Mi casa se ha enamorado de la tuya Capítulo 1
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Mi casa se ha enamorado de la tuya

Mi casa se ha enamorado de la tuya

Por Sofia Castells

© inepub.com

Capítulo 1

Bruna

El conductor del autobús le preguntó dónde la dejaba y Bruna le enseñó la carta del notario, porque en la carta ponía la única dirección que tenía.

—«Vivienda denominada La Descalza. Parcela de reposo, cuarenta y uno» —leyó el hombre, sin coger el papel—. Eso no es una dirección.

—Es lo que me han dado.

—¿Es de aquí?

—No.

—La dejo en la gasolinera. Desde ahí, andando, diez minutos hasta la plaza. Pregunte por la cuarenta y uno. Hoy debería estar.

Hoy. Bruna guardó la carta en el bolsillo interior de la chaqueta y volvió a su asiento.

Llevaba dos horas y cuarenta minutos midiendo el autobús: cuarenta y ocho plazas, pasillo de sesenta y cinco, techo bajo, luz de tubo que no favorecía a nadie.

Había pensado tres formas de convertirlo en una tienda de temporada, por hacer algo, y las tres tenían el mismo problema: un espacio que se mueve no se puede montar bien, porque no sabes qué va a tener al lado cuando pare.

Bajó en la gasolinera con una maleta pequeña, una bolsa larga con seis cajas plegadas y un rollo de cinta de embalar. Las cajas le pesaban más que la maleta. Siempre.

* * *

La carretera entraba en el pueblo por un puente de piedra sobre un río que se cruzaba en cuatro pasos. Después venía una cuesta corta, un olor a leña que a las seis de la tarde de un lunes no tenía explicación, y la plaza.

La plaza estaba donde la había dejado. La iglesia, el ayuntamiento con la bandera, un bar con las persianas a medio subir y un rótulo que decía El Fijo con la efe algo torcida, y la fuente de los tres caños.

Bruna contó los caños porque era lo que hacía a los diez años, y seguían siendo tres.

Junto a la fuente, una mujer con una garrafa esperaba a que se llenase.

—Perdone. ¿La casa de Casilda Bellver?

La mujer la miró de arriba abajo, con más atención en las botas que en la cara.

—La Descalza. Hoy en la cuarenta y uno.

Otra vez hoy. Bruna señaló el pueblo entero con la barbilla.

—¿Entonces sigue igual esto? Lo de la magia y las casas y...

—La mudanza. —La mujer cerró el grifo—. Aquí se dice la mudanza.

Le indicó con la garrafa un tablón de madera clavado a la pared del ayuntamiento, bajo un tejadillo.

—El tablón cambia cada mañana. Si me lo pregunta mañana, le digo otra cosa.

Y se fue.

El tablón tenía un metro por un metro. Bruna lo supo antes de acercarse, por la proporción con la puerta.

Era una cuadrícula impresa de ciento cuarenta casillas y, dentro de cada casilla, escrito a tinta con una letra pequeña y muy igual, el nombre de una casa o nada.

Arriba, a mano: «Lunes 31 de mayo». Abajo, un sello del ayuntamiento y una firma que no intentó leer.

No había calles. O las había, porque el pueblo tenía calles, pero en el plano no aparecían con nombre.

Aparecían los números. Bruna leyó la cuadrícula entera antes de buscar, porque un plano se lee entero o no se lee: ochenta y tantos nombres, cincuenta huecos, una casa que se llamaba La Puntual, otra que se llamaba La Parra, una Casa de Amparo sin más adorno, y en la doce, pegada a la plaza, La Linterna.

La trece, en blanco. Buscó el cuarenta y uno por la parte de abajo, donde las casillas se apretaban hacia el río, y lo encontró en la tercera fila desde el borde: «La Descalza».

Debajo del plano, en una hoja aparte, sujeta con una sola chincheta, había un aviso mecanografiado.

«Parte de Reubicaciones. Lunes 31 de mayo.

Movimientos: casa de Quique, de la parcela 88 a la 77.

Se recuerda a los reubicados el desayuno de las nueve en El Fijo.

T. Luján, cartógrafo municipal.» Bruna lo leyó dos veces.

No sabía quién era Quique, ni por qué su casa iba de un número a otro un lunes, ni para qué quería un pueblo de cuatrocientos habitantes un cartógrafo municipal.

Sabía leer un aviso, y aquel estaba bien escrito: decía lo que había pasado y lo que había que hacer, en ese orden, sin adjetivos.

Sacó el móvil para hacer una foto del plano y se lo pensó. Lo guardó. Se aprendió el camino como se aprendía un montaje: desde la fuente, la calle de detrás de la iglesia, bajando, hasta un cartel de chapa que decía «Parcelas 36 a 48», y luego a la derecha.

La calle bajaba entre tapias bajas de piedra, cada tapia con su cancela y, detrás de cada cancela, un rectángulo de tierra del tamaño de un jardín, con una casa dentro o sin ella.

Las vacías se notaban de lejos: hierba corta, gravilla en el centro, dos tomas de agua y luz tapadas con una chapa.

Una mesa puesta para alguien que no ha llegado.

Bruna contó cuatro vacías entre la fuente y el cartel.

En la capital, un solar era un solar. Aquí era un sitio libre.

La treinta y seis tenía un tractor. La treinta y nueve, una casa amarilla con la ropa tendida. La cuarenta, nada. La cuarenta y uno estaba al final, contra una tapia más alta que las demás y un almendro que asomaba por encima.

* * *

La casa era de color melocotón. Eso lo recordaba. Lo que no recordaba era que fuese tan pequeña, y sabía que no era la casa, era ella, que había crecido treinta centímetros y varias ciudades desde la última vez.

En la fachada, en azulejos azules, el nombre: La Descalza. Debajo del nombre, la puerta. Delante de la puerta, nada. Su pie derecho buscó el escalón que no había y bajó al suelo con la torpeza de quien se equivoca de altura en una escalera oscura. Se quedó un segundo así, con la mano en el marco.

Casilda había hecho quitar el escalón el año en que Bruna cumplió doce, para poder salir descalza a por el pan sin tener que bajar nada, y Bruna se había pasado aquel verano bajándolo igual, por costumbre, y aterrizando con un golpe de talón que se oía desde la cocina.

Dieciocho años después el pie seguía sin enterarse.

Sacó el llavero.

El notario le había dado un llavero con cinco llaves, un sobre con las escrituras y una hoja aparte, grapada, con el membrete del ayuntamiento de Valdevaivén, que decía «Requisitos para la transmisión». No la había leído. Tenía veintiún días y un orden.

La segunda llave abrió.

Dentro hacía fresco y olía a casa cerrada.

A la izquierda, la cocina, con la mesa pequeña pegada a la pared y dos sillas, una de ellas con la pata calzada con un taco de corcho que reconoció sin querer.

A la derecha, el dormitorio de Casilda, con la puerta entornada, y el baño.

Abrió el grifo de la cocina y salió agua.

Encendió la luz y se encendió. Alguien había pagado eso también.

Dejó las escrituras y la hoja grapada sobre la mesa de la cocina.

La hoja se titulaba «Requisitos para la transmisión» y tenía un solo punto en negrita a media página, «Certificado de Asentamiento», con dos líneas debajo que ya leería.

Tenía veintiún días: veinte para vaciar y vender, uno para firmar lo que hubiera que firmar en el ayuntamiento, y el veintidós, Lisboa.

Lo había calculado en el autobús y le cuadraba con margen.

El pasillo medía un metro veinte de ancho y llevaba, sin pensárselo mucho, a la galería.

La galería era la casa. Casilda lo decía así: la casa es la galería, lo demás es donde se guarda la galería por la noche.

Cuatro metros de largo por dos ochenta de fondo, acristalada de arriba abajo por la cara sur, con un techo de vigas que Bruna había contado a los doce años. Doce vigas. Las volvió a contar. Doce.

Todo seguía en su sitio, que era lo peor.

El sillón de mimbre orientado hacia la ventana, con el cojín de lana hundido por el lado derecho.

La mesa camilla con el hule. El mueble bajo de madera oscura con las puertas correderas.

La cortina de ganchillo, blanca, que Casilda había hecho porque el sol de la galería entraba a las cinco de la tarde justo a la altura de los ojos, y no había manera de leer.

Las plantas. Un ficus, dos geranios, una cinta que colgaba del techo y llegaba casi al suelo.

Las plantas estaban vivas. Tres meses. Alguien había venido a regarlas.

Bruna no se sentó en el sillón. Dejó la maleta y la bolsa de las cajas en el pasillo, apoyadas contra la pared, y midió la galería por segunda vez, ahora en voz alta, porque en voz alta se le quedaban.

—Cuatro por dos ochenta. Mueble, uno sesenta. Sillón, ochenta. Mesa, noventa de diámetro.

Una tarde. Dos cajas grandes para el mueble, una pequeña para lo que no se tira.

El sillón y la mesa se vendían con la casa o no se vendían.

Las plantas se regalaban. A quién, ya lo vería; en un pueblo de cuatrocientas personas tenía que haber alguien que quisiera un ficus, y ella no conocía a ninguna de las cuatrocientas, lo cual simplificaba la elección.

Subió al piso de arriba por una escalera de trece peldaños. Trece. El de arriba del todo crujía en el mismo sitio, que era más o menos lo que se podía esperar de un peldaño.

El piso de arriba tenía dos puertas. La de la izquierda, abierta, era el cuarto de la plancha, con la tabla plegada contra la pared y una ventana pequeña a la calle. La de la derecha estaba cerrada.

Era una puerta de madera pintada de blanco, con un pomo de porcelana con una raja. Bruna la conocía mejor que ninguna otra puerta del mundo, incluidas las de las dos casas donde había crecido, porque era la única que había sido suya de junio a agosto, sin turnos.

Probó el pomo. Cerrada con llave.

Sacó el llavero y fue probando. La primera era la de la calle.

La segunda, la de dentro. La tercera entraba en la cerradura y no giraba.

La cuarta era demasiado grande; la quinta, de un candado.

Ninguna era pequeña. Las cerraduras de las puertas de dentro llevaban llaves pequeñas, de las que se pierden.

Se quedó mirando el pomo con la raja. La puerta medía dos metros por setenta, como todas las de la casa, y detrás había una habitación de tres por dos y medio con una ventana al este que a las siete de la mañana de julio daba en la cara. Eso también lo sabía sin abrir.