uno por uno, porque un plano con los ojos cerrados no es un plano.

Llegó a la trece a la tercera línea. Se detuvo con la plumilla en el aire el tiempo justo para que no goteara.

Escribió «La Descalza».

Debajo de la cuadrícula iba el Parte. Ese sí lo escribía de memoria, porque su formato no había cambiado desde 1953 y él llevaba nueve años sin cambiarlo. Movimientos, recordatorio, firma. La cosa era corta: una casa, dos parcelas, una vecindad. Lo escribió en cuatro líneas.

Luego venía la lista de convocados.

La lista era de Puri, no suya. Un cuadro pequeño al pie del Parte con el nombre de quien tuviera que presentarse, es decir, de quien hubiera amanecido junto a un vecino con el que no hubiera amanecido nunca.

Para que Fermina supiera cuántas tortillas y para que quedara constancia.

Los nombres los sacaba del padrón, y el padrón lo tenía delante, en la carpeta azul, actualizado el viernes por la notaría: «La Descalza. Propietaria: Bellver, Bruna».

Un nombre que él no le había oído decir a nadie. Que iba a leer todo el pueblo antes de las ocho, clavado en una pared, antes de que la dueña del nombre hubiera dicho buenos días.

Tadeo miró la casilla. Miró la ventana, que daba al jardín y, ahora, a una galería con cristales y una cortina que no estaba. Dentro, a esa hora, no se veía nada.

La lista era la lista.

Escribió el nombre.

Bajó a las siete y cuarenta con el plano mural enrollado bajo el brazo y la reducción A3 en una carpeta.

Clavó el plano en el tablón, con las cuatro chinchetas de siempre.

Antes de que pusiera la cuarta ya tenía a dos personas detrás: la señora de la veintidós, que madrugaba para eso, y el chico de la ferretería, que abría a las ocho y pasaba por la plaza para leer lo que no podía leer desde la tienda.

La señora buscó la trece con el dedo en el aire, sin tocar el papel, leyó el nombre de la casa, leyó el nombre de abajo, y dijo «vaya» con la boca cerrada.

El chico no dijo nada. Se fue a abrir la ferretería andando más deprisa de lo normal.

Tadeo entró en el ayuntamiento por la puerta lateral.

Puri ya estaba. Puri estaba siempre. Tenía cincuenta y un años, el pelo recogido y una libreta que no soltaba ni para firmar, y cogió el A3 sin levantarse.

—Trece.

—Trece.

—Junto a la doce.

—Junto a la doce.

Puri anotó algo en la libreta con una letra que no se leía desde ningún ángulo.

—Un desplazamiento no constituye promesa afectiva —dijo, sin mirarlo, en el tono en que se recuerda que la oficina cierra a las dos.

—Ya.

—Lo digo para que conste. Lo van a decir de todas formas.

—Ya.

—Convocada a las nueve. Si no ha leído el tablón, no ha leído el tablón. —Pasó una hoja—. Fermina lo sabe desde las siete menos cuarto, por si te lo preguntabas.

No se lo preguntaba. Fermina lo sabía todo desde las siete menos cuarto.

Puri metió el A3 en la fotocopiadora, sacó las treinta copias de rigor y las dejó en la bandeja de la entrada, donde el pueblo las cogía al pasar.

La de abajo del todo, como cada día, bajaría al sótano, a la cajonera de ese año, con las otras ciento cuarenta y pico del año y las de todos los años desde 1953.

Tadeo la vio hacerlo y sintió lo que sentía cada mañana al ver el archivo tragarse el día: que estaba bien.

Que las cosas, al menos, quedaban en algún sitio.

Parte de Reubicaciones

Día 1. Martes 1 de junio.

Movimientos: La Descalza, de la parcela 41 a la 13, junto a La Linterna. Primera reubicación desde el cambio de propietaria. Se hace constar que la vivienda llevaba tres meses sin ocupación. Parcela 41: vacía.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

Convocada: Bellver, Bruna (La Descalza).

T. Luján, cartógrafo municipal.

El Fijo abría a las siete, pero a las nueve menos cinco de un día con Parte estaba como no estaba ningún otro día: con todas las mesas ocupadas y nadie sentado del todo.

Tadeo entró y supo dónde estaba cada uno antes de mirar.

Fermina detrás de la barra, con el delantal y la tortilla ya cortada en la fuente grande.

Puri en la mesa de la ventana, con la libreta al lado del café.

Tello de pie junto a la máquina, porque el alcalde nunca se sentaba en un desayuno hasta que había dicho algo.

Amparo en la mesa del rincón. Chema en la de la puerta, con Trufo atado fuera y mirando hacia dentro.

Entre la mesa del rincón y la de la puerta había doce metros y cuatro años, y ninguno de los dos los cruzaba nunca, salvo los domingos, que no contaban.

Quique y Loreto en la mesa del medio, en dos sillas juntas, uno con la mano en la rodilla del otro, como si llevaran una semana sin verse en lugar de un fin de semana.

Todo el mundo lo miró a él.

Se sentó en su sitio, la mesa pequeña al lado del perchero, y Fermina le puso el café delante sin que lo pidiera.

—Ha dormido dentro —dijo Fermina.

—No lo sé.

—Ha dormido dentro. Las luces se apagaron a las diez y cuarto.

—No estaba mirando.

—Yo tampoco. —Le puso un plato con un pincho de tortilla—. Cómete eso.

Dieron las nueve. Dieron las nueve y cinco.

Tello carraspeó dos veces y Puri lo miró una, y con eso bastó.

A las nueve y diez, Loreto dijo que a lo mejor no había visto el tablón, y Quique dijo que a lo mejor no sabía lo del desayuno, y los dos dijeron, a la vez, que ellos tampoco lo sabían al principio.

A las nueve y veinte se abrió la puerta.

La mujer que entró era alta, tenía el pelo mojado y llevaba unas botas de ciudad que hacían ruido en las baldosas.

No miró a nadie. Miró el bar: la barra, la puerta del fondo, la ventana, las mesas, con una atención rápida que Tadeo reconoció porque era la suya, la de quien entra en un sitio y lo cuenta.

Después fue a la barra.

—Buenos días. Un café con leche, por favor. ¿Sabe a qué hora abre el ayuntamiento?

Fermina se limpió las manos en el delantal.

—A las nueve.