Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Alguien tendría la llave. Alguien había estado regando las plantas, y ese alguien sabría dónde estaba. Preguntar significaba ir a la plaza, entrar en un sitio, decir quién era, aguantar que la miraran las botas.

Tenía veintiún días. La habitación se podía vaciar la última semana, con un cerrajero, en una hora. Decidió no preguntar.

Bajó los trece peldaños.

* * *

Inês llamó a las siete y cuarto, cuando Bruna estaba de rodillas delante del mueble bajo con la primera caja montada.

—¿Ya estás en tu pueblo?

—No es mi pueblo. Es un pueblo.

—Vale, en un pueblo. —Inês se reía por teléfono con la misma prisa con la que hacía todo—.

Te lo digo por escrito luego, pero te lo digo ahora: la oferta vence el catorce de junio.

Si el catorce no tengo tu sí, se lo ofrezco a la segunda.

Incorporación el veintidós en Lisboa. Ocho ciudades en doce meses, tú diriges todo el diseño, la tienda viaja contigo. Es tu proyecto, Bruna. Es el proyecto.

—Lo sé.

—¿Entonces?

Bruna miró la galería. Las puertas correderas del mueble estaban abiertas y dentro había mantelerías dobladas con papel de seda, una caja de latón con hilos, tres álbumes de fotos y una bolsa de la farmacia llena de facturas.

—El catorce te digo.

—¿Qué te falta?

—Cerrar esto. No firmo una cosa con otra abierta.

—Eso no es un argumento, es una manía.

—Es la misma manía por la que me quieres contratar.

Inês se rió otra vez, dijo algo sobre la segunda de la lista que Bruna no escuchó, y colgó.

El móvil vibró de inmediato con un mensaje de su madre. «¿Has llegado? No te líes. Vende y vuelve.»

Bruna escribió «Vale» y siguió con el mueble.

En el piso de su madre, la habitación que había sido suya era ahora el despacho de la pareja de su madre, con una bicicleta estática en el sitio de la cama.

En el de su padre no había llegado a haber habitación: había un sofá cama en el salón y un armario con dos baldas libres que nunca llenó.

Bruna no pensaba en eso. Lo sabía, que es distinto, como se sabe la altura de un techo.

Las mantelerías fueron a la caja grande. Las facturas, a la bolsa de basura. La caja de latón con hilos, a la caja grande también, porque pesaba y no era suya y no tenía por qué decidir nada sobre ella. Los álbumes los abrió.

Eran tres álbumes iguales, de tapas verdes, y los tres contenían fotos de la galería.

Solo de la galería. Desde la puerta, con el mismo encuadre, o casi: el sillón, la cortina, las plantas, y detrás de los cristales, cada vez, un paisaje distinto.

En una foto, la galería daba al río. En otra, a un corral con gallinas.

En otra, a la pared trasera de la iglesia.

En otra, a una casa amarilla con un tractor delante.

Debajo de cada foto, con la letra de Casilda, un número y una fecha.

«27. Agosto del 91.» «8. Mayo del 94.» «112. Octubre del 98.»

Bruna pasó las páginas hasta el final del tercer álbum. La última foto tenía el número cuarenta y uno y una fecha de hacía dos años y pico. La galería daba a una tapia y a un almendro. Era lo que daba ahora.

Cerró el álbum, lo puso encima de los otros dos y los apartó a un lado, sobre la mesa camilla, fuera de las cajas. Para lo que no se tira.

Después trabajó como trabajaba siempre, con el móvil en silencio y el reloj contando.

Vació el mueble del todo, hasta el fondo, hasta el papel de periódico que forraba las baldas y que era de 2003.

No dejes nada en los armarios. Se lo decía a los clientes cuando desmontaban una tienda y se lo decía a sí misma cada vez que cambiaba de piso, que era a menudo: lo que se queda en un armario es lo que alguien tendrá que decidir por ti.

Descolgó la cortina de ganchillo, la dobló en cuatro y la metió en la caja pequeña.

Descolgó los tres cuadros de la pared del fondo, dos láminas de flores y un bordado, y los envolvió en papel de periódico que encontró debajo del fregadero.

El sillón no pasaba por la puerta de la galería de frente.

Lo midió con la mano abierta: ochenta de ancho el sillón, setenta y dos la puerta.

Lo tumbó, lo giró un cuarto, lo pasó de lado con el respaldo por delante, como se pasa cualquier cosa que alguien metió antes de poner el marco, y lo dejó en el pasillo, arrastrándolo por las patas.

La galería se quedó con la mesa, el mueble vacío, las plantas y el hueco enorme que deja un sillón de ochenta centímetros cuando lleva muchos años en el mismo sitio.

Miró el hueco. Un espacio se desmonta mejor de lo que se monta. Eso lo sabía todo el mundo que hubiera montado alguno.

Dos cajas de seis. Cerró la grande con cinta, la marcó con rotulador, «Galería 1 de 2», y la apoyó contra el mueble vacío. Le quedaban cuatro cajas y veinte días. Le sobraba tiempo, y no le gustaba que le sobrara.

* * *

A las diez ya no había luz que aprovechar.

El dormitorio de Casilda estaba en la planta baja, al fondo del pasillo, con una ventana al almendro.

La cama estaba hecha. No la había hecho Casilda, porque una cama no aguanta tres meses hecha con esa tirantez; la había hecho la misma persona que regaba las plantas, y Bruna decidió no pensar en quién era, porque no le hacía falta.

Abrió el armario de dos puertas por hacer algo con las manos. Los vestidos de Casilda, colgados por colores, con las mangas hacia el mismo lado. Un olor a lavanda seca. Lo cerró. Eso era otra caja, y no era de hoy.

Puso la maleta abierta sobre la silla, sacó el neceser y el pijama y no sacó nada más. Una maleta se deshace cuando te quedas. Se quitó las botas y las dejó de pie junto a la cama, con las cañas tocándose, donde pudiera encontrarlas a oscuras.

Se lavó los dientes en un baño con azulejos verdes que también seguían siendo verdes.

Por la ventana del dormitorio se veía la parcela: la tapia, el almendro, un trozo de cielo. La casa más cercana quedaba a treinta metros, al otro lado de la calle, con una luz encendida arriba. Treinta metros era una distancia razonable para no tener que saludar.

Antes de apagar la luz miró la habitación desde la cama, por costumbre. Tres por tres y medio. Armario de dos puertas. Mesilla con un vaso vacío. Ventana. Puerta. Las cosas cabían de sobra. Siempre cabían de sobra en los sitios donde no iba a quedarse.

Arriba, la puerta del pomo con la raja seguía cerrada. La maleta seguía a medio hacer. Bruna apagó la luz.

No se oyó nada.