EPÍLOGO LA BODA EN LA PLAYA
MATEO
La playa de Nápoles se extiende ante nosotros, dorada y radiante, con el mar brillando como un espejo.
Las olas rompen suavemente contra la orilla, y el sol de la tarde lo tiñe todo de un tono melocotón.
Hay guirnaldas de flores blancas colgadas de las palmeras, farolillos de papel meciéndose con la brisa, y una alfombra de pétalos que lleva hasta un altar improvisado. Huele a sal, a jazmín y a promesas.
Dante, Marco y Lucía corren descalzos por la orilla, persiguiendo gaviotas. Llevan trajes diminutos y coronas de flores, y se ríen con esa risa contagiosa que me ha devuelto la vida. Son mis hijos. Y hoy, por fin, voy a casarme con su madre.
—Estás llorando —me dice Liam, apareciendo a mi lado con una copa de champán en la mano.
—No lloro. Tengo alergia a la felicidad.
—Eso no existe.
—Existe. Me la diagnosticó Enzo.
—Enzo es médico, no alergólogo.
—Es lo mismo.
Liam se ríe y me da una palmada en el hombro. Está más delgado que la última vez que lo vi, pero su sonrisa sigue intacta. A su lado, Isa le da un codazo y me tiende un pañuelo.
—Toma, osito. Se te corren las lágrimas.
—No son lágrimas. Es sudor.
—Claro. —Isa me guiña un ojo—. Como cuando Gia te llamó "osito gruñón" en el gimnasio y casi te desmayas.
—No me desmayé.
—Casi. —Isa sonríe—. Y fue adorable.
—No fui adorable.
—Lo fuiste. Y lo sigues siendo.
Me limpio la cara con el pañuelo y miro hacia la villa. Gia saldrá en cualquier momento. Lleva horas encerrada con Sofía y las chicas, arreglándose. Y yo, que he esperado cuatro años para este instante, siento que cada minuto es una eternidad.
—Tranquilo, Mateo —me dice Dorian, con Lorenzo en brazos y Elena de la mano—. No se va a escapar.
—No lo sé. —Me encojo de hombros—. Es Gia. Nunca se sabe.
—Cierto. —Dorian sonríe—. Es impredecible. Como su hermana.
Valentina aparece a mi lado, con un vestido azul noche y una pistola discretamente escondida bajo la falda. Me mira con una mezcla de orgullo y advertencia.
—Si le haces daño, te mato —me dice.
—Lo sé.
—Y si la haces llorar, te mato.
—También lo sé.
—Y si no la haces feliz...
—Me matas. —Le sostengo la mirada—. Lo tengo claro, Val. Desde el primer día.
—Bien. —Su expresión se suaviza—. Entonces, bienvenido a la familia. Otra vez.
—Gracias.
—No me las des. —Valentina se cruza de brazos—. Solo asegúrate de que mi hermana sonría. Y de que mis sobrinos no se coman la tarta antes de la ceremonia.
—Eso no lo puedo prometer.
—Lo sé. Por eso me quedaré cerca.
Sebastián se coloca junto al altar, con su libro de poesía en una mano y la licencia oficiante en la otra.
Alice, su esposa, le ajusta la corbata con una sonrisa.
Han venido todos: Aria, Enzo, Sofía, Furia, Sombra, Medusa, Mercedes, y hasta los mafiosos que me ayudaron en Nápoles.
La playa está llena de amigos y aliados. De familia.
Y entonces, la música empieza a sonar.
Gia aparece al final de la alfombra de pétalos, del brazo de Enzo. Lleva un vestido blanco de seda que se ciñe a sus curvas, el pelo suelto adornado con flores de buganvilla, y una sonrisa que me detiene el corazón. Está deslumbrante. Y es mía.
—Mamma está guapísima —susurra Lucía, aferrada a mi pierna.
—Sí. —Me agacho, con la voz ronca—. Como siempre.
—¿Lloras, papá?
—No. —Me limpio los ojos—. Es el viento.
—No hay viento.
—Pues es alegría. —Le revuelvo el pelo—. Se me está saliendo por los ojos.
Gia llega al altar. Enzo me tiende su mano, y yo la tomo, con los dedos temblorosos.
—Te la confío, Mateo —dice Enzo, los ojos húmedos—. Cuídala.
—Siempre.
—Y a los renacuajos también.
—Ellos se cuidan solos. —Miro a los trillizos—. Son una manada.
—Como su padre. —Gia sonríe—. Y su madre.
Sebastián carraspea.
—Queridos amigos, queridas amigas, queridos miembros del Sindicato que, como siempre, han venido armados...
—Yo no voy armada —protesta Val.
—Tienes una pistola bajo la falda.
—Eso no es ir armada. Es ir prevenida.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
—¿Podemos continuar? —intervengo, conteniendo la risa.
Sebastián asiente y abre su libro.
—Mateo Reyes, ¿aceptas a Gianna Russo como tu esposa? ¿Prometes amarla, respetarla y protegerla, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la guerra y en la paz?
—Acepto. —Mi voz resuena en la playa—. Y prometo no volver a dudar de ella. Prometo no dejar que nadie nos separe. Y prometo amarla, con gruñidos y todo, hasta que la muerte nos separe.
—Gianna Russo, ¿aceptas a Mateo Reyes como tu esposo?
—Acepto. —Gia me mira, los ojos brillantes—. Y prometo no huir. Prometo no esconderte más secretos. Y prometo quererte, incluso cuando eres un osito insoportable.
—¿Osito?
—Osito. —Sonríe—. Y no pienso cambiar de apodo.
—No quiero que lo cambies. —Le aprieto las manos—. Me encanta.
Sebastián cierra el libro.
—Entonces, por el poder que me concede el Sindicato del Escorpión, os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.
La beso. Es un beso largo, profundo, que sabe a sal, a lágrimas y a cuatro años de espera. Los trillizos aplauden. Los invitados vitorean. Y yo, por primera vez en mi vida, me siento completo.
La fiesta
La fiesta se extiende hasta la noche. Hay música, baile, y una tarta de tres pisos que los trillizos atacan antes del primer corte. Mercedes prepara pasta para todo el mundo, y Sofía hackea la cuenta de un banco suizo para pagar el champán. Es un caos. Es perfecto.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —me dice Gia, mientras bailamos bajo las estrellas.
—¿Qué?
—Que Bianca ya no está. Y que, por fin, somos libres.
—Libres. —La hago girar—. Y juntos.
—Y con tres renacuajos.
—Tres. —La atraigo hacia mí—. Y no descarto que vengan más.
—¿Más? —Gia se ríe—. Ni lo sueñes. Con tres me basta.
—Pues habrá que negociar.
—Negociar. —Me besa—. Eso se te da bien.
—A ti también.
—Lo sé. Por eso nos entendemos.
Los trillizos se acercan corriendo, con las manos manchadas de chocolate. Dante me tira del pantalón, Marco se cuelga de mi brazo, y Lucía me pide que la suba a los hombros. Los cargo a los tres, y Gia se ríe, sacando fotos con el móvil.
—Sois un desastre —me dice.
—Somos una familia. —La miro por encima de los niños—. Y no la cambiaría por nada.
—Ni yo. —Gia se acerca y nos abraza a todos—. Te quiero, osito.
—Y yo a ti, italiana. —Le beso la frente—. Para siempre.
Cuando la fiesta termina y los invitados se retiran, Gia y yo nos sentamos en la arena, con los trillizos dormidos en nuestros brazos. El mar brilla bajo la luna, y las olas susurran promesas. Estoy en paz. Por primera vez en años, estoy en paz.
—¿Sabes? —murmura Gia, la cabeza apoyada en mi hombro—. Antes creía que ser una asesina era lo único que sabía hacer. Que no merecía ser amada. Que siempre estaría sola.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que estaba equivocada. —Levanta la vista, los ojos llenos de luz—. Porque te tengo a ti. Y a ellos. Y a toda esta loca familia.
—Eres cursi.
—Lo sé. Se me está pegando.
—¿De quién? ¿De los niños?
—De ti. —Sonríe—. Siempre de ti.
Me inclino y la beso, con los trillizos acurrucados entre nosotros. La luna nos ilumina, el mar nos arrulla, y yo, Mateo Reyes, el luchador silencioso, el osito gruñón, el hombre que nunca sonreía, me descubro sonriendo como un idiota.
Porque al final, después de tanto dolor, ganó el amor. Y esta vez, no pienso soltarlo.
Fin.