Mi Caos Perfecto CAPÍTULO 29 LA SONRISA DEL OSITO
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CAPÍTULO 29 LA SONRISA DEL OSITO

GIA

La villa amanece con olor a café y a pan caliente.

Mateo está en la cocina, con un delantal ridículamente pequeño que le prestó Lucía, preparando el desayuno.

Los trillizos corretean por el patio, persiguiendo a una gallina descarriada.

Y yo, sentada en el porche con la mano alrededor de la taza, observo la escena con una paz que me asusta.

Cuatro años huyendo. Cuatro años criando a tres hijos sin su padre. Cuatro años esperando a que Bianca apareciera. Y, por fin, todo se ha alineado. Mateo está aquí. Los niños lo adoran. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me siento en casa.

Demasiado bonito para ser verdad. Y en mi experiencia, cuando algo es demasiado bonito, es porque alguien está a punto de cagarla.

El timbre de la verja suena. Mateo levanta la vista, la mandíbula tensa. Los trillizos se detienen, alertas. Y yo, que llevo años entrenándolos para reaccionar ante lo inesperado, noto cómo la calma se desvanece.

—Gia —dice Mateo, la voz grave—. ¿Esperas a alguien?

—No. —Me levanto, la taza olvidada—. No espero a nadie.

—Pues no abras. —Mateo se quita el delantal y se acerca a la puerta—. Espera aquí. Y vigila a los niños.

—¿Vigilarlos? —Sonrío, una sonrisa que no llega a los ojos—. Los he entrenado para esto. No van a esconderse.

—No me gusta.

—A mí tampoco. Por eso vamos a recibir a la visita.

Dante, Marco y Lucía se alinean a mi lado, como una mini unidad de asalto. Son tan parecidos a su padre que duele. Y cuando la verja se abre y veo a Bianca, con su vestido blanco y su sonrisa de serpiente, sé que todo el trabajo de estos años está a punto de dar sus frutos.

—Hola, Gia. —Bianca avanza por el camino de grava, flanqueada por dos guardaespaldas—. Cuánto tiempo.

—No el suficiente. —Me cruzo de brazos—. ¿Qué quieres?

—Nada. Solo he venido a darte una sorpresa. —Sus ojos se desvían hacia los niños, y una chispa de asco le cruza el rostro—. Veo que tienes crías. Como una coneja.

—Son mis hijos. —Mateo se interpone, la voz como un trueno—. Y si los vuelves a mirar así, te arranco los ojos.

—No serás tú quien lo haga. —Bianca alza una mano, y los guardaespaldas sacan sus armas—. He venido a terminar lo que empecé. Y esta vez, no habrá una gimnasio lleno de mafiosos que te salve.

—No necesito que me salven. —Me coloco junto a Mateo, la mano en la pistola que llevo en la espalda—. Pero, por cortesía, te doy una oportunidad. Lárgate. Ahora. Y no volveré a perdonarte.

—¿Perdonarme? —Bianca se ríe, una risa de cristal—. No te pedí perdón la primera vez. No lo voy a hacer ahora.

—Pues no digas que no te avisé.

En ese instante, Lucía da un paso al frente. Su vestido amarillo ondea con la brisa, y su mano derecha se cierra sobre la pistola que le regalé en su tercer cumpleaños. Es un arma pequeña, de juguete para cualquiera que no la conozca. Pero Lucía no es cualquiera. Y yo le enseñé a no dudar.

—No me gusta esa señora, mamma —dice, la voz clara.

—Lo sé, cucciolo. —Me agacho a su lado—. A mí tampoco.

—¿Puedo hacerla callar?

—No, Lucía. —Mateo se agacha al otro lado—. Eso es cosa de adultos.

—Pero mamma dice que los adultos son lentos. Y que a veces hay que actuar.

Bianca suelta una carcajada.

—¿Vais a dejar que una niña pelee por vosotros? Qué patético.

—No. —Mateo se levanta, los puños cerrados—. Voy a pelear yo. Y tú, zorra, te vas a arrepentir de haber venido.

—Eso lo veremos.

Bianca chasquea los dedos, y sus guardaespaldas nos apuntan. Pero antes de que puedan disparar, Lucía levanta la pistola y aprieta el gatillo.

El disparo resuena en el patio, seco y definitivo. La bala cruza el aire y se incrusta entre ceja y ceja de Bianca. La rubia se queda quieta, con los ojos abiertos y la sonrisa congelada. Luego, lentamente, se desploma.

El silencio es absoluto. Los guardaespaldas bajan las armas, incrédulos. Mateo se gira hacia Lucía, la mandíbula desencajada. Y yo, con el corazón desbocado, me llevo la mano a la boca.

—Coño —murmuro.

Mateo no dice nada. Solo mira a su hija, que sostiene la pistola con las dos manos, la postura perfecta, la mirada fría. Y entonces, lentamente, sonríe. Esa sonrisa de depredador que me ha erizado la piel desde el primer día. Esa sonrisa que dice "mira lo que hemos creado".

—Buena puntería, renacuajo —le dice, la voz ronca.

—Gracias, papá. —Lucía baja el arma, con una calma que me hiela la sangre—. Mamma me enseñó.

—Lo sé. —Mateo se agacha, le revuelve el pelo y la abraza—. Y estoy orgulloso de ti.

—¿Orgulloso? —repito, la voz más aguda de lo normal—. ¡Acaba de matar a una mujer! ¡Delante de nosotros! ¡Y tú la felicitas!

—La ha matado porque era una amenaza. —Mateo se levanta, los ojos fijos en los míos—. Y porque tú le contaste lo que Bianca nos hizo. Lo que nos hizo a todos.

—Le conté lo suficiente. —Aprieto los puños—. Pero no esperaba que la reconociera.

—La reconoció por las fotos. —Dante da un paso al frente, con Marco a su lado—. Y por lo que nos dijiste de su pelo rubio y su sonrisa de serpiente. No podíamos dejarla escapar.

—No era vuestra decisión.

—Era nuestra familia. —Marco me mira, los ojos de su padre—. Y la familia se protege.

—Malditos renacuajos. —Me paso la mano por la cara—. Os he educado demasiado bien.

—Eso es verdad. —Mateo sonríe, y esa sonrisa me derrite—. Y por eso, Gia, no voy a castigarte por haberles enseñado a disparar. Al contrario. Voy a darte las gracias.

—¿Las gracias?

—Sí. —Se acerca, los niños a sus pies, los guardaespaldas huyendo—. Porque sin ti, y sin ellos, hoy estaríamos muertos. Y en cambio, estamos vivos. Y juntos. Y en casa.

—Eso es muy cursi.

—Lo sé. Se me está pegando.

—¿De quién? ¿De los niños?

—De ti. —Me besa la frente—. Siempre de ti.

Los trillizos se abalanzan sobre nosotros, riendo, ajenos al cadáver de Bianca y a la sangre que empieza a teñir la grava. Y yo, rodeada por mi familia, me doy cuenta de que la guerra ha terminado. No porque Bianca esté muerta. Sino porque, por fin, he dejado de luchar.

—¿Qué hacemos con el cuerpo? —pregunto, señalando a Bianca.

—Lo metemos en el maletero. —Mateo se encoge de hombros—. Y lo tiramos al mar.

—Eso es muy mafioso.

—Lo soy.

—Y yo también. —Le rodeo la cintura con el brazo—. Por eso te quiero.

—Pues demuéstralo. —Me levanta en brazos, entre los gritos de los niños—. Y de paso, prepárate. Porque esta noche, después de acostar a los renacuajos, voy a darte las gracias como es debido.

—¿Con veinticuatro centímetros?

—Con veinticuatro centímetros. Y mucho más.

—Suena bien.

—Será mejor que bien.

Me besa, y los trillizos aplauden. El cadáver de Bianca se enfría en el patio, y el sol se alza sobre Nápoles, testigo de un final que yo nunca habría imaginado. La rubia de pelo en pecho ha caído. Y lo ha hecho por la mano de una niña de cuatro años. Mi niña. Mi justiciera.

No sé si sentirme orgullosa o aterrada. Probablemente ambas cosas. Pero una cosa es segura: la guerra ha terminado. Y nosotros, los Reyes-Russo, ganamos.

Esa noche, después de acostar a los trillizos, Mateo me lleva a la cama. Y mientras me desnuda, me susurra al oído:

—Has criado a una asesina, Gia.

—Lo sé. —Le muerdo el cuello—. Y tú la has felicitado.

—Es mi hija. —Me tumba en el colchón—. Y ha heredado lo mejor de los dos.

—¿Lo mejor? —Me río—. Acaba de matar a una mujer. Eso no es lo mejor.

—Es lo necesario. —Me mira, los ojos oscuros—. Y cuando crezca, será imparable.

—Pues que Dios nos pille confesados.

—No necesitamos a Dios. —Se coloca sobre mí, la sonrisa depredadora—. Nos tenemos a nosotros.

—Y a los renacuajos.

—Y a los renacuajos. —Me besa—. Ahora calla. Que los niños duermen.

—No pienso callar.

—Pues tendré que taparte la boca.

—Inténtalo, osito.

Y lo hace. Vaya si lo hace.